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Full text of "El anacronópete"

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El AlSCACRONÓPETE 



ES PROPIEDAD 



Enrique Gaspar 



EL 



ANACRONÓPETE 



VIAJE Á CHINA -METEMPSlCOSlS 



ILUSTRACIÓN DK 



F. GÓMEZ Soler 



BARCELONA 

BIBLIOTECA < ARTE Y LETRAS . 

DANIEL CORTEZO y C* CtOe d( Pallan (Salón de S. Juan) 
1887 






/ i . \. 




PRESERVATION 



Es rablecimicnto tipográficceditorial de Daniel Cortbzo y C* 




CAPÍTULO PRIMERO 

En el que se prueba que adelante no es la divisa del progreso 



jARÍs, foco de la animación, centro del movi- 
miento, núcleo del bullicio, presentaba aquel 
día un aspecto insólito. No era el ordenado 
desfile de nacionales y extranjeros dirigién- 
dose á la exposición del Campo de Marte ya para sa- 
tisfacer la profana curiosidad, ya para estudiar técni- 




«98S55 



ENRIQUE GASPAR 



camente los progresos de la ciencia y de la industria. 
Mucho menos reflejaban aquellas fisonomías la alegre 
satisfacción con que los habitantes de la antigua Lute- 
cia corren anualmente á ver disputar el gran premio 
en el concurso hípico destrozando palabras inglesas y 
luciendo trajes y trenes, capaz cada uno de satisfacer 
el precio del handicap y de saldar todos juntos la deuda 
flotante de algún Estado. 

Verdad es que aunque época de certamen universal, 
pues desfilaba el año de 1878, no lo era de carreras, 
pues no iban transcurridos más que diez días del mes 
de Julio. Además no habia vaivén ; es decir que no 
acontecía lo que en aquellos casos, que la gente que 
se divierte se cruza en opuesta dirección con la que 
trabaja ó huelga. Todos seguían el mismo rumbo lle- 
vando impresa en la mirada la huella del asombro. 
Las tiendas estaban cerradas, los trenes de los cuatro 
puntos cardinales vomitaban' viajeros que asaltando 
ómnibus y fiacres no tenían más que un grito: — jAl 
Trocadero ! 

Los vaporcitos del Sena, el ferro-carril de cintura, 
el tram-way americano, cuantos medios de locomo- 
ción en fin existen en la Babilonia moderna, multipli- 
caban su actividad hacia aquel punto atractivo del 
general deseo. Aunque el calor era sofocante como de 
canícula, dos ríos humanos se desbordaban por las 
aceras de las calles, pues, exceptuando los vehícu- 
los de propiedad, París con sus catorce mil carrua- 
jes de alquiler, no podía transportar arriba de dos- 
cientas ochenta mil personas, concediendo á cada uno 
diez carreras con dos plazas; y como la población 
se elevaba á dos millones, en virtud del espectáculo 
del día á que todos querían asistir, resultaba que un 
millón y setecientos veinte mil individuos tenían que 
ir á pié. 

El Campo de Marte y el Trocadero, teatro de aquella 
representación única, habían sido invadidos desde el 



EL ANACRONOPETE 



amanecer por la- impaciente multitud que, ño contando 
con billete para la conferencia que en el salón de fes- 
tejos del palacio debía celebrarse á las diez de la ma- 
ñana, se contentaba con presenciar la segunda parte, 
mediante el valor de ia entrada, en el área de la Expo- 
sición. Los que ya no tuvieron acceso á ella, asaltaron 
los puentes y las avenidas. Los más perezosos ó menos 
afortunados se vieron reducidos á diseminarse por las 
alturas de Montmartre, los campanarios de las iglesias, 
las colinas del Bosque y las prominencias de los Par- 
ques. Tejados, obeliscos, columnas, arcos conmemo- 
rativos, observatorios, pozos artesianos, cúpulas, pa- 
rarrayos, cuanto ofrecía una elevación había sido 
adquirido á la puja; y los almacenes quedaron ex- 
haustos de paraguas, sombrillas, sombreros de paja, 
abanicos y bebidas refrigerantes para combatir al sol. 
^Qué ocurría en París .^ Hay que ser justos. Ese 
pueblo que así se admira á sí propio colocando sus 
medianías sobre pedestales para que el mundo los 
tome por genios, como se divierte consigo mismo ca- 
ricaturándose en sus infinitos ratos de ocio, se conmo- 
vía esta vez con sobrada razón. La ciencia acababa de 
dar un paso que iba á cambiar radicalmente la manera 
de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces 
oscuro y español por añadidura, venía á borrar con 
los fulgores de su brillantez el recuerdo de las prime- 
ras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ^Qué 
había hecho Fulton? Aplicar á la locomoción marítima 
los experimentos de Wat ó de Papin á fin de que los 
buques caminasen con mayor rapidez venciendo más 
fácilmente la resistencia de las olas con su fuerza im- 
pulsiva; pero salir en lunes de un puerto para llegar 
en martes á otro en que antes, á la vela y viento en 
popa, no hubiera sido posible fondear hasta el sábado, 
no puede decirse que fuera ganar tiempo sino perder 
menos á lo sumo. Stephenson, inventando la locomo- 
tora, le hacía devorar espacio sobre dos nervios de 



I o ENRIQUE GASPAR 



metal ; pero recorrer mayor distancia en menos minu- 
tos era siempre ir en busca del mañana por la 5enda 
del hoy. Lo mismo digo de Morse : transmitir el pen- 
samiento por un alambre merced á un agente eléc- 
trico, no destruye el que, aunque el fluido sea capaz 
de dar cuatro veces la vuelta al orbe terráqueo en un 
segundo, la idea tarde en volver á su punto de partida 
en cada revolución sobre la línea equinoccial la duo- 
centésimo-cuadragésima parte de un minuto. Es decir 
que el resultado es fatalmente posterior en la noción 
del tiempo. Además, el no poderse prescindir de los 
conductores hace gráfica la definición que del telégrafo 
eléctrico daba en esta forma un individuo : «Perro muy 
largo al que se tira de la cola en Madrid y ladra en 
Moscou.» 

Las hipótesis del famoso Julio Verne tenidas por 
maravillosas, eran verdaderos juguetes de niño ante 
la magnitud del invento real del modesto zaragozano 
vecino de la Corte de las Españas. Bajar al centro de 
la tierra es cuestión de abrir un orificio por donde ve- 
rificar el descenso ; imitar á los habitantes de Ergasti- 
ria que muchos siglos antes de la era cristiana, ya pe- 
netraron en los abismos del Laurium para desenterrar 
el plomo argentífero. El trayecto era más corto. ; pero 
la carretera la misma. Navegar en los aires por la in- 
geniosa teoría del soplete, no ofrece otra ventaja que 
reducir la dirección á la voluntad del aereonauta su- 
primiendo la maroma con que en la batalla de Fleurus 
hacía transportar Jourdan los Montgolfier para descu- 
brir la posición del enemigo. Ir al polo esperando el 
deshielo es obra de pura paciencia; copia servil aun- 
que sabia de esas personas que, para hacer compras 
en un almacén, aguardan á que la tienda esté en liqui- 
dación. Por lo que al Nautilus respecta, mucho antes 
que Verne ya había hecho una prueba felicísima con 
el Ictíneo nuestro compatriota Monturiol. Para relatar- 
nos lo que existe en el fondo de los mares basta reunir 



EL ANACRONÓPETE 



un congreso de buzos. Y sobre todo ( perdón si me re- 
pito) que arrancar en lunes del terreno de aluvión 
para llegar en martes al eoceno, en miércoles al per- 
meano y concluir la semana en el mar de fuego ; tras- 
ladarse en veinte horas desde Francia al Senegal por 
la vía aérea ; ó alcanzar por la submarina el fín de un 
viaje más tarde ó más temprano, pero siempre después, 
encierra una idea de posterioridad que hace monótona 
la misión de la ciencia, corriendo invariablemente 
tras el mañana como si el ayer le fuese conocido. 

El mundo es la casa de la humanidad, cuyos habi- 
tantes al irse multiplicando, van añadiendo pisos á la 
fábrica con el fin de estar con más holgura; pero sin 
cuidarse de estudiar los cimientos del edificio, para 
cerciorarse de que podrá resistir el peso abrumador 
que le echan encima. Cuando tan desfigurado vemos 
media hora después el hecho de que hemos sido tes- 
tigos treinta minutos antes ¿podemos confiar ciega- 
mente en los. relatos que la historíanos hace de los 
tiempos primitivos sobre los que fundamos nuestra 
conducta por venir ? Si por una serie de deducciones 
Boucher de Perthes creyó probar la existencia del 
hombre fósil, { no es posible que el fémur que él tomó 
por humano perteneciera en la escala zoológica á algún 
congénere de la montura del escudero de don Quijote? 
El pasado nos es absolutamente desconocido. Las cien- 
cias retrospectivas al estudiarlo, proceden casi por in- 
ducción, y mientras no tengamos conciencia del ayer, 
es inútil que divaguemos sobre el mañana. Antes que 
ir á la negación por las hipótesis del futuro, aprenda- 
mos á creer en Dios tocando de cerca los maravillosos 
orígenes de su colosal obra de arquitectura. 

Tales eran los principios filosóficos del doctor en 
ciencias exactas, físicas y naturales don Sindulfo Gar- 
cía, y su aplicación el espectáculo á que aquel pueblo, 
ávido de emociones, concurría en masa con la ansie- 
dad y la duda que necesariamente debía despertar en 



ENRIQUE GASPAR 



él lo que, á pesar de llamarse París el cerebro del 
mundo, no cabia en su cabeza. 

—Pero, diga usted, señor capitán— preguntaba á uno 
de húsares de Pavía un caballero que con diez y nueve 
individuos más se dirigía en ómnibus al sitio de la ex- 
periencia. Usted como español debe estar enterado del 
mecanismo del Anacronópete. 

— Dispense usted — respondió el interpelado : — Yo sé 
batirme contra los enemigos de mi patria; ser come- 
dido con los hombres, galante con las señoras ; conozco 
la disciplina, la táctica y la estrategia ; pero en punto 
á navegar por el aire sólo he aprendido a ser manteado 
en el colegio cuando no tenía la petaca bastante repleta 
para abastecer á mis condiscípulos. 

— Con todo — insistía el preguntón. — Á mí se me fi- 
gura que en calidad de compatriota del sabio inventor 
del aparato, debe usted poseer nociones más exactas 
de él que un extranjero. 

—Me honro con el título de español y soy además 
sobrino del señor García ; pero no tengo más luces 
sobre el asunto que cualquier otro. 

La noticia del parentesco del capitán con el coloso 
científico, redobló la curiosidad de los viajeros, que 
empezaron á querer encontrar en él huellas de su tío, 
como en las desiertas llanuras de Maratón ó entre los 
viñedos de los campos cataláunicos buscamos las pi- 
sadas de Milcíades ó el casco del corcel de Atila. Las 
mujeres preguntaban si don Sindulfo era casado ; los 
hombres si tenía alguna condecoración, y todos si era 
pariente de Frascuelo. 

— Pero, en resumidas cuentas, ¿qué se propone ? — 
decía uno. 

— Lo que estamos hartos de hacer los franceses — 
exclamaba un patriota exaltado. — Viajar por los aires. 

— Sí; mas con dirección fija y con una velocidad 
vertiginosa — argüía prudentemente un guardia na- 
cional reparando que el húsar echaba mano del sable 



KL ANACRONÓPETE I 3 



sin más intención que la de colocárselo á su gusto. 

— ^No niego— objetaba un cuarto — que es maravilla y 
grande surcar á medida del deseo las corrientes at* 
mosf ericas ; pero esto más tarde ó más temprano hu- 
biera acabado por hacerse. Lo que no concibe la inte- 
ligencia humana, es que con ese vehículo pueda el 
hombre retrogradar en el tiempo saliendo hoy de París 
después de comer en Véfour para llegar ayer al mo- 
nasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador 
Carlos V. 

— Eso es imposible — gritaron todos. 

— Para nosotros los ignorantes — prosiguió el que 
hacía uso de la palabra.— No así para la ciencia que 
ha sancionado la invención en el congreso último. De 
todos modos, pronto saldremos de dudas. El señor 
García parte hoy en su Anacronópete para el caos, de 
donde se propone regresar dentro de un mes trayendo 
las pruebas de su expedición fabulosa. 

— Apuesto á que el inventor es un bonapartista que 
quiere poner de nuevo sobre el trono de Francia al 
traidor de Sedán — vociferaba el patriota. 

—Ó traernos el Terror con Robespierre — decía apre- 
tando los puños un partidario de la causa legitimista. 

— Poco á poco— argumentaba un sensato. — Si el Ana- 
cronópete conduce á deshacer lo hecho, á mí me pa- 
rece que debemos felicitarnos porque eso nos permite 
reparar nuestras faltas. 

—Tiene usted razón— clamaba empotrado en un tes- 
tero del coche un marido cansado de su mujer. En 
cuanto se abra la línea al público, tomo yo un billete 
para la víspera de mi boda^ 

Celebrando estaban aún todos la ocurrencia, cuando 
el ómnibus (no sin gran riesgo de aplastar á la apiñada 
muchedumbre ) se paró en la cabeza del puente ; y, 
apeándose, cada cual trató de abrirse paso como pudo 
para dirigirse á su destino. 

Parece ficción lo que acabamos de oir, y sin embargo 



14 



ENRIQUE GASPAR 



nada hay más positivo. El doctor don Sindulfo García 
se aprestaba á hacer el experimento práctico de la re- 
solución del más arduo problema que hasta hoy regis- 
tran los anales científicos: viajar hacia atrás en el 
tiempo. 

¿Qué análisis había hecho de él? ¿Á qué clase de 
cuerpos pertenecía, lo que hasta hoy era una idea 
abstracta, que así podía someterse á la descomposi- 
ción } ¿ De qué agentes se valía para ello ? ¿ Qué colosal 
sistema era ese con que amenazaba llegar al descubri- 
miento de la verdad retrogradando, en un siglo que 
busca sus ideales en el mañana y que acepta el «ade- 
lante)^ como fórmula del progreso } 

El capítulo siguiente nos lo dirá. 





CAPÍTULO II 

Una conferencia al alcance de todos 




¡OMPONÍASE el espectáculo de dos partes. En 
la primera el sabio español se despedía de 
sus colegas, de las autoridades y del público 
de París con una conferencia dada en el pa- 
lacio del Trocadero, en la que, supliendo el tecnicismo 
con demostraciones vulgares, se proponía hacer com- 
prensible á los menos versados en ciencias, los princi- 
pios fundamentales de su invención. Formaba la se- 
gunda la elevación del monstruoso aparato desde el 
Campo de Marte hasta la zona atmosférica en que de- 
bía realizarse el viaje. Para ser testigo presencial de la 
última, bastaba haber satisfecho la cuota de entrada 
en el recinto de la exposición, trepar á las eminencias 
ó diseminarse por las llanuras en espacio abierto ; y es 
lo que, como hemos visto, hicieron las masas desde 
que empezó á alborear, poniendo á prueba la pruden- 
cia y los puaos de la gendarmería que al fin logró evi- 



1 6 ENRIQUE GASPAR 



tar una irrupción en el palacio de la Industria. Pocos, 
relativamente, eran los escogidos entre los muchos que 
alegaban derecho á oir la palabra del doctor. El salón 
de fiestas, aunque espacioso, no bastaba á contener 
tanta gente. Ninguno délos espectadores seguia el tra- 
tamiento del anti'faty y sin embargo diríase que todos 
hablan enflaquecido, pues en cada asiento cabía por lo 
menos persona y media. Las entradas estaban obs- 
truidas y los pasillos cuajados de esa multitud que 
aguarda paciente la ocasión de avanzar un paso, sa- 
biendo que no ha de llegar nunca á la meta. 

Los presidentes de la república, de los cuerpos cole- 
gisladores y del gabinete ; el cuerpo diplomático, las 
comisiones de los institutos y academias, de las corpo- 
raciones sabias y del ejército alternaban, luciendo sus 
uniformes sembrados de placas y cintas, con el mo- 
desto sacerdote sin más cruz que la del Gólgotha des- 
tacada sobre el fondo negro ó morado de su túnica 
talar. Algunos fracs, aunque pocos, pues en Francia 
raro es el que no tiene uniforme, asomaban como con 
vergüenza su condición civil entre océanos de seda, 
cascadas de blondas, montes de brillantes y nubes de 
cabellos, negras unas como de tempestad, rubias otras 
como estratos heridos por el sol poniente y casi nin- 
guna del color que anuncia la nieve en el invierno de 
la vida : que mujer y vieja va siendo ya cosa incompa- 
tible en la patria de Violet y de Pinaud. 

Por fin sonó la hora : una ondulación de curiosidad 
vibró en el recinto y la puerta, abierta de par en par 
por dos ujieres, dio paso á la comisión científica, á la 
derecha de cuyo presidente caminaba el héroe con la 
modestia propia del talento impresa en ei semblante. 
Todo en él era vulgar. Su nombre más que de sabio 
parecía de barba de saínete. Su apellido no estaba li- 
gado por ninguna partícula á esas hojas patronímicas 
que, como Paredes, ó Córdoba, prestan frondosidad á 
ios árboles genealógicos é impiden la falta de respeta 



EL ANACRONÓPETE 1 7 



con que un vastago ilustre de los García, la Malibrán, 
es nombrada en el mundo del arte cual pudiera serlo 
la Bernaola en el de los criminales célebres. Llevaba 
sus cincuenta años, no con el soberbio orgullo del titán 
aportando la piedra para escalar el cielo, sino con la 
resignación del mozo de cordel que transporta un baúl. 
Pequeñito, con sus guedejas lisas y en correcta forma- 
ción, el traje muy cepilladito y como colgado de su ar- 
.mazón de huesos, tenia una de esas caras que parecen 
hechas bajo la influencia del nombre del que las hade 
ostentar. En suma, era digno de llamarse D. Sindulfo 
García y merecedor del apodo de Pichichi que su cria- 
da le había puesto por sambenito. Tal era la envoltura 
que la sabiduría eligiera para asombrar al mundo pro- 
bando una vez más que bajo una mala capa se esconde 
lin buen bebedor. 

La comisión tomó asiento debajo del órgano monu- 
mental; el presidente agitó una campanilla de plata, 
la sesión quedó abierta, y el inventor del Anacronópete 
pasó á ocupar la tribuna á través de una tempestad 
de aplausos que apagó, no su voz harto débil é inso- 
nora, sino el movimiento de sus labios que hizo com- 
prender á la multitud que habla pronunciado el sacra- 
mental «señores» comienzo de todo discurso. 

Restablecido el silencio, el héroe se expresó de esta 
manera.— Seré breve porque cuantas más horas con- 
suma más alargo la distancia que me separa del ayer 
á donde me dirijo. Seré vulgar, porque, sancionadas 
mis teorías por el mundo sabio, sólo me resta hacernie 
comprender de todos. Ello no obstante contestaré á 
cuantas objeciones se me hagan. 

Mi propósito nadie lo ignora, es retroceder en el 
tiempo, no para detener el continuo movimiento de 
avance de la vida, sino para deshacer su obra y acer- 
carnos más á Dios encaminándonos á los orígenes del 
planeta que habitamos. Pero para explicar cómo se 
deshace el tiempo, es preciso que antes sepamos de 



1 8 ENRIQUE GASPAR 



qué se compone este. Procedamos con orden. Dios hizo 
el cielo y la tierra : aquel oscuro ; esta en la forma caó- 
tica. Después dijo:— « Sea hecha la luz» — y la luz que- 
dó hecha. Tenemos pues al Sol flotando en la bóveda 
celeste y al orbe suspendido en el espacio por la atrac- 
ción solar. 

Cualquiera sabe, desde que Galileo demostró el prin- 
cipio de la rotación de la esfera, que el mundo se 
mueve; pero lo que no ha dicho la ciencia todavía, es 
por qué la tierra al girar verifica su movimiento de 
occidente á oriente en vez de hacerlo á la inversa ; y 
esto es lo que yo voy á exponer como base de mi sis- 
tema anacronopético. 

El auditorio dejó escapar un murmullo de satisfac- 
ción, y el sabio continuó de este modo su conferencia: 

— La Tierra en un principio estaba sumida en el 
caos ; era una inmensa bola de fuego que, como todo 
cuerpo incandescente, exhalaba esos vapores que co- 
nocemos con el nombre de irradiación. Fija en su eje, 
pues como obra acabada de crear no había empezado 
aún las revoluciones que el Hacedor le impuso, su 
calor era infinitamente más intenso por Oriente en 
virtud de la influencia del sol que constantemente la 
estaba bañando por aquella parte. Los que hayan visto 
fundirse en una marmita sustancias bituminosas ha- 
brán observado la enorme cantidad de vapor que se 
desprende de ellas. Figúrese por lo tanto el que des- 
pediría la fusión de un esferoide cuyo volumen es de 
mil setenta y nueve millones de miriámetros cúbicos. 
El más lego concibe que semejantes evaporaciones no 
podían tener lugar sin que cada desprendimiento fuese 
acompañado de un estampido y de una convulsión. 
Ahora bien, si al dispararse un cañonazo, la repercu- 
sión hace que el cañón retroceda, cada descarga de la 
irradiación debía llevar consigo dislocaciones en la es- 
fera terráquea. Y como las descargas se repetían con 
más frecuencia é intensidad por la parte Oriente del 



EL ANACRONÓPBTE 1 9 



planeta en razón del mayor calórico que el sol le su- 
ministraba, los repetidos retrocesos originados hacia 
aquel lado por las constantes sacudidas dieron por re- 
sultado la rotación del esferoide sobre su eje, en la di- 
rección deponiente á Levante, sabiamente prevista por 
la Providencia para la periódica sucesión de los días y 
las noches, y tan duradera como á su omnipotente arbi- 
trio plazca que sea el fuego central que le sirve de motor. 

Un prolongado hurra acogió esta teoría tan nueva 
como atrevida é inesperada. El doctor sin humedecer- 
se la boca — lo que no dejó de llamar la atención de los 
oyentes, acostumbrados á ver á sus oradores hacer 
siempre uso del agua en la peroración, — reanudó así 
el hilo de la suya. 

— Todo fenómeno obedece á una causa ; y sin em- 
bargo han transcurrido dos siglos y medio desde que 
el inventor del termómetro y del compás de propor- 
ción, el sabio de Pisa que por el isócrono movimiento 
del péndulo enseñó á medir las pulsaciones de la arte- 
ria y á contar los segundos, Galileo en fin, nos dijo que 
la Tierra se movía, hasta hoy que nos ha sido revelada 
la razón de un hecho tan sencillo. Pero ¿ basta esto ? De 
ningún modo. Si todo fenómeno obedece á una causa, 
preciso es también que tenga un fin, que produzca un 
resultado, que llene un objeto. 

« La Tierra se mueve» grita un hombre; y en segui- 
da la ciencia pregunta: «^ Porqué se mueve?» «Por el 
desprendimiento de calórico» responde la observación; 
pero acto continuo la filosofía da el alto, cruza el arma 
y exclama á su vez : «^ Y para qué se mueve ?» 

Vamos á contestar á la filosofía. La Tierra se mueve 
para hacer tiempo. Nuestro planeta que, como hemos 
visto, no era más que una masa incandescente, llegó á 
solidificar su corteza, vio surgir de su superficie mon- 
tañas colosales, llenó de mares sus senos, vistió su ari- 
dez con una flora sorprendente y poblóse de una fauna 
riquísima. ¿ Cómo se operó este milagro ? Muy senci- 



20 ENRIQUE GASPAR 



llámente ; por la acción del tiempo : por una sucesión 
de días ó de épocas cuyo trabajo presidía la sabiduría 
y la voluntad del Hacedor Supremo, el cual permite 
que la revolución continúe para perfectibilidad del 
hombre y admiración de su omnipotencia. Las trans- 
formaciones del globo son pues la obra del tiempo. 
Pero ¿ quién es este artífice ? ¿ Dónde están sus mate- 
riales ? ¿ Cuál es su laboratorio ? El artífice es la irradia- 
ción ; sus materiales están en la zona gaseosa; su labo- 
ratorio es el espacio: EL TIEMPO ES LA ATMÓSFE- 
RA. Todas las maravillas que la naturaleza, la ciencia, 
el arte y la industria presentan hoy á nuestra admira- 
ción y que creyéndolas la expresión genuina del pro- 
greso nos llenan de orgullo, proceden íntegras de esa 
región en que el hombre no ha sabido encontrar hasta 
ahora más que aire, lluvia, relámpagos, rayos, truenos 
y media docena más de accidentes meteorológicos. 
Refrenad vuestra impaciencia : voy á probar lo expues- 
to con una demostración práctica. Á mí me gusta que 
la convicción llegue al ánimo por el sentido de la vista. 

Una oleada que amenazaba ser una explosión se pro- 
dujo en el auditorio. El presidente agitó su campanilla, 
y el disertante, que se había vuelto de espaldas un 
momento, volvió á reaparecer de frente teniendo en 
la mano un sombrero de copa cuyo cilindro envolvía 
una de esas enormes gasas con que el hombre va di- 
ciendo que está de luto á los que no se lo preguntan, 
por lo poco que les importa. 

La gasa, dispuesta previamente para el caso, daba 
cinco ó seis vueltas al sombrero y no estaba adherida 
á este más que por su cabo interior. Don Sindulfo em- 
pezó á desenvolverla entre las carcajadas de la muche- 
dumbre, que en aquella, como en todas las circunstan- 
cias de la vida, aprovechó la que se le presentaba de 
abandonarse á su condición frivola y bullanguera. 

El sabio, como si nada oyese,continuó su tarea •, dejó 
flotar el crespón cosido por un borde á la copa y, ex- 



EL ANACRONÓPETE 



21 



hibiendo la sedosa felpa del sombrero, dijo, señalando 
el cilindro libre de toda envoltura: 

— He aquí la Tierra en su estado incandescente tal 
y como á Dios le plugo arrojarla en el espacio infinito. 
Como veis, está fija, inmóvil; pero de pronto, la irradia- 
ción representada por esta gasa produce un despren- 
dimiento ; este por la repercusión origina una disloca- 
ción en el globo y la esfera principia á girar sobre su 
eje dando lugar al tiempo que no es otra cosa que el 
movimiento incesante. 

Y asi diciendo, mientras con la mano derecha ten- 
día la gasa simulando una columna de humo que se 
elevase, con la izquierda imprimía una imperceptible 
rotación al sombrero. 

— Mirad el tiempo — proseguía señalando el crespón. 
— ^ Queréis saber cómo por una sucesión no interrum- 
pida de segundos se convierte en minerales, en plantas 
y en seres orgánicos? ¿ Cómo del alga llega al jardín de 
aclimatación, del caolín al aderezo de diamantes, de la 
caverna á la arquitectura, del trilobito con sus tres ló- 
bulos, á la frente del hombre y al cálculo infinitesimal? 
Seguidle conmigo á su laboratorio atmosférico. 

La estupefacción estaba pintada en todos los sem- 
blantes. El doctor dejó escapar una sonrisa de triunfo, 
heraldo de su convicción, y remondándose el pecho 
continuó así : 









CAPÍTULO III 

Teoría del tiempo : cómo se forma : cómo se descompone 

UALQUiERA quc haya visto hervir en un hor- 
nillo una cazuela de sopas, habrá tenido que 
fijarse necesariamente eo el fenómeno de 
transformación que se verifica en. el vaho al 
escaparse por la campana de la chimenea. Lo pri- 
mero que hace es enfriarse y convertirse en gotas de 
agua que paralizan la ebullición si caen en el fondo 
del recipiente ; ó bien se trueca en hollín si la conden- 
sación tiene lugar á tal distancia del fuego que le per- 
mite solidificarse. Es decir que si la cazuela continua- 
ra hirviendo 'durante una serie no interrumpida de 
años, concluiría por formarse en la superficie de las 
sopas una película ó corteza producto de los despren- 
dimientos de los vapores, ni más ni menos que la que 
se forma en el fogón y que acabaría por petrificarse á 
fuerza de tiempo. Pues apliquemos este principio á 
nuestro caso. 



EL ANACRONÓPETE 23 



El sombrero es la tierra ; la gasa el vaho. Éste sube 
y se condensa; pero aquella gira y lo envuelve del 
mismo modo que la faja se lía en la cintura del chulo 
ó el turbante en la cabeza del musulmán. Y aqui tie- 
nen ustedes cómo por esta rotación la primera capa 
del crespón oculta ya la seda del sombrero como la 
primera película sólida del globo ocultó la masa ígnea 
del planeta. La gasa aparece llena de pliegues y hen- 
diduras, i Qué representan ? Los montes y las llanuras 
obra del tiempo. ¿En dónde se ha producido este 
tiempo ? En la atmósfera. ¿ Es decir que el Himalaya 
y la montaña del Príncipe Pío ; el valle de Josafat y el 
de Andorra nos han caldo de las nubes ? Indudable- 
mente. ¿ Cómo ? Así : los espantosos huracanes que 
entonces reinaban, barrían hacia un punto dado las 
sustancias en fusión de la superficie de la Tierra que, 
aglomeradas y acumuladas, formaban puntos promi- 
nentes, del mismo modo que cuando soplamos en un 
plato de sémola, la sopa se llena de montoncitos. Por 
otra parte las continuas descargas eléctricas abrían 
zanjas en la corteza del esferoide ó la deprimían pro- 
duciendo cauces por los que corría la masa incandes- 
cente que son los filones de hoy. Vinieron por último 
las lluvias torrenciales que, enfriándolo y solidificán- 
dolo todo, dieron lugar á la formación del terreno pri- 
mitivo ó sea de la primera capa consistente (contando 
de abajo arriba) de esta corteza de ochenta kilómetros 
que nos sirve de pedestal. 

tPoco á poco, me objetará alguno : Yo no veo en 
esas revoluciones atmosféricas sino agentes modifica- 
dores de las propiedades del globo ; pero nunca la idea 
del. tiempo. Obra de éste es indudablemente el mun- 
do ; sin embargo, la razón no admite que los minera- 
les, los vegetales y los animales que en sí encierra, 
sean producto del rayo, del huracán ó de la lluvia.» 

{ Qué es el tiempo } preguntaré yo contestando. El 
tiempo es el movimiento ; en la inacción no hay ni an- 



24 ENRIQUE GASPAR 



tes ni después. ¿ Quién ha impreso el suyo en la Tie- 
rra } La irradiación, el desprendimiento de calórico, el 
vaho en fin por las repercusiones de sus descargas. 
¿ De qué agentes se componía este vaho ? De todos los 
que hoy constituyen nuestro planeta ; y la prueba es 
que si la Tierra no se hubiese movido, los gases, per- 
diéndose en el espacio, nos hubieran dejado sin globo 
llevándose con la evaporación todas sus substancias. 
Luego la atmósfera, recibiendo incesantemente las 
respiraciones del planeta, y devolviéndoselas transfor- 
madas, es el laboratorio donde se operan las metamor- 
fosis cósmicas, donde el movimiento se realiza y don- 
de por consiguiente el tiempo se produce. ¡ Cómo ! 
¿ Vosotros no veis en la lluvia más que la gota de 
agua, la chispa en el rayo, la ráfaga en el huracán ? 
Levantad el espíritu y adorad al Creador que os envía 
en esos fluidos el mañana incesante, como hace cerca 
de siete mil años os mandó el hoy en que vivís y sus 
maravillas que admiráis. Las nubes arrojaron la co- 
lumna de Santa Sofía en Constantinopla y el obelisco 
de Sixto V en la ciudad Eterna trayéndonos en sus 
gotas el pórfido rojo de Egipto con sus cristalizaciones 
blancas. De su laboratorio bajaron las agujas de Louq- 
sor y la columna de Pompeyo. El bermellón con que 
el hijo de David y Betsabé mandó pintar el templo de 
Jehová, i quién lo produjo sino el cinabrio llovido so- 
bre Almadén en la Mancha ? La cal y el carbono des- 
prendidos de las entrañas del nimbo, os regalaron las 
casas que habitáis procurándoos las calcáreas y las ca- 
lizas, de que extraéis el mortero y con que talláis la 
ménsula. En el mismo chaparrón en que venía en- 
vuelt:a la marga para ladrillos, llegaba el caolín que 
con el feldespato se vitrificaba para procuraros tazas 
en que tomar los alimentos y porcelanas con que ador- 
nar vuestros salones. ¿ Dónele estarían los ferro-carri- 
les que atraviesan el Mont-Cénis y el San Gotardo y 
los vapores que, como el Vega, se abren ya camino por 



EL ANACRONÓPBTE 25 



el estrecho de Behring, sin la acción atmosférica que 
descomponiendo la vegetación del período carbonífe- 
ro elaboró la hulla ? ^ Negaréis que en cada gota exis- 
tía el germen de una locomotora ó de una goleta y en 
cada temporal el de un tren ó de una escuadra ? Pero 
no llovían sólo medios de locomoción ; del llanto de la 
zona gaseosa se desprendían chimeneas, alumbrados 
públicos y caricias femeniles : porque extraído el hi- 
drógeno de la hulla, aquel levantaba fábricas de gas, 
mientras sus residuos metamorfoseados en cok con- 
gregaban á la familia al amor de la lumbre ó servían 
para firmar las paces entre marido y mujer cuando, 
carbono cristalizado, se presentaban en la forma de dia- 
mante. La brújula y el telégrafo eléctrico tuvieron por 
inspirador al rayo. ^ Qué seria de la humanidad sin el 
mercurio que asi le señala las variaciones de la tempe- 
ratura como le sirve para la extracción del oro y de la 
plata ? Pero aún hay más. En los elementos constituti- 
vos de los fenómenos atmosféricos. Dios permite que 
vengan á la tierra en embrión las conchas, las tortugas, 
las aves, los reptiles y los mamíferos de la época se- 
cundaria ; y que, purificado el aire por la absorción 
que del ácido carbónico ha hecho la vegetación carbo- 
nífera, sople ya tan respirable en el período terciario 
para la familia orgánica, que el infusorio, caído en la 
tierra con la gota de lluvia, se desarrolle, se cruce y se 
agigante convirtiéndose en mastodonte, hipopótamo, 
rinoceronte, caballo, toro, búfalo, ciervo, dromedario, 
tigre y león. Por fin, el terreno cuaternario nos pre- 
senta el mamut, el auroch, el urus, el gamo, el ciervo 
y el megaterio ; hasta que la Providencia para coronar 
su obra, toma una porción de aquella arcilla elabora- 
da al efecto durante seis días ó épocas, y, modelando 
con ella una figura, le comunica su Divino soplo, la 
llama hombre y le proclama por su inteligencia rey de 
la creación. Señores, las envolturas concéntricas de la 
gasa simbolizan las épocas geológicas de la naturaleza. 



20 ENRIQUE GASPAR 



Estas épocas deben considerarse como las matemáticas 
del mundo. ¿ No son producto de evoluciones atmosfé- 
ricas ? Sí. ¿ No contamos por ellas la edad del globo } 
Si. Pues si cada película es una serie de siglos, cada 
gota, cada chispa, cada ráfaga debe ser una porción 
de segundo ; luego las horas se ciernen en el espacio: 
afirmemos pues que el tiempo es la atmósfera. 

El entusiasmo, reprimido en el auditorio por efecto 
de la admiración, estalló en la primera pausa propicia, 
y una tempestad de aplausos y aclamaciones retumbó 
en el recinto haciéndose extensiva hasta los corredores 
donde la gente aplaudía por espíritu de-imitación. Uno 
de los concurrentes, levantándose del asiento con gran 
extrañeza del público que creía que abandonaba el 
local, se encaró con el sabio y le dijo : 

— ^Se me permite exponer una duda ? 

— Todas cuantas .se originen — respondió don Sin- 
dulfo. 

— Si el orador considera al tiempo como una faja 
densa, ¿ no es de presumir que dada la depresión de 
todo cuerpo esférico por sus polos, los de la tierra que- 
den sin envoltura como la imperial del sombrero y el 
aro ó círculo de la cabeza han quedado sin gasa en la 
demostración } 

— Es indudable ; y eso no hace sino confirmar mi te- 
sis. Probado que la atmósfera es el tiempo y que el 
tiempo lo forman los acontecimientos, si nadie ha ido 
todavía á los polos, en los polos no ha sucedido nada; 
y no haciendo falta el crespón ó envoltura allí donde 
no hay vitalidad, esta economía de atmósfera ha sido 
la sisa del sastre naturaleza. 

Una sonora carcajada acogió la humorística refuta- 
ción del sabio, quien sin inmutarse prosiguió el curso 
de su conferencia. 

— Nada más sirtiple, señores, que descomponer un 
cuerpo cuando los elementos que lo componen nos son 
conocidos. Si yo sé que este signo de luto de mi som- 



EL ANACRONÓPETB 27 



brero lo forman capas concéntricas de gasa liadas al 
rededor del cilindro, con irlas desenvolviendo en sen- 
tido contrario al que ellas emplean en su revolución 
envolvente, es indudable que llegaré á dejar á descu- 
bierto la copa; lo cual aplicado al cosmos significa que 
á fuerza de desliar zonas geológicas se ha de tropezar 
con el caos. Ahora bien : ¿ Cómo tiene lugar esta des- 
composición } Para explicarlo satisfactoriamente es 
preciso que me ocupe un poco de mi aparato. El Ana- 
cronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su 
nombre á tres voces griegas : And que significa hacia 
atrás, erónos el tiempo y petes el que vuela, justifican- 
do de este modo su misión de volar hacia atrás en el 
tiempo ; porque en efecto, merced á él puede uno des- 
ayunarse á las siete en París, en el siglo xix; almorzar 
á las doce en Rusia con Pedro el Grande ; comer á las 
cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra — 
si tiene con qué aquel día— y, haciendo noche en el 
camino, desembarcar con Colón al amanecer en las 
playas de la virgen América. Su motor es la electrici- 
dad, fluido á que la ciencia no había podido hacer via- 
jar aún sin conductores por más que estuviese cerca 
de conseguirlo — y que yo he logrado someter domi- 
nando su velocidad. Es decir que lo mismo puedo dar 
en un segundo, como locomoción media, dos vueltas 
al mundo con mi aparato, que hacerlo andar á paso de 
carreta, subirlo, bajarlo ó pararlo en seco. Dado el 
agente impulsor, todo lo demás son procedimientos 
mecánicos cuya relación ningún interés despertarla, 
especialmente en un público que sabe de memoria las 
obras de Julio Verne ; obras de entretenimiento que si 
bien no he de comparar con el solemne carácter cien- 
tífico de mis teorías, encierran no obstante hipótesis 
basadas en estudios físicos y naturales que me eximen 
de explicaciones enojosas sobre el regulador, los com- 
pensadores, termómetros, barómetros, cronómetros, 
anteojos de gran potencia, recipientes de potasa, apa- 



28 ENRIQUE GASPAR 



rato Reiset y Regnaut para producir el oxígeno respi- 
rable y tantos otros detalles rudimentarios. Elevóme, 
pues, al centro de la atmósfera, que es el cuerpo que 
se trata de descomponer y al que seguiré llamando 
tiempo. Como el tiempo para envolverse en la tierra 
camina en dirección contraria á la rotación del plane- 
ta, el Anacronópete para desenvolverlo tiene que an- 
dar en sentido inverso al suyo é igual al del esferoide 
ó sea de Occidente á Oriente. El globo emplea veinti- 
cuatro horas en cada revolución sobre su eje ; mi apa- 
rato navega con una velocidad ciento setenta y cinco 
mil doscientas veces mayor ; de lo cual resulta que en 
el tiempo que la Tierra tarda en producir un día en el 
porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta 
años en el pasado. 

Ahora bien ; lo primero que salta á la vista es que, 
cualquiera que sea la velocidad de la locomoción y la 
altura á que ésta se verifique, el Anacronópete no ha 
de hacer más que describir una órbita al rededor de la 
tierra como la que al rededor de los planetas descri- 
ben los satélites ; y así sucedería en efecto si la atmós- 
fera permaneciera inalterable ; pero como la descom- 
pongo, en cada vuelta deshago su obra de un día y 
allí donde me paro allí está el ayer. Veamos cómo se 
verifica este fenómeno. 

Dicese vulgarmente que para conservar las sardinas 
de Nantes y los pimientos de Calahorra hay que 
extraer el aire de las latas. Error. Lo que se extrae es 
la atmósfera y por consiguiente el tiempo ; porque el 
aire no es más que un compuesto de nitrógeno y oxi- 
geno, mientras que la atmósfera, además de constar 
de ochenta partes del primero y veinte del segundo, 
lleva en sí una porción de vapor de agua y una peque- 
ña dosis de ácido carbónico, elementos todos que no 
se separan nunca al llenar un vacío. Pero apartémonos 
de la ciencia y vengamos al razonamiento vulgar. 

Figurémonos que el mundo es una lata de pimien- 



EL AITACRONÓPETE 29 



tos morrones de la que no hemos extraído la atmósfe- 
ra. ¿ Qué sucede una vez tapada sin esta precaución ? 
Que el tiempo empieza á ejercer su influencia y á ve- 
rificar su obra. En primer lugar se adhieren a las 
paredes del bote unas moléculas que, aglomeradas y 
solidificadas concluirían á fuerza de años por petrifi- 
carse y en cuyas substancias encontraríamos los gér- 
menes minerales de las rocas primitivas. Después ob- 
servamos que el jugo se cubre de una especie de 
verdín que no es otra cosa que la vegetación rudimen- 
taria. Y por último los infusorios del vapor de agua 
vivificados, reproducidos y desarrollados agusanan la 
conserva enriqueciéndola con las múltiples variantes 
del reino animal. ¿ Puede aún dudarse que la atmósfe- 
ra es el tiempo ? 

Pues volvamos la oración por pasiva. Supongamos 
que hemos extraído el aire y que abrimos la lata cien 
años después de haberla tapado. ¿ Qué vemos ? Los 
pimientos en perfecto estado de conservación sin que 
el tiempo haya pasado por ellos ; luego si la acción at- 
mosférica debió destruirlos ó metamorfosearlos y la 
falta de esta acción los ha mantenido en su completa 
integridad, es indudable que lo que nos comemos cien 
años después, es la vida vegetal de una centuria antes 
y que por consiguiente retrogradamos un siglo. Más 
claro. No hemos extraído el aire de la lata y la abri- 
mos en el momento en que la descomposición empie- 
za ; si tomamos una cuchara y con ella empezamos á 
quitar las capas de moho que envuelven los pimien- 
tos, su rojizo color, aún no alterado, concluirá por des- 
cubrirse á través de las injurias de la atmósfera. Pues 
esta es la teoría del tiempo. Muy joven el mundo to- 
davía para que el fuego central haya desaparecido, se 
halla no obstante cubierto de esas películas de moho 
que el Anacronópete va á desenvolver con el auxilio de 
cuatro grandes cucharas ó aparatos neumáticos fijos 
en sus extremos angulares ; con los que, no sólo des- 



3o ENRIQUE GASPAR 



compongo las miserables veinte leguas de gases que 
circundan el esferoide en capas concéntricas, sino que 
al desalojarlas logro navegar en el vacío impidiendo 
que mi vehiculo se inflame con la frotación atmosféri- 
ca. Porque, volviendo á los símiles: la atmósfera no es 
más que una aglomeración de átomos imperceptibles, 
del mismo modo que una playa no es otra cosa que la 
reunión de millones de granos de arena. Ó si la que- 
remos más perceptible, la atmósfera és una vastísima 
plaza pública llena de gente en un día de revolución. 
Si un hombre temerario é inerme se empeñara en lle- 
var corriendo un parte de un extremo á otro contra la 
oposición de la atmósfera popular, sucedería que em- 
pellón de aquí, tirón de allá, resistencia de todas par- 
tes, perecería sin remedio entre las ondas de aquel re- 
vuelto piélago, como el Anacronópete acabaría por 
desaparecer abrasado en su carrera en razón de la fro- 
tación y el movimiento. 

Pero { qué hace un gobernador prudente represen- 
tado en esta circunstancia por la ciencia ? Le da un ca- 
ballo al encargado de llevar el parte (la electricidad 
aplicada al Anacronópete), le rodea de un piquete de 
caballería (los cuatro aparatos neumáticos), y les orde- 
na que, lanza en ristre, desemboquen por una de las 
calles adyacentes. El fenómeno que se opera es de to- 
dos conocido*. Los átomos se dispersan delante de los 
lanceros; las moléculas que quedan atrás tratan de 
llenar el hueco originado por el desalojamiento ó sea 
la dispersión; pero, como la caballería camina con más 
velocidad que los amotinados de la retaguardia y los 
de delante huyen fuera del alcance de las picas, los 
grupos desaparecen, y el parte, libre de toda fuerza 
de resistencia llega á feliz término sin obstáculo algu- 
no galopando por el vacío que le van abriendo las lan- 
zas del escuadrón. 

El auditorio delirante iba á prorrumpir en una en- 
tusiasta exclamación ; pero se detuvo al ver que el in- 



EL ANAGRONÓPETE 3 I 



terruptor volvía á ponerse de pié, y encarándose con el 
disertante exclamaba : 

— No sin temor voy á exponer una duda. 

— Escucho— dijo el sabio. 

— Si por ese procedimiento, que no admite refuta- 
ción, camina uno hacia atrás en el tiempo : { no suce- 
derá que á medida que el anacronóbata pierda años, 
se vaya volviendo más joven } 

— Indudablemente. 

Aquí la sensación del bello sexo se tradujo en un 
grito de alegría. 

— ^ De modo que el viajero acabará por no existir á 
fuerza de irse achicando ? 

— Eso es lo que acontecería si la ciencia no lo hubie- 
ra previsto todo. 

— ^ Y cómo neutraliza su señoría esos efectos? 

— Muy sencillamente : haciéndome inalterable mer- 
ced á unas corrientes de un fluido de mi invención. 
¿No camino yo hacia el pasado? Pues así como pueden 
guardarse sardinas frescas para el porvenir, me ga- 
rantizo del ayer que constituye mi mañana. Es el pro- 
cedimiento de las conservas alimenticias aplicado á la 
vida animal con el efecto invertido. Y esto sentado, 
permítaseme poner punto final á mi conferencia, pues 
avanzan las horas y me urge tener esta noche una en- 
trevista con Felipe II para enterarme de si el pastelero 
de Madrigal fué ó no positivamente el rey portugués 
cuya desaparición dejará de ser en breve uno de los 
misterios de la historia. 

Un diluvio de burras se desencadenó en la sala. Los 
hombres lanzaban al aire sus tricornios y sus sombre- 
ros; las señoras cubrían de flores la tribuna del orador, 
y el órgano, ejecutando una marcha compuesta para 
aquella solemnidad, lograba á duras penas dejarse oir 
entre las frenéticas vociferaciones del desbordamiento 
público. 

Por fin, nuestro ilustre compatriota, rodeado del 



32 



ENRIQUE GASPAR 



congreso científico y seguido de la multitud consiguió 
llegar á la puerta.; y, dando allí un viva al atrás como 
nuevo grito de la civilización, atravesó la balaustrada, 
descendió la colina del Trocadero y se encaminó al 
Anacronópete que majestuoso descansaba su inmensa 
mole en la explanada del palacio del campo de Marte. 





^f\ ^ ! CAPÍTULO IV 

En el que se tratan asuntos de familia 




OS grandes efectos no son siempre el resul- 
tado de grandes causas. Ahí tenemos sino 
las guerras del Peloponeso á las que la his- 
toria atribuye una razón eminentemente po- 
lítica y que sin embargo debieron su origen al rapto que 
de tres doncellas educandas de Aspasia, hicieron unos 
habitantes de Alegara, jóvenes de buen humor, sin 
contar que la cosa no había de ser del agrado de Peri- 
cles — de quien dicen malas lenguas si tenía ó no tenía 
que ver con la profesora. — Y paréceme á mí que sí 
que le gustaba al hombre porque, cuando acusada de 
impiedad él se encargó de su defensa, no supo hacer 



34 ENRIQUE GASPAR 



más que cubrirse el rostro con el manto y llorar como 
un chiquillo en el Pnix; lo que por cierto le valió la 
absolución á la buena discípula de Anaxágoras. 

Pues bien, erudición á un lado, tampoco el invento 
de don Sindulfo era debido, como lo parecía, á su amor 
por la ciencia; sino á un interés doméstico, mejor diré, 
á una mira puramente personal. 

Cuatro palabras sobre su vida. 

Muy joven aún nuestro héroe se encontró solo en el 
mundo, doctor en ciencias y dueño de una inmensa 
fortuna cuyos rendimientos invertía, anualmente y 
casi íntegros, en aparatos de las mejores fábricas ex- 
tranjeras con que' enriquecer su gabinete de física y 
mineralogía. Tan pródigo para sus estudios como 
avaro para todo lo demás, llegó á los cuarenta años 
sin conocer ni los rudimentos del amor. Todas sus 
afecciones se concretaban en su amistad por Benjamín, 
otro sabiote dos lustros menor que él , pero casi tan 
ageno como don Sindulfo á todas las cosas de la tie- 
rra; verdad es que el tiempo le faltaba para cuanto no 
fuese aprender sánscrito, hebreo, chino y un par de 
docenas más de lenguas difíciles, para las que tenía 
una aptitud sin igual. Aunque no habitaban la misma 
casa, puede decirse que vivían juntos, pues Benjamín 
no abandonaba la de García en la que diariamente po- 
día contar con su plato de cocido á las dos y su guisa- 
do á las ocho, en virtud de lo cual Benjamín, que era 
pobre, resolvía el problema de ahorrar sin tener, y don 
Sindulfo encontraba un estómago agradecido que so- 
portase sus impertinencias. 

Los periódicos de Zaragoza, como todos los de la 
Península, amanecieron una mañana anunciando la 
venta del museo de un célebre arqueólogo de Madrid 
fallecido pocas semanas antes ; y como Benjamín, á 
quien no se le cocía el pan en el cuerpo cuando de co- 
sas antiguas se trataba, manifestase deseos de adqui- 
rir algunas baratijas, su amigo le procuró la ocasión 



KL ANACRONÓPETG 33 



decidiendo trasladarse ambos á la corte de las Españas, 
y poniendo á disposición , del anticuario su bolsillo y 
sus conocimientos. 

Dicho y hecho: llegaron á Madrid, tomaron un cuar- 
to común en las Peninsulares y el día de la venta se 
trasladaron al gabinete del coleccionador. Benjamín lo 
hubiera comprado todo á haber tenido dinero; pero se 
contuvo ante su pobreza y aun fué preciso que don 
Sindulfo le aguijoneara para hacerse con algunos 
ejemplares. La verdad es que se necesitaba ser un 
santo para no quitárselo de la boca, por ser dueño de 
aquel cúmulo de maravillas. Allí en un estuche de 
cuero y en estado fósil se encontraba el ojo que Aníbal 
perdió en el sitio de Sagunto: á su lado se erguía la 
punta del cuerno del buey Apis: un poco más allá re- 
posaba una carabina llena de moho que, por haberse 
encontrado cargada con cañamones, se suponía que 
fuese la de Ambrosio que hasta entonces se había te- 
nido por legendaria. Pero como los precios no estaban 
al alcance de todas las fortunas, Benjamín tuvo que 
reducir sus aspiraciones y concretarse á la adquisición 
de una medalla relativamente importante. El tiempo 
había corroído parte de la inscripción; pero lo que de 
ella podía aún leerse que era esto: 

SERV C POMP PR 
JO HONOR 

no dejaba duda acerca del origen que el catálogo le 
atribuía suponiéndola tributo conmemorativo de Ser- 
vio Cayo prefecto de Pompeya en honor de Júpiter. 

Ya iban á abandonar el museo cuando llamó la 
atención del absorto aficionado el Ínfimo precio en 
que estaba tasada una momia de carácter particular.. 
Y en efecto, ni el sarcófago tenía la forma egipcia, ni 
el procedimiento por que aquel cadáver había sido 



36 ENRIQUE QASPAR 



embalsamado era el que, según Herodoto, se practi- 
caba en Tebas y Memfis abriendo el pecho con una 
aguzada piedra de Etiopia para sacar el ventrículo y 
rellenar el vientre con mirra, casia y vino de palmera. 
Tampoco se había obtenido la momificación con la 
resina llamada Katran por los árabes, extraída á fuego 
vivo de un arbusto muy abundante en las orillas del 
mar Rojo, la Siria y la Arabia feliz, como lo consigna 
el coronel Bagnole. Su acartonamiento parecía obra 
natural ; pues, sobre no tener huella de incisión algu- 
na, ni estaba envuelta en las tradicionales bandas, ni, 
falta de depresiones, podía decirse que hubiera sido 
fajada nunca. El catálogo decía modestamente: «Mo- 
mia de origen desconocido;» y esta ausencia de abo- 
lengo ó de historia es lo que la hacía despreciable para 
los que de ordinario sólo se pagan de genealogías 
apócrifas las más veces. 

Benjamín, con su espíritu observador, puso sus cin- 
co sentidos en el estudio de los menores detalles; y 
fijándose en una ajorca ó argolla de metal adaptada en 
el tobillo derecho y sobre la que campeaba una ins- 
cripción china — que el vulgo había tomado por un 
adorno, — no pudo reprimir un grito de sorpresa. 

^l Qué es eso ? — le preguntó don Sindulfo. 

—Acabo de hacer un descubrimiento prodigioso. 

— ^Cuál? 

— Oiga usted lo que dice esta inscripción. «Yo soy 
la esposa del emperador Hien-ti, enterrada viva por 
haber pretendido poseer el secreto de ser inmortal.» 

— ¡Hien-ti! — exclamó don Sindulfo partícipe ya del 
entusiasmo de su amigo.— ^ El último vastago de la di- 
nastía de los Han } 

Destronado en el siglo tercero de la era cristiana 
por Tsao-pi, fundador de la dinastía de los Ouei. 

— Es decir... 

— Es decir que ese pueblo,, cuna de la civilización del 
resto del mundo, poseía, sino el secreto de la inmorta- 




I^on Sindulfo 



38 ENRIQUE GASPAR 



lidad, por lo menos el de la longevidad fabulosa délos 
tiempos patriarcales. 

Don Sindulfo , sin esperar nuevas explicaciones, 
sacó su cartera y extendió una orden de pago contra 
su banquero, encargando el transporte á las Peninsu- 
lares de los objetos adquiridos, entre los que figuraba 
otro hallazgo hecho á última hora y consistente en un 
hueso petrificado, que tuvieron que pagar á peso de 
oro, pues se trataba nada menos, según el inventario, 
de una canilla de hombre fósil descubierta en las in- 
mediaciones de Chartres, en unos terrenos de la época 
terciaria. 

Los dos inseparables no pensaban más que en los 
preparativos de regreso á Zaragoza para entregarse de 
lleno á sus investigaciones científicas. Pero un gar- 
banzo interpuesto en su camino cambió de fase la ma- 
jestuosa monotonía de su existencia. Al ir por la tarde 
á liquidar y despedirse del banquero, fornido zamo- 
rano viudo y enriquecido durante la primera guerra 
civil con la empresa de suministros para el ejército 
leal, hubo aquello de : ' 

— ¿Y qué tal los tratan á ustedes en la fonda? 

— Mal ; comida francesa con la que nunca sabe uno 
lo que se mete en el estómago. Nos vamos de Madrid 
sin probar un cocido á la usanza de Castilla. 

Y lo de: 

^Pues hoy satisfarán ustedes su capricho; porque 
precisamente acabo de recibir unos garbanzos de 
Fuente-Saúco que ni de manteca serían más tiernos. 

— Que eso sería mucha incomodidad. 

—Que no. 

— Que sí. 

— Que torna. 

— Que daca. 

El resultado es que se quedaron á comer con el ban- 
quero, el cual banquero tenía una hija; la cual hija era 
muda ; pero, aunque no le faltaba más que la palabra 



EL ANACRONÓPETE . 39 



para hablar, á ella no se le quedaba nada por decir, 
que con pies y manos todo lo daba á entender. Yo no 
sé cuál de estos aparatos locutorios es el que ella puso 
más en juego durante la comida; lo cierto es que á los 
postres, don Sindulfo que ocupaba su derecha, estaba 
á pesar de sus cuarenta años enamorado ya de la 
chica como un cadete. Por supuesto que todo se lo 
merecía la hija de su padre, pues no había línea en 
su cuerpo que no alcanzase el máximo de curva, ni 
facción que no incitase á cualquiera á ser Espartero 
no sólo para perseguirlas como en Bilbao sino para 
abrazarlas como en Vergara. 

El viaje se suspendió; las visitas se repitieron; la 
necesidad de no tener los aparatos físicos encomenda- 
dos á manos mercenarias para su conservación sirvió 
á don Sindulfo de tema con Benjamín sobre la conve- 
niencia del matrimonio: el asentimiento de éste alen- 
tó al sabio, la demanda fué hecha en debida forma ; y 
el banquero, que siempre tenía garbanzos del Saúco 
que probar cada vez que se le ponía á tiro un hombre 
en estado de merecer, dijo que sí con la alegría del 
enfermo á quien se le resuelve un tumor. La mucha- 
cha no hay que consignar si recibió bien la noticia, 
pues sabido es que tratándose de matrimonio hasta 
las mudas se alegran. 

Estipulóse la dote que fué pingüe, dispusiéronse los 
regalos de boda, y como entre las condiciones figuraba 
la de residir en Madrid, los sabios se volvieron á Za- 
ragoza para empaquetar convenientemente el labora- 
torio. Un mes después, marido, mujer y amigo, se 
instalaban en la calle de los Tres Peces de la coronada 
villa. 

Mamerta, que así se llamaba la señora de García, 
salió de un natural excelente; porque el que gustase 
más de estar con Benjamín que con su marido, nada 
tenía de particular, si se considera que aquél en su 
calidad de poliglota la enseñaba á hablar por señas en 



40 ENRIQUE GASPAR 



varias lenguas diferentes, mientras que don Sindulfo 
aun en la suya propia no conseguía hacerse entender; 
y las mujeres se pirran porque les den conversación. 
También se le iban los ojos detrás de los uniformes; 
pero don Sindulfo, comprendiendo que este es acha- 
que de muchachas, se ponía de cuando en cuando el 
de nacional de caballería que usó en el bienio, y la 
dejaba tan contenta. El único defecto que tenía era el 
de no podérsela contrariar. Al instante le daba un ata- 
que de nervios que se traducía en una serie de cache- 
tes descargados sobre el occipucio de su marido, en 
gracia de cuya conservación el hombre tuvo por pru- 
dente dejarle hacer su voluntad en adelante para no 
excitar, decía, su sistema nervioso. Otra particulari- 
dad suya digna de notarse es que en cuanto veía una 
aguja enhebrada, se desmayaba ; lo que, á pesar de 
sus buenos propósitos, la impedía ocuparse de los 
quehaceres domésticos. Pasábase pues el día ponién- 
dose moños en el tocador, haciendo señas con Benja- 
mín ó tañendo á la guitarra una cosa que nadie le 
había enseñado ni nadie podía entender; pero que ella 
reproducía siempre invariablemente con el mismo 
ritmo, idénticas modulaciones y análogos efectos: rom- 
per el tímpano de los que la oían. 

Y así se deslizaron seis meses llenos de paz y de 
ventura para aquella trinidad ; tras de los cuales vino 
el verano y con este los baños de mar, que el banque- 
ro tomaba en Biarritz para enflaquecer, sin lograrlo 
nunca, acompañado de su hija á quien se los propina- 
ban para adquirir carnes, sin conseguirlo tampoco. 
Visto pues que Mamerta, a pesar del matrimonio, no 
engordaba, se decidió que aquel año iría con su padre, 
como de costumbre, á ponerse en remojo en la playa 
favorita de la emperatriz. Llegaron y se zambulleron; 
pero, con tan mala suerte, que el banquero mientras 
hacia una habilidad tuvo un vahido y se ahogó. Su 
hija pidió auxilio por señas; el bote de salvamento 



EL ANACRONÓPETE 4 1 



acudió como un rehilete; la muchacha no anduvo bas- 
tante lista en evitarlo y, dándole en la nuca con la 
proa, en vez de uno fueron dos los cadáveres que sacó 
á la orilla. Con lo que, como el padre había sido la 
primera víctima y Mamerta tenía hecho testamento 
en favor de su esposo, don Sindulfo se encontró pose- 
sor de una fortuna considerable que unida á sus bie- 
nes le permitía emular la fama de Creso. 

'« Bien vengas mal si vienes solo» dice el refrán ; y 
nunca proverbio tuvo más exacta aplicación, pues 
desde entonces empezaron las tribulaciones de nues- 
tro sabio, si bien pueden darse todas por bien sufridas 
en gracia de los beneficios que reportaron á la cien- 
cia. 

Murió también por aquel entonces una hermana de 
don Sindulfo, tan rica como él, viuda de luengos años 
y madre de un tierno pimpollo de quince primaveras 
que respondía al nombre de Clara. Al dejar esta tierra, 
en la de Pinto, donde residía, nombró tutor de la niña 
á su hermano, después de dejarle su manda corres- 
pondiente, sin otra condición que la de no separar en 
vida á la huérfana de una mozuela, cuatro años mayor 
que Clara, con quien ésta se había criado y á quien, 
no obstante la condición humilde de Juanita — pues no 
pasaba de ser una criada suya — quería entrañable- 
mente. 

La viudez que lloraba nuestro sabio, sus aficiones 
que le incitaban á la soledad, las circunstancias que 
le atraían al retiro le indujeron á cambiar de residen- 
cia, y los dos inseparables con sus retortas y crisoles, 
sus pluviómetros y brújulas, sus pedruscos y sus fó- 
siles, fueron á sepultarse en Pinto entre la inocente 
sencillez de Clara y las inocentes ocurrencias de Jua- 
nita que, hija de la tierra— sin dejar de serlo de su pa- 
dre y de su madre, difuntos — largaba una fresca al 
lucero del alba en ese tono mayor que usa la gente de 
Madrid abandonada á su natural instinto. Los sabios 



42 KNRIQUE GASPAR 



no le entraron á la Mantornes por el ojo derecho y ya 
principió por regalarle á cada uno su mote. Á don 
Sindulfo le llamaba el tío Pichichi y al profesor de len- 
guas f/ locutorio. 

Pero I oh fragilidad de las cosas humanas I Aquel 
hombre que llegara hasta los cuarenta años sin expe- 
rimentar la atracción de las hijas de Eva, no necesitó 
más que seis meses de consorcio para no saber ya 
resistir á la influencia de su imán. Desconociendo que 
su caso con la muda había sido una chanca matrimo- 
nial cedida al primer postor, llegó á figurarse que su 
cara era moneda de buena ley para adquirir atan baja 
precio artículos no averiados, y siempre se la estaba 
poniendo delante á su sobrina que, inocente y cariño- 
sa, la contemplaba sin ver en ella más que una cara 
de tío. 

Estimulado por lo que nuestro héroe juzgaba el 
triunfo de sus atractivos y secundado por las sugestio- 
nes de Benjamín, siempre dispuesto á lisonjear las de- 
bilidades de su protector, un día al cabo de algunos 
meses don Sindulfo se decidió á declarar á su pupila 
su atrevido pensamiento, lo que le valió una negativa 
rotunda, si bien regada con amargo llanto de Clara 
que no se resolvía á explicar el motivo de su oposición. 

— ¡Hombre de Dios! venga usté acá — le dijo Juanita 
saliendo al encuentro de su amo al enterarse de lo 
ocurrido. — Hágame usté el favor de mirarse las arru- 
gas delante de ese espejo: ¿Cree usté que á mi señori- 
ta le ha de gustar casarse con un fuelle } 

— I Deslenguada ! —gritó don Sindulfo ciego de cóle- 
ra. — No dos lugar a que te ponga en el arroyo. 

— ¿ Á mí? Ni usté ni nadie. Estoy aquí por la volun- 
tad de la testaora y me defiende la curia. Yo soy una 
criada ante escribano* 

— Pero ¿en qué se funda para desahuciarme? — pre- 
guntó el tutor en tono humilde, probando si por la 
dulzura sacaba mejor partido. 



EL anacronópete 43 



— Pues miste; finalmente, que á la señorita y á mí 
no nos da por la cencía sino por la tnelicia, 

— ¿ Cómo? 

— Que ella quiere retemucho á su primo don Luís 
el capitán de húsares, y yo á su asistente Pendencia; 
que dentro de tres días llegarán de guarnición á Ma- 
drid, y que si nos viene usted con retruécanos verá 
usted el escabeche de sabio que resulta. 

Aquella revelación, confirmada por su sobrina, fué 
el golpe de gracia para don Sindulfo, cuya pasión al- 
canzó el período álgido aguijoneada por los celos. El 
capitán, más enamorado que nunca de su prima, llegó 
efectivamente á la corte una semana después, y dos 
horas más tarde se personaba en Pinto; pero la puerta 
de la casa le fué herméticamente cerrada por don Sin- 
dulfo con la intimación de no volver á poner allí los 
pies so pena de desheredarle. El primer impulso de 
Luís fué pedir amparo á la justicia contra la arbitra- 
riedad del despiadado tutor; pero ni Clara tenía la 
edad legal para que el juez supliese el disenso pater- 
no, ni auq teniéndola hubiera ella contrariado la 
última voluntad de su madre por la que le obligó á 
no tomar marido que no fuese de la aprobación de don 
Sindulfo. 

Preciso fué por lo tanto sufrir y esperar. Cuando 
se quiere y se es querido, todo se soporta con re- 
signación. Pero desde aquel punto la casa fué un 
infierno, pues las cartas iban y venían por conduc- 
to del asistente y de la Maritornes, y al sabio todo 
se le volvía vigilar sin fruto y enflaquecer sin resul- 
tado. 

— i Oh ! — exclamaba el infeliz en sú desesperación. — 
I Por qué se habrán liberalizado tanto las leyes ? Di- 
chosos tiempos aquellos en que un tutor tenía dere- 
cho de imponerse á su pupila. ¿Quién pudiera trans- 
portarse á aquella época, mal llamada de oscurantismo, 
en que el respeto y la obediencia á los superiores 



44 ENRIQUE GASPAR 



constituían la base de la sociedad ? ¡ Si yo pudiese re- 
trogradar en los siglos! 

— ¡Ojalá Dios I contestaba Benjaniín haciéndole el 
dúo. De ese modo podríamos caer sobre China en el 
imperio de Hien-ti y aclarar ese enigma iniciado por 
la momia, para cuya interpretación he leído inútil- 
mente cuantos historiógrafos han escrito sobre los sec- 
tarios de Confucio y Menció. 

Esta idea predominante en ambos llegó á tomar en 
ellos las proporciones de una monomanía. El políglo- 
ta soñaba en chino y su colega se pasaba la existencia 
extrayendo aire de los recipientes con la máquina 
neumática, para su análisis y descomposición. Pero 
todo fué inútil hasta que la Providencia — que quiso 
en este caso como en la mayor parte de los descubri- 
mientos, disfrazarse de casualidad — vino inesperada- 
mente en su ayuda. 

Cierta tarde en que el nuevo don Bartolo, impulsa- 
do por sus celos penetró de puntillas en la cocina con 
el fin de sorprender á las palomas, que huyendo del 
gavilán se refugiaban casi siempre en el fogón, halló 
á Juanita deletreando una carta de Pendencia, que 
ella se guardó precipitadamente donde sabía que don 
Sindulfo no se la había de coger. 

— <Qué estás haciendo ? — le preguntó. 

— Instruyéndome — le dijo ella sin inmutarse. 

— Más valdría que te entretuvieses en limpiar la 
chimenea que tiene un palmo de hollín y un regi- 
miento de telarañas. 

— Y la creación entera encontrará usted ahí. Eso es 
la obra del tiempo. Si puede que desde que usted ha 
nacido no le hayan pasado un escobón. 

Don Sindulfo, que tenía un cuchillo á mano, lo 
blandió con ánimo sin duda de cometer un homicidio; 
pero deteniéndose oportunamente se puso á rascar 
con él la campana del hogar como para paliar su arre- 
bato. 



EL ANACRONÓPETE 



— Pues entretente — añadió — en quitar las capas de 
basura y verás cómo consigues sacar á luz los hor- 
nillos. 

— I Ay ! No me haga usté reir. Pues si eso fuera po- 
sible ya se hubiera usted puesto como nuevo rascán- 
dose con un cuchillo las capas de años que le sobran. 

Don Sindulfo se las iba á echar de matón; pero una 
idea súbita cruzó por su mente y se quedó en un pié 
como las grullas y en la actitud de Caín al oir al Se- 
ñor preguntarle: «^Qué has hecho de tu hermano?» 
Aquel ser vulgar sin la menor noción científica acaba- 
ba de iniciarle en la solución del problema que perse- 
guía con tanto empeño. 

Desde aquel instante puso manos á la obra. La físi- 
ca, las matemáticas, la geología, la dinámica, la mecá- 
nica, el cálculo sublime, la meteorología, todo el saber 
humano en ñn, espoleado por su amor y azotado por 
sus celos, le abrió sus más recónditos enigmas, y re- 
duciendo a una fórmula su maravillosa invención, 
sentó el axioma de que retrogradar en los siglos no 
era otra cosa que deshollinar el tiempo. 

Algunos años, todo su capital y gran parte del de 
su sobrina, se invirtieron en la construcción del Ana- 
cronópete. Entre tanto los novios esperaban paciente- 
mente y aventuraban, aunque en vano, alguna tenta- 
tiva de transacción. Don Sindulfo ejercía cada vez 
mayor vigilancia, ocultaba á todos, excepto á Benja- 
mín, el trabajo que le absorbía y daba rienda suelta a 
su pasión con la ilusoria esperanza de la victoria. 

La terminación del aparato, coincidiendo con la 
apertura de la Exposición Universal de 1878, permitió 
por fin que un día se cargasen varios w^agones con to- 
das sus piezas desmontadas; y, encajonados en un 
coche de primera el inventor, su amigo, la sobrina y 
el sinapismo de la criada, emprendieron todos súbita- 
mente el camino de París, donde el enamorado tutor 
se proponía , libre de las persecuciones del húsar, 



46 



ENRIQUE GASPAR 



realizar su sueño; lo que no consiguió nunca, como 
verá el lector que con paciencia quiera seguir el curso 
de este increíble relato. 






CAPÍTULO V 



Cupido y Marte 



lENTRAS se 

¡montaba el 
armatoste en 
el área que le 
habían destinado en el 
palacio de la exposi- 
ción, don Sindulfo se 
estableció con su fami 
lia en el hotel de la 
Concordia sito en el 
boulevard Malesher- 
bes. Inútil es decir que 
las horas que el sabio 
se pasaba en el Campo 
de Marte dirigiendo 
los trabajos, Clara y 
Juanita quedaban en- 
cerradas bajo llave en 
sus habitaciones; pues, 
celoso como un turco, nuestro compatriota temía á 
cada momento una evasión ó un rapto. Cuando sacaba 
á las muchachas á paseo, siempre lo hacía en coche, 
y no asistían al teatro sino en palco con celosías. 

Todas estas precauciones, la distancia que los sepa- 
raba de Madrid , la idea de dejar pronto la edad pre- 



48 ENRIQUE GASPAR 



senté y los ineludibles deberes militares de su sobrino 
que le impedían abandonar su puesto, infundieron 
cierta tranquilidad relativa en el ánimo de don Sindul- 
fo. Asi pasó cerca de un mes viendo disminuir sus 
temores, cuando una tarde al regresar solo de una se- 
sión del Congreso científico y remontar el lado izquier- 
do de la Magdalena, sintió como si le tirasen de la 
levita por detrás. Volvió la cabeza y casi la perdió al 
encontrarse de manos á boca con Pendencia, el asis- 
tente de su sobrino. 

— ¿Me da vu de la candel? — le dijo éste disponiéndose 
á encender su chicote en el medianito del aturdido za- 
ragozano y traduciendo en lengua de Racine su patrio 
estilo cordobés. 

— ¡ Un cuerno le daré á usted yo ! ^ Qué hace usted 
en Paris? 

— Puez he venío penzionao por el Gobierno con quin- 
ce camaradaz máz á las orillaz del Cieña para que 
aprendan los franceses á jacer zordaozá nueztra jechu- 
ra y cemejanza. 

Y en efecto, el ministerio de la Guerra enviaba al 
certamen un individuo de cada arma de que se com- 
pone el ejército español, para dar una muestra asi de 
los uniformes como de su envidiable apostura y biza- 
rría. 

— ¿Y mi sobrino es tarnbién de la tanda? — preguntó 
el sabio presintiendo su desventura. 

— Ci ez él quien noz manda ! Le ezcogieron á pulzo. 

—i Cómo ! 

— El meniztro le dijo: «Hombre, vaya usté á la diz- 
pocición para que vean allí que todoz no zomoz tan 
feoz como zu tío de usté.» 

— i Insolente! Comprendo la trama; pero sus inicuos 
proyectos quedarán frustrados. ¡ Ay de él si se atreve 
á declararme la guerra ! Puede usted ir á decírselo de 
mi parte. 

Y como en aquel momento llegasen á la fonda, don 



EL ANACRONÓPBTE 



49 



Sindulfo se separó bruscamente de Pendencia, que 
con un : 

— Á la orden, don Pichichi ; corrió en busca de su 
amo, en quien mis lectores habrán ya reconocido al 




capitán de húsares que al principio de esta historia se 
apeó del ómnibus en la cabecera del puente. 

— ^¿Quién ha venido? ¿Habéis visto á alguien por el bal- 
cón ?— fué la primera pregunta formulada por el atri- 
bulado tío al entrar en las habitaciones de su sobrina. 

— ¿Y á quién quiere usted que veamos si nos pone 



5o ENRIQUE GASPAR 



usted candados hasta en las vidrieras ? — replicó Juani- 
ta con su respingo habitual. 

Don Sindulfo no juzgó conveniente dar más expli- 
caciones y se dirigió á su cuarto contiguo al de las 
reclusas ; pero al volverse de espaldas dejó ver unos 
papeles que, pendientes de un hilo y enganchados á la 
levita por un alfiler, le había prendido Pendencia du- 
rante su trayecto por el boulevard; y de los que Juana 
se apoderó graciosamente mientras su amo abría la 
puerta, pues tanto la fregatriz como su señorita esta- 
ban seguras de que Cupido había de aprovechar la 
primera ocasión que se le presentase de comunicar 
con ellas. 

Apenas se quedaron solas empezó la lectura de las 
cartas. La de Luís encerraba mil protestas de amor 
para su prima, dándole la seguridad de que en breve 
se vería libre del yugo de su implacable tío. 

La de Pendencia era tan lacónica como digna de 
conocerse. Decía así : 

«Mi coracon es pera, Y a esto y acui coma tullo asta 
la merte ilo es Roce Gomec.» 

Juanita, acostumbrada al estilo epistolar de su sol- 
dado comprendió que aquello quería decir : « Mi cora- 
zón espera. Ya estoy aquí. Coma (ó sea la puntuación 
escrita.) Tuyo hasta la muerte. Y lo es Roque Gó- 
mez.» 

Al día siguiente Luís ocupaba ya un cuarto en el 
hotel de la Concordia. Por fortuna don Sindulfo, que 
marchaba el primero, pudo verle al entrar en el come- 
dor, y retrocediendo antes de que los demás le aper- 
cibiesen, volvió á subir las escaleras con todos y dio 
orden de que en adelante les dieran de comer á él y á 
los suyos en gabinete aparte. Redobláronse las pre- 
cauciones : cada vez que el tutor se ausentaba, Benja- 
mín quedábase de centinela ; pero, vano empeño; Luís 
sobornaba al criado de turno y las cartas iban y venían 
liadas en las servilletas, que era un llover. ¿ Descu- 



BL ANACRONÓPETB 5 1 



bríase el ajo ? ¿ Suprimíanse los camareros sirviéndose 
á sí propios ? ¿ Prohibíase á Juanita que se acercase á 
la mesa para cambiar un plato y que saliese de su pri- 
sión para nada ? Las misivas no por eso dejaban de 
llegar, ya pegadas con cola en el asiento de los jarros 
de agua para el tocador, ya en el hueco de un pasteli- 
llo que, con una señal convenida de antemano, elegía 
Clara entre los demás de la fuente, ya por último den- 
tro de una nuez de que era portador un perro de la 
fonda al que Pendencia había enseñado á escabullirse 
entre las piernas de don Sindulfo, cada vez que éste 
abría la puerta para recibir por si mismo los man- 
jares. 

Realmente aquello no era vivir; los cien ojos de 
Argos no bastaban para atender á tantas y tan fre- 
cuentes asechanzas. Así es que en cuanto el Anacronó- 
pete estuvo en disposición de habitarse, don Sindulfo 
estableció en él su domicilio obteniendo, bajo pretexto 
de su custodia, una guardia permanente de dos gen- 
darmes que impedían la aproximación al aparato de 
todo el que no fuese acompañado por el inventor. Pero 
si la incorruptibilidad de los guardianes no cedió ni 
ante las súplicas ni ante las dádivas de Luís, la trave- 
sura de su asistente se multiplicó con los obstáculos. 
Tan pronto mientras los viajeros visitaban los Inváli- 
dos, donde ya había hecho él conocimientos, se pre- 
sentaba con una pierna de palo y unas barbas de chivo 
sirviendo de cicerone, como envuelto en los andrajos 
de mendigo, les pedía una limosna en medio de los 
bulevares, lo que— la mendicidad estando prohibida 
— le costaba pasar unas cuantas horas en la prevención. 
Casi siempre concluía por ser descubierto ; así es que 
don Sindulfo decidió que en lo sucesivo no saldrían 
más que á misa y en carruaje. Pendencia se disfrazó 
de cochero ; pero se vendió, porque al darle en fran- 
cés las señas de la Magdalena, él, que no era fuerte en 
idiomas, los llevó al cementerio del Pére Lachaise. 



>3 KHMQUB GASPAR 

Agotados por ñn todos los recursos, un dia se confa- 
buló con el suizo de la iglesia á que asistían sus com- 
patriotas y, ocupando su puesto á la vanguardia del 
postulante que durante la ceremonia recoge las limos- 
nas de los fieles, se aprestó ¿ entregar una carta á 
Claríta; pero la falta de costumbre de circular por en- 
tre las ñlas de los reclinatorios, cargado con la alabar- 
da y el palo de tambor mayor, le hizo enredarse en el 
espadín en momento tan inoportuno que, cayendo 
sobre el sabio mientras la peluca se posaba en el de- 
vocionario de un caballero y el tricornio en la cabeza 
de una devota, descubrióse el pastel y don Sindulfo 
abandonó con su gente el templo regresando al Ana- 
cronópete que en adelante quedó convertido para todos 
sus moradores en prisión celular. 

Los días que siguieron á esta catástrofe fueron de 
desesperación para el enamorado Luís que veía des- 
aparecer sus esperanzas, y para el asistente y sus 
quince compañeros que sentían aproximarse la hora 
de la expedición al pasado sin recoger el fruto de sus 
maquinaciones. El único consuelo del capitán era colo- 
carse con los muchachos en la galería del arco central 
del palacio de la exposición y contemplar desde allí el 
Anacronópete que á un centenar de metros se erguía 
con la sombría majestad de un inmenso sepulcro. 

Una tarde, que como de costumbre se hallaban ocu- 
pados en esta contemplativa tarea proponiendo quién 
enviar una misiva encerrada en un proyectil hueco, 
quién valerse de la balística para lanzar un hilo telefó- 
nico, empezaron las nubes á arrojar agua que no pare- 
cía sino que se desprendían sobre la tierra las cataratas 
del cielo. 

— Buena va á ponerce la dizpocición ci hay alguna 
gotera — dijo el asistente prestando oído al diluvio que 
con fragor se despeñaba por los canalones. 

— No hay miedo— le argüyó su amo. — Tal vez los 
desagües son los trabajos más portentosos de esta 



EL ANACRONÓPETE 53 



fábrica. ¿ No has visto los planos expuestos en la sec- 
ción de París? Las alcantarillas son más altas que esta 
bóveda. 

— ¡ Cómo !— exclamó Pendencia abriendo desmesu- 
radamente los ojos. — ¿ Aquí hay zumieroz? 

— i Qué duda cabe ! Mira, el principal circula casi 
tangente al aparato. 

— [Digo ! Turgente y todo, y ce eztá uzté con la len- 
gua pegada al paladar? 

— No te entiendo. 

—Ci uzté no ha nacido para la guerra. Como genioz 
militarez Napoleón y yo. 

~¿ Te explicarás? 

— Puez ez muy cencillo. Ci don Cindulfo tiene para 
zu defenza ezcarpaz y contra-ezcarpas, nozotros para 
el ataque le abrimos minaz y contraminaz. Cabaye- 
roz... al albañal. 

Un entusiasta viva acogió la idea del cordobés. Indu- 
dablemente la alcantarilla era la ültirpa trinchera del 
amor. Reconocidos los planos vióse con placer que 
bastaba abrir una galería transversal de pocos metros 
para encontrarse debajo del centro matemático del 
Anacronópete. Sobornar al encargado de la limpieza 
en aquella sección, fué obra tanto más fácil y hacede- 
ra, cuanto que el individuo en cuestión era rayano de 
España por el lado de Canfranc y gustaba de las pelu- 
conas de Carlos IV, que Luís no le escaseó para lograr 
su objeto. 

El tiempo apremiaba, pero contra diez y siete espa- 
ñoles, de los cuales la mitad se componía de aragone- 
ses y catalanes, no hay obstáculos, sobre todo tratán- 
dose de militares siempre á las órdenes del general 
No importa. 

Los picos y azadones fueron abriendo paso; los pun- 
tales formando túnel y por último, el día fijado para 
el inverosímil viaje, mientras don Sindulfo daba su 
conferencia en el Trocadero acompañado de su inse- 



54 ENRIQCTE GASPAR 



parable Benjamín, los diez y seis hijos de Marte salu- 
daban la llegada de su capitán con el último golpe de 
piqueta que los colocaba bajo la plaza enemiga. Al 
salir del foso se encontraron en una estancia rectangu- 
lar de la altura de un hombre buen mozo. Era el podio 
ü obra muerta del aparato para precaverle de las hu- 
medades en las paradas. 

El plan de los invasores era romper á hachazos el 
suelo del Anacronópete; pero con gran sorpresa suya, 
se lo encontraron abierto, pues el vehículo tenía en el 
fondo para la limpieza de la cala una compuerta que 
funcionaba eléctricamente con el mecanismo de una 
guillotina horizontal y que, sin duda con el objeto 
de dar mayor ventilación al piso bajo no se hablan 
cuidado de cerrar, muy ágenos de que por allí pudiera 
tener efecto un ataque subterráneo. 

— ¡ Arriba I — fué el grito unánime; — y transponiendo 
escaleras, cruzando corredores, invadiendo salas, lle- 
garon á donde estaban las cautivas, que no pudieron 
reprimir un grito de terror al ver delante de sí á tan- 
tos hombres con armas que á prevención para cual- 
quier evento llevaban consigo. 

El acto del reconocimiento no hay para qué pintar- 
lo. Siéntanlo los que sepan amar. 

— Huyamos, mi bien — fué la primera frase que Luís 
acosado por el tiempo y las circunstancias acertó á 
decir á su prima. 

— ¡Oh I Nunca — le respondió ella. — Cualquiera que 
sea mi suerte, la soportaré resignada antes que faltar 
al juramento que hice á mi madre moribunda. Te ama- 
ré siempre ; pero huir contigo no lo esperes de mí. 

Los ruegos, las exhortaciones, las lágrimas eran 
inútiles ante la irrevocable resolución de aquella hija 
sumisa y obediente. Perdida parecía ya toda esperanza 
cuando las aclamaciones de la multitud penetrando en 
el recinto indujeron á Clara á inquirir el origen de 
tamaña confusión. Cuando Luis le explicó que obede- 



EL ANACRONÓPETE 55 



cía al entusiasmo popular por el invento de su tío, las 
pobres prisioneras que ignoraban en absoluto los pro- 
pósitos del tutor, prorrumpieron indignadas en invec- 
tivas contra aquel monstruo que con su silencio las 
obligaba á una peregrinación tan llena de peligros. 

— i Eso es imposible ! — balbuceaba la huérfana. 

— i El demonio del sabio I — decía la Maritornes. — 
Pues ni que fuéramos cangrejos para andar hacia 
atrás I 

— jDigo! Y tú que erez tan echada para adelante. 

— ¡ Huyamos!— repetía Luís apercibiéndose de que la 
gritería era cada vez más cercana. — Huyamos, no para 
esconder nuestro amor, sino para pedir á la justicia el 
. amparo que la ley te debe. 

Esta juiciosa observación produjo su efecto. Los mi- 
nutos eran preciosos; el tirano se aproximaba; un 
espantoso porvenir podía ser el resultado de aquella 
perplejidad. 

— Sea pues — exclamó la pupila resueltamente. 

Y todos se encaminaron á la mina. 

Pero al querer penetrar por la abertura la encontra- 
ron obstruida. 

Un desprendimiento del terreno les había cortado 
la retirada. 





CAPITULO VI 



El vehículo considerado como escuela de moral 




nuÉ hacer en circunstancias tan adversas ? Los 
pusilánimes proponían permanecer en el es- 
pacio hueco del podio y esperar á que el 
Anacronópete al elevarse les permitiera salir; 
pero sobre correr el riesgo de ser descubiertos si se 
notaba la falta de las cautivas, exponíanse — aun sal- 
vando esta eventualidad — á ser pulverizados por una 
desviación del vehículo en el momento del arranque. 
Los más resueltos optaban por romper la puerta y 
conquistar la salida con las armas. Este plan se des- 
echó por violento é infecundo, prevaleciendo al fin la 
idea sugerida por los prudentes, de ocultarse yaguar- 
dar la ocasión propicia de emprender la fuga. 

La cala estaba por fortuna harto provista de mate- 
riales de construcción, destinados á las reparaciones, 
y de vituallas de toda especie para que no abundasen 



EL ANACRONOPETE 



los escondrijos. Fuéronse pues metiendo los unos tras 
la piperia de los caldos, los otros en los intersticios de 
los balotes de gramíneas ; y así se formaban parapetos 
con los sacos de harina y los cajones de conservas, 
como se atrincheraban en los montones de legumbres 
ó hacían reducto del sarcófago de la momia. 

Clara recomendó á todos la mayor prudencia ex- 
hortándoles á no moverse hasta que ella ó Juanita vi- 
niesen en su busca, lo que, en nombre de sus compa- 
ñeros, le fué prometido solemnemente por Pendencia, 
excitando una carcajada unánime al asomar la cara 
embadurnada de blanco por efecto de sus frotaciones 
contra unos costales de candeal. 

Mientras esta escena tenía lugar en el Anacronópete, 
fuera ocurrían incidentes dignos de ser narrados. 

Concluida la conferencia, don Sindulfo, como hemos 
visto, empezó su marcha triunfal desde el Trocadero 
al Campo de Marte entre los vítores de la multitud 
frenética y dos filas de guardia nacional que la villa de 
París había puesto á su disposición para conservarle 
el paso expedito. Una vez dentro del área de la expo- 
sición, el maire invitó al sabio á reposarse breves mo- 
mentos en una elegante tienda de campaña levantada 
ad hoc cerca del Anacronópete, en el centro de la cual 
veíase una mesa capaz de satisfacer la intemperancia 
de Lúculo y de emular la esplendidez de los festines 
de Cleopatra. Era el lunch de despedida ofrecido por 
la municipalidad de París al insigne inventor, pues 
parece imposición de la naturaleza, respetada por la 
costumbre, que en todo regocijo público el estómago 
haya de meter la primera cucharada. 

Sentáronse anfitriones, convidados y parásitos (plan- 
ta que brota espontáneamente en todos los comedo- 
res) y, con el reposo del cuerpo, dio principio el tra- 
bajo de las mandíbulas. Durante los encurtidos, los 
torsos formaban con la mesa un ángulo recto. Á me- 
dida que el lastre iba estivando el aparato digestivo, 



• 58 ENRIQUE GASPAR 



el ángulo se convertía en agudo. Al sonar la hora del 
champagne los lados móviles trataron de reconquistar 
el equilibrio ; pero la perpendicular al mantel no pudo 
restablecerse y, dando por tope á los omoplatos el res- 
paldo de los sillones, el ángulo obtuso dominó en toda 
la linea. 

Entonces empezaron los brindis, peores unos que 
otros, sí bien todos malos, pues no hay nada que limite 
tanto la inteligencia como el elogio. Asi es que, hacien- 
do gracia de ellos al asendereado lector, me limito á 
extractar lo único que en aquel cúmulo de peroracio- 
nes hubo de bueno, que fué precisamente lo que no 
tuvieron de alabanza. 

El bibliotecario de la Sorbona, levantándose del 
asiento y sacando á luz un primoroso ejemplar de la 
iUada^ publicado recientemente á expensas de la so- 
ciedad bibliófila, rogó á don Sindulfo que al pasar por 
la olimpiada en que floreció el padre de la epopeya, 
obtuviese de Homero que le firmase su obra magna 
corrigiendo los yerros tipográficos que encontrase y 
consignando bajo el testimonio de su facsímile si fué 
en Chio ó en Smirna donde vio la luz primera. 

— Propongo que se substituya esa última frase por 
esta otra: «En dónde nació»— interpuso un académico 
de lahistoría. — ^Porque — prosiguió — ^suponiendo que la 
lógica fuese en aquellos tiempos fabulosos una ciencia 
tan exigente como lo es en nuestros días, nos expone- 
mos á seguir ignorando cuál fué la patria del cantor 
de Troya, si al preguntarle dónde vio la luz ¡Mimera, 
él lo toma pciem lUerje y nos contesta que en ninguna 
parte por ser ciego de nacimiento. 

Aprobada la enmienda, tocóle el tumo al presidente 
de la junta de agricultura, quien en OMTecta fi^se — 
pues era un poeta el encargado de velar por los inte- 
reses agrícolas del país — encareció a don Sindulfo casi 
en verso, la necesidad de combatir los efectos del ot- 
dium y de la phüoxera en las vides : para lo cual o^ia 



EL ANACRONÓPETE 5 9 



el medio más seguro hacerse con unos sarmientos de 
la viña de Noé á fin de reproducirlos en Francia. 

Esta proposición levantó una tempestad de aplau- 
sos, pues nadie ignora que el vino es una de las prin- 
cipales riquezas del suelo transpirenaico, cuya pro- 
ducción aunque fabulosa, por poco que la cosecha 
flojee ya no alcanza á cubrir las necesidades del con- 
sumo. 

Muchas más fueron las ideas que, dirigidas todas al 
mejoramiento de la condición humana, se desarrolla- 
ron en la sobremesa, é infinitos los encargos particu- 
lares y de índole risible que se hicieron al doctor. Ya 
era un empresario de teatros quien le abría un crédito 
incondicional con el fin de que ajustase á Moliere para 
dar doce representaciones antes de que se cerrara la 
exposición. Ya un tipógrafo quien.se comprometía á 
trasladarse á la Grecia del siglo de Feríeles, con el ob- 
jeto de imprimir las conferencias de Sócrates y publi- 
car un periódico político. 

Don Sindulfo dio las gracias á todos y á cada cual; 
objetó que aquel su primer viaje no tenía otro carác- 
ter que el de exploración, y, ofreciendo desempeñar 
cuantas pudiera de las diferentes comisiones que se le 
confiaban, dio por concluido el acto. 

No había llegado aún á la puerta cuando el prefecto 
de policía, apeándose de su carruaje, penetró en el 
pabellón y se dirigió al sabio. 

— i Puede el señor García acordarme una conferen- 
cia de breves minutos? — le dijo. 

— Hiciéralo con placer si no fuese ya la hora regla- 
mentaria y temiese abusar de la impaciencia pública. 

— Me trae aquí una misión oficial. Vengo en nombre 
del gabinete. 

Ante esta observación no había medio de insistir. 
Los comensales se retiraron prudentemente á un ex- 
tremo de la tienda, mientras en el opuesto los dos in- 
terlocutores sostenían el siguiente diálogo: 



6o ENRIQUE GASPAR 



— El gobierno me delega para pedirle á usted un 
señalado servicio. 

—Me honra tal confianza. Escucho á usted. 

— Á nadie se le oculta que la Francia, desgraciada- 
mente, atraviesa un período de relajación moral que 
amenaza destruir los ya minados cimientos de la fa- 
milia, fundamento de todas las sociedades. 

— Aunque con dolor, me es fuerza asentir á tan 
acertado parecer. 

— El gobierno, más interesado que nadie en la re- 
dención de su patria, ha penetrado con ánimo resuelto 
en el fondo de esta cuestión pavorosa; y cree poder 
afirmar que el quebrantamiento de los vínculos socia- 
les proviene de ese escandaloso mercado sensual con 
que no ya emulamos, sino trasponemos el histórico y 
poco plausible renombre de Síbaris y Capua. 

— Evidentemente ; mas no alcanzo cuál pueda ser la 
parte que me incumba en esa misión redentora. 

— Á eso voy. Regenerar á la mujer es crear buenas 
madres de que carecemos. 

— No en absoluto. 

— Es usted muy amable. Gracias por la mía. Tener 
madres es garantizar la educación de los' hijos. De los 
buenos hijos germinan los esposos modelos y los ínte- 
gros ciudadanos. Luego hay que purificar la familia 
para salvar la patria. 

— Estamos de acuerdo. 

— Ahora bien ; de esas desgraciadas mujeres, que, 
para vergüenza de propios y extraños, arrastran sus 
vicios por nuestras populosas ciudades pregonando 
con histéricas carcajadas su mercancía, pocas, conta- 
das, son las que consiguen un resultado beneficioso 
que consolide su existencia en la vejez. Los hospitales, 
los teatros, las porterías suelen constituir su última 
trinchera ; y muchas hay que al perder la menguada 
lozanía de los primeros años volverían con arrepenti- 
miento á la senda de la virtud, á no impedírselo el es- 



BL ANACRONÓPETE 6 1 



tado en que los excesos y la depravación las han su- 
mido y que las hacen ineptas para los puros goces de 
la familia. El gabinete, pues, en consejo extraordina- 
rio, me encarga ser intérprete de sus sentimientos 
cerca de usted y me comisiona para dirigirle á usted 
una proposición. 

El prefecto acercó más aún su silla á la de don Sin- 
dulfo y prosiguió de esta manera: 

— ^^ Hemos entendido mal ó es cierto que con el 
maravilloso vehículo de su invención puede el nave- 
gante rejuvenecerse á medida que retrograde en el 
tiempo? 

— Así es, con tal de que previamente no se haya so- 
metido á la inalterabilidad de las corrientes del fluido 
que lleva mi nombre ; pues de otro modo vería pasar 
los siglos sin experimentar alteración alguna, 

— ,1 En qué tiempo puede usted recorrer un espacio 
de veinte años ? 

— En una hora. 

— ( Y llegado á ese término, le es á usted dable per- 
petuar la edad de la persona en el punto porque en- 
tonces atraviese ? 

— Sin ningún obstáculo. 

— Pues bien. El plan del gobierno es rogar á usted 
que acepte en la expedición una docena de señoras 
que frisen en los cuarenta (edad en que la vejez no 
las ha hecho aún desistir de las ilusiones; pero harto 
avanzada en mujeres de su condición para abrigar es- 
peranzas de medro), y ofrecerles que en sesenta minu- 
tos van á .reconquistar sus veinte abriles. De este 
modo, es indudable que, aleccionadas por la experien- 
cia, y arrepentidas por el fracaso, al encontrarse due- 
ñas de SUS hechizos por segunda vez, sigan la senda 
de la morigeración y abandonen la del vicio. 

—Plausible es la intención, ^ Pero no teme usted, 
señor prefecto, que si lo que entra con el capillo no 
sale sino con la mortaja, las buenas señoras al verse 



62 ENRIQUE GASPAR 



en el pleno ejercicio de sus facultades quieran volver 
á tentar fortuna } 

—No lo espero. De todos modos este no es más que 
un ensayo de que desistiremos si no salimos airosos, 
ó que en caso contrario repetiremos en grande escala. 
¿ Qué responde usted ai ministerio ? 

— La misión me honra sobremanera para rechazarla; 
pero debo advertir á usted que yo viajo con mi sobri- 
na y... 

— No tema usted el menor desafuero. Se portarán 
dignamente. Ya las hemos exhortado y el miedo al 
castigo las contendrá. 

— Lo celebraría aunque lo dudo. 

— Se lo aseguro á usted ; la amenaza es temible. 

— i Cuál se les ha impuesto ? 

— No quitarles ni un año de encima si se exceden en 
algo. 

—Tiene usted razón ; me tranquilizo. 

— ^ Estamos de acuerdo ? 

— Completamente . 

— El gobierno sabrá recompensar á usted favor tan 
señalado. 

— Me basta conseguir por premio que Francia sea 
digna en el orden moral de la supremacía que por 
tantos otros conceptos se ha conquistado en el mundo. 

Terminada la entrevista, el cortejo con don Sindulfo 
á la cabeza salió del pabellón, á cuya puerta espera- 
ban en sus carruajes las alegres expedicionarias que, 
apeándose, se agregaron al grupo oficial, tomando 
todos juntos la dirección del Anacronópete. 

Llegados al pié del coloso cruzóse un último adiós. 
El sabio, Benjamín y las viajeras penetraron en el ve- 
hículo y éste, herméticamente cerrado, atrajo desde 
aquel momento las miradas de todos los circunstan- 
tes. 

No habría transcurrido un cuarto de hora, cuando 
un murmullo de dos millones de almas onduló en el 



EL ANACRONÓPETE 



63 



espacio. El Anacronópete se elevaba con la majestad 
de un montgolfier. Nadie aplaudía porque no habla 
mano que no estuviese provista de algún aparato óp- 
tico ; pero el entusiasmo se traducía en ese silencio 
más penetrante que el ruido mismo. 

Llegado á la zona en que debía tener lugar el viaje, 
el monstruo, reducido al tamaño de un astro, se paró 
como si se orientara. De repente estalló un grito en la 
multitud. Aquel punto, bañado por un sol canicular, 
había desaparecido en el firmamento con la brusca 
rapidez con que la estrella errática pasa á nuestros 
ojos de la luz á las tinieblas. 




t>ÍJ^^ ís^ 



CAPITULO VII 



¡ Marchen ! 




oNSTABAcl Anacronópete, 
como hemos dicho, de un 
podio 6 basamento sobre 
el que descansaba el sue- 
lo de la bodega, y en el 
espesor de cuyo muro 
^ eíapse empotrados los escalo- 
nes que daban acceso al por- 
tón, única entrada del vehícu- 
lo. La forma de este era rectan- 
gular. En sus ángulos erguíanse 
cuatro formidables tubos corres- 
pondientes á los apalea tos de desaloja- 
mi en t a que, con sus bocas retorcidas 
en dirección de los puntos cardinales, 
parecían otros tantos enormes trabucos arqueados 
en figura de 7. En el piso principal, y corriendo por 
sus cuatro lados, circulaba una elegante galería cuya 
puerta, como todas las demás aberturas del locomó- 
vil, quedaba herméticamente cerrada en viaje. Un 
inmenso disco de cristal, rasante por cada viento á la 
pared, servía á los viajeros para desde el interior y con 
el auxilio de potentes instrumentos ópticos, contem- 
plar el paisaje y rectificar la orientación durante la 



EL ANACRONÓPETE 65 



marcha. Dos frontones coronaban los testeros ostentan- 
do en sus tímpanos el nombre del coloso y sostenien- 
do en sus caballetes la cubierta en plano inclinado, así 
dispuesta para las paradas ; pues en movimiento — na- 
vegando por el vacío— ni había que cuidarse de los 
desagües ni precaverse contra las afecciones atmosfé- 
ricas. 

Exteriormente, era pues el Anacronópete una espe- 
cie de arca de No¿ sin quilla ; toda vez que sus funcio- 
nes no se relacionaban con el líquido elemento y que, 
para flotar en caso necesario, bastábale la tripa que, á 
modo de los antiguos navios, arrancaba del suelo de 
la cala y se contraía debajo del balcón sirviéndole de 
soporte. Examinémosle ahora por dentro. 

La planta baja la ocupaba toda la bodega á excepción 
del pequeño espacio — destinado á vestíbulo y á la es- 
cala espiral — que constituía la entrada de honor para 
las dependencias superiores, de las que se descendía 
á la cala por otra escalera de caracol levantada en uno 
de los ángulos. En el opuesto veíase el aparato del 
fluido García, con cuyas corrientes hacíanse inaltera- 
bles los cuerpos ; precaución tomada ya de antemano 
con cuantos materiales de construcción y provisiones 
de boca había á bordo. Enfrente de aquel, funcionaba 
el mecanismo Reiset y Regnaut para producir el oxi- 
geno respirable. Tanto este aparato como el de la inal- 
terabilidad estaban prudentemente reproducidos di- 
versas veces en el Anacronópete, aunque sus efectos 
podían hacerse sentir en cualquiera parte con el auxi- 
lio de conductores. También las pilas eléctricas tenían 
los suyos diseminados por el vehículo, para llevar las 
corrientes á donde se necesitara un movimiento, por- 
que allí toda actividad era mecánica. Así por ejemplo; 
la compuerta que, en forma de guillotina horizontal, 
dio acceso como hemos visto á los hijos de Marte, co- 
rrespondía con otra de idéntica estructura tallada en 
el suelo del piso alto. ^Queríase cargar el Anacronópe- 



66 ENRIQUE GASPAR 



te ? Pues no había más que elevarle convenientemente, 
colocar debajo las mercancías, aplicarles un conductor 
y ellas solas subían por las aberturas hasta dar con los 
aisladores que paralizaban su ascensión en el punto 
deseado. La limpieza tenía lugar por el mismo proce- 
dimiento. Unas escobas mecánicas barrían los espacios 
libres y conduelan los residuos sobre la trampa del 
piso principal. Abierta ésta caían las escorias sobre la 
cala y, repetida allí la operación, un bostezo de la gui- 
llotina las arrojaba fuera; de modo que bastaba empe- 
zar en lunes el barrido para en un segundo encontrar- 
se con el sábado hecho. 

En la planta alta residía el poderoso agente de la 
locomoción : la electricidad. Nada tan interesante como 
el relato de su mecanismo ; pero como esto nos llevaría 
muy lejos y el lector, aceptado el principio, ha de ha- 
cerme gracia de las explicaciones técnicas, limitóme á 
decirle que del centro de aquella zona lanzaban las 
pilas sus torrentes de fluido á todas las articulaciones 
encargadas de producir el movimiento y á los tubos 
neumáticos repulsores de la atmósfera. Un elegante 
registro marcaba la velocidad y una sencilla aguja la 
regulaba. En la misma pieza estaban el observatorio y 
el laboratorio con sus lentes, retortas, mapas, compa- 
ses, bibliotecas, aerómetros y utensilios cronográficos. 
En las crujías laterales y con el sistema de los cama- 
rotes, alternaban por el ala derecha, el gabinete de 
señoras con el cuarto de baño y la despensa con la co- 
cina ; en la que sobre una plancha colocábase un pollo 
vivo que una descarga eléctrica desplumaba, mientras 
un chispazo lo convertía en comestible, siete mil dos- 
cientas veces más pronto que cualquier asador común. 

El lavadero, situado en la extremidad posterior del 
eje, era un prodigio. Entraba la ropa sucia por un lado 
y salía por el otro, lavada, planchada, seca y zurcida. 

El ala izquierda se la había reservado íntegra el sexo 
fuerte, y nada tenía de notable á no ser el departa- 



EL ANACRONÓPETE 67 



mentó de los relojes ; en que uno marcaba la hora real 
en la existencia efectiva y otro la relativa al momento 
histórico del viaje con expresión del siglo, año, mes y 
día según el cómputo Gregoriano. 

Cuando después del entusiasta y último adiós de las 
corporaciones, los sabios penetraron en su baluarte, 
el primer cuidado de don Sindulfo fué alojar bajo llave 
en el cuarto de las colecciones, á las atónitas agrega- 
das, con intimación de no moverse de allí hasta que él 
fuera en su busca ; pues por más confianza que le me- 
reciesen sus protestas, él creía, y con razón, que las 
rejas no perjudicaban á los votos. En seguida y de una 
sola conmoción eléctrica dejó herméticamente cerrado 
el Anacronópete; hecho esto propinó á Benjamín unas 
descargas del fluido de la inalterabilidad, recibiendo 
él otras tantas de mano de su amigo. 

— Ya no puede el tiempo ejercer su influencia sobre 
nosotros— exclamó con aire de triunfo una vez termi- 
nada la operación. 

— ¿ No cree usted sin embargo — objetó su insepara- 
ble — que nada perdíamos con esperar para fijarnos á 
que el Anacronópete llevase algunos minutos de mar- 
cha? 

— Comprendo la intención de usted, y nadie más 
interesado que yo en perder algunos años para ver si 
rejuveneciéndome cesaban los rigores de mi sobrina ; 
pero si á usted ó á mí, únicos que conocemos este me- 
canismo, nos sobreviniera un accidente cualquiera 
^ cuál sería nuestra suerte disparados sin rumbo en el 
espacio y qué responsabilidad no pesaría sobre nos- 
otros dejando insoluble el más gigantesco de los pro- 
blemas científicos ? 

La observación era tan justa, que el políglota no 
tuvo nada que objetar. Verdad es que todo hubiera 
sido inútil, pues, una vez fijados, sólo la acción regu- 
lar del tiempo hubiera tenido poder para destruir la 
producida por el fluido. 



68 ENRIQUE GASPAR 



Dirigiéronse por lo tanto al gabinete de señoras, 
donde Clara y Juanita se habían refugiado como los 
chicos que se esconden cuando creen haber hecho 
algún mal; y conduciéndolas capciosamente al labora- 
torio, mientras Benjamín conseguía con maña que las 
muchachas se pusiesen en contacto con los conducto- 
res, don Sindulfo las volvía inalterables con un par de 
descargas que las hizo retorcerse como culebras. 

— Oiga usté — dijo la de Pinto encarándose con su 
amo así que pudo enderezarse y articular palabra — 
si es que usté quiere no seguir comiendo más que sé- 
mola, repita usted esa operación y verá usted salirle 
muelas... de la boca. ¿Para qué ha dado usted esas 
vueltas al organillo que nos ha dejado como si tuvié- 
semos alferecía ? 

— Menos gritos — le argüyó su amo. — Aquí estáis 
bajo mi férula. Empezó mi dominio y no hay para qué 
pedirme explicaciones de mi conducta. Vuestra misión 
es obedecer y callar. 

— En cuanto á eso, poco á poco— interpuso Clara. 

— ¡Cómo! ¿Te me insubordinas? 

— No señor; pero protesto de que haya usted abu- 
sado de nuestra ignorancia, para obligarnos por sor- 
presa á emprender un viaje sin precedente en el mundo. 

— i Y quién te ha dicho?... 

— ¿ Quién ha de ser, hombre de Dios, sino la mismí- 
sima milicia española que se está burlando de usté, á 
pesar de saber más matemáticas que Motezuma ? 

— ¿ Qué oigo ? ¿ Ha encontrado Luís medio de hacer- 
te llegar alguna carta? — preguntó el sabio aturdido y 
sin sospechar que, no obstante su tiranía, hubiera po- 
dido ser el capitán esquela viviente. 

— Digo, digo, una carta!... Toda una baraja com- 
pleta para hacerle á usted tute. 

— Procura no ser insolente, porque de lo contrario 
en llegando á la Roma de los Césares, te vendo como 
esclava al primer patricio que encuentre en la calle. 



EL ANACKONÓPETC 69 



— ¿ Y qué van á hacerme á mí los patricios? [Pues 
qué ! ^ Yo no vengo de liberales ? Mi padre fué furriel 
d^ voluntarios. 

—Oiga usted nuestros ruegos, 
— Nunca. 

— Si le digo á usted que el tal don Pichichi es el Ca- 
lomarde de los tíos. 

— Se concluyeron las intrigas — vociferaba don Sin- 
dulfo lívido de coraje.— Se acabaron los amorcillos de 
colegiala : y ya que á buenas no has querido aceptar 
mi mano, yo te sabré conducir á países y edades en 
que la voluntad del tutor siendo ley para su pupila, 
mal que te pese tendrás que llamarte mi esposa. 

— Eso jamás. Primero la muerte; antes la tortura. 
Y pues agotada la persuasión recurre usted á la vio- 
lencia, yo le probaré que tengo valor para afrontarlo 
todo. 

Y dirigiendo una mirada de connivencia á Juanita, 
añadió : 

— En marcha cuando usted guste. 

— Si, señor. Arre ; que en el primer cambio de tiro 
ya nos apearemos para quejarnos a la autoridad. 

El sabio no se hizo repetir la orden ; juntó los polos 
y el Anacronópete comenzó su marcha ascensional, no 
sin cierta emoción de parte de las reclusas que veían 
desaparecer por instantes los contornos de la ciudad 
bajo sus plantas. 

En el cuarto de las agregadas, la impresión fué más 
viva por estar esperando con más impaciencia los re- 
sultados del viaje. En la cala, el silencio era absoluto. 
Sólo Pendencia se permitió decirle en voz baja á su 
jefe, ai apercibirse de la oscilación : 

— Mi capitán: el botacilla. 

De repente el coloso tomó rumbo y empezó á des- 
alojar atmósfera sin que nadie se apercibiera de que 
viajaban con una velocidad de dos vueltas al mundo 
por segundo; pues la locomoción, verificándose en el 



7© ENRIQUE GASPAR 



vacío, falta de capas con que rozar no producía movi- 
miento alguno sensible. 

— Ya andamos — exclamó don Sindulfo con el orgu- 
llo paternal que le inspiraba su invención. 

— Adelante — prorrumpió resueltamente su sobrina. 

— Loor al genio! — balbuceó Benjamín abrazando á 
su protector. 

— i Jesús ! — decía Juana. — Si esto es más soso que 
un cocido sin sal. Ni se ve un campanario, ni una le- 
chuga, ni ná que le pueda alegrar á una el corazón. 
Prefiero el ordinario de mi pueblo. Vamos, don Sin- 
dulfo, sóo... En llegando á los Inválidos pare usted. 

La pobrecilla no calculaba que había empezado su 
frase en París el diez de Julio de mil ochocientos se- 
tenta y ocho y que la estaba acabando en treinta y uno 
de Diciembre del año anterior sobre la cordillera de 
los Andes. 





Efectos retroactivos 




ías suertes estaban echadas y no había medio 
de retroceder, ó mejor dicho, de avanzar, si 
queremos ser lógicos con la situación. Clara 
I y Juanita se retiraron al gabinete, confiadas 
en la vecindad de sus defensores y dispuestas á exhi- 
birlos en el primer alto que hicieran ; pues en marcha 
les parecía aventurado sacarlos de su escondite, teme- 
rosas de que don Sindulfo, por vengarse, los conde- 
nara á todos á movimiento continuo. 

El sabio por su parte no se saciaba de saborear su 
triunfo con Benjamín ; y verdaderamente no le faltaba 



72 ENRIQUE GASPAR 



razón para ello, pues jamás experimento alguno había 
tenido éxito tan satisfactorio. 

— ¡ Eureka! — exclamó en un arranque de entusiasmo 
aquel segundo Arquímedes que, sin el auxilio de una 
palanca, removía el mundo hasta en sus cimientos. 

— ^ Á qué altura estamos ? — preguntó el poliglota. 

— Hace veintiún minutos que salimos de París — le 
contestó su amigo consultando el cronómetro; — por 
consiguiente hemos desandado siete años y nos halla- 
mos en diez de Julio de mil ochocientos setenta y uno. 

— ¿ Estudiemos la situación ? 

—Sea. 

—Rumbo á oriente— dijo Benjamín clavando los ojos 
en su compás. 

— Fijo — asintió el Sabio mirando el suyo. 

— Latitud 50** \. 

—Exacto. 

— No hay más que inclinar los catalejos un grado al 
Sur y dirigir nuestras observaciones sobre el punto de 
partida. 

Y asestando los anteojos al disco meridional, cuyas 
puertas se abrieron de una descarga, ambos profeso- 
res se pusieron á sondear el espacio. Por supuesto que 
previamente apagaron las luces eléctricas que consti- 
tuían el alumbrado constante de aquella hermética 
clausura donde siempre era de noche; pues como el 
vacío sólo se hacía al rededor del Anacronópete, las 
capas atmosféricas inmediatas á él conducían los rayos 
del sol ; y de no haber tenido cerrado el vehículo, na- 
die hubiera podido resistir las vertiginosas intermi- 
tencias de luz y sombra ocasionadas por la violenta 
transición del día á la noche en una velocidad de cua- 
renta y ocho horas por segundo. 

Pocos llevaban de observación los anacronóbatas sin 
apercibir en su carrera más que el vapor iluminado 
con que como aliento fosforescente, les anunciaban su 
presencia las ciudades en el periodo nocturno, ó las 



EL ANACRONÓPETE 73 



grandes siluetas de las mismas bañadas por el sol y 
recortadas sobre el fondo oscuro del terreno durante 
el día, cuando de repente los dos observadores lanza- 
ron un grito tan rápido como fugaz había sido la sen- 
sación que experimentaran. En medio de las tinieblas 
y sobre el meridiano de París, el reflejo de una in- 
mensa hoguera acababa de herir su retina. 

— j La comune ! — exclamaron ambos. 

Y en efecto, aquel resplandor era el petróleo de los 
pozos norte-americanos oponiendo en vano su devas- 
tadora influencia al sentimiento de civilización de la 
vieja pero noble Europa. 

Los sabios no se movieron de su observatorio hasta 
dar con otro hecho ostensible que ratificara sus deduc- 
ciones cronológicas; pocos segundos les bastaron para 
transponer la primavera y cruzar aquel riguroso in- 
vierno teatro de la más espantosa de las luchas inter- 
nacionales, y digno campo de la locura humana. La 
tierra era una inmensa sábana de nieve, como si el 
frío del terror sembrado en las campiñas hubiera ger- 
minado en cosechas de hielo. El astro rey no se refle- 
jaba sino en mortíferas superficies de acero y bronce, 
y las parábolas de los proyectiles parecían arcos de 
fuego levantados en las sombras para impedir que se 
desplomase la bóveda sideral. Globos aerostáticos con- 
fiando á una corriente atmosférica la salvación de la 
patria, palomas mensajeras volviendo al arca sin el 
ramo de olivo, París capitulando, Metz cediendo. Se- 
dán dejando huérfana una corona !... ; A qué más efe- 
mérides? El cómputo era exacto. Estaban en el año de 
los castigos. 

Cerradas las compuertas y vuelta á iluminar la es- 
tancia : 

— Maestro; una duda — exclamó Benjamín. 

— ¿ Cuál ? 

— Puesto que nosotros nos dirigimos al ayer y vamos 
á llegar al pasado con la experiencia de la historia, ,f no 



74 ENRIQUE GASPAR 



nos seria dable cambiar la condición humana evitando 
los cataclismos que tamañas dislocaciones han produ- 
cido en la sociedad ? 

—Aclare usted su pensamiento. 

— Supongamos que caemos sobre el Guadalete en 
las postrimerías del imperio godo. 

—i Y bien ? 

— { No cree usted que dando un curso de moral á la 
Cava y á don Rodrigo, ó haciendo ver al conde don 
Julián por medio de la lectura de Cantü, Mariana y 
Lafuente, las consecuencias de su traición, lograría- 
mos torcer el rumbo de ios acontecimientos é impedir 
que hubiera tenido lugar la dominación árabe en Es- 
paña? 

— De ningún modo. Nosotros podemos asistir como 
testigos presenciales á los hechos consumados en los 
siglos precedentes ; pero nunca destruir su existencia. 
Más claro ; nosotros desenvolvemos el tiempo, pero no 
lo sabemos anular. Si el hoy es una consecuencia del 
ayer y nosotros somos ejemplares vivos del presente, 
no podemos, sin suprimirnos, aniquilar una causa de 
que somos efectos reales. Un símil le patentizará á us- 
ted mi teoría. Figúrese usted que usted y yo somos 
una tortilla hecha con huevos puestos en el siglo viii. 
{ No existiendo los árabes, que son las gallinas, existi- 
ríamos nosotros ? 

Benjamín recapacitó un momento, después de lo 
cual repuso: 

— ^ Y por qué no ? Aun admitiendo la hipótesis de 
que ^mbos seamos descendientes del moro Muza, el 
evitar que éste y los suyos penetren en España no im- 
pide nuestra existencia. Yo no destruyo las gallinas ; 
lo que hago es obligarlas á que sigan poniendo en 
África. Luego la tortilla puede subsistir sin otra dife- 
rencia que tener el Atlas por hornillo en lugar del 
Guadalete. 

Don Sindulfo se mordió los labios no encontrando 



EL ANACRONÓPETE 



refutación al argumento de su amigo que él calificó de 
paradójico, y cortóla conversación abriendo el pupitre 




y disponiendo á anotar en su diario las observaciones 
de la derrota. Benjamín á su vez dirigióse al armario 
en que encerraba los más preciados ejemplares de su 



76 KNRIQUB: GASPAR 



museo arqueológico y se entretuvo en comprobar las 
clasiñcaciones. 

Dejémosles entregados á tan sabia tarea y veamos 
lo que en él ínterin ocurría en el cuarto de las colec- 
ciones, donde esperaban impacientes su transforma- 
ción las doce hijas de Eva en que el gobierno francés 
fundaba la regeneración moral de su pais. 

A aquellos de mis lectores que hayan visitado la 
Francia, y lo serán todos probablemente, no hay para 
qué hacerles la descripción de los trajes de las viaje- 
ras. Teniendo el lujo por cebo y el arte de agradar por 
oficio, fácilmente se colige que las tales señoras habían 
puesto á contribución para adornarse todo el ingenio 
de la industria sedera de Lyon, agotado los maravi- 
llosos recursos que posee la fabricación de encajes en 
Cluuy y Valenciennes y engarzado en el oro de Cali- 
fornia los diamantes del Brasil, las esmeraldas de Co 
lombia y las perlas del golfo de Bengala. 

— Y bien, Niní; ¿ qué tal va eso ?— preguntó á una 
esbelta rubia otra que acusaba haber sido incitante 
morena en sus mocedades y que respondía al nombre 
de Nana, pues todas tenían el suyo artístico. 

— Por ahora no puede decirse nada ; pero si la pre- 
fectura me vuelve á mis quince años, le juro no ca- 
sarme sino con un hombre que vote siempre por el 
gobierno. Hay que ser agradecida. 

— Cualquier día me uncen á mi— repuso desde su 
rincón una nerviosilla que con una carta se estaba en- 
treteniendo en doblar pajaritas de papel. 

— ^ Pues cuáles son tus propósitos, Emma ? 

—Hacer que me desembarquen en la corte de 
Luís XV y pedir que me presenten á S. M. 

— Lo que es yo — dijo otra que se llamaba Sabina — 
primero me dejo robar por los romanos que volver 
á París á vestirme de percal y dormir sobre un fel- 
pudo. 

— Pero hemos dado nuestra palabra — insistió Niní. 



EL ANACRONÓPETE 77 



— Pensad que la regeneración de la Francia depende 
de nosotras. 

— Para la que se líe de promesas oficiales— argüyó 
Emma. — En cuanto nos viesen jóvenes y bonitas, los 
mismos que hoy nos toman por instrumentos de re- 
habilitación serian los primeros en querer venir á 
turbar nuestra paz doméstica. ¡Ahí |Lo8 hombres! 
¡Los hombres I... 

Y como siguiese jugueteando con la pajarita, ob- 
servó que se le pulverizaba sin que sus dedos la tritu- 
rasen. 

— Aquí tenéis la prueba — añadió explicando á su 
modo el fenómeno y dando cima á su pensamiento. — 
Escriben sus protestas de amor sobre papel podrido 
para que duren poco. 

—Eso es el fuego de la pasión que calcina el papel 
— objetó la optimista Niní. 

— Ó la humedad del recinto que lo deshace — adujo 
una nueva interlocutora. — No brilla el Anacronópete 
por su limpieza : desde que hemos entrado en él, no 
hago otra cosa más que quitarme velloncitos de lana y 
borrillas de toda especie que sin duda caen del techo. 

—Es verdad. Lo mismo he notado yo— dijo Sabina. 
— No te muevas, aguarda. 

— ^¿Qué es? 

— Una mariposa que tienes en el lazo del sombrero. 
¡ Una polilla ! 

— ¡Ay! i y yo un gusano ! — gritó otra corriendo en 
busca de una mano benéfica que la libertara de él. 

Emma quiso volar en su auxilio ; pero se detuvo al 
ver sus dedos impregnados de una sustancia viscosa 
que había sustituido á la pajarilla. Instintivamente 
produjo con el brazo un sacudimiento nervioso ; pero 
al quererse mirar de nuevo la mano, la pasta había 
desaparecido y en su lugar pendían de sus falanges 
pedacitos de trapo y filamentos de todos tamaños y 
matices. 



78 ENRIQUE GASPAR 



ün grito de asombro resonó en el cuarto y la alga- 
rada se hizo general cuando Sabina, que consultaba 
con la mirada á Nini, vio que de la boca de esta, abier- 
ta por la sorpresa, salia un diente postizo disparado 
por el empuje de otro verdadero que tomaba su lugar. 
Simultáneamente el rubio añadido de Nana, perdido 
el color y falto del cordón que le sujetara, caía en el 
suelo mientras su cabeza se cubría de sedosas hebras 
capaces de causar envidia á la Margarita del Fausto. 

— Mirad á Emma — vociferaba una. — Ya no tiene pata 
de gallo. 

— Y Coralia ha perdido su berruga — exclamaba 
otra. 

— ¡ Qué tersura la de mi cutis ! 

— ¡ Qué morbidez la de mis hombros ! 

—¡No más canas! 

— i Ya somos jóvenes I 

—¡Viva! 

Y todas consultaban los espejos de sus estuches ó se 
miraban en cualquiera superficie bruñida, distribu- 
yéndose besos y abrazos en el vértigo de su admira- 
ción. 

La causa de tan maravillosos efectos se explica muy 
fácilmente. El tiempo empujado hacia atrás verificaba 
su obra de destrucción ; las viajeras no habían sido 
sometidas á la inalterabilidad ; pero sus trajes tampo- 
co. Así es que cada minuto que transcurría dejaba lo 
mismo en su organización física que en su tocado la 
huella del retroceso ; pues todo en ellas caminaba ha- 
cia su origen ; y del mismo modo el papel pasaba de 
la consistencia del billete á la trituración del batán y 
á la primera forma de guiñapo, que el raso se meta- 
morfoseaba én mariposa para degenerar en larva y 
reducirse á semilla. Nada más encantador que aque- 
llas turgentes formas mal cubiertas por racimos de 
capullos de seda entretejidos con vellones de finísima 
lana y contrastando el dorado color de sus tenues fila- 



EL ANACRONÓPETE 79 



mentos con el nácar de las ostras á nnedio abrir que 
servian de lecho á las perlas embrionarias. ¡ Qué ar- 
tística agrupación la de aquellos minerales incrusta- 
dos en fragmentos de rocas, rodeados de copos de 
algodón en rama, ceñidos por verdes aristas de cáñamo 
y cruzados por residuos de cintas que, de confección 
anterior á aquel momento histórico, conservaban su 
integridad como un anacronismo de la moda en la ar- 
monía de descomposición de la naturaleza ! 

La estupefacción era unánime ; el entusiasmo indes- 
criptible ; pero el tiempo no se detenia en su carrera 
y el fenómeno empezó á tomar proporciones alarman- 
tes. Los productos transformados en primeras mate- 
rias dejaron en breve de adornar los contornos de 
aquellas humanas esculturas. Traspuesto el período 
en que cada porción de materia había sido arrancada 
de su asiento, las fracciones comenzaron á desertar en 
busca de sus matrices. El vellón desaparecía para ad- 
herirse á la oveja ; la ostra atraída por el banco corría 
á sepultarse en las costas de Malabar; el algodón huía 
á hundir sus raíces en las llanuras norte-am,ericanas y 
la cabritilla de los borceguíes despojada del curtido, 
volaba á revestir el esqueleto de la inocente res de los 
Alpes, mientras por los huecos que dejaba la deserción 
asomaban trazos dignos de inspirar el desnudo á los 
clásicos escoplos de Miguel Ángel, Praxíteles y Fidias. 

Las viajeras al contemplar su desnudez se taparon 
el rostro con las manos, que el pudor es algo inhe- 
rente á la hermosa mitad de la especie humana, y 
prorrumpieron en tan desaforados gritos, que don 
Sindulfo y Benjamín, dejando aquel sus apuntes y éste 
sus clasificaciones, corrieron en averiguación del albo- 
roto. 

— No se puede entrar — decían unas al apercibirse de 
que los sabios trataban de abrir la puerta. 

— Ya tenemos bastante — exclamaban otras. 

— I Ay ! Mi corsé...— gritaba una tercera. 



8o ENRIQUE GASPAR 



Clara y Juanita, á quienes los sabios al verlas llegar 
despavoridas pusieron al corriente de la situación, 
penetraron en la estancia ; y asustadas ante tan insó- 
lito espectáculo volvieron á salir pidiendo auxilio á la 
cieticia, 

— ¡ Hombre de Dios ! Que se van á constipar esas se- 
ñoras — vociferaba la maritornes. 

En esto Benjamín que ya había comprendido la si- 
tuación, llegó con unos transmisores del fluido de la 
inalterabilidad ; y pasándolos por la puerta entornada, 
aconsejó á las excursionistas que se agarrasen á ellos. 
Hiciéronlo así ellas, y con cuatro vueltas al aparato y 
otras tantas docenas de quejidos de las víctimas, que- 
daron estas fijadas y remediado el mal. 

— Prestadles unos vestidos vuestros — dijo don Sin- 
dulfo á su pupila y á Juana, en tanto que él y Benja- 
mín desternillándose de risa tornaban á reanudar su 
tarea en el laboratorio, comentando el incidente. Pero 
apenas el políglota se había dejado caer en su asiento, 
cuando con los cabellos de punta y lanzando un grito 
desgarrador volvió á levantarse como si un sacudi- 
miento galvánico le hubiese arrancado de la silla. 

— i Qué ocurre ?— le preguntó el sabio acudiendo en 
su socorro. 

— ¡ Mire usted... mire usted ¡...—balbuceaba el infe- 
liz, señalándole la célebre medalla conmemorativa 
comprada en la almoneda del arqueólogo madrileño y 
atribuida según el catálogo á Servio Cayo prefecto de 
Pompeya en honor de Júpiter. 

Don Sindulfo tomó el disco que reluciente como una 
chapa de aguador brillaba sobre la mesa. El objeto en 
cuestión no había sido fijado aún, esperando para ha- 
cerlo el instante cronológico que pudiese acusarles su 
autenticidad ; pero éste había ya llegado y, destruida 
la acción del tiempo, los caracteres campeaban sobre 
el bruñido fondo con una elocuencia aterradora. 



EL ANACRONÓPBTB 8 1 



SERV... C. POMP... PR... 
JO... HONOR 

era el anuncio sobre latón de una empresa de coches 
de muerto fundada en París por la época que ellos 
atravesaban y que restituida á su integridad decía así: 

SERVICE DE POMPES FÚNEBRES 
RUÉ D'ANJOU SAINT HONORÉ. 



CAPÍTULO IX 

Reducción gradual dcí ejercito hasta 
su supresión definitiva 




EPARADAS las avcrías causadas por la retro- 
gradación en el indumento, las viajeras co- 
rrieron al laboratorio en busca de don Sin- 
dulfo y empezaron á darle múltiples pruebas 
de su gratitud. 
Los dos sabios no habían vuelto aún del estupor que 




EL ANACRONÓPETE 83 



les produjera la metamorfosis del disco ; y en verdad 
que no les faltaba motivo para renegar de la ciencia 
que en tal ocasión los había tratado como madrastra. 
Ello no obstante hicieron de tripas corazóil, disimula- 
ron su enojo y, cerrando los armarios, consagraron su 
atención preferente á la contemplación de aquellos tan 
variados ejemplares de la más hermosa mitad del gé- 
nero humano. La colección era completa : creerlase 
uno transportado al paraíso de Mahoma ó dXJoyer de la 
danse en la grande ópera de París. 

Aunque la conducta de las agregadas á bordo era 
irreprochable, don Sindulfo, temeroso de alguna im- 
prudencia, quiso evitar á Clara su contacto y la exhor- 
tó á que con Juanita se retirara al gabinete. 

—Como que nos vamos á quedar encerradas allí 
dentro — dijo la de Pinto^ahora que hemos encontra- 
do que la casa está habitada por pregonas. 

— No importa— repuso el tutor tragando bilis. — No 
os conocéis, no habláis el mismo idioma. 

— Mi señorita entiende el francés, y estas señoras 
conocen todas las lenguas. Ya nos han dicho que via- 
jan por gusto y eso que andan á repelo. 

Y efectivamente : en los pocos minutos que habían 
tenido disponibles para conferenciar, no sólo Juanita 
las había impuesto en la situación, sino que se había 
conquistado el concurso de las expedicionarias para 
obligar con ardides á don Sindulfo á hacer un alto 
que les permitiera sacar de su escondite á la fuerza 
armada y emprender juntos la fuga ; pues hay que 
advertir que, al verse rejuvenecidas las doce hijas 
de Eva, ya no tenían más que una aspiración: ser 
libres. 

Comprendiendo el tutor que la lucha era desigual y 
tranquilizado con la falsa idea de que, restituidas á la 
edad del candor relativo, las parisienses sólo abriga- 
rían sentimientos puros é inocentes, puso en olvido 
aquello de «lo que entra con el capillo sale con la mor- 



84 ENRIQUE GASPAR 



taja» y las dejó á todas juntas, si bien bajo la custodia 
de su inspección inquisitorial. 

— En este momento entramos en el año 1860— excla- 
mó Benjamin consultando el derrotero. 

— ¡ Ay ! El día en que perdí á mi novio en Constan- 
tina— interpuso Ninl poniendo en juego la sensibilidad 
para mover el corazón de don Sindulfo y auxiliar los 
planes de Clara. 

—Y el mismo en que yo abandoné el hogar materno 
en Bona, por los excesivos rigores de mi padrastro- 
adujo Sabina mojándose los ojos con saliva para fingir 
que lloraba. 

El sabio tomó oportunamente la palabra, pues de 
tardar unos segundos más, todas aquellas jóvenes hu- 
biesen resultado oriundas de la Argelia. 

—Poco á poco— objetó don Sindulfo. — Se están us- 
tedes enterneciendo prematuramente. Recapaciten 
ustedes que andamos hacia atrás ; y que por lo tanto 
el año principia para nosotros en 3 1 de diciembre, ó lo 
que es lo mismo, que entramos en él cuando en la 
vida real se sale. De modo que aún les quedan á uste- 
des tres minutos para consagrarse á su doloroso ani- 
versario. 

—Tanto mejor— prorrumpió Nini en un arranque de 
alegría. — Así podré verle vivo. Pídame usted lo que 
quiera ; pero restituyame usted á sus brazos y empe- 
zará una era de ventura para mí que sólo he tocado 
humillaciones. 

— Por piedad — vociferaba Sabina. — Ya que se ha 
. encargado usted de nuestra rehabilitación, que se la 
debamos completa. 

— Lo que solicitan es imposible. Yo las restituiré á 
ustedes á Francia al regreso de nuestro viaje ; pero el 
tiempo es oro y no puedo permitirme un alto. De ha- 
cer uno en África lo verificaría sobre Tetuán para asis- 
tir á la memorable jornada que tan alto puso el honor 
de las armas españolas. 



EL ANACRONÓPETE 85 



— i Cómo ! — argüyó Juanita tomando parte en la tra- 
ma. — ^ Vamos á pasar por el RiíF, donde murió de un 
balazo, ante« de nacer yo, mi tío el trompeta de caza- 
dores, y será usted tan cruel que no le deje dar un 
abrazo á su sobrina predilecta ? 

— Pues no acabas de decir que no le conociste ? 

— Eso no importa. Tenemos en casa su retrato alga- 
rrotipo. 

— Creo— balbuceó Clara, empleando todos sus me- 
dios de seducción— que mi tío considera lo bastante el 
nombre castellano para no dejar de rendir este justo 
tributo de admiración al heroísmo de nuestros compa- 
triotas ; y es harto amable para no acceder al ruego de 
su pupila. 

— Sea, pues tú lo quieres — respondió el tutor venci- 
do. — Asistiremos á aquella epopeya ; pero sin bajar. 

— ^A vista de pájaro? — preguntó Juanita tratando 
de insistir; pero un gesto de su ama la hizo compren- 
der que puesto en el camino de las concesiones, don 
Sindulfo no tardarla en rendirse. 

El sabio torció el rumbo hacia el 35° de latitud N.; 
y, al marcar el cronómetro el crepúsculo vespertino 
del 4 de febrero de 1860, redujo la marcha á paso de 
carreta y dejó que el Anacronópete se deslizara sobre 
Tetuán, fuera del alcance de los proyectiles; pero 
bastante cerca del teatro de la lucha para poder apre- 
ciar los menores detalles de aquella memorable ba- 
talla. 

Todos los corazones nacidos de la vertiente rtieri- 
dional de los Pirineos á la punta de Tarifa, palpitaban 
con violencia. Abierto el disco, cada cual asestó su 
instrumento óptico al campo de operaciones y un grito 
de entusiasmo resonó en la estancia. 

— Allí se divisan los combatientes — exclamó Nana, 
arreglándose el tocado por si levantaba los ojos alguno 
de los oficiales de Estado Mayor, mientras Juanita 
atónita balbuceaba : 



86 ENRIQUE GASPAR 



— ¡Jesús! Si parece un titirimundi. 

— I Pero, es extraño!... — adujo Ciara, fijándose en el 
fenómeno que se desarrollaba á sus ojos. — Yo no me 
explico sus movimientos. 

— Es verdad — prorrumpieron todos parando mientes 
en caso tan original. 

— i Qué es ello ? — preguntó el sabio. 

— Mire usted. Lo hacen todo á la inversa. 

— jAhl si — repuso el. sabio dándose cuenta de lo 
que para él carecía de importancia, pues ya lo tenía 
previsto. — Eso consiste en que, como nosotros vamos 
viajando hacia atrás en el tiempo, empezamos á ver la 
batalla por el fin. 

— I Ya! — interpuso Juanita. — ¡Cosas de usted, que lo 
principia todo por la cola !... 

Y efectivamente, los viajeros observaban la batalla 
de Tetuán con el orden cronológico invertido ; como 
el héroe de Lumen de Flammarión veía la de Water- 
loo, al remontarse en espíritu á la estrella Capella, te- 
niendo que pasar antes por los rayos luminosos de la 
Tierra que alumbraban en el espacio hechos poste- 
riores. 

— Observen ustedes — proseguía don Sindulfo— como 
lo primero que se advierte es que los cadáveres se in- 
corporan. 

— Es verdad — asentía Benjamín. — Y luego disparan 
sus fusiles. 

— Y después cargan. 

— ¿Cargan? Porque serán sabios — argüía la Mari- 
tornes, no desperdiciando ocasión de zaherir á su vic- 
tima. 

— ¿ Qué es eso ? ¿ Huyen ? 

— No. Es que retroceden, porque caminamos hacia 
el momento en que están ocupando las posiciones que 
tenían antes de avanzar. Es decir, que ahora llegamos 
propiamente al principio de la batalla. De modo que 
parándonos podríamos asistir á ella por su orden. 



EL ANACRONÓPETE 87 



— Pues, sóoo — dijo la lugareña excitando la hilaridad 
en todos, á cuyas reiteradas súplicas el sabio no tuvo 
valor de resistir, aguijoneado á su vez por el orgullo 
patrio. El Anacronópete quedó suspendido en la at- 
mósfera merced á un ligero movimiento en el gradua- 
dor. 

Escritos estos renglones veintiún años después de 
aquel memorable acontecimiento, paréceme que su 
relato, aunque hecho á vuela pluma, no ha de carecer 
de atractivo para la generación que nos está acabando 
de reemplazar. Copio aquí, pues, la narración del dia- 
rio de don Sindulfo, en la que sin duda se ha inspirado 
el pintor Castellani para reproducir con el pincel aque- 
lla jornada, y que también ha servido á la prensa de 
la corte para describir el panorama que se exhibe en 
Madrid frente á la casa de la Moneda. Dice así : 

« Estamos en el centro del campamento marroquí de 
Muley-Ahmed. Las tropas españolas llegan hacia él 
persiguiendo de cerca al enemigo, cuyas posiciones 
corona simultáneamente. Tenemos en frente el mar, 
Tetuán á la espalda, el río Martin á la derecha, y á la 
izquierda la torre de Geleli y la Casa Blanca. 

»E1 general O'Donnell dispone que sus fuerzas 'eje- 
cuten un movimiento envolvente sobre el campamento 
de Muley-Ahmed, con objeto de atacarlo por dos pun- 
tos distintos con las tropas de los generales Prim y 
Ros de Olano, entre las que se sitúa la artillería prote- 
gida por los ingenieros. Rómpese el fuego de cañón 
por cuarenta piezas que avanzan gradualmente hasta 
colocarse á cuatrocientos metros de las trincheras ma- 
rroquíes. 

»Eü primer término se destaca el general en jefe á 
caballo con su estado mayor, dando órdenes al coman- 
dante Ruiz Dana y teniendo á su lado al coronel Jove- 
llar y al jefe del Estado mayor, general García. Detrás 
las baterías españolas cañonean los reductos. En el 
fondo á lo lejos el. mar y la escuadra. 



88 ENRIQUE GASPAR 



»Á la derecha el general Ros de Olano, dando ins- 
trucciones á su hijo y dirigiendo el movimiento de la 
primera división del tercer cuerpo, mandada por el 
general Turón, consigue que sus soldados penetren 
por distintos puntos en las trincheras. El regimiento 
de Albuera con su coronel Alaminos ; Ciudad-Rodrigo 
con el teniente coronel Cos-Gayón, y el brigadier Cer- 
vino al frente de los batallones de Zamora y Asturias, 
invaden á la vez el campamento á pesar de la tenaz 
resistencia de los enemigos; uno de los cuales en las 
ansias de la muerte, encuentra fuerzas suficientes en 
su fanatismo para arrastrarse hasta un cañón abando 
nado, y dispararlo causando horroroso estrago en las 
primeras filas de nuestras tropas. 

»Por la izquierda el general Prim ataca las trinche- 
ras seguido del coronel Gaminde; penetra por una 
tronera rodeado de catalanes, soldados de Alba de 
Tormes, Princesa, Córdoba y León ; forma confuso 
tropel con los enemigos y sostiene cuerpo á cuerpo 
una lucha encarnizada. Á su lado veo caer moribun- 
dos al comandante Sugrañes y al teniente Moxó, tre- 
molando el primero en sus manos la bandera de los 
intrépidos tercios catalanes. Don Enrique O'Donnell 
apoya enérgicamente el ataque de su jefe el general 
Prim, y se dirige luego al campamento de Muley- 
Abbas en la torre de Geleli, que los moros abandonan 
precipitadamente. 

»Muley-Ahmed intenta en vano con enérgico valor 
detener la fuga de sus soldados, que huyen despavori- 
dos ante las aguerridas huestes de Prim y abandonan 
la Casa Blanca. Llenos de terror, desoyen el mandato 
de su jefe, le arrastran en su huida y dejan en poder 
de nuestras tropas, como trofeo de tan señalado triun- 
fo, el campamento con ochocientas tiendas, ocho ca- 
ñones, armas, municiones, camellos, caballos y baga- 
jes. 

»En el fondo, hacia Tetuán, el sultán de Marruecos 



EL ANACRONÓPETE 89 



contempla consternado la derrota de su ejército nume- 
roso. 

»Durante la marcha de nuestros soldados, los ene- 
migos amenazan atacar la retaguardia ; pero el gene- 
ral O'Donnell, sin detenerse, destaca hacia Tetuán dos 
batallones del tercer cuerpo á las órdenes del general 
Makenna, quien adelantando rápidamente á lo largo 
del río Martín protegido por la brigada de coraceros 
del general Alcalá Galiano, rechaza al enemigo sobre 
la plaza después de breve lucha y paraliza sus esfuer- 
zos. 

«Formidables fuerzas enemigas, bajando á la vez de 
la torre de Geleli, amagan atacar nuestra derecha con 
sus infantes y tres mil jinetes; pero el general en jefe, 
atento á todas las peripecias del combate, hace adelan- 
tar la brigada de lanceros del conde de Balmaseda. Las 
tropas cargan vigorosamente sobre el enemigo y le 
ponen en precipitada fuga protegidas en su movimien- 
to por el cuerpo de reserva del general Ríos, situado 
en el reducto de la Estrella. 

»La jornada ha sido completa. Tetuán no tardará en 
abrir sus puertas al vencedor, y el emperador de Ma- 
rruecos debe ya empezar á arrepentirse de haber exci- 
tado el justo enojo de la nación española.» 

El entusiasmo á bordo no reconocía limites. Todos 
suplicaban á don Sindulfo que les permitiese bajar 
para dar un abrazo á aquellos héroes, inclusa Juanita 
que pretextaba haber reconocido los pulmones de su 
familia en un paso de ataque tocado por su tío con la 
trompeta. El sabio que, además de estar poseido de la 
admiración general, tenia un carácter vengativo im- 
propio de sus luces intelectuales, vio en aquella cir- 
cunstancia una ocasión de desembarazarse del torce- 
dor de su fregatriz, y accedió á la demanda decidido á 
volver á emprender la marcha en cuanto Juanita tras- 
pusiese los umbrales del Anacronópete en busca del 
supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un 



90 ENRIQUE GASPAR 



bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y 
con gran contentamiento de todos y una sencillísima 
manipulación, el vehículo tocó tierra. 

Pero j ay I que no comete el hombre acción mala sin 
recibir tarde ó temprano por ella el condigno castigo. 
Saboreando estaba cada cual la realización de sus pro- 
pósitos, cuando Benjamín, que, asomado al disco con- 
templaba el horizonte, dio un grito y retrocedió invo- 
luntariamente. 

— ¿ Qué es eso ? — le preguntó su inseparable, corrien- 
do á su lado. 

— ¡Friolera I— contestó el políglota perdiendo él co- 
lor. — Que sin duda hemos caido en una emboscada 
tendida por los marroquíes á nuestras tropas. 

Un sudor frío circuló por la frente de todos los via- 
jeros. 

— ¡ Huyamos!— fué la opinión general. 

— Mire usted los kabilas que se dirigen hacia aquí. 

— No hay más remedio que apelar á la fuga— adujo 
el sabio corriendo al regulador y poniendo en movi- 
miento la máquina, mientras Benjamín cerraba los 
discos y restablecía el alumbrado eléctrico, excla- 
mando : 

—Pronto, que nos alcanzan. 

Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando: 

— ¡ Un moro I— articuló con voz ahogada una de las 
viajeras. 

— ¡ Dos !— prorrumpió Juanita parapetándose detrás 
de su amo. 

— ¡ Veinte !— profirieron todos poseídos de un terror 
pánico cobijándose en un rincón del laboratorio en 
compacto grupo. 

Eran en efecto dos docenas de fugitivos del campa- 
mento de Muley-Ahmed que, buscando su salvación 
en el bosque, presenciaron el descenso del vehículo y 
tomándolo por arma de guerra habían resuelto ata- 
carlo ; pero, no encontrándole entrada franca, se valie- 



EL ANACRONÓPBTB 



ron de sus cuerpos salientes y, escalándolos con la 
entereza que da el fanatismo, lograron introducirse 
por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso 
emprendiese la marcha. 




Pasado el primer momento de estupor, en que nadie 
osaba levantar los ojos ante aquellos morazos de seis 
pies de altura provistos de gumías y espingardas y 
llevando escrito en el rostro el vengativo ceño del ene- 
migo derrotado, Nana se resolvió á preguntar á don 
Sindulfo : 

— Diga usted. ¿Nos harán algo ? 

— A nosotros rebanarnos el pescuezo ; y á ustedes 
llevárselas al harem en calidad de odaliscas. 

— { Con los eunucos ? ¡ Qué horror ¡—-articularon las 
aludidas por lo bajo. 

— Pues lo que es al harem — interpuso Juana enea- 



92 ENRIQUE GASPAR 



rándose con su señor — creo que también podría usted 
venir. 

— Insolente! 

— Para hacernos compañía y enseñarnos ciencias en 
los ratos de ocio. 

El tutor no se había equivocado acerca del propósito 
de los invasores, según la traducción que Benjamín le 
hizo de las órdenes dictadas por el jefe de la fuerza. 
Los expedicionarios estaban irremisiblemente perdi- 
dos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cere- 
bro del atribulado don Sindulfo. 

— Si logramos ganar tiempo — dijo al políglota — nos 
hemos salvado. 

— { De qué modo ? 

— Dando al vehículo la velocidad máxima y consi- 
guiendo que estos kabilas, que no están sometidos á 
la inalterabilidad, se vayan empequeñeciendo hasta 
que concluyan por desaparecer una vez traspuesto el 
instante de su natalicio. 

— Sublime idea! 

Y forzando el graduador, la máquina se puso á fun- 
cionar con una rapidez vertiginosa. , 

— ¡ A ellos !— gritó el capitán ; y los moros se apres- 
taron á consumar su obra ; pero los ayes y las lamen- 
taciones del sexo débil eran tan repetidos y pene- 
trantes, que, no logrando restablecer el silencio, les 
pusieron á todos á guisa de mordaza un lienzo atado 
en la boca y, oprimiendo sus brazos con fuertes liga- 
duras, los arrastraron tras sí para conducir los escla- 
vos al asilo del disperso campamento. 

Cerca de un cuarto de hora anduvieron buscando 
los riíFeños inútilmente la salida, con gran satisfacción 
de los cautivos que, si bien no podían pedir socorro ni 
fugarse maniatados como estaban, veían en cambio 
que sus opresores se rejuvenecían rápidamente y aca- 
riciaban la esperanza de hallarse en breve libres de su 
yugo. 



EL ANACRONÓPETE qS 



Pero los caracteres meridionales son impetuosos y 
no tienen la paciencia por virtud. Agotada la de los 
hijos del desierto al sospechar que estaban siendo los 
prisioneros de sus rehenes, se conformaron con salir 
por donde entraran ; mas, convencidos de la imposibi- 
lidad de hacerlo con su presa, adoptaron la extrema 
resolución de exterminar á los viajeros. 

Encontrábanse á la sazón en la cala y las mujeres se 
desesperaban al pensar que cuando una sola voz les 
bastaría para llamar en su auxilio á sus salvadores, 
tenían que sucumbir al mutismo. Colocados los reos 
en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el cen- 
tro y apercibieron sus espingardas. Ya no les quedaba 
duda á quellos infelices acerca de la triste suerte que 
les deparaba el destino. Apiñados y confundidos re- 
volvíanse los desgraciados en la desesperación de la 
impotencia y ya los cañones estaban apuntados hacia 
su pecho, cuando el tiempo, ejerciendo su poderoso 
influjo, convirtió de repente la cuerda que sujetaba al 
tutor en finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron 
libre el ejercicio de sus músculos. Apercibirse de tan 
providencial beneficio y emplearlo en poner en con- 
tacto los conductores que junto á él descendían por 
las paredes de la cala, fué operación tan rápida como 
el pensamiento. Acto continuo las compuertas se 
abrieron y los hijos de Agar desaparecieron para siem- 
pre en el espacio insondable. 

La alegría que sucedió á aquellos minutos de angus- 
tia no hay quien la describa. Restituidos á la libertad 
abrazábanse todos sin distinción de sexos ni condicio- 
nes ; y hasta la misma Juanita no pudo prescindir de 
decir á su amo, en un arranque de gratitud : 

— Si no fuera usted tan feo, me casaba con usted. 

Saboreando estaba el sabio su triunfo muy conven- 
cido de haber conquistado con él un lugar preferente 
en el corazón de su pupila, cuando ésta temiendo ver 
surgir nuevos contratiempos, 



94 ENRIQUE GASPAR 



— Ya es ocasión de revelárselo todo — exclamó, pi- 
diendo consejo á Juanita. 

— { Qué duda cabe? — respondió la resuelta asesora. 

Y añadiendo : 

— ¡A mí, valientes! — incitó á salir de su guarida á 
los soldados españoles, riéndose con descaro del asom- 
bro del buen tio que intuitivamente comprendió la 
asechanza de que le habían hecho objeto. 

—¡Cómo! ¿Están aquí? — prorrumpió lívido de coraje. 

— ¡ Perdón !— repetía Clara. 

— Ni para ti ni para ellos — proseguía el celoso tutor 
dando golpes en cuantos objetos tenia á tiro. 

— Pues, ea — argüyó Juanita. — Guerra á muerte; y 
el sabio que sea hombre, que salga. Don Luís, Pen- 
dencia, melitares : ¡Mueran las matemáticas! 

Un ay de espanto reemplazó á tan enérgico apos- 
trofe. Los diez y siete hijos de Marte aparecieron en 
la cala trepando por los sacos de harina y los barriles 
de provisiones ; pero, como no habían sido sometidos 
á la inalterabilidad y el mayor de ellos no contaba 
veinticinco primaveras, los cuatro lustros desandados 
en el tiempo desde la salida de París los habían redu- 
cido á la condición de tiernos parvulillos. 

—¡Esto es espantoso! — murmuraban las francesas 
que se las habían prometido muy felices de la galan- 
tería española. 

— jYo desfallezco !— articulaba la pupila no dando 
crédito á la realidad, mientras Juanita hecha un basi- 
lisco exclamaba enseñándole los puños á su amo : 

— Si es usté el sabio más animal que conozco. 

El tutor se bañaba en agua de rosas al contemplar 
la venganza que le servía el azar. Entre tanto el ye- 
hlculo caminaba y los infantes se achicaban hasta el 
extremo de no poderse tener ya en pié. 

— Pero, hombre de Dios, ¿ no ve usted que se nos 
deshacen como la sal en el agua ? — argüía la maritor- 
nes echando espuma por la boca. 



EL ANACRONÓPETE qS 



— Mejor — contestaba aquel segundo Ótelo. — Así aca- 
baremos de una vez. 

Y los angelitos yacían tendidos en el suelo agitando 
brazos y piernas en la inacción de los primeros meses 
y llorando á pulmón lleno. Compadecidas de su situa- 
ción, cada hija de Eva tomó en brazos al suyo y se 
puso á pasearlo por la cala viéndolos mermarse pro- 
gresivamente, en tanto que el implacable tío se fro- 
taba las manos con satisfacción y sonreía con satánico 
gesto. 

— ¡Luís mío! — repetía Clara anegada en llanto y 
tributando sus caricias á aquel residuo de su capitán 
de húsares. 

— ^¿ Ya no tienes una gracia para tu Juanita?— pre- 
guntaba á su microscópico Pendencia la de Pinto. 

Y el bribón del asistente, como si aún quisiera darle 
una prueba de su travesura, le mordió el vestido por 
la parte en que á los niños de su edad se les sirven los 
alimentos. 

De pronto aquellas mujeres se quedaron pálidas con 
los brazos cruzados sobre el pecho ; ya no abarcaban 
objeto alguno: el ejército se les había disuelto entre 
las manos. 





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CAPITULO X 

En que tiene lugar un incidente que parece insignificante y es, 
sin embargo, de mucha importancia 

|A pérdida de un ser querido es una de las más 
terribles pruebas á que puede exponerse la 
sensibilidad humana : y aun así la aflicción 
pasa por distintas gradaciones según las cir- 
cunstancias que han acompañado al hecho. 




EL ANACRONÓPETE 97 



— Al menos ha muerto en su cama y rodeado de los 
suyos — le dicen al atribulado pariente los encargados 
de consolarle. 

— Y ha tenido usted la satisfacción de que Dios se 
lo conserve hasta una edad avanzada — añaden otros. 

Y efectivamente, todas estas reflexiones son un leni- 
tivo al dolor que, resultado de una máquina pensante 
y contante, paga la situación en su justo precio reser- 
vándose para las grandes catástrofes el máximum de 
intensidad. 

Ahora bien: imagínense los lectores cuál sería la 
disposición de ánimo de los viajeros ante aquel quinto 
acto de una tragedia para cuyo desenlace po había 
Deus ex machina posible. Porque un novio es algo más 
que un pariente á los ojos del objeto de su cariño ; y 
además de la amargura de separarse para siempr,e del 
suyo, las enamoradas doncellas sufrían el vejamen de 
ver que, siendo el amor un numen que engrandece 
cuanto toca, a ellas al revés, se les achicaba todo entre 
las manos. 

Clara perdió el sentido ante la inmensidad de su in- 
fortunio y tuvo que ser conducida al gabinete en bra- 
zos de las expedicionarias. Juana, nriás entera aunque 
no menos herida, se desahogaba dando gritos contra 
el opresor y llamando á la guardia en su socorro. 

Pero la situación más grave era sin duda la de don 
Sindulfo. Por malo que tuviese el genio, por mezqui- 
na que fuera su condición, por miras estrechas que lo 
alentasen, distaba mucho de ser un malvado: y la 
muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada á 
cabo en legitima defensa propia, eran dos docenas de 
puñales que tenia hundidos en el corazón. Agregúese 
á esto la aparición de los hijos de Marte, en la que veía 
no sólo una desobediencia á sus mandatos sino la 
inutilidad de haber agotado su ciencia y sus recursos 
para desembarazarse de un rival, y se comprenderá 
fácilmente que su razón trastornada le indujese á 



9^^ ENRIQUE GASPAR 



permitir que el tiempo devorase á aquellos infelices, 
sin prestarles el meaor auxilio. Primer paso suyo en 
la senda del crimen por la que hemos de verle avan- 
zar presa de los celos, la desesperación y la locuni. No 
adelantemos empero el discurso. 

Los mahometanos, aunque hombres, eran enemigos 
de Dios y habían atentado contra su vida ; por consi- 
guiente, bien muertos estaban. ^ Pero aquellos diez y 
siete infantes, á quienes había servido de implacable 
Herodes, qué daño le habían hecho ? ¿ Merecía tan ho- 
rroroso castigo una travesura de la juventud ? ¿No era 
su sobrino una de las victimas ? { No hubiera sido más 
humano, pues no estaban sometidos á la acción del 
fluido, hacer rumbo hacia el presente y, una vez re- 
conquistadas sus naturales proporciones, desembar- 
carlos en los alrededores de su edad ? 
' Todas estas y otras muchas observaciones se hacía 
don Sindulfo, pero la imagen de su pasión desatendi- 
da, y su amor propio sublevado concluían por vencer, 
y resultado de tan acerba lucha fué que delirante ca- 
yese en los brazos de su amigo bajo los efectos de una 
continua convulsión. 

{ Pues no estaba garantizado por la inalterabilidad ? 
me objetará alguien. Ciertamente, pero la acción del 
fluido, penetrando por la membrana epidérmica, atra- 
vesando el dermis é infiltrándose por los tejidos mus- 
culares, sólo alcanza á la superficie de los huesos, que 
petrifica como las demás vías por donde circula. Así 
pues el ejemplar influido por sus corrientes, ni pierde 
la tersura del cutis, ó sea la juventud, ni sufre de 
erupciones cutáneas, ni está expuesto á las inflamacio- 
nes producidas por la acción atmosférica : pero expe- 
rimenta hambre, sed y sueño y no se exime de pade- 
cimientos viscerales, productos las más veces del sis- 
tema moral al que la ciencia no ha llegado á dar toda- 
vía la osificación que á un tegumento. 

Cargó pues Benjamín con aquel cuerpo inanimado 



EL ANACRONÓPETE 99 



y lo condujo á su dormitorio para ver de provocar la 
reacción metiéndolo en la cama; pero, al pasar por el 
laboratorio, recordó la velocidad vertiginosa que ha- 
bían impreso al aparato en el momento de la invasión 
marroqui, y temeroso de alguna catástrofe por impru- 
dencia, dio un golpe á la aguja del graduador, redu- 
ciendo el Anacronópete, á su entender, á la locomoción 
media. 

I Qué pequeños incidentes son origen de los más 
grandes acontecimientos! 

Don Sindulfo, acurrucado en el lecho, daba diente 
con diente de continuo y alguna que otra sacudida por 
intervalos á Benjamín. 

— ^Juanita — dijo éste saliendo al encuentro de la de 
aparejo redondo. — Calienta un poco de agua para ha- 
cer una infusión á tu amo que se siente mal. 

— I Quién ? ^ Yo ? Pues como no sea para escaldarle 
vivo, que se aguarde á que encienda fuego. 

— i Vamos! Deja á un lado el enojo y recapacita que 
si él se muere nadie podrá llevarnos á puerto de sal- 
vación. 

— ¿ Pues usted no entiende la maquinaria ? 

— Muy poco. Además, la caridad te aconseja ser com- 
pasiva. Prepara la lumbre mientras yo saco el té y el 
azúcar de la despensa. 

Sea el miedo á permanecer indefinidamente en el 
espacio ó la compasión inherente á su sexo, Juanita 
no replicó é hizo rumbo á la cocina. 

— Ya sabes. Con un par de chispazos eléctricos alum- 
bras una hoguera en un decir Jesús. 

— Á mí déjeme usted de telégrafos, que yo me las 
compondré á la moda antigua. 

Y, así diciendo, llegó al hornillo, colocó en él unos 
carbones y tomando unos fósforos frotó uno tras otro 
sobre la lija, sin conseguir encender ninguno ; pero lo 
más notable del caso era que ni dejaba huella la cerilla 
en el raspador ni la cabeza del de Cascante se gastaba. 



lOO ENRIQUE GASPAR 



— Es claro. Las babas de don Sindulfo que 16 reblan- 
decen todo — murmuró, y echóse en busca de otra caja 
y de algunas virutas y trapos con qué facilitar la com- 
bustión. No encontrando nada á propósito, dio al pasar 
por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de 
telas y pieles que, aunque acusaban una rica proce- 
dencia, eran retales al fin y muy del caso en circuns- 
tancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en el 
fogón y, haciendo una nueva é inútil tentativa con los 
fósforos : 

— Á ver si usted tiene más gracia— dijo á Benjamín 
que acudía cargado con un pilón de azúcar, y un bote 
de té Hulón. 

— Esto es más breve— argüyó el políglota comuni- 
cando la chispa eléctrica al hornillo á merced de la 
cual los trapos se encendieron pero no los carbones; 
siendo de notar, por más que ninguno de ambos ob- 
servase el fenómeno, que las suplentes virutas iban 
tomando extrañas formas parecidas á lazos, mangas 
de vestido, tacones de bota y objetos de mercería. 

— Parte un poco de azúcar — ordenó Benjamín á Jua- 
nita en tanto que él, puestas las hojas en la tetera, de- 
rramaba encima el agua hirviendo. 

— El demonio que pueda con esta pirámide de Egip- 
to! si es más dura que la cabeza de un sabio — repetía 
Juanita dando golpes en el pilón con un martillo sin 
conseguir levantar una arista. 

— Déjate; aquí hay azúcar molido— exclamó el inter- 
pelado poniendo una cucharada en la taza de otro pa- 
quete que para el uso ordinario había en el vasar y 
sirviendo en ella el licor benéfico. 

—Pero aguarde usted... si eso no está aún! Todavía 
no ha tomado color. 

Un sudor frío circuló por la frente de Benjamín, en 
quien la resistencia del pilón, la incombustibilidad de 
los carbones y la inalterabilidad del agua vinieron á 
darle la llave del enigma. Presa de una agitación ner- 



EL ANACRONÓPETE ' lof 



viosa se puso á disolver el azúcar en la infusión ; y la 
llevarse una cucharada á los labios : 

— ¡ Horror !— dijo palideciendo. 

— ^ Qué ocurre ? — preguntó la doncella mirándole de 
hito en hito temerosa de que también empezara él á 
reducirse como los otros. 

— ^ Qué ha de ser ? Que hemos vuelto inalterables 
para su conservación los artículos de consumo, y aho- 
ra nos encontramos con que son resistentes á toda 
influencia física. 

— Es decir?... 

— Que ni el azúcar endulza, ni el carbón se encien- 
de, ni el pilón se parte, ni habrá quién le pueda hin- 
car el diente á una patata. 

— ¿ De modo que nos vamos á morir de hambre ? — 
balbuceó Juanita con los ojos desencajados. 

— No ; pero tendremos que apearnos á cada comida 
y tomar los alimentos propios de la época y de la loca- 
lidad; pues de fijarlos ya ves lo que sucede; y de aban- 
donarlos á la acción retrógrada del tiempo, en tres 
minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino 
en cepas. 

— {Y dónde tomaremos hoy la pitanza } — repuso la 
lugareña á quien la idea de un alto sonreía por lo que 
encerraba de salvador para las reclusas. 

— En los inñernos-r-salió murmurando Benjamín con 
la taza del agua caliente en la mano; la que propinada á 
su amigo le produjo las consecuencias de un hemético 
sumiéndole después en una dulce y agradable somno- 
lencia. 

Entretanto Juanita volaba á dar parte de lo ocurrido 
á sus compañeras de infortunio, quienes rodeando el 
lecho de la pupila, presenciaban una escena no menos 
digna de admiración que la precedente. 

Es pues el caso que mientras prodigaban sus con- 
suelos á la pobre huérfana, Niní, que no sin profunda 
aflicción había visto desaparecer de sus lóbulos, antes 



lOl ENRIQUE GASPAR 



de ser'fifadá, fas dos hermosas perlas que llevaba por 
pendientes, dio ün grito de alegría al llevarse las ma- 
nos hacia los desheredados cartílagos y encontrarse 
con la restitución de sus preciadas joyas. 

—Mirad, esto es milagroso... 

— En efecto— exclamaron todas. Y al tender en torno 
suyo una mirada de asombro, éste creció de punto al 
observar que todos los objetos arrebatados por la 
acción retrógrada del tiempo les eran devueltos sin 
saber cómo. Ya un girón del vestido de Nana, cubrién- 
dose de larvas, tomaba la forma de capullos para 
metamorfosearse en tupido raso de Lión ; ya una 
tira de becerro, curtiéndose repentinamente y mode- 
lándose al pié de Sabina se llenaba de pespuntes y 
lazos hasta elevarse á la categoría de un borceguí 
Carlos IX. 

— I Mi chai ! — gritaba una... 

— ¡ Mis encajes ! — decían otras. 

Y todas se libraban al más expansivo arranque de 
entusiasmo, cuando la más razonadora de ellas: 

— Poco á poco — les argüyó.— Moderad vuestro júbilo. 
Cierto es que reconquistamos nuestro ajuar; pero 
¿ quién os asegura que la devolución no será completa ? 

— ¡ Cómo ! 

— I No teméis que por este fenómeno, cuya explica- 
ción ignoramos, cada perla que creemos ganada nos 
devuelva la arruga que juzgamos perdida? 

La observación era tan atinada y el temor de perder 
los encantos tan profundo, que un grito unánime salió 
de todos los labios en demanda de socorro ; y las via- 
jeras, dejando á Clara en el gabinete al cuidado de 
Juanita, echáronse en busca de los sabios encontrando 
felizmente en el laboratorio á Benjamín que consi- 
guió á duras penas imponer silencio á aquella rebelde 
turba. 

— ^ Qué significa esto ? — preguntó la más osada. — 
(¿Tratáis de volvernos á envejecer ? 



EL ANACRONÓPETE lo3 



— Que se nos admita á libre plática — argumentaba 
otra, — Ya hemos pasado la cuarentena. 

—No más lazareto I — vociferaban á coro. 

Benjamín, que no acertaba á darse razón de lo que 
veía, estudiaba el caso con los ojos fijos en el suelo ; y 
maquinalmente al notar un objeto que relucía, lo re- 
cogió y dio con un ochavo moruno. 

—Alguna moneda que se le ha caído á un kabila — 
dijo Niní llamándole la atención hacia lo más urgente. 
— no haga usted caso de eso. 

— ^Pero si esta moneda — repuso el políglota — procede 
de un marroquí, ¿cómo, no estando sometida á la inal- 
terabilidad, subsiste todavía? Debería haberse descom- 
puesto toda vez que viajamos hacia atrás. 

— Acaso sea mas antigua que el año en que nos ha- 
llamos. 

— No. Su fecha es del 1237; y como el cómputo árabe 
principia en 622, época de la Hégira, este ochavo corres- 
ponde al 1859 de nuestra era ó sea al año anterior en 
que fuimos atacados por los riíFeños y que debimos 
trasponer tres minutos después de la invasión. 

— ^¿Entonces .>...— interrogaron las atónitas viajeras 
con la mirada. 

Y como Benjamín dirigiese la suya hacia el cuarto 
de los relojes: 

— i Maldición ! — dijo al consultar el cronómetro del 
tiempo relativo. 

É inmediatamente hizo parar en seco el Anacronó- 
pete. 

— ¿ Qué es ello } 

—Que al querer moderar hace poco la locomoción, 
he rebasado sin duda la línea de la aguja y caminába- 
mos hacia adelante. Hemos deshecho lo andado. Esta- 
mos sobre Versalles á 9 de julio ó sea en la víspera 
del día que salimos de París. 

La alegría que se pintó en el rostro de las viajeras 
al convencerse de que, sin detrimento de su juventud, 



I04 ENRIQUE GASPAR 



eran restituidas al teatro de sus operaciones, no hay 
quien la describa. Todas suplicaron á Benjamín que 
las desembarcase; y aunque éste temía las iras de don 
Sindulfo, pudo más en él la idea del ridiculo de que 
iba a cubrirse cuando su colega advirtiese su inep- 
titud. Asi es que confiado en el seguro del secreto, 
toda vez que ni Clara ni Juanita eran testigos de su 
derrota ; y en la persuasión de cohonestar con una 
medida de buen gobierno el abandono de las agrega- 
das, determinóse á darles gusto, lo que le valió una 
abundante y envidiable cosecha de abrazos y besos. 

El vehículo descendió majestuoso en el parque con- 
tiguo al Trianon; las viajeras lo abandonaron sigilosa- 
mente, y Benjamín, dando la velocidad máxima se echó 
por el espacio á desquitarse de lo perdido diciendo : 

— Ahora á China en busca del secreto de la inmor- 
talidad. 

Al día siguiente los periódicos de París traían dos 
noticias: una que fué comentada por todos los desocu- 
pados de los bulevares; otra que sólo conmovió al 
mundo sabio. 

Decía la primera, que hablan sido reducidas á prisión 
doce jóvenes que, valiéndose de las circunstancias, 
querían explotar la credulidad pública haciéndose pa- 
sar por las expedicionarias del Anacronópete ; siendo 
así que en ninguna de ellas se encontraban trazos que 
acusasen ser las agraciadas por la Prefectura, donde 
constaba su filiación y se les había entregado pasapor- 
tes de que las impostoras no venían provistas á su 
regreso. 

La segunda era más lacónica aunque más trascen- 
dental para la ciencia, en cuyos anales sigue constando 
como artículo de fe : se reduela á dar cuenta de que á 
las nueve y cuarenta y cinco minutos de la mañana el 
observatorio astronómico habla presenciado la caída de 
un enorme aereolito en las inmediaciones de Versalles. 

I Así se escribe la historia ! 



CAPÍTULO XI 



Un poco de erudición fastidiosa aunque necesaria 




^á-^^ 



^ 1 



L día 14 del noveno mes 
del año 604 (antes de J. C.) 
en la aldea de Li , estado 
feudal de Tsou, hoy pro- 
vincia de Hou-nan, nacía 
con los cabellos blancos 
después de ochenta y un 
años de gestación (al de- 
cir de sus sectarios) el 
gran metafísico de la Chi- 
na, apellidado por esta 
circunstancia Lao-tseu ó 
sea el viejo niño. 

Hasta su aparición, la 
filosofía más remota del 
Celeste Imperio estaba reducida al Y-King, enciclopedia 
puesta en orden por Fo-hi, en quien los historiadores 
creen reconocer á Noé después que salió del Arca é 
hizo su viaje á la provincia de Xensi cerca del monte 
Ararat en la parte opuesta de la Bactriana. Su funda- 




1o6 ENRIQUE GASPAR 



mentó es enseñar el origen de las cosas y las transfor- 
maciones sufridas en el curso de las edades. Dios es 
considerado en ella como la piedra angular sobre que 
todo descansa. Es á un tiempo mismo Ly y Tao (razón 
y ley) y como tal se revela á la inteligencia humana. 

Lao-tseu, guiado por una sabiduría apacible, ense- 
ñó á despreciar las pasiones, á elevarse sobre todos los 
intereses, grandezas y glorias terrenales, recomendan- 
do hacer abnegación de sí propio en beneficio de los 
demás y humillarse para ser enaltecido: lenguaje que 
recuerda la humildad y la caridad de la doctrina del 
Salvador. 

Todo el tesoro de su inteligencia lo encerró en su 
obra titulada Tao-té-King. King significa que el libro 
es clásico: Tao y Té son las palabras porque empiezan 
las dos partes de que consta su tratado y que, como 
sucede con el Pentateuco, le han servido para darle el 
nombre. Ambos títulos reunidos quieren decir Libro 
de la razón suprema y de la virtud. 

He aquí un fragmento que confirma que, ante el es- 
pectáculo de las desgracias de su patria, en vez de as- 
pirar á una reforma, como Confucio lo hizo más tarde, 
Lao-tseu se aisló, exhortando al hombre á buscar el 
bien supremo en la soledad ascética y haciéndolo con- 
sistir en la calma absoluta: 

cEl hombre, dice, debe esforzarse en obtener el úl- 
))timo grado de incorporeidad á fin de conservarse tan 
^inalterable cuanto le sea posible. Los seres aparecen 
»en la vida y cumplen sus destinos: nosotros contem- 
» piamos su renovación sucesiva por la cual cada uno 
»de ellos vuelve á su origen. Volver á su origen signi- 
»fica ponerse en reposo; ponerse en reposo es restituir 
))su mandato; restituir su mandato es hacerse eterno. 
»El que sabe hacerse eterno es iluminado; el que no, 
))se convierte en víctima del error y de todas las cala- 
»midades.» 

Esta moral, que podemos llamar pasiva, fué exage- 



EL ANACRONÓPETE 107 



rada por sus prosélitos que se apellidaron Tao-ssé ó 
sean doctores celestes. Y en efecto, mientras Lao-tseu 
no asentaba el bien público y el privado sino en el 
ejercicio de la virtud y en la identificación con la razón 
suprema para dominar los sentidos y alcanzar la im- 
pasibilidad, sus sectarios abusaron de esta inacción 
para abandonarse á un rígido ascetismo; y, procla- 
mando que la sabiduría engendra los desórdenes, re- 
comendaron al pueblo la ignorancia más absoluta, 
reservándose no obstante las artes cabalísticas y adi- 
vinatorias á fin de embaucar con ellas á las masas 
cuando, á la aparición del Budhismo en China, los 
Tao-sse se confundieron con los Bonzos. 

Las dos sectas de los Yang y los Mé no son sino 
ramas del mismo tronco: sus diferencias son tan in- 
significantes que no merecen ser reseñadas sino com- 
prendidas en el principio fundamental de la religión 
de los Tao-ssé, cuya consecuencia fué elevar á dogma 
la ociosidad entre las clases ignorantes. 

El año 551 antes de la era vulgar, hacia el solsticio 
de invierno del año vigésimo segundo del reinado de 
Ling-uan, nació en la aldea de Tseu, reino feudal de Lu 
(hoy provincia de Chan tung), el gran Kun-futseu 6 
Confucio como le llamamos en Europa. 

Tan distante este filósofo de la ciega credulidad 
como de las mágicas ficciones de los Tao-ssé, jamás se 
ocupó ni de la naturaleza humana, ni del principio 
divino, ni de la metafísica en fin. Su carácter no es el 
de un innovador; limítase tan sólo á restablecer las 
bases de la moral práctica de las sociedades primi- 
tivas. 

«Lo que yo os enseño, decía él, lo podéis aprender 
•por vosotros mismos haciendo un legítimo uso de 
»las facultades de vuestro espíritu. Nada tan natural 
»ni tan sencillo como la moral cuyas prácticas saluda- 
obles trato de inculcaros. Todo lo que yo os predico, 
»los sabios de la antigüedad lo han ejecutado ya. Su 



I08 ENRIQUE GASPAR 



•práctica se reduce á tres leyes fundamentales: de 
•relación entre vasallos y señores, entre padre é hijo y 
«entre marido y mujer, y el ejercicio de estas cinco 
•virtudes capitales: la humanidad, es decir, el amor 
•de todos sin distinción ninguna; la justicia, que da á 
•cada uno lo que le pertenece; la observancia de las 
•ceremonias y usos establecidos, á fin de que todos 
•los que viven juntos sigan una misma regla y parti- 
»cipen de las mismas ventajas y de los mismos incon- 
•venientes; la rectitud de juicio y de sentimiento para 
•buscar y desear lo verdadero en todo, sin alucinacio- 
•nes egoístas para sí, ni apasionadas para los otros; la 
^sinceridad, ó sea un corazón abierto que excluya la 
•ficción y el disimulo, asi en las palabras como en las 
•obras. Estas son las virtudes que han valido el dictado 
•de venerables á los primeros institutores del género 
«humano, en vida, y los han conducido después á la in- 
•mortalidad: Tomémoslos por modelo y esforcémonos 
•en imitarlos.» 

Tal es en resumen la moral de Confucio, cuyo ca- 
rácter distintivo es hacer derivar todos los deberes de 
los de la familia, y reducir las virtudes á una sola: la 
piedad filial. Su dogma es la obediencia del inferior 
al superior. 

En cuanto á metafísica, he aquí lo que al padre Pe- 
dranzini decía un mandarín sectario de Confucio: 

«Nosotros nos guardamos mucho de decidir sobre 
•cosas que no son evidentes y que los sabios antiguos 
•tenían por inciertas. El axioma de los hombres santos 
^consiste en la partícula si, puesto que dicen: Si hay 
»un paraíso, los virtuosos gozarán en él mil delicias; 
»si hay un infierno, los malvados serán precipitados 
•en él; pero ,jquién puede afirmar que existan ó no? 
•Abstenerse del mal y hacer bien, he aquí el punto 
•importante. El Tai hio recomienáa que lo principal es 
•la virtud y lo accesorio las riquezas y el bienestar. 
•El Liun-in encarga que no hagas á otro lo que no 



EL ANACRONÓPEtE lOQ 



«quieras para ti. Todo estriba en esto. Precédase así y 
• basta; las felipidades del paraíso, si hay uno, vendrán 
•como consecuencia.» 

Esta moral fué la que dominó en las clases ilustra- 
das cuyos sectarios, hostiles á los preceptos oscuran- 
tistas de los Tao-ssé, tomaron el nombre de letrados y 
su comunión el de academia. 

Entre los discípulos de Confucio el más notable es 
Meng-tseu ó Mencio, muerto en 314 (a. de J. C). Afli- 
gido de ver triunfantes las dos sectas de Tao-ssé, ó 
sean la de Yang que predicaba el egoísmo como el 
principal regulador de las acciones humanas, y la de 
Mé que sostenía que el afecto debía extenderse á todos 
por igual sin distinción de parentesco, propagó una 
filantropía generosa basada en la moral de Confucio 
cuyo resumen es éste: «Sirve bien al cielo quien sigue la 
recta razón,-» Su libro reunido a los tres de apotegmas 
de Confucio, es aún hoy de texto entre los que aspi- 
ran á los cargos públicos. 

Vemos, pues, dos grandes grupos disputándose el 
dominio de las conciencias : la metafísica de Lao-tsé, 
relajada por los mágicos procedimientos de los Tao- 
ssé sus sectarios, dueña de las masas ignorantes y pe- 
rezosas: la moral de Confucio, observada por los le- 
trados, alumbrando las inteligencias privilegiadas y 
siendo, por decirlo así, la religión del estado, patroci- 
nada y seguida por los emperadores, indiferentes más 
que tolerantes de todas las demás prácticas y creencias. 
Hubo sin embargo una época en que los cabalísticos 
amenazaron invadirlo todo. Fué en el siglo 11 (antes 
de J. C.) cuando los Tao-ssé, separándose de la pura 
doctrina de Lao-tsé , empezaron á librarse á extrañas 
especulaciones y pretendieron haber descubierto el 
secreto de la inmortalidad contenido en un misterioso 
brebaje. En vano fué que los sectarios de Confucio 
quisieran desenmascararlos; protegidos por el empe- 
rador Wu-ti hubieran sin duda alguna triunfado de 



no ENRIQUE GASPAR 



los letrados, si uno de estos, tomando la copa que sus 
rivales destinaban al monarca, no la hubiese apurado 
de un sorbo desafiando el enojo del augusto personaje 
que, en su ceguedad, le condenó á morir en su pre- 
sencia. 

— Si la eficacia de este licor es verdadera — le dijo el 
confucista — la orden que acabáis de dar es inútil: si por 
el contrario es falsa, con mi muerte destruiréis vues- 
tro error. 

El engaño descubierto, Wu-ti volvió su crédito á los 
letrados, y los Tao-ssé continuaron ejerciendo su in- 
fluencia tan sólo entre los ignorantes y amigos de la 
ociosidad. Estos siguiendo la religión de los espíritus, 
como ya se ha visto; aquellos predicando ¿1 escepticis- 
mo y la indiferencia y consignando que la muerte no 
tiene más objeto que hacer pasar el alma á otro cuer- 
po ó descomponerla en aire, sin que quede nada del 
hombre á no ser la sangre en sus hijos y el nombre 
en su patria. 

Ello no obstante, como en sus libros consignase 
Confucio que él no trataba sino de restablecer la doc- 
trina primitiva y que no era más que e/ /)recMrsor í/e 
un ilustre personaje que vendría de Occidente, el rey 
Ming-ti envió en el siglo primero de nuestra era una 
flota hacia aquella parte, en busca del gran reforma- 
dor. Las naves fueron bastante lejos; pero no atrevién- 
dose á ir más allá, abordaron una isla en que encon- 
traron una estatua de Budha que, trasladada á China 
en el año 65 de Jesucristo, fué desde entonces adorada 
bajo el nombre de Fó y sigue compartiendo el culto 
con los prosélitos de Lao-tse y los letrados. 

Algunos cristianos, huyendo por esta época de las 
persecuciones de Nerón, llegaron hasta el Celeste Im- 
perio; pero cohibidos por la escasez del número y por 
las condiciones del país, quedaron oscurecidos hasta 
que en 635 de nuestra era, bajo el reinado de Tai- 
tsung, fué recibido en Chang-ngan el sacerdote nesto- 



EL ANACRONÓPETE 



riaDO O'lo pen del Ta-tsin^ es decir del imperio romano. 
El emperador envió á su encuentro los principales 
dignatarios que le condujeron al palacio; hizo tradu- 
cir sus santos libros y, persuadido de que encerraban 
una doctrina verdadera y saludable, decretó que fuese 
erigido un templo á la nueva religión y que veintiún 
sacerdotes se consagrasen á su servicio. El hecho esta 
consignado en un monumento levantado en Si ngan fu, 
en el cual la doctrina cristiana se encuentra expuesta 
sucintamente, y se dice que los misioneros llamados 
por O'lo pen llegaron en 636 á la corte de Tai-tsung; 
que (^ste publicó un edicto en favor del cristianismo; 
que Kao'ísung hizo construir iglesias en todas las ciu- 
dades ; que Vu-heu persiguió á sus sectarios y que 
Kuo-tsé iba siempre seguido de un sacerdote cristiano 
en las batallas. 

Las revueltas políticas, que á principios del siglo 
tercero de nuestra era (en que va á tener lugar este 
relato) agitaban la China, no podían por menos de 
transmitir su influencia á las antagonismos religiosos 
que entre sí despertábanlos tres principios de Lao-tsé, 
Confucio y Fó ó Budha. 

El emperador Hoti fué el primero que en el año 120, 
era cristiana como todo lo que á seguir va, concedió 
honores y dignidades á los eunucos de palacio , en de - 
trimento del ascendiente que los letrados habían teni- 
do hasta entonces en la corte. Unos y otros continua- 
ron disputándose el poder hasta el año 187 en que los 
eunucos hicieron sospechosa á los ojos del monarca 
la academia, presentándole la unión de los hombres 
instruidos como un peligro contra su tiranía. El empe- 
rador Chungti desterró a los doctores y libró á los tri- 
bunales á los más ilustres proclamándose él á su vez 
amigo de la ciencia por haber hecho grabar sobre cua- 
renta y seis lápidas de mármol y en tres clases de 
caracteres los cinco libros clásicos del I-King. 

Aunque los Tao-ssé hacían aparentemente causa co- 



ENRIQUE GASPAR 



mün con los eunucos, no tardaron, aprovechando las 
circunstancias, en utilizarlas en su provecho. La peste, 
habiendo desolado el imperio durante once años, un 
Taossé llamado Changkio halló contra ella un remedio 
seguro en cierta agua preparada con unas palabras 
misteriosas. Este charlatán obtuvo fácilmente crédito 
entre las masas. Seguido por una turba de empíricos, 
los disciplinó, y en breve encontróse á la cabeza de un 
partido numeroso. Su doctrina era que el cielo azul, ó 
sea la dinastía de los Han dominante á la sazón en la 
persona del emperador Hien-ti, tocaba á su término 
para dejar paso al cielo amarillo. Descubiertos sus pro- 
pósitos y viendo su pérdida segura, se echó al campo 
en abierta rebelión. Cincuenta mil hombres secunda- 
ron su grito, y tomando un gorro amarillo por insig- 
nia, se aprestaron á devastar el país. Sus expediciones 
fueron favorecidas por el levantamiento de muchos 
ambiciosos que aspiraban á repartirse la China en di- 
versos estados; pero la prudencia y el valor del gene- 
ral Tsao-tsao, jefe del partido de los letrados á quienes 
el monarca llamó en su auxilio, sofocaron la insurrec- 
ción y los vencidos se acogieron á su bandera. Hien-ti 
le nombró su primer ministro; pero enorgullecido por 
su triunfo, pronto se vio á Tsao-tsao ceñirse el som- 
brerete de doce colgantes, adornado con cincuenta y 
tres piedras preciosas — atributo distintivo de la ma- 
jestad — y hacerse llevar en el coche de eje de oro con 
tiro de seis caballos. No hubiera tardado mucho en 
apoderarse del sello imperial si la muerte no le hubie- 
ra atajado el camino. Su obra no obstante fué consu- 
mada por su hijo Tsao'piy primer calado ó ministro de 
Hien-ti á quien arrebató la corona en el año 220 dancjo 
fin á la dinastía de los Han para dar comienzo á la de 
los Ouei. . 

Pero, no adelantemos los sucesos toda vez que va- 
mos á hacer asistir á los lectores á este acontecimiento 
memorable; y dejemos consignado para su mayor in- 



EL ANACRONÓPETE Il3 



teligencia que el Anacronópete llegó á Ho-nan, corte 
entonces del imperio chino, en el año 220, bajo el rei- 
nado de Huen-ti y en sazón en que la revuelta domi- 
nada, muerto Tsaotsao y elevado á la dignidad de 
Calado su hijo Tsaopi, el poder había sido reconquis- 
tado por los letrados, quienes perseguían sin piedad 
así á los sectarios de Fó, por lo que tenía de nuevo la 
religión búdhica importada del Indostán, como á los 
Taossé por la grosería de sus empíricos recursos. 






T^': 



CAPÍTULO XII 



Cuarenta y ocho horas en el Celeste Imperio 




lENTE como un bellaco el refrán, cuando ase- 
gura que no hay mal que dure cien años ; 
pues sus diez y seis centurias bien contadas 
se pasó don Sindulfo en el lecho del dolor, 
desde que arrojó á los hijos de Mahoma en el espacio 
y á los de Marte en la nada, hasta que el Anacronópete 
se posó en los alrededores de Ho-nan, capital á la sazón 
del imperio chino. 

En los tres días y medio que duró el viaje, Benjamín, 
aprovechándose del sopor del sabio y del sueño de las 
muchachas, hizo sus correspondientes altos y salió si- 
gilosamente del vehículo para proveerse de las indis- 
pensables municiones de boca ; pues ya hemos visto 
que las que á bordo llevaban eran inútiles. El primer 
festín se lo debió á la piadosa munificencia de la reina 
Isabel la Católica ; y por cierto que estuvo á punto de 
costarle la vida porque llegado al campamento de San- 
ta-Fe, donde el ejército castellano se desesperaba ante 
la tenaz resistencia de los moros de Granada, fué to- 
mado por espía de Boabdil, á lo que contribuía no 
poco el extraño disfraz que para aquella época consti- 
tuían su americana y sus pantalones con boca de tra- 



BL ANACRONÓPETE Il5 



buco. Afortunadamente el políglota no perdió la sere- 
nidad; y acordándose de lo beneficiosos que podían 
serle los conocimientos adquiridos en la cátedra de 
historia, pidió ser conducido á presencia de la reina á 
fin de hacerle revelaciones importantes. Acompañada 
estaba doña Isabel de su esposo don Fernando, del car- 
denal Ximénez y de sus primeros capitanes; y todos, 
menos la augusta señora, sostenían el parecer de le- 
vantar un sitio en que se enterraban la paciencia de 
los sitiadores y los fondos del erario, cuando Benjamín 
haciendo irrupción en la tienda : 

— ^Qué es levantar el sitio? — exclamó con alientos 
de profeta. 

É inclinándose al oído de la reina añadió en voz baja: 

— Hoy 2 de Enero de 1492, día de viernes, como 
aquel en que el Redentor de los hombres derramó en 
el Calvario su preciosa sangre, y á las tres, hora pre- 
cisa en que el Verbo encarnado exhaló su postrer sus- 
piro, el pendón de Santiago y el estandarte real on- 
dearán en la torre de la Alhambra. 

Doña Isabel palideció ; los cortesanos que la rodea- 
ban, recelando algún desafuero, echaron mano á sus 
espadas; y no lo hubiera pasado muy bien el maestro 
de lenguas si los añafiles moros mezclándose con la 
trompetería cristiana no hubieran traído con sus ecos 
una pausa salvadora. 

— ^ Qué ocurre? — preguntó el rey al ver aparecer en 
la tienda al conde de Cifuentes llevando en el semblan- 
te impresa la alegría. 

— Ocurre, señor —dijo el noble caballero — que 
Boabdil acaba de rendirse ; y que para que los vence- 
dores puedan entraren Granada con entera seguridad, 
el vencido envía en rehenes al campo de Castilla á sus 
hijos con seiscientos hombres de armas al mando de 
dos de sus más esclarecidos jefes. 

Un grito de asombro se escapó de todos los pechos. 
— ¿ Quién eres tú ? — preguntó la reina casi proster- 



Ii6 ENRIQUE GASPAR 



nándose atónita ante el que en su fe bendita tomaba 
por aparición celeste. 

— Un pobre mortal — respondió Benjamín — que os 
pide por toda recompensa que le dejéis seguir libre- 
mente su camino suministrándole un bocado de pan 
con que aplacar su hambre. 

Tan limitada exigencia acabó de ratificar el juicio 
que doña Isabel formara del profeta ; y sin atreverse á 
insistir en premiarle con dádivas humanas, ella por 
sus propias manos le aderezó unas alforjas henchidas 
de rico jamón de las Alpujarras y rebosando de pan 
del mejor candeal de Castilla, amen de una cantim- 
plora de vino de Aragón del que, para el servicio de la 
mesa de don Fernando, custodiaban en el repuesto los 
despenseros de campaña. 

Ya se disponía Benjamín á abandonar la tienda, 
cuando la soberana llamándole aparte y con las manos 
cruzadas en ademán de súplica : 

— ¿Qué puedo hacer — le dijo — para felicidad de 
mis vasallos y esclarecimiento de mi trono } 

— Dad oídos, señora — le contestó el políglota — á 
un genovés que vendrá á ofreceros un mundo. 

— ¿ Á Colón ? — preguntó la reina admirada. — Ya le 
he visto ; pero si aseguran que es un loco!.. Además, 
mi tesoro está exhausto. 

— Vended vuestras joyas si es preciso. Él centupli- 
cará su valor creando vicios para la humanidad. 

Y así diciendo entregó á la reina una breva de Ca- 
banas á la que la pobre señora daba vueltas entre sus 
dedos sin explicarse su virtud. 

— ¿Y qué es esto ? — se resolvió á inquirir al cabo. 

— ¡ Humo ! — exclamó Benjamín, y desapareció. 

Y en efecto, dos años después, corriendo en busca 
de otro rumbo para las Indias orientales, volvía Colón 
de America con un nuevo mundo para España y una 
infinidad de estancos para las viudas de militares po- 
bres. 




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[ 1 8 ENRIQUE GASPAR 



El segundo descenso que en busca de vitualla hizo 
Benjamín á la tierra, veinte horas más tarde ó sea en 
las postrimerías del siglo xi, no ofreció nada de nota- 
ble. No así el que después de un periodo equivalente 
verificó en el año 696 á la ciudad de Rávena al decli- 
nar la tarde de un domingo. 

Esta villa, como saben todos, era á la sazón la resi- 
dencia de los exarcas que dirigían los destinos de la 
parte de Italia sometida al poder de Bizancio. Gober- 
nada por las instituciones municipales del Bajo-Impe- 
rio, estaba distribuida en escuelas para las milicias 
urbanas ; pero una bárbara costumbre tenía allí lugar. 
Los días de fiesta, jóvenes y viejos, niños y mujeres, 
cualquiera que fuese su condición, salían de la ciudad 
y, divididos en bandos, se libraban á unas pedreas de 
que resultaban siempre heridos y muertos. Gozoso 
volvía Benjamín de un convento en que, gracias á los 
harapos de mendigo que se había colgado, recibiera 
abundantes provisiones ; y dirigiéndose iba hacia su 
vehículo, cuando una desaforada gritería y una multi- 
tud de gente que avanzaba en precipitada fuga le die- 
ron á comprender, compulsando fechas y según loque 
en Agnelli había leído, que atravesaba aquel histórico 
momento en que los de la puerta Tiguriana, vencedo- 
res de los de la poterna de Sommovico, los persiguie- 
ron hasta dar cuenta de la mitad del opuesto campo. 

— Esto no reza conmigo — dijo para su capote el 
viajero, y se echó á correr á campo traviesa; pero los 
guijarros llovían con tal profusión que á fin de acele- 
rar su marcha no titubeó en apoderarse de un burro 
lombardo que pacía en una pradera y cuyos lomos 
oprimiendo sacó al escape. Desgraciadamente una pie- 
dra salida de una-honda tiguriana hirió con tan mala 
suerte á su cabalgadura que, dándole de lleno en un 
corvejón, le rebanó la pata por entero sin que al repo- 
nerse de la caída pudiera el jinete dar con el miembro 
mutilado que deseaba conservar como recuerdo de 



EL ANACRONÓPETB I 1 9 



aquel drama cuyo fin, según diremos de paso, fué el si- 
guiente: Vencidos los de la poterna simularon una 
reconciliación ; é invitando á un festín á los de la es- 
cuela Tiguriana, los degollaron á todos arrojando sus 
cadáveres en las cloacas. Los traidores fueron ahorca- 
dos, sus muebles consumidos por el fuego; y, allana- 
das sus viviendas, el área en que se alzaban fué cono- 
cida en adelante con el nombre del barrio de los asesinos. 

Restituido milagrosamente Benjamín al Anacronó- 
pete, compartió su pitanza con Clara y con Juanita que 
desde la desaparición del ejército no salían de su cuar- 
to en el que la aflicción las tenía relegadas ; propinó 
algunas yerbas saludables que había cogido para don 
Sindulfo y emprendió su marcha hacia el celeste im- 
perio. Pero al abrir su armario para hacer unas apun- 
taciones en el diario de bordo ^ qué creerán mis lecto- 
res que encontró dentro ? Pues nada menos que la pata 
del burro hirsuta y sanguinolenta ocupando en el ca- 
silicio el lugar del famoso hueso que el desgraciado 
comprara en Madrid á peso de oro tomándolo por una 
canilla de hombre fósil descubierta en las inmediacio- 
nes de Chartres. 

Por fin sonó el año 220 en el cuadrante del tiempo 
relativo y, haciendo alto el coloso en los arrabales de 
Ho-nan, la esperanza de hacerse dueño del secreto de 
la inmortalidad borró el desengaño antropológico de 
que jamás hizo mención Benjamín á sus compañeros 
de viaje. 

Repuesto ya don Sindulfo de su acceso, aunque con 
la razón no muy conforme, como se verá por el curso 
de los acontecimientos, y entregadas las muchachas á 
esa obediencia pasiva que es la indiferencia del dolor, 
dispusiéronse todos á penetrar en la corte de Hien-ti, 
no sin que previamente cohonestara el políglota la 
desaparición de las francesas con una insurrección á 
bordo que le había puesto en el caso de desembarcar- 
las según sus deseos. 



I20 ENRIQUE GASPAR 



Nadie le hizo observación alguna sobre el particular. 

Clara y Juanita sentían el corazón muy lacerado para 
ocuparse de otra cosa que de su desgracia, y el sabio 
por su parte, silencioso como un marmolillo, sólo tenia 
puesta su imaginación en su proyecto, que era desem- 
barcar en una época de oscurantismo y de autocracia 
donde la arbitrariedad de las leyes le permitiera obli- 
gar á su pupila á llamarse su esposa. 

La ciudad estaba desierta. La primera emperatriz 
había fallecido la noche antes, y el luto nacional, según 
el edicto del emperador, prohibía á todo hijo del ce- 
leste Imperio salir de sus viviendas ni abrir puertas ni 
ventanas en el transcurso de cuarenta y ocho horas. 

Llegados los viajeros á los muros de Ho-nan é inte- 
rrogados por el jefe de la guardia acerca de sus desig- 
nios, Benjamín, que era el intérprete de la expedición, 
le expuso sus deseos de ser recibidos en audiencia por 
el emperador Hien-ti. El traje de los excursionistas, 
los rasgos fisonómicos de la raza europea, la vigilancia 
que se le tenía prescrita y la sospecha de que los ana- 
cronóbatas pudieran ser sectarios de los Tao-ssé, tan 
perseguidos á la sazón por el partido de los letrados 
dueños del poder, hicieron parar mientes al oficial, y 
creyendo servir con ello la causa de su monarca, 
dispuso que, escoltados por su gente y con los ojos 
vendados, fueran conducidos á la presencia del empe- 
rador. 

Obtenida la venia del monarca, los viajeros, no sin 
gran susto aunque tranquilizados por la erudición de 
Benjamín que se esforzaba en persuadirles de que en 
la conducta del jefe de guardia rio había malevolencia 
sino cumplimiento del ritual observado en la corte 
china, se encontraron delante de Hien-ti. 

Era este soberano un hombre corrompido, de con- 
dición viciosa, en quien la sed de placeres no bastaba 
á saciar el insultante lujo de que se rodeaba á costa 
de sus abyectos vasallos. El palacio ó yamen que habi- 



EL ANACRONÓPETE 121 



taba y del que tomó copia el príncipe Tchao para cons- 
truir el suyo en Yé an siglo más tarde, era de una 
suntuosidad indescriptible. En sus muros no se veía 
sino mármol y en sus techos resbalaban los rayos del 
sol sobre la tersa superficie de los barnices y las lacas. 
Las campanillas que colgaban de los cornisamentos 
eran de oro ; de plata las columnas que sostenían el 
entablamento, y toda suerte de piedras preciosas es- 
maltaban los cortinajes que cubrían las puertas. 

Las más hermosas mujeres, asi de la clase mandari- 
na como de la plebe, lo habitaban con más de diez mil 
personas que entre astrólogos y artistas formaban el 
séquito del emperador. Mil doncellas montadas en 
corceles ricamente enjaezados le servían de guardia y 
le acompañaban en sus excursiones, cuando no se 
hacía llevar en un ligero carruaje tirado por corderos 
adiestrados que se paraban allí donde una de las cinco 
mil actrices destinadas á la voluptuosidad de Hien-ti, 
ofrecía á los rumiantes pastos frescos para detener su 
carrera y lograr la insigne honra de que el monarca 
se reposase en sus brazos. 

Apenas los viajeros se presentaron en la estancia en 
que los aguardaba Hien-ti, éste no pudo reprimir un 
movimiento de sorpresa, arrancado por la hermosura 
de Clara. Dominándose no obstante por el decoro que 
le imponía su condición de viudo, contentóse con cru- 
zar una mirada de inteligencia con su primer minis- 
tro Tsao-pi ; quien á su vez, y tal vez por adulación 
hacia su amo, hizo un gesto significativo contemplan- ' 
do á Juanita como quien dice: «Pues esta otra tam- 
poco me parece á mi costal de paja.» 

Nos llevaría tan lejos la descripción del ceremonial 
empleado en la entrevista y el extraño estilo usado por 
los interlocutores que, para dar una idea de ambos, 
haremos un resumen de lo que el historiador Cantü y 
otros sinólogos cuentan sobre el particular; advirtien- 
do de paso que estos usos siguen practicándose hoy en 



ENRIQUE GASPAR 



China casi en absoluto, pues sabido es que el estacio- 
namiento constituye la base de su carácter. 

«La cortesía artificial de los chinos — dicen los que 
de relatar estas ceremonias se han ocupado — se ma- 
nifiesta en todos sus actos, en sus visitas sujetas á re- 
glamentación, en el modo de colocarse en ellas según 
la categoría, en su manera de andar y en sus intermi- 
nables cumplimientos. Jamás emplean el j'o personal 
en la conversación ; dicen, sí, vuestro criado; ó si el rango 
lo exige, vuestro indigno y humilde esclavo. No dirigen la 
palabra á nadie sin tratarle de muy noble señor. Su país 
es vil, miserable y abyecto^ lo mismo que sus presentes 
por suntuosos que los hagan; al paso que cuanto per- 
tenece al señor á quien hablan es digno de la considera- 
ción más elevada. En sus visitas todo esta prescrito por 
el código de la etiqueta, que tiene fuerza de ley, y el 
que descuidase la menor de sus prescripciones inferi- 
ría al otro un insulto, quedaría deshonrado y hasta se 
haría acreedor á un castigo. Los embajadores europeos 
quedaban antes sometidos á cuarenta días de aprendi- 
zaje y eran examinados por el tribunal de los ritos; 
transcurridos los cuales, si cometían algún yerro ante 
el emperador, eran responsables de él sus institutores.» 

« Cuéntase que un duque de Moscovia rogó al em- 
perador en sus credenciales que dispensara á su en- 
viado si, falto de práctica, caía en alguna falta venial ; 
y que el Hijo del cielo dando sus pasaportes al pleni- 
potenciario, contestó en estos términos al soberano 
moscovita : Legatus tuus multa fecit rústice.» 

«Pero no es solamente en la corte donde se procede 
así ; todo chino que desea hacer una visita á otro, sea 
letrado ó mercader, hace presentar por el criado que 
le precede una tarjeta {tie tséé) con su nombre y sus 
cumplidos, en la que se lee por ejemplo: El amigo 
tierno y sincero de su señoría, ó el discípulo perpetuo de 
su doctrina se presenta para hacerle su reverencia hasta el 
suelo. 



EL ANACRONÓPETE 123 



» Si el visitado le recibe, la silla ó litera entra á tra- 
vés de los patios hasta la sala de recepción. Llegado á 
ella el ceremonial marca uno por uno los saludos que 
deben hacerse, las conversiones á derecha y á izquier- 
da, las cabezadas, la súplica de pasar el primero y el 
no aceptarlo, la reverencia que el amo de la casa tri- 
buta al sitial destinado al huésped que éste no ocupa 
sin que aquel le limpie antes el polvo con sus vestidos. 
Siéntanse por fin con la cabeza cubierta, pues lo con- 
trario sería irreverente, y empieza la conversación cui- 
dando mucho de llamarse viejos, refinamiento exqui- 
sito de amabilidad y buena educación. En seguida se 
sirve el té para el cual hay también su manera de 
ofrecerlo, de aceptarlo, de llevárselo á la boca y de de- 
volvérselo al criado. Al despedirse, media hora bien 
contada se pierde en palabrería vana de la que tienen 
á provisión un buen repuesto. Si uno dice una galan- 
tería, yeism responde el otro, es decir: Prodiga usted 
su corazón. El menor servicio le vale á uno un Siepu- 
tsin, (Mi gratitud no puede tener fin.) Favor pedido va 
siempre acompañado del indispensable te-tsui ( ¡ Qué 
gran pecado tomarme tamaña libertad!) La alabanza no 
se recibe sin protestar Ki can. (¿Cómo poder creerlo?) 
Y el postre de toda comida es esta frase del anfitrión: 
Yeu-maUj tai-man, (Mal te hemos recibido^ mal te hemos 
tratado,)ji 

«•El amo de la casa sale á la puerta para ver subir en 
la silla á su amigo. Este asegura que no lo hará nunca 
en su noble presencia: y después de un cange de ins- 
tancias y de negativas, aquel se retira y el otro se mete 
en la litera; pero aún no se ha sentado cuando el pri- 
mero llega á la carrera para desearle feli;s viaje. El 
huésped le devuelve sus saludos, insiste en no mar- 
charse sin que el amigo se retire, y aunque el amigo 
dice que allí permanecerá clavado hasta perderle de 
vista, el buen tono aconseja que al cabo sea él quien 
después de muchas dificultades ceda y se aleje. Parte 



124 



ENRIQUE GASPAR 



el huésped, y apenas ha dado unos pasos, cuando el 
que lo recibió sale á la puerta para darle el adiós úl- 
timo al que el otro responde por gestos sacando la ca- 
beza por la ventanilla ; hasta que al fin logra llegar á 
su casa, y á los dos minutos un criado del anfitrión 
viene á enterarse de su salud de parte de su amo, á 
darle las gracias por su visita y á hacer votos para que 
se repita en breve.» 

Enterados de estas minuciosidades, demos cuenta 
en nuestro estilo usual de la interesante entrevista que 
los cuatro viajeros tuvieron con el emperador Hien-ti 
y con su primer calado, en el palacio de la corte de 
Ho-nan. 











x^- ^x^ 



CAPÍTULO XIII 



La Europa del siglo xix ante la China del siglo iii 



L espectáculo de tantas maravillas acumula- 
das no pudo menos de sacar de su estupor 
á Clara y,á Juanita; especialmente á la últi- 
ma que, si bien no logró reconquistar su 
buen humor, empezó á hacer uso de la palabra. 
— Oiga usted — preguntó dirigiéndose á su amo. — 




120 ENRIQUE GASPAR 



¿Pues no dicen que los chinos llevan coleta? ¿Cómo 
es que estos son rabones ? 

— Porque los celestiales — le contestó don Sindulfo — 
conservaron su integridad capilar hasta el siglo xvii 
en que, vencidos por los tártaros mandchures, éstos 
les obligaron á dejarse crecer en la cabeza un como ra- 
bo de perro en señal de esclavitud. 

— Me lo estudiaré — dijo gravemente la de Pinto, 
sentándose á una indicación del calado. 

Terminado el ritual de las salutaciones, el empera- 
dor interrogó á los viajeros acerca de su origen y del 
objeto que los conducía á su presencia ; á lo que Ben- 
jamín respondió que eran habitantes de la región oc- 
cidental ; que vivían en una época mil seiscientos años 
posterior á la suya, y que, poseedores del secreto de 
retrogradar en los siglos, acudían á Ho-nan para in- 
quirir el principio de la inmortalidad predicado por 
los Tao-ssé y poder, perfeccionándolo, abrir al hombre 
las puertas del porvenir como ya le tenían abiertas las 
del pasado. 

Hien-ti cruzó con su valido una mirada de inteligen- 
cia. Para ellos era indudable que los excursionistas 
pertenecían á la secta derrotada de los embaucadores 
que con tan inverosímiles relatos trataban sin duda 
de alucinar á la corte y al pueblo, para renovar las lu- 
chas de los gorros amarillos. Su sentencia de muerte 
estaba tácitamente dictada desde aquel instante, si 
bien el arrobamiento con que contemplaba las faccio- 
nes de ambas doncellas parecí^ presagiar en su favor 
una conmutación de la pena capital. 

— ¿ Y qué pruebas podéis aducir que nos den testi- 
monio de vuestra veracidad ?— adujo el monarca á fin 
de conocer los subterfugios de que los impostores pen- 
saban servirse para cohonestar sus afirmaciones. 

— Señor — repuso Benjamín. — Tarea fácil ha de ser- 
nos la de convencer á V. M. con sólo presentarle al- 
guna pequeña muestra de los progresos operados por 



EL ANACRONÓPETE 12J 



la civilización en los diez y seis siglos que nos sepa- 
ran, y de que tan buen uso puede hacer el imperio, 
ya apropiándose los realizados en otras naciones, ó ya 
anteponiéndose en su descubrimiento á los que, en 
centurias muy posteriores á la que atravesamos, llevó 
á cabo la China. 

— En efecto— dijo Hien-ti con una sonrisa de incre- 
dulidad. — Si la cosa es como aseguras, bien merece 
tomarse en cuenta. Haznos admirar esas maravillas 
de la civilización. 

Benjamín no se hizo repetir la orden ; y, echando 
mano á un saquito de noche que a prevención llevaba 
provisto de multitud de zarandajas, empezó á vaciarlo 
con el orgullo de un hijo del siglo xix que, engreído 
con las conquistas de su época, cree poder burlarse 
impunemente de sus antecesores, á quienes, después 
de todo, debe la base de unos conocimientos que él 
no ha hecho las más veces sino perfeccionar, 

— Aquí tenéis — dijo exhibiéndolo con paternal soli- 
citud — un vaso de bronce, imitación del ánfora griega. 
Sustancia fusible desconocida en vuestro imperio, 
cuyas aplicaciones os será grato saber. 

— Pocoá poco— replicó el emperador cortándole el 
discurso y llevando á Benjamín á una puerta, ante 
cuyas antas se erguían dos colosales jarrones del mis- 
mo metal. 

— ¡Cómo!— preguntó el políglota aturdido. — ^ No 
sólo tenéis idea de la fusión sino que sabéis aplicarla 
á trabajos artísticos monumentales ? 

Hien-ti no pudo reprimir una carcajada ; y poniendo 
el dedo sobre unos caracteres chinos que por los ador- 
nos corrían : 

— Lee aquí — añadió. 

El atribulado viajero dio un paso atrás, producido 
por el asombro, al ver sobre el cuello del vaso esta 
máxima : A fin de mejorar tu condición purifícate cada 
dia; lema perteneciente á todos los enseres deluso 



128 ENRIQUE GASPAR 



del emperador C/iang" fundador de la segunda dinastía, 
y de cuya autenticidad no dejaba duda el sello de su 
reinado que campeaba en el centro. 

— Señores — gritó Benjamín dirigiéndose á los suyos. 
— Estos jarrones han sido fundidos en el año 1766 an- 
tes de la era cristiana. 

—De modo — interpuso el tutor—que según nuestra 
cuenta, tienen de existencia casi treinta y seis siglos y 
medio. 

Mordiéndose los labios por despecho arqueológico 
estaba aún Benjamín, cuando descubriendo, á través 
de la pedrería que lo ocultaba, el fondo del cortinaje: 

— ¿ Qué es esto ? ^ También os es familiar el arte de 
tejer la seda? 

— Tu ignorancia me asusta —le contestó el calado. 
— ^No sabes que ese descubrimiento tuvo lugar en el 
año sesenta y uno del reinado de Hoan'grti, época en 
que dan principio para los letrados los tiempos histó- 
ricos de la China y el ciclo de sesenta años divididos 
éstos en 365 días y 6 horas, base de nuestro cómputo? 

— Y apuesto — dijo Juanita al oir la traducción — que 
ese don Juan Tic era ya viejo en tiempo de Jesucristo. 

— Como que floreció 2698 años antes — replicó don 
Sindulfo. 

— Lo que yo decía ; contemporáneo de usted. 

—Pase por el bronce y vaya en gracia la seda*-in- 
sistió Benjamín, que no se acomodaba á ser vencido en 
el certamen.— Pero á fe que esto no sabrá V. M. para 
lo que sirve. 

Y desdoblando un papel presentó al emperador una 
brújula. 

Hien-ti se sonrió con el ministro ; y, conduciendo al 
políglota á una ventana que sobre el río cala, 

— j Ves esos barcos ? — le preguntó. 

— ¡Con casco de hierro! — exclamó el interpelado 
atónito, pudiendo distinguir las planchas del forro á 
través de la luz crepuscular. 



EL ANACRONÓPBTE I 29 



— Sí; hace ya seiscientos años que no nos servimos 
de los buques de madera; y más de doce siglos que 
hacemos uso en ellos de ese aparato- que tú nos pre- 
sentas como una maravilla y cuya invención sabe el 
cielo á quién pertenece. 

Absortos estaban los dos sabios sin acertar á darse 
la explicación de lo que veían, cuando un confuso tro- 
pel de gente que, gritando para abrirse camino, pre- 
cedía á unos carromatos de extraña forma, les sacó de 
su atolondramiento. 

— i Qué ocurre ? — inquirió don Sindulfo. 

—Nada importante — ^repuso Tsao-pi.— Algún incen- 
dio. Eso son las bombas que van á sofocarlo. 

—¡Las bombas!— prorrumpieron todos. 

—Que le echen á usted un roción — dijo la de Pinto 
á su amo ; — á ver si le calman á usted esos ardores de 
la juventud. 

— Pero esa invención— añadió Benjamín oponiéndo- 
se aún á la evidencia — como la de los pozos artesianos, 
la porcelana, los puentes colgantes, los naipes y el pa- 
pel moneda, no datan en China, según nuestros his- 
toriógrafos, sino de los siglos octavo al trece, y esta- 
mos á principios del tercero. Pues si bien es cierto 
que el sabio sinólogo Estanislao Julien comunicó 
en 1847. á la academia de ciencias de París la fecha de 
ciertos descubrimientos de los chinos, las épocas que 
cita parecen tan fabulosas que el orgullo europeo se 
resiste á aceptarlas. 

— ¿ Y qué dice de nosotros ese buen señor ? 

— Supone que en el siglo x de nuestra era ya po- 
seíais el grabado y la litografía. 

El emperador por toda respuesta le enseñó su retra- 
to y el de su difunta, que, hechos por ambos procedi- 
mientos, pendían de los muros con siete siglos de an- 
telación á la hipótesis de Julien. 

— ¿ Y qué más refiere ? — añadió Hien-ti. 

El políglota, bajando la voz, repuso : 



I 3o ENRIQUE GASPAR 



— Que en el siglo xi erais dueños de la maravillosa 
invención de Guttemberg. 

Y así diciendo le alargó un periódico al monarca, 
explicándole al propio tiempo la misión que venía á 
llenar la prensa periódica. 

— ¡ Ah ! Sí. Mi predecesor trató de permitir la pu- 
blicación de una gaceta con el fin de que todos sus va- 
sallos pudieran convertirse en censores de los abusos 
del poder ; pero en vez de utilizarla ellos como instru- 
mento de censura, la convirtieron en palenque de dia- 
tribas é insultos, y fué preciso derogar la autorización 
y limitar el permiso de imprimir á la publicación de 
nuestros libros sagrados. 

É hizo ver á los viajeros un ejemplar de los apoteg- 
mas de Confucio que, ricamente encuadernado, yacía 
sobre un velador. 

Los dos sabios se abalanzaron á él con hidrofobia 
bibliómana ; pero las sombras de la noche eran ya tan 
espesas que no lo hubieran podido examinar si Tsao- 
pi, dando la orden de encender las luces, no hubiera 
mandado entrar á unos esclavos que con unas espon- 
jas, empapadas en cierta substancia inflamable, llena- 
ron de claridad el recinto con sólo aplicar la llama á 
unos mecheros salientes en el muro. 

— ¡ Gas ! — fué el grito unánime. 

— Sí, gas — dijo tranquilamente el emperador. 

—¿Pero de dónde lo extraen ? 

— Del seno de la tierra ; de las materias fecales, cu- 
yas emanaciones conducimos á donde queremos mer- 
ced á unos tubos subterráneos. 

— Eso también lo dice Julien ; pero se lo atribuye al 
siglo vm. No os admire, señor, nuestra extrañeza; pues 
aunque teníamos vagos indicios de vuestros adelantos, 
son estos tales y tan en abierta contradicción con la 
decadencia y el atraso de la China del siglo xix, que no 
nos atrevíamos á dar crédito á la civilización del pasado 
por el estacionamiento y hasta retroceso del presente. 



EL ANACRONÓPETE 



l3l 



—Todas las naciones que alcanzan un gran des- 
envolvimiento, suelen ver desaparecer su grandeza, 
que utilizan otros estados nacientes — argüyó Hien-ti, 
no creyendo prudente, en razón de los planes que 
abrigaba, decir á los viajeros que eran unos imposto- 
res vulgares que querían hacer pasar por prodigios de 
supuestas edades futuras las nociones más rudimen- 
tarias de la ciencia practicada á la sazón. 

— i De modo que ha- 
brá que tomar por ar- 
tículo de fe el aserto 
de Julien que, con la 
tinta y el papel de tra- 
po, coloca la pólvora 
entre los descubri- 
mientos del siglo se- 
gundo, anterior á Jesu- 
cristo ? 

— ^ La pólvora ? 

— Sí. Esa composi- 
ción de setenta y cinco 
partes de sal de nitro 
con quince y media de 
carbón y nueve y media 
de azufre, atribuida en 
la Edad media al mon- 
je alemán Schw^artz, y 
que el sinólogo en cuestión cree que fué introducida 
en Europa, de la China, donde el nitrato de potasa lo 
da ya preparado la naturaleza. 

—Como no te refieras á los cañones, no sé qué quie- 
res decir. Á ver si es esto. 

Y tomando el emperador de una panoplia una flecha 
embadurnada dé un polvo negro (que no era otra cosa 
sino pólvora), á cuyo extremo inferior había un cohete 
amarrado, prendió fuego á la corta mecha que de este 
pendía, apoyó el rehilete en la cuerda del arco y dis- 




I 32 ENRIQUE GASPAR 



parándolo por la ventana se incendió en el espacio 
como una lengua de fuego, acrecentando su marcha 
con la nueva fuerza impulsiva que le prestaba la ex- 
plosión del petardo en la atmósfera. 

El monje alemán quedó relegado desde aquel mo- 
mento á la categoría de los seres fabulosos. 

— No dudo — prosiguió Hien-ti — que todos estos pro- 
cedimientos se perfeccionarán con la marcha de los 
siglos ; pero ya veis que esencialmente no podéis en- 
señarnos nada nuevo; y la prueba es que venís á nues- 
tros dominios en busca del secreto de la inmortalidad 
que se tiene por dogma entre los sectarios de los espí- 
ritus del celeste imperio. — Pues bien ; no quiero que 
vuestro viaje sea infructuoso. Yo os descubriré ese 
arcano con una condición. 

-~¿ Cuál ? 

— Ayer he perdido á la emperatriz mi compañera; 
las leyes me autorizan á tomar nueva esposa transcu- 
rridas que sean las cuarenta y ocho horas del luto na- 
cional. Mañana vence el plazo. Concededme que com- 
parta el trono con esta linda joven. 

Y acompañando la acción á la frase puso entre las 
suyas la mano de Clara que, asustada, la retiró, pi- 
diendo que la explicaran tan brusca acometida. La 
traducción que Benjamín les hizo de la exigencia del 
monarca sublevó á la pupila y exasperó á don Sindul- 
fo, que en vano habla puesto en las autoritarias leyes 
del imperio la esperanza de ser el esposo de su so- 
brina. 

— Dígale usted que no se ha hecho la miel para la 
boca del asno — ^argumentaba la maritornes. Y todos, 
menos el políglota, se disponían á protestar tumultuo- 
samente, cuando la idea de poder perder la vida si se 
obstinaban en rehusar, sugirió á don Sindulfo un plan 
conciliador. 

— Finjamos ceder — dijo por lo bajo á los suyos;— y 
una vez restituidos al Anacronópete, á donde pediré- 



EL ANACRONÓPETE I 33 



mos que se nos conduzca para disponer los trajes de 
ceremonia, nos ponemos en movimiento y que nos 
echen galgos. 

Las muchachas asintieron á la proposición; pero 
Benjamín se resistía porque la fuga le privaba del se- 
creto de la inmortalidad tan codiciado. Sin embargo, 
no tardó en avenirse aparentemente, pues abrigaba el 
proyecto que más tarde se verá. 




Entre tanto el emperador organizaba con su minis- 
tro la manera de desembarazarse de los embaucado- 
res, en cuanto la autoridad del jefe de la familia (tan 
ineludible en China para el matrimonio) le concediese 
el honor á que aspiraba. 

El ritual chino prescribe que la novia quede en su 
casa hasta que la comitiva nupcial vaya en su busca 
para transportarla á la del marido. Determinóse, pues, 
que los viajeros volviesen á su morada de donde al día 
siguiente por la noche iría á sacarla el cortejo impe- 
rial. 

Despidiéronse todos de Hien-ti y de su ministro ; y, 



I 34 ENRIQUE GASP/IR 



acompañados de una guardia de honor, para custodiar 
exteriormente el Anacronópete, y de multitud de es- 
clavos cargados de provisiones y presentes, se enca- 
minaron los anacronóbatas al vehículo cuya puerta 
abrió Benjamín entrando en él el primero. 

En cuanto los servidores se hubieron retirado y los 
centinelas esparcido por los alrededores del coloso, á 
distancia respetuosa, don Sindulfo tocando el regula- 
dor y soltando una carcajada : 

— No dirán que no los engañamos como á chinos — 
exclamó. 

Pero de pronto quedóse pálido ; el engañado era él. 
El aparato eléctrico no funcionaba. Estaban reducidos 
a prisión. 




CAPITULO XIV 



^ Lio huésped inüspcrado 



í 



RiSTE, como la misma noche triste de Hernán 
Cortés en la víspera de la batalla de Otumba, 
fué la pasada á bordo del Anacronópete por 
los expedicionarios. Clara, la más digna de 
compasión sin duda, no hacía sino llorar y pregun- 
tarse, en su situación desesperada, qué delito había 
cometido para ser directa ó indirectamente la victima 
expiatoria de todos los caprichos del destino inexora- 
ble. El tutor protestaba de su buena fe en las circuns- 
tancias presentes, puesto que su plan al acceder había 
sido burlar los designios del emperador emprendiendo 
la fuga ; pero sus buenos propósitos, que no encerra- 
ban más que una mira egoísta, se estrellaban contra 
una fuerza mayor que los reducía á la inmovilidad 
contra todas las previsiones de sus cálculos científicos. 
— Una solución de continuidad no es la causa de la 
paralización, puesto que las corrientes circulan sin 
impedimento ; decía el sabio fundándose en las obser- 
vaciones que él y su amigo habían hecho repetidas 



l36 BNRIQUB GASPAR 



veces en el vehículo y sin sospechar que Benjamín 
pudiera hacerle traición. 

— Me juego la cabeza de usted— argüía Juana á su 
señor — á que si llamamos á un herrero chino nos dice 
en seguida en qué xonsiste la atascadura del carro. 
I Vaya I Que han quedado ustedes lucidos delante de 
su majestad. Alumbre usted su inteligencia, hombre, 
ya que, según le ha probado á usted el emperador, 
lleva usted una fábrica de gas en su persona. 

Don Sindulfo miraba á su amigo en demanda de 
consejo; pero Benjamín permanecía mudo como todo 
el que tiene sobre su conciencia algún delito de que 
no se arrepiente y cuya responsabilidad procura eludir 
con el silencio. Y en efecto, la culpa de aquella situa- 
ción era exclusivamente del poliglota. Verdad es que 
él ignoraba los proyectos de Hien-ti sobre la parte 
masculina de la tripulación y confiaba en que un sub- 
terfugio cualquiera restituiría á Clara al Anacronópete 
á fin de escapar apenas terminase la ceremonia, pero 
la ciencia es tan egoísta que todo lo juzga anima vili 
cuando se trata de un experimento ; y la idea de per- 
der el secreto de la inmortalidad, si abandonaban la 
China del siglo iii, podía más en él que las contingen- 
cias á que, si se quedaban, exponía á sus compañeros 
de infortunio. Así es que entrando el primero en el 
Anacronópete, como hemos visto, colocó capciosa- 
mente una jicara de porcelana entre Tos conductores 
del fluido y el volante, con cuyo aislador perdida la 
corriente eléctrica, el aparato dejaba de funcionar. 
Cada vez que don Sindulfo, sin sospechar la asechanza 
de su correligionario, verificaba con él un reconoci- 
miento, Benjamín, afectando oficiosidad, se adelantaba 
y escabullía el pocilio con un hábil escamoteo, volvién- 
dolo á ingerir en cuanto el sabio, convencido de que 
no había ningún obstáculo, pasaba adelante para poner 
en actividad el mecanismo. 

Agotados todos los recursos técnicos se pensó seria- 



EL ANACRONÓPBTE I Sy 



mente en desertar; pero ni era posible realizarlo con 
éxito, toda vez que la guardia afecta á su servicio tenia 
la orden de no abandonar un instante á los viajeros 
sospechosos, ni aun suponiendo posible la evasión 
mejoraban su precaria suerte ; pues advirtiendo su 
ausencia, poco habían de tardar en dar alcance á los 
fugitivos. Además existía otra razón poderosa para 
oponerse ; y era que no podían abandonar el Anacro- 
nópete sin correr el riesgo de permanecer indefinida- 
mente á más de mil seiscientos años de distancia de 
su edad; cosa que hubiera sonreído á don Sindulfo si 
las circunstancias locales le hubieran permitido reali- 
zar su desiderátum de imponer á la pupila su conyugal 
yugo. 

Tomóse pues la resolución de esperar á que la Pro- 
videncia les enviara con la luz del nuevo día algún 
rayo de esperanza, y rendidos por la fatiga se recosta- 
ron en sus lechos. 

La noche fué larga como de dolor : cada cuarto de 
hora el grito de los centinelas cortaba la monotonía 
del silencio interrumpido además á intervalos por unos 
golpes secos como los que da el martillo sobre el clavo. 
El ruido parecía subir de la cala y, temiendo alguna 
invasión de los celestiales, don Sindulfo y Benjamín 
bajaron á la bodega ; pero aunque permanecieron allí 
más de quince minutos, no volvieron á oir los marti- 
llazos que no obstante se reprodujeron apenas resti- 
tuidos á sus habitaciones. 

— Es por este otro lado sin duda — exclamó Ben- 
jamín. 

— Sí— interpuso el sabio. — Algún arco de triunfo 
que nos preparan. 

Y absortos en sus pensamientos quedáronse ambos 
aguardando la aurora que no tardó en venirlos á salu- 
dar con una sonrisa que parecía feliz augurio de espe- 
ranza. Pero el día, sin detenerse en su carrera, seguía 
su curso no sólo desprovisto de todo medio de salva- 



I 38 ENRIQUE GASPAR 



ción, sino devorando en cada minuto una ilusión de 
los viajeros. 

Al anochecer espiraba el plazo de las cuarenta y 
ocho horas prescrito por la ley para el luto nacional, y 
acto continuo la nueva emperatriz debía dirigirse al 
y amen á compartir el trono con el soberano. 

Desde muy temprano fué visitado el Anacronópctc 
por la servidumbre de Hien-ti, que, con opíparos man- 
jares, ricos presentes y trajes de boda, á la usanza china, 
para todos los expedicionarios, estaba presidida por 
King'seng, maestro de ceremonias de la corte y joven 
simpático, de gallarda apostura, á quien todos otorga- 
ron una preferencia espontánea, no sé si por el sello 
de tristeza que llevaba en el semblante ó por las aten- 
ciones que guardaba á los cautivos. 

Por fin al declinar la tarde llegaron las esclavas y los 
eunucos encargados de vestir y aderezar el tocado, así 
de la contrayente como de su séquito, lo que quería 
decir que la hora había sonado de abandonar toda 
esperanza. La desesperación, último baluarte del im- 
potente, se apoderó de los expedicionarios. Clara y 
Juanita abrazadas en un rincón se resistían heroica- 
mente á entregar sus cuerpos á aquel para ellas fúne- 
bre atavío. Don Sindulfo con los ojos extraviados in- 
citaba á su amigo á que protestase de aquella violen- 
cia en el idioma de Confucio, como él lo hacía en el 
más enérgico aragonés. Benjamín, sin arrepentirse de 
lo hecho, empezaba á experimentar cierta compasión 
por sus correligionarios ; y todo era lamentos, confu- 
sión y desorden cuando el maestro de ceremonias, 
mandando salir del laboratorio á la servidumbre y to- 
mando aparte á los viajeros : — Desgraciados — les dijo 
— no temáis ; yo os salvaré. 

Juzgúese de la sorpresa y de la alegría de los cuatro 
ante las pala"bras de King-seng, cuya traducción les iba 
haciendo Benjamín. Clara le estrechaba las manos, 
don Sindulfo le daba gracias en latín por si las huma- 



EL ANACRONÓPETE iSg 



nidades habían llegado hasta el celeste Imperio, y Jua- 
nita le largó un abrazo á la usanza de Pinto que casi 
lo derriba. 

— Silencio, imprudentes— prosiguió el ángel tutelar 
de los desahuciados. — Evitad que nos oigan. El empe- 
rador os ha tomado por Tao-ssé venidos á Ho nan para 
renovar las luchas de los gorros amarillos y se propone 
exterminaros apenas verificada la ceremonia nupcial. 
Esta boda no la lleva á cabo más que para saciar un 
grosero apetito, toda vez que una ley reciente le pro- 
hibe aumentar el número de sus concubinas. 

— 1 Qué horror !— balbucearon los reos. 

— Sí ; pero aquí estoy yo que lo sé todo. 

— i Cómo ?— inquirieron los circunstantes estrechan- 
do el grupo. 

— Hace como diez lunas que llegó de occidente un 
hombre fugitivo. Oculto en Honan encontró medio de 
ponerse en contacto con la emperatriz Sun-ché, la es- 
posa mártir del opresor. Lo que la dijo lo ignoro ; pero 
la augusta señora, que me honraba con sus confiden- 
cias, me dio á comprender que aquel hombre era el 
que en sus apotegmas dice Confucio que traería de 
Occidente la revelación de su doctrina y que, en efec- 
to, le había ofrecido la inmortalidad. 

— ¡ La inmortalidad ! — repitieron todos escuchando 
con interés creciente un relato que justificaba la mo- 
nomanía de Benjamín. 

— Sí — prosiguió King-seng; — para ella y para los 
suyos. La emperatriz me encargó de crear prosélitos 
y ordenó al misterioso personaje que hiciese venir de 
sus apartadas regiones algunas familias que alimen- 
taran y propagasen sus luces. Vosotros sois sin duda 
los primeros en acudir al llamamiento y yo os brindo 
con mi protección. 

La oferta tenía demasiada importancia para que na- 
die se atreviera á destruir la suposición del maestro 
de ceremonias ; así es que viendo en ello su salvación, 



140 ENRIQUE GASPAR 



se convinieron en seguirle la corriente, y sobre todo el 
poliglota que tocaba la meta de sus aspiraciones. 

— i Y ese occidental dónde encontrarle ? — preguntó 
Benjamín. 

— La desgracia os persigue — adujo King-seng. — Ha 
muerto. 

— ¡ Muerto ! — exclamaron todos fingiendo una pro- 
funda aflicción. 

—Pero vosotros proseguiréis su obra. Hace dos días 
el emperador, que ya miraba á su esposa con malos 
ojos por creerla sectaria de los Tao-ssé, sorprendió al 
extranjero en conferencia con la emperatriz ; y al oir 
que la brindaba con la inmortalidad, acabó por con- 
vencerse de que ambos pertenecían á la secta de los 
embaucadores. Tsao-pi, su primer ministro y jefe del 
partido de los letrados, pidió venganza ; y, mientras el 
occidental era aserrado en la plaza de las ejecuciones, 
anunciábase al pueblo, para el que es un arcano cuan- 
to en palacio ocurre, que Sunché había sucumbido 
repentinamente ; pero la infeliz había sido enterrada 
viva en las mazmorras del yamen por orden de su des- 
piadado esposo. 

— I Qué inhumanidad ! — argüyeron los oyentes á ex- 
cepción de Benjamín que parecía absorto en profun- 
das reflexiones. 

— La indignación ha dado un grito en el pecho de 
todos los parciales de la emperatriz, que aún es posi- 
ble que exista, porque ese género de muerte es lento. 
Pero animada ó cadáver la ^acaremos de su tumba, 
para lo cual, mis secuaces reunidos, harán que estalle 
la rebelión mientras se celebre el banquete nupcial. 
Vosotros desechad todo temor ; yo me encargo de pro- 
tegeros con mis tropas ; pero disponeos al ceremonial 
secundando así mis planes, pues la menor sospecha 
puede perdernos. Confiad en la gente que he traído 
para vuestro servicio. Me obedecen con absoluta ab- 
negación. Andad, que la hora avanza. 



EI« ANACRONÓPETE I4I 



La idea de una lucha con resultados desconocidos 
no era en verdad halagüeña para gentes pacificas, age- 
nas á los intereses del imperio ; pero su situación par- 
ticular se presentaba tan erizada de peligros insupera- 
bles, que no titubearon en decidirse por el término del 
dilema que les ofrecía alguna probabilidad de éxito. 

Llamada la servidumbre dejáronse ataviar con todo 
el esplendor debido á su rango, y aun sazonada es- 
tuvo la tarea con algunos chistes, pues no hay que ol- 
vidar que eran españoles los que corrían tamañas con- 
tingencias. 

Concluido el tocado, un ruido infernal de tambori- 
les, címbalos y el obligado gong ó campana china, 
además de multitud de linternas de caprichosa estruc- 
tura que por los abiertos discos divisaron, les anunció 
que la comitiva imperial llegaba á las puertas del Ana- 
cronópete, donde se detuvo, pues el ritual prescribe 
que no se invada el domicilio de la virgen. 

— Adelante — exclamó King-seng tomando de la mano 
á Clara para conducirla á la litera en nombre del em- 
perador. 

— I Adelante! — gritaron todos poseidos del entusias- 
mo que infunde la esperanza. 

Y atravesando estaban la bodega para ganar el por- 
tón, cuando unos golpes secos y repetidos obligaron 
al séquito á pararse en medio de la estancia. 

— { Qué es ello ?— preguntó el maestro. 
^¿No habéis oído ?— -repuso Benjamín. 
— Si. Parece que alguien llama. 

Y como todos prestasen atención, los golpes se re- 
produjeron con mayor insistencia. 

— ¿ No advertis ? — hizo notar Clara. — Resuenan por 
este lado. 

— En la caja — añadió Juanita consultando con los 
ojos al anticuario. 

— i Cómo ! ¿En la de la momia ? — balbuceó don Sin- 
dulfo tan asombrado como sus compañeros. 



142 



ENRIQUE GASPAR 



En esto, Benjamín que habla permanecido en la ac- 
titud de la meditación : 




— Si; eso es — articuló dándose^ un golpe en la 
frente. 

— ¿El qué ?— prorrumpieron todos en coro. 

— Que retrogradando hemos llegado] al período en 
que la emperatriz aún vivía, si bien enterrada, y mi 



EL ANACRONÓPETE 1^3 



momia no es sino la desgraciada consorte del empe- 
rador Hien-tí. 

Y dirigiéndose estaba ya al sarcófago, cuando un 
nuevo golpe más formidable que los otros hizo saltar 
los goznes de la caja, y una hermosa mujer en toda la 
lozanía de la juventud salió de aquel lecho de muerte. 

— ¡Sun-ché!— gritaron todos los chinos reconocién- 
dola y prosternándose ante la maravillosa aparición. 

—¡La emperatriz! — repitieron los atónitos expedi- 
cionarios. 

Juanita no decía nada ; pero en conciencia empezaba 
á sospechar que los sabios no eran tan estúpidos como 
ella se figuraba. 





M-^t- CAPÍTULO XV 



La resurrección de los muertos 
antes del Juicio final 




enganza! — fué la primera frase que articuló 

la emperatriz al verse rodeada de los suyos. 

— ¡ Venganza I — repitieron sus parciales 

aclamando á Sun-ché. 

— Dejad — prosiguió la egregia dama — que bese las 

rodillas de la criatura que ha velado por mi existencia. 

Y sus ojos arrasados de lágrimas se posaron con 

gratitud en King-seng. 

— No es mía desgraciadamente la honra de haber 
salvado vuestros preciosos días — replicó el maestro 
de ceremonias que, no explicándose de otro modo la 
presencia de la emperatriz en el Anacronópete, supuso 
desde luego que sus tripulantes, más felices que él, 
habían logrado con astucia sacar de las mazmorras á 
la víctima inocente de Hien-ti. 

Los viajeros, aunque sabían que la momia encerra- 
da en un sarcófago de alcanfor de época harto remota 
para poder resistir victoriosamente la acción retrógrada 



EL ANACRONÓPBTE 14b 



del tiempo, debía su resurrección á la circunstancia de 
no estar sometida á la inalterabilidad, dejaron al man- 
darín en su creencia, tanto por lo que tenía de racio- 
nal, cuanto por lo que favorecía sus planes. 

— ¡Cómo! i Son éstos? — adujo la emperatriz al en- 
terarse de la situación y besando con transportes de 
gozo á Clara y á Juanita ; con gran contentamiento de 
la última que por primera vez se veía objeto de las ca- 
ricias de una soberana. 

— Sí ; estos son los que han roto vuestras cadenas. 
Desgraciadamente llegaron tarde para librar de la 
muerte al occidental su hermano, que como no igno- 
ráis os precedió en el suplicio. 

— ¡Pobre mártir! — articuló Sun-ché tributando un 
triste recuerdo al que fué su mejor amigo. 

Pero de pronto, levantando sus hermosas pupilas 
negras y fijándolas en don Sindulfo y en Benjamín 
que, con fruición arqueológica, saboreaban aquel triun- 
fo de la ciencia, 

— Es extraño — repuso. — Yo os he visto antes de 
ahora. Vuestras facciones despiertan en mí un recuer- 
do vago y confuso que no acierto á precisar. 

— ¡Ca! No locreaUsía— interrumpió Juana. — Si estos 
moscones no se separan de nuestro lado. Son dos gra- 
nos malignos que nos han salido á la señorita y á mí. 

El políglota, buscando la lógica de tamaño fenóme- 
no, supuso, y así se lo comunicó á su amigo, que la 
momia al volver á la vida los había visto en la bodega 
á través de algún resquicio de la caja ; pero que, ex- 
puesta á síncopes frecuentes antes de entrar en la ple- 
nitud de la existencia, había perdido la noción del 
tiempo en sus alternativas de insensibilidad, atribu- 
yendo así á épocas remotas sucesos recientes. Error 
craso, como se probará en el curso de esta inverosímil 
historia. 

— ¿Pero qué significa esta música? ¿Qué anuncian 
estos aprestos de fiesta? — preguntó Sun-ché al oir unos 



146 ENRIQUE GASPAR 



golpes de gong con los que se daba á entender á la co- 
mitiva que la hora avanzaba y que la paciencia del 
eniperador tocaba á su término. 

Entonces King seng narró lo ocurrido y puso al co- 
rriente á su soberana de cómo Hien-ti, pretextando al 
pueblo su muerte por accidente natural, se disponía á 
celebrar segundas nupcias con la extranjera á cuyos 
parientes había ofrecido, en cambio del consentimien- 
to, el secreto de la inmortalidad. 

— Miente el infame — exclamó con voz de trueno la 
emperatriz. — Loque medita es vuestro exterminio; 
pero no lo conseguirá. 

Y por un instintivo movimiento se abrazó á don Sin- 
dulfo como para defenderle de toda asechanza. 

— No hay más ; la ha flechado — dijo Juana á su se- 
ñorita. — A ver si así la deja á usted de mortificar ese 
sinapismo. 

— No lo conseguirá — replicó el maestro de ceremo- 
nias; — porque presintiendo que aún no habíais exha- 
lado el postrer suspiro, vuestros parciales sólo aguar- 
dan á que dé principio la ceremonia para provocar la 
rebelión. 

—Pues bien, marchemos ; yo os guiaré al combate. 

— Poco á poco — objetó Benjamín, á quien el bélico 
entusiasmo de la augusta señora cercenaba las proba- 
bilidades de éxito si, vencidos en la refriega, no podía 
hacerse dueño del talismán que tanto ambicionaba. — 
La prudencia dicta meditar bien el caso antes de aban- 
donarse á una aventura peligrosa. 

— Sí — adujo Kmg-seng. — Vuestra egregia persona 
no debe exponerse. Todo está ya previsto para caer 
oportunamente sobre el tirano cuando menos lo pre- 
suma. No por anticipar el triunfo lo convirtamos en 
derrota. 

— Esperemos á que nos libre el arcano de la inmor- 
talidad. 

— ¿ La inmortalidad ? — inquirió con cierto orgullo 



EL ANACRONÓPETE 1 47 



la emperatriz. — ¿ Y qué sabe él de ella ? Os ha menti- 
do. Yo sola poseo las pruebas que me dio el occidental 
y que he sabido sustraer á las requisas de Hien-ti ocul- 
tándolas en lo más recóndito del palacio. 

—Con doble motivo debéis proceder con cautela si 
vuestro objeto es recuperarlas; pues no imagino que 
queráis dejar ignorada tan preciosa conquista. 

— jOh! No. Decís bien. Es preciso aclarar ese enig- 
ma cuya solución parece hallarse en occidente. 

— j Cómo ! — interrogaron todos. 

—No es este el momento de las explicaciones— con- 
tinuó Sun-ché. 

La noche avanza y el tirano debe estar impaciente. 
Seguid á la comitiva; fingid doblegaros á los proyectos 
del emperador. Yo os precedo á palacio para hacerme 
con las pruebas ; y en cuanto la ceremonia comience 
en el patio del Dragón, me presento á mis secuaces; 
tras breve lucha os apoderáis de Hien-ti y, libertando 
al pueblo de un opresor, yo os indicaré quién debe 
compartir conmigo el trono de Fo-hi. 

Y asi hablando, lanzó una mirada á don Sindulfo 
que heló á éste la sangre en las venas, y le valió el que 
su criada le dijese al oido : 

—La suerte no es para el que la busca sino para el 
que la encuentra. ¡ Viva don Pichichi primero! ¡Va- 
liente rey de bastos va usted á hacer ! 

Todos iban á prorrumpir en una aclamación ; pero 
Sunché imponiéndoles silencio, vistióse, para no ser 
reconocida, las túnicas de una esclava ; y seguida de 
dos eunucos de su confianza absoluta, salió del Ana- 
cronópete. King-seng llevando de la mano á Clara la 
condujo al palanquín; y cerrado este con llave, la mú- 
sica hirió el espacio y el cortejo nupcial tomó lenta- 
mente, entre la apiñada multitud, el camino del 3'amen. 

Catorce patios había que atravesar para dirigirse á 
las habitaciones imperiales, siendo el llamado de honor 
el inmediato al cuerpo del edificio. En el centro se ha- 



148 ENRIQUE GASPAR 



liaba el dragón sagrado, monstruo fundido en bronce 
con las fauces abiertas rasantes al suelo y la cola en- 
roscada perdida en las alturas. Limitaban el área in- 
numerables kioskos que servían de tribuna en las 
grandes solemnidades para los mandarines y dignata- 
rios de alto rango y que formaban, por decirlo así, 
escolta al templete imperial al que solo el monarca, su 
familia y su primer ministro pojdían tener acceso. 

Todas estas fábricas, como el yamen que abierto á 
cuatro vientos se erguía en el fondo sobre una suntuo- 
sa escalinata de mármol con adornos de jade sanguí- 
neo, estaban profusamente iluminadas con miles de 
linternas de múltiples formas y dimensiones: ya un 
tulipán y una rosa robaban sus colores á la naturaleza, 
ya un enorme globo á través de sus paredes hechas de 
arroz con toda la transparencia del cristal, lucía figuras 
de movimiento. Junto á un pez de luz que agitaba sus 
natatorias y coleaba^ veíanse dos gallos que libraban 
entre si descomunal combate. Ora eran dos medias 
sandías las que luciendo su rojiza pulpa pendían de 
un arquitrabe, ora una langosta la que contrayendo y 
dilatando sus articulaciones coronaba el vértice de un 
frontón. Gomas odorantes se consumían en centenares 
de pebeteros ; escudos de flores simulando mariposas 
é insectos alados embalsamaban el ambiente. La en- 
trada estaba custodiada por los dioses porteros : dos 
gigantescas figuras de siniestra faz, de musculatura 
titánica y de una riqueza indumentaria sólo compa- 
rable con su candor artístico. La guardia de doncellas 
rodeaba el templete del emperador ; las demás fuerzas 
militares con sus arcos terciados y sus partesanas en 
reposo ocupaban el segundo término. La baja servi- 
dumbre del palacio invadía el graderío. 

— ¿Estás seguro de lo que dices? — murmuró por 
lo bajo el monarca á Tsao-pi para evitar el ser oído por 
sus tres concubinas oficiales que detrás de él tomaban 
asiento. 




— 1 Sun-chel — exclamó toda la corte 



I 5o ENRIQUE GASPAR 



— No tardaréis en convenceros ante la evidencia. La 
rebelión debe estallar esta misma noche en el y amen; 
pero será sofocada, yo os lo juro. Los rebeldes me son 
conocidos y mis precauciones están tomadas. 

—¿De modo que esos impostores eran realmente 
sectarios de los gorros amarillos? 

—Y parciales de la emperatriz. 

Aquí llegaban en su diálogo cuando la comitiva nup- 
cial empezó á trasponer con solemne paso el patio de 
honor, y á la voz de alerta cada cual se aprestó á llenar 
su cometido. Linternas y banderolas componían el 
fondo de esta procesión terminada por el palanquín de 
la desposada, á cuya puerta caminaba de vigía el 
maestro de ceremonias delegado por el augusto con- 
sorte para la presentación. Don Sindulfo, Benjamín y 
Juana hacían uso de su derecho de rodear la litera 
como miembros de la familia. Los cortesanos y la ser- 
vidumbre venían detrás. Fuerzas de caballería cerra- 
ban la marcha. 

Depuesta la preciosa carga en mitad del patio, pre- 
vias las rituales genuflexiones, King-seng entregó la 
llave del palanquín al monarca que, saliendo al en- 
cuentro de su futura, la condujo al templete. Acto con- 
tinuo el jefe de los letrados leyó los preceptos de Con- 
fucio sobre los deberes que contrae la mujer para con 
el marido ; y á felicitar á Hien-ti comenzaba en nombre 
de la academia cuando una melancólica canción de rit- 
mo particular hizo volver la cabeza á los circunstantes 
que, atónitos, vieron aparecer á la emperatriz por entre 
las abiertas fauces del dragón sagrado. 

— ¡Sunche! — exclamó toda la corte presa de senti- 
mientos distintos. 

— ¡Traición! — gritó Hien-ti ante la resurrección de 
su víctima. 

Pero la extrañeza de los celestiales al recuperar á su 
soberana era juego de niños ante la que experimentó 
Juanita al sentirse cogida de los brazos como con tena- 



EL ANACRONÓPETB l5l 



zas por don Sindulfo y Benjamín que, con los ojos 
fuera de las órbitas y el pelo de punta balbuceaban 
entre sacudidas nerviosas: 

— ¡Mamertal... 

— ¡Mi mujer!... 

Juanita creyó que estaban locos; pero no; era en 
efecto que los sabios habían reconocido en las modu- 
laciones de aquella cantilena el célebre é ininteligible 
estribillo con que, en vida, les destrozaba el tímpano 
constantemente la hija del banquero, la muda de los 
garbanzos, la esposa del inventor ahogada con su padre, 
como recordarán mis lectores, al tomar un baño en las 
playas de Biarritz, 

En vano buscaban en los rasgos físonómicos de la 
emperatriz trazos que acusasen alguna afinidad con la 
difunta. Empezando por que hablaba, todo en ella era 
diametralmente opuesto; mas no obstante, aquella 
rara melodía ^ era posible que luese calcada con tan 
asombrosa exactitud de pausas é inflexiones por otro 
ser humano nacido á más de tres mil leguas de dis- 
tancia y á diez y seis siglos de separación del primitivo 
ejemplar? 

Los dos amigos no tuvieron tiempo de rectificar ni 
de ratificar sus impresiones, porque la impaciencia de 
los rebeldes desbordada por el entusiasmo, les hizo 
prorrumpir en un viva á Sun che ; y antes de que los 
secuaces del emperador pudieran apercibirse al com- 
bate, volvieron contra ellos sus armas. Por desgracia 
para los generosos libertadores, la previsión de Tsao- 
pi había hecho frotar las cuerdas con una sustancia 
corrosiva ; de modo que al tender los arcos aquellas se 
rompieron; y las flechas en vez de salir disparadas por 
la tensión cayeron á sus pies dejándolos inermes. 

— ¡ A ellos! — gritó el calado á los suyos; y sin respe- 
tar jerarquías ni condiciones, la emperatriz, los anacro- 
nóbatas y los insurrectos fueron ceñidos por estrechas 
ligaduras y sus gritos ahogados por mordazas de cuero. 



l52 



ENRIQUE GASPAR 



— ¿Tenéis más cómplices?— preguntó el emperador 
á Clara, que con desesperados esfuerzos protestaba de 
su inocencia. 

— Advierte — añadió Hien-ti — que mis bodas no han 
sido más que un pretexto para descubrir vuestros pla- 
nes. Sólo la delación puede salvarte la vida. Responde. 

Clara hizo un gesto negativo. 
— ¿Y bien ? ¿ Vuestras órde- 
nes — dijo Tsao-pi al tirano. 

— Cumple con tu deber — re- 
puso éste tras breve pausa. — 
Y para que mi pueblo vea que 
nada me hace retroceder ante 
la salud del estado , comienza 
el sacrificio por la emperatriz 
rebelde y por los encubiertos 
partidarios de los gorros ama- 
rillos. 

Y mientras obligaban á los 
reos á arrodillarse delante del 
dragón, un pelotón de arque- 
ros destacándose de las fuerzas 
se aprestó espontáneamente á 
consumar la hecatombe. 

Apuntaron en efecto; pero 
al dar el emperador la voz de 
tirar, volvieron contra éste sus armas y el feroz 
Hien-ti cayó sin vida en el suelo atravesado por las 
flechas y bañado en sangre. Sus soldados, poseídos de 
la superstición de que cuando el jefe muere, sus le- 
giones no alcanzan jamás la victoria, emprendieron 
despavoridos la fuga sin que los esfuerzos de Tsao-pi 
los pudieran detener, y perseguidos por los defensores 
de Sun-ché que libertados de sus trabas por los arque- 
ros corrieron á coronar su obra. 

Entretanto las inocentes víctimas restituidas á la 
existencia, se abrazaban entre sí, lloraban de emoción; 




BL ANACRONÓPETE I 53 



y por señas, pues la voz no salía del pecho, daban gra- 
cias á sus salvadores. 

— i A quién debemos la vida ? — pudo por fin articu- 
lar Clara. 

— ¡ Viva España ! — gritaron diez y siete voces. Y los 
arqueros despojándose de sus vestiduras dejaron ver 
á los hijos de Marte en toda la plenitud de su desarrollo. 

— I Ellos ! — exclamaron sus compatriotas ante aquel 
espectáculo más fenomenal que los anteriores. 

— ¡Tú I y de tamaño natural! — repetía Juanita sin 
cansarse de mirar á su Pendencia y midiéndole la caja 
del cuerpo con los brazos. 

— ¡Pues qué! ¿Crees tü que á mí ze me encoge el 
corazón ante el peligro ? 

Clara estuvo á punto de desmayarse de alegría ; pero 
como las mujeres tienen el talento de la oportunidad, 
no perdió el sentido más que lo extrictamente necesa- 
rio para tener que apoyarse en el hombro de Luís. Ben- 
jamín discurría sobre las causas del fenómeno, y don 
Sindulfo echaba espumarajos por la boca vociferando : 

— ¿Cómo estáis aquí ? 

— ¡ Toma 1 ¿ Puz no viajamos juntoz ? 

— Yo os lo explicaré — repuso la emperatriz. — Al 
dirigirme á palacio los vi rondando la poterna ; conocí 
por sus trajes que eran de los vuestros ; y ellos, com- 
prendiendo por mis señas mis intenciones, se acomo- 
daron á ejecutar mis planes que eran velar por vosotros. 

— Pero no es eso — gritaba el tutor cada vez más exal- 
tado. — ¿En qué consiste que después de evaporarse en 
el camino reaparecen en China en toda su integridad ? 

— No es este el momento de las explicaciones — 
adujo Benjamín, temiendo alguna nueva complicación. 
— ¿ Traéis las pruebas de la inmortalidad ? 

— Sí — repuso Sun-ché. 

— Pues lo que urge es ponernos en salvo. 

— ¡ Al Anacronópete ! — propusieron todos. 

— ¡ Si no funciona! 



I 54 ENRIQUE GASPAR 



—¿Quién sabe? Allá veremos — objetó Benjamín, 
seguro de lo que anticipaba; — lo principal es parape- 
tarnos en sitio seguro. 

Y la emperatriz, cobijándose en don Sindulfo: 

— Partamos — añadió, — que ya libres del monstruo, 
la que fué dueña de un imperio podrá abandonarse á 
la irresistible atracción que por ti siente y tendrá or- 
gullo en llamarse tu esclava. 

No le faltaba al sabio más que aquella declaración á 
quema-ropa para acabar de perder el juicio; y hubiera 
cometido alguna inconveniencia en el estado en que se 
hallaba su r^zón, si el chocar de las armas no hubiera 
acusado la proximidad del enemigo y la precisión de 
huir. Colocaron pues á las damas entre las filas del 
sexo fuerte, y unos abandonados á su legítimo gozo y 
alguno á su desesperación, tomaron todos el camino 
del Anacronópete al que llegaron sin contratiempo. 

Para terminar los anales de la contienda civil entre 
los Tao-ssé y los letrados, diremos, que vueltas de su 
estupor las huestes de Hien-ti, concluyeron por vencer 
á los parciales de Sun-ché desanimados ante la desapa- 
rición de su soberana y sin un jefe que los condujera 
al combate. Tsao-pi, viendo huérfano el trono, subió 
sus gradas, se ciñó el sombrerete y fundó la séptima 
dinastía de los emperadores, conocida en la historia 
con el nombre de los Ouei. 








CAPÍTULO XVI 

En que todo se explica complicándose todo 



ía situación á bordo había cambiado comple- 
I tamente. Las muchachas bailaban en un pié 
ante un aumento de tripulación tan inespe- 
rado como de su gusto, y la misma empera- 
triz no ocultaba á nadie el contento que le producía su 
viudez. Los milites arrullados por Cupido perdían la 
memoria de sus pasadas desventuras; y Benjamín, 
próximo á tocar su desiderátum, bendecía las circuns- 
tancias que le colocaban en el caso de dar cima á su 
obra sin entorpecimiento alguno, puesto que de hecho 
él se hallaba convertido en jefe de la expedición. 

Y efectivamente; desde el punto en que entraron en 
el Anacronópete, don Sindulfo, que no había desple- 
gado sus labios por el camino, se dejó caer en una 
silla víctima de un abatimiento alarmante. Tan pronto 
su mirada se clavaba en el suelo en la actitud del hom- 
bre que medita, como sus ojos desencajados erraban 
de uno á otro de sus compañeros, brillando con el si- 
niestro resplandor de la amenaza. Cien ideas confusas 
se disputaban el paso por las inyectadas venas de su 
frente, en cuyas pulsaciones, alternativamente regula- 
res y febriles, podía leerse ya el planteamiento de un 
teorema en demanda de una explicación científica para 



1 56 ENRIQUE GASPAR 



tantos fenómenos incomprensibles, ya los arrebatos 
de la ira caminando ciega de los celos á la venganza. 

— Me parece que á don Pichichi se le ha aflojado al- 
gún tornillo del Capitolio; — dijo Pendencia observan- 
do como los demás el estado del tutor. 

— Y á usted también se le desmorona el cimborio- 
adujo Juanita encarándose con Benjamín. — Figúrense 
ustedes que hace poco , cuando los chinos querían 
mecharnos, estos dos señores han creído reconocer á 
la difunta de don Sindulfo que requiescat. Habráse vis- 
to despropósito mayor? 

—En cuanto á eso, hablaremos más tarde— contestó 
el políglota un si es no es picado. No por desconocer 
las causas hemos de negar los efectos de las cosas. 

— i Cómo ? 

— En este viaje inverosímil lo lógico es tal vez lo ab- 
surdo. Demos tiempo al tiempo. 

En aquel momento oyeron un penetrante grito y 
vieron á Sun-ché que, asida por el brazo, hacía esfuer- 
zos para desprenderse de las férreas y convulsas ma- 
nos de don Sindulfo. La infeliz, llevada de su instin- 
tivo amor hacia el sabio, había querido prodigarle una 
caricia, y el pobre loco la habla recibido como algunos 
cuerdos reciben á la mujer propia, por la sola razón 
de serlo. Pero la víctima, cediendo á una convulsión 
nerviosa, agitaba los remos que le quedaban libres, 
con tan mala suerte para el presunto marido, que á 
más de algunos puntapiés en las espinillas se llevó 
desde la boca á la nuca una colección de redobles á 
puño cerrado, en que las narices, como punto más 
saliente, no fueron las menos favorecidas. 

— ¡ Es ella! lEs ella ! — exclamó don Sindulfo soltán- 
dola por fin, y corriendo despavorido al lado de su fa- 
milia. — ¡ Es Mamerta I ^ Recuerda usted que tampoco 
podíamos contrariarla sin que sufriésemos las conse- 
cuencias de sus crispaciones, con lo que conseguía 
hacer siempre su voluntad ? 



EL ANACRONÓPETB iSy 



—Calma, amigo mío, calma — repetía Benjamín no 
menos absorto que el tutor ante la analogía de la so- 
berana con la hija del banquero zamorano. Mientras 
no nos expliquemos racional ó científicamente cómo 
una mujer española y del estado llano, ahogada en el 
siglo XIX, puede ser una emperatriz china del siglo 
tercero, estamos en el caso de suponerlo todo pura 
coincidencia. 

— Pero, hombre de Dios — argüyó Juana: — si eso es 
achaque de cada hija de vecino; la gramática parda 
del sexo. Y yo misma, si no hubiera usted sido mi 
señor, del primer ataque que me tomo cuando nos 
sacó usted de París, le deshago á usted el depósito de 
la sabiduría. 

— ¡ Y los cazcoz zon para ello ! — repuso Pendencia 
haciendo notar los puños que Juanita crispaba. 

— ¿ No tendría la difunta alguna especialidad más 
marcada á cuyo cotejo someter á la emperatriz por vía 
de prueba ? — preguntó el capitán de húsares partici- 
pando de la extrañeza general. 

— Piénselo usted bien — insistió Clara. 

Don Sindulfo recogió un momento sus ideas, y des- 
pués de reiterados esfuerzos: 

—Sí— exclamó dándose un golpe en la frente y sa- 
cando del reverso de la solapa una aguja que enhebra- 
da tenía siempre á prevención para ensartar papeletas 
del catálogo. 

Y antes de que los circunstantes pudieran inquirir 
su propósito, dirigióse á donde Sun-ché se hallaba des- 
cansando del accidente. 

— Cósame usted esto — dijo arrancándose brusca- 
mente un botón de la levita, y presentándoselo á la 
emperatriz, á quien miraba de hito en hito para no 
perder detalle del experimento. 

La buena señora que, no entendiendo nada de lo que 
ocurría en torno suyo, comenzaba á aburrirse, echó 
mano al botón considerándolo un objeto de curiosidad; 



1 58 ENRIQUE GASPAR 



pero al ver el arma de costura dio un penetrante grito, 
y doblando la cabeza sobre el pecho quedó desmayada 
en la silla; circunstancia que, como dijimos al comien- 
zo de este relato, era peculiar de la organización de la 
muda y que Benjamín, lívido de estupor, refirió á los 
atónitos viajeros. 

— No hay duda, no — gritaba don Sindulfo retor- 
ciéndose como una culebra ; — el mismo horror á las 
agujas enhebradas que no la permitió zurcirme nunca 
un par de calcetines. 

— Se conoce que la banquera era catedrática en hol- 
gazanería — argüyó en voz baja la doméstica; mientras 
el atribulado don Sindulfo, pronunciando frases inco- 
herentes, golpeando cuanto en el camino encontraba, 
y echando espuma por la boca y fuego por los ojos, se 
dirigió frenético á su gabinete en busca de una solu- 
ción para aquel problema. 

Todos se precipitaron tras él ; pero la puerta, cerra- 
da con estrépito, les cortó el paso. Entonces se resol- 
vieron á prestar algún auxilio á la emperatriz ; pre- 
caución que fué inútil, porque la augusta dama, como 
si se lo hubiesen soplado al oído, en cuanto la aguja 
desapareció, se quedó más buena que antes. 

—Supongo — dijo Luís al políglota — que en el estado 
en que está mi tío no le confiará usted el rumbo de la 
expedición. 

— ¡ Dios me libre ! Podría hacernos víctimas de su 
enojo — adujo Clara. 

— Con ece arriero eztamoz ceguroz de volcar. 

— Descuiden ustedes — objetó Benjamín. — Me intere- 
sa demasiado el asunto para confiar la derrota á un 
demente. 

— ¡Cómo! ¿ Ha perdido el juicio? — preguntaron los 
demás. 

— Mucho me lo temo. Con todo, no desespero de 
salvarle. Confíen ustedes en mí. 
É invitando á Sun-ché á acercarse al aparato de la 



EL ANACRONÓPBTB I 59 



inalterabilidad, en tanto que los viajeros hacían co- 
mentarios sobre la situación, la descargó unas co- 
rrientes que debieron contrariarla también á juzgar 
por las sacudidas nerviosas que llovieron sobre el oc- 
cipucio del anticuario. Acto continuo separó el aisla- 
dor que entorpecía la acción del volante ; y elevando 
el vehículo á la zona atmosférica en que debía tener 
efecto la locomoción, hizo parar en seco el Anacronó- 
pete exclamando: 
—Ahora sepamos á dónde nos dirigimos. 

— ¡A París! — fué el grito unánime. 

— Juzto; á Pariz para encerrar al zabio en un manu- 
cordio y hacer que á nozotroz noz eche el cura el gara- 
bato nunciaL 

— Antes — objetó Benjamín — veamos si el principal 
objeto de nuestra expedición se ha logrado satisfacto- 
riamente. 

—¿Cuál? 

— La posesión del secreto de la inmortalidad que 
nos ha ofrecido la emperatriz. 

Instada ésta á explicarse, sacó un pergamino en el 
que había trazado por una mano experta el plano de 
una ciudad. 

— ¿Qué es esto? — preguntó el ansioso arqueólogo 
temiendo un desengaño. 

— Algún pellejo de zambomba de la adoración de 
los pastores en el Portal de Belén— dijo Juanita. 

— Pero la fórmula!... — volvió á insistir impaciente 
Benjamín apremiando á Sun-ché. 

— El occidental no tuvo ocasión de iniciarme en ese 
misterio, sorprendido como fué por mi tirano esposo; 
pero al encarecerme la eficacia de su principio, me 
manifestó que las pruebas de la inmortalidad habían 
sido enterradas por uno de sus antecesores en Pom- 
peya, debajo de la estatua de un emperador, marcada 
en el pergamino con un círculo rojo. 

— Sí, aquí está — interpuso Benjamín señalando en 



l6o ENRIQUE GASPAR 



el papiro una mancha circular bajo la que en correcto 
latín se leía: «Efigie pétrea de Nerón.» 

— Parece ser — prosiguió la emperatriz — que el cono- 
cimiento de esta circunstancia pasó tradicionalmente 
por varias generaciones sin que nadie se atreviera á 
evidenciarlo; hasta que el intrépido mártir cuya muer- 
te sentimos, se resolvió á sacarlo á luz ; pero acusado 
de profanación por habérsele sorprendido en el instante 
en que se disponía á zapar la estatua , consiguió á du- 
ras penas evadirse de la prisión y llegar á mis domi- 
nios donde tuve la fortuna de conocerle. Una expedi- 
ción secreta á su patria estaba ya decidida para hacerse 
con el misterioso talismán , cuando el fin que todos 
sabéis ha venido á destruir nuestros proyectos. 

—Aún vive quien ios secundará— dijo Benjamín con 
los ojos centelleantes de entusiasmo. Y dirigiéndose á 
los suyos: — Á Pompeya— añadió. 

Algunas protestas levantó aquel grito; pero la felici- 
dad es tan complaciente y era tan natural el deseo de 
los viajeros de hacer una excursión por el pasado, li- 
bres ya de los riesgos que hasta entonces habían co- 
rrido, que aplacados los murmullos, Benjamín orientó 
el vehículo y poniéndolo en movimiento, hizo rumbo 
hacia la hija tan feliz como mimada del risueño golfo 
de Nedpolis. 

Las siete horas que hablan de tardar en recorrer los 
ciento cuarenta y un años que separaban á los anacro- 
nóbatas del principio del tercer siglo al último tercio 
del primero, no eran intervalo para que se aburriesen 
unas personas que tanto tenían que contarse y tantas 
curiosidades que admirar. Capitaneados pues por 
Juanita, los neófitos pusiéronse a girar una visita de 
inspección al Anacronópete en tanto que Benjamín, 
normalizada relativamente la situación, buscaba la 
causa de aquellos efectos fenomenales. 

Lo primero que trató de explicarse es la aparición 
de los milites evaporados. Retrogradó por consiguien- 



EL ANACRONÓPETE ]6l 



te en sus pensamientos, y á fuerza de hombre lógico, 
se dijo que si la consecuencia era anómala, el origen 
tenia que ser necesariamente irregular. Ahora bien: 
¿qué circunstancia extraordinaria habla ocurrido du- 
rante la navegación? Al momento le vino á las mientes 
el impulso retroactivo que él mismo imprimió al Ana- 
cronópete poco después de la catástrofe de los riíFe- 
ños, cuando creyendo caminar hacia el pasado estuvo 
haciendo rumbo al presente hasta llegar á Versal les 
en la víspera del día de partida. La luz estaba hecha y 
las tinieblas disipadas: la deducción no tenia vuelta 
de hoja. 

Y en efecto, si mis lectores recuerdan el incidente 
del ochavo moruno (que, perdido por un kabila, se 
aniquiló en cuanto traspuso el instante en que fué 
acuñado, pero que volvió á cobrar forma apenas el 
Anacronópete, marchando hacia el presente, rebasó el 
minuto de la acuñación), comprenderán que el fenó- 
meno de la resurrección de los hijos de Marte obede- 
cía á la misma causa. Evaporados al retrogradar, ha- 
bían perdido su forma humana, obra del tiempo; pero 
su espíritu inmortal no habla abandonado el Anacro- 
nópete, como el grano de trigo oculto en la gleba no 
deja de existir en el terruño aunque invisible hasta la 
germinación. Así es que, cuando en su marcha hacia 
el hoy, sonó en el vehículo la hora del nacimiento de 
los soldados, la envoltura de carne acudió al llama- 
miento cronológico; y el germen, rompiendo la tierra, 
dejó ver el tallo para ser robusta caña y volver á tomar 
las proporciones dé su espiga. 

El cómo se sustrajeron á una segunda disolución 
cuando, apercibido de la falta, Benjamín reconquistó 
el verdadero rumbo, tiene una explicación muy senci- 
lla. Los soldados, que alternativamente se habían visto 
reducirse y desarrollarse, al recobrar sus proporcio- 
nes quisieron no volverlas á perder y escalaron el la- 
boratorio decididos á implorar el amparo de la ciencia; 



102 ENRIQUE GASPAR 



pero al llegar al pasillo, oyeron las explicaciones que 
sobre la inalterabilidad estaba dando Benjamín á las 
parisienses; y como el capitán de húsares tenía sus 
rudimentos de física, propinóse con sus compañeros 
unas corrientes del fluido y opinó muy sabiamente 
que permaneciendo ocultos servirían mejor la causa de 
las reclusas doncellas ique exponiéndose, si se exhi- 
bían, á ignotas contingencias provocadas por los celos 
del tutor. Y así es cómo ocultos en sus gazaperas llega- 
ron á China oportunamente para evitar una catástrofe. 

Apuntó Benjamín estas observaciones en su memo- 
rándum particular; pero abstúvose muy mucho de 
divulgarlas, preñriendo dejar á todos en la persuasión 
de lo maravilloso á confesarse reo de ineptitud. 

El segundo problema era más difícil de resolver. 
¿Cómo á través de diez y seis siglos una emperatriz 
china se presentaba á sus ojos con tan señaladas dife- 
rencias físicas, pero con analogías de organización tan 
evidentes con aquella Mamerta ahogada en las playas 
de Biarritz ? Ensimismado estaba el políglota en tan 
metafísicos conceptos y ya el trayecto casi tocaba á su 
fin sin que hubiese podido coordinar dos ideas afines, 
cuando unos gritos desaforados que partían del ga- 
binete de don Sindulfo le sacaron de su abstracción. 

— I El locol jEl loco!— exclamaron los excursionistas, 
que al oir las voces acudieron precipitadamente en 
busca de Benjamín. 

— Sí. ¿ Qué podrá ser ? 

— Algún calambre en la mollera— dijo el andaluz. 

É instintivamente todos se dirigieron al cuarto; 
pero apenas iniciado el movimiento, la puerta se abrió; 
y don Sindulfo con el traje en desorden, las manos 
crispadas y la púrpura de la ira en el semblante, hizo 
irrupción en el laboratorio vociferando: 

— ¡ Maldición ! — Ya di con la clave del enigma. Ya 
comprendo cómo Sun-ché puede ser mi difunta Ma- 
merta. 



EL ANACRONÓPBTB 1 63 



— { Cómo? 

— I Por la metempsícosis I . ! . . . 

Los profanos no entendían ni una palabra; pero el 
políglota se quedó pensativo luchando entre la fe y la 
duda. 

— Diga uzté; ^ y ezo ce come con cuchara ó con te- 
nedor? 

— ¡La metenipsicosis! — prosiguió el sabio sin aten- 
der á observaciones.— La transmigración de las almas, 
por la cual el espíritu de los que mueren pasa al cuer- 
po de otro animal racional ó inmundo según sus me- 
recimientos en vida. 

— I Ay ! —argüyó Juanita. — Pues lo que es ustedes 
dos, por lo chinches que han sido con nosotros, van á 
parar al Rastro. 

— ^¿Es decir — interrogó el sobrino, á quien el asunto 
empezaba á interesar — que la emperatriz por una se- 
rie de transmigraciones llegó en su ultima evolución 
á ser la esposa de usted ? 

— Justamente. Y al retrogradar en el tiempo se nos 
presenta bajo la envoltura real que tenia en esta 
época, como en el alto que hicimos en África pudimos 
— á haber tropezado con ella — hallarla convertida en 
vegetal ó en acémila entre los bagajes. 

— Permítame usted — objetó Benjamín. — Nosotros 
somos cristianos y nuestro dogma rechaza esas teorías. 

— ¿Y qué importa ? — replicaba el demente exaltán- 
dose por grados. 

—Nosotros somos católicos; pero ella es china, sec- 
taria de Budha ; luego bien puede transmigrar según 
prescribe su religión. Porque ¿ quién le dice á usted 
que la Providencia no in^pone sus castigos con arreglo 
á las creencias que profesa cada uno ? 

Todos, menos Sun-ché, que estaba como en el limbo 
sin saber lo que pasaba, comprendieron que el pobre 
doctor tenía el juicio extraviado. Sólo Benjamín, á 
fuer de hombre de ciencia, entusiasmado con el des- 



164 ENRIQUE GASPAR 



cubrimiento de aquella especie de metafísica experi- 
mental, concluyó por dar al loco la razón ; que era 
como perder la suya. 

— Es indudable. ¡Eureka! — gritó como Arquímedes 
abrazando á su amigo. 

— Pero si aquella no hablaba — insistió Juanita — y 
ésta echa cada discurso como un diputado. 

— Ezo no; porque ci zu marido no entiende lo que 
dice, para él ez lo mismo que ci fuese muda. 

— Además — dijo Luís sonriendo — que si entonces 
perdió el uso de la palabra, tal vez fué un castigo del 
dios Budha por el abuso que de ella hizo acaso en una 
existencia anterior. 

—De modo— argumentó Clara aprovechando aque- 
lla ocasión de romper sus cadenas — que ya cesará 
usted de perseguirme; porque ligado como está usted 
á esta señora por los vínculos del matrimonio, no pre- 
tenderá usted casarse conmigo cuando nuestra reli- 
gión proscribe la bigamia ? 

El doctor, al sentirse hostigado en lo que precisa- 
mente constituía su preocupación desde que sorpren- 
dido hubo la afinidad de la emperatriz con Mamerta, 
estalló al ser argüido de aquel modo por Clara, y de la 
monomanía pacífica pasó al vértigo furioso. 

— ¿ Desistir yo de un cariño al que he consagrado 
todas las fuerzas de mi vida, mi actividad, mi inteli- 
gencia ? — decía apretando los puños y haciendo rodar 
los ojos en sus órbitas. — ¡ Oh I Nunca. 

— ¡ Que muerde ! — interrumpió Pendencia separán- 
dose por precaución, como los demás, del delirante 
sabio que persiguiéndolos añadía : 

— No. Si el destino me es adverso, lucharé contra el 
destino; pero serás mi mujer aunque para ello tenga 
que ir hasta el crimen. 

— Es inútil — repuso la atrevida Maritornes. — Si 
aunque nos degüelle usted, aquí los muertos resu- 
citan. 



EL ANACRONÓPBTE 1 65 



— Pues bien, pereceremos todos. Es preciso acabar 
con esta situación. 
— ^Cómo? 

— En la cala hay diez barriles de pólvora; les apli- 
caré una mecha, y ni rastro quedará del Anacronó- 
pete. 

— No cea uzté bárbaro. 

— Tranquilícense ustedes — exclamó Benjamín re- 
cordando el incidente que en diversas ocasiones le 
obligó á descender á tierra en busca de vitualla en su 
trayecto de África á China. — Las provisiones, someti- 
das á la inalterabilidad, resultan ineficaces para su 
uso, según prácticamente he observado. 

— ¡Ignorante!— interrumpió el loco recobrando por 
un momento su lucidez. 

— ^Qué? 

— Arrojando nuevo fluido sobre los cuerpos para 
que las corrientes anteriores se pongan en contacto 
con las nuevas y formen una sola, no hay más que dar 
vueltas á la inversa al disco del aparato transmisor 
para recogerlas todas y, neutralizadas, devolver á las 
provisiones sus propiedades especificas. 

—Bueno es saberlo; pero estamos perdidos. 

— Hay que inundar la Zanta Bárbara. 

— Corramos. 

—No, no temáis— interpuso el tutor pasando, para 
detenerlos, de la amenaza á la súplica. — Una voladura 
acabaría con todos, y yo no quiero que ella muera. 
Respetaré sus días. Pero vosotros — añadió dirigién- 
dose a los militares y á la emperatriz, y volviendo á la 
exaltación con más fuerza que nunca — preparaos á su- 
frir mi venganza. Sois el obstáculo de mi dicha y os 
exterminaré á fin de realizar mis designios, aunque 
para llegar con Clara al altar tenga que cruzar ríos de 
sangre. ¡ Ah! Ya sé cómol... 

Y así diciendo traspuso la puerta y se dirigió frené- 
tico á la cala. Sus compañeros, recelando no sin razón 



1 66 ENRIQUE GASPAR 



algün inminente peligro, corrieron tras él con inten- 
ción de detenerle. 

Luís, capitaneando á los suyos, fué el primero en 
llegar á la bodega; pero el doctor, que acariciando su 
plan se había ocultado capciosamente, apenas vio á 
los hijos de Marte y á su sobrino en medio de la estan- 
cia, hizo girar el portón de la limpieza, y los diez y 
siete héroes desaparecieron en el espacio entre los gri- 
tos de las enamoradas doncellas y de Benjamín, que 
al ir en su seguimiento sólo alcanzaron á ser testigos 
de tan horrorosa catástrofe. 

— ¡ Salvémonos! — fué la voz general, sin que nadie 
pensara en desmayarse ante la gravedad de las circuns- 
tancias. Y todos se abalanzaron á la escalera; pero 
Benjamín, apercibiéndose de que don Sindulfo trata- 
ba de cortarles el paso subiendo por otra escala espi- 
ral que había en el fondo, aconsejó á las tres cadavé- 
ricas mujeres que le esperasen allí; y trepando como 
un gamo por los salientes de la maquinaria, se intro- 
dujo por la claraboya del techo en el laboratorio, paró 
en seco el Anacronópete, interpuso previsoramente el 
aislador, descendió por el mismo conducto y, abriendo 
la puerta, abandonó con sus compañeras de infortunio 
aquel lugar de muerte antes de que el loco se aperci- 
biera de su fuga. 

La suerte les favorecía en medio de tantas contra- 
riedades. Habían arribado á Ponipeya. 




CAPÍTULO XVII 



Panem et circenses 




ocos meses hacia que, sucediendo á su pro- 
genitor, imperaba Tito en Roma. Este prin- 
cipe generoso, que llamaba día perdido á 
aquel en que no había dispensado algún 
bien, empezaba á borrar con su clemencia el sangrien- 
to recuerdo de Nerón y la sórdida avaricia de Vespa- 
siáno su padre. 

El triunfador de Jerusalén, las delicias del género hu- 
mano como le apellidaban, había proscrito las perse- 
cuciones contra los sectarios del Nazareno, iniciadas 
por Tiberio y sobrepujadas por el hijo de Agripina. 
Ello no obstante, los suplicios no cesaron completa- 
mente. 

Las provincias, gobernadas por prefectos arbitrarios 
revestidos de una autoridad suprema y escudados en 
una irresponsabilidad absoluta, se libraban á cruentos 
espectáculos, ora para satisfacerlos naturales instintos 
de la plebe, ya para secundar los ocultos planes de los 
pretores. En este caso se hallaba Pompeya. 



1 68 ENRIQUE GASPAR 



Residencia de estío de las familias patricias de la 
Campania y del Lacio, sus habitantes más que de lu- 
chas políticas se ocupaban del embellecimiento de su 
ciudad con el fin de atraer á la población flotante que 
tan buenos rendimientos les daba. Y tal era su fana- 
tismo para la conservación del ornato público que, 
cuando á la caída de Nerón la Italia entera destruyó 
las estatuas de este monstruo, ellos respetaron, sin 
deificarlas, todas las que erigidas en sus calles ence- 
rraban alguna notoriedad artística. Pero así que el ca- 
liginoso aliento del verano empujaba hacia aquella 
vertiente del Vesubio á los levantiscos ciudadanos de 
Neápolis y Salerno, las pasiones se encendían y Pom- 
peya era durante cuatro meses émula en discordias 
civiles de Roma su metrópoli. 

Tenían los pompeyanos á la sazón por Proefectus ur- 
bis un senador vendido á la causa de Domiciano, aquel 
segundo Calígula que dos años después debía precipi- 
tar la muerte de su hermano Tito, colocándole en 
la fila de los dioses mientras le denigraba entre los 
simples mortales. Fingiendo pues someterse á los de- 
signios del Emperador, el Prefecto no desperdiciaba 
coyuntura de atizar el fuego de la indisciplina para 
favorecer, bajo mano, los ambiciosos planes del Caín 
su protector. 

Habían dado comienzo las vindemiales, ferias de las 
vendimias que desde el tres de Setiembre al tres de 
Octubre se celebraban en toda la Italia agrícola. La 
época de los grandes juegos se aproximaba y con ella 
el descontento público ; no sólo porque su terminación 
era la señal de desfile para los veraneantes impelidos 
mal de su grado á consagrarse á sus tareas ordinarias, 
sino porque desde el advenimiento de Tito las circen- 
ses no eran ya las lúgubres hecatombes en que el pue- 
blo romano bebía su bélica inspiración. Reducidos á 
la carrera, al salto, al disco y al pugilato, echaban de 
menos los gladiadores, los bestiarios, los sectUores y los 



EL ANACRONÓPKTE 1 69 



dimaqueres con su polvo, sus rugidos, su sangre y sus 
cadáveres. 

Pero á las ya expuestas uníase aún otra circunstan- 
cia. Habiendo consumido un incendio en Roma el Ca- 
pitolio, el Panteón, la Biblioteca de Augusto y el Tea- 
tro de Pompeyo, amén de otros monjimentos menos 
importantes, Tito prometió que todo sería reedificado 
á sus expensas; y, rehusando los donativos que le 
ofrecían asi las ciudades del imperio como los prínci- 
pes sus aliados, vendió hasta los muebles de su pala- 
cio para cumplir su palabra. El entusiasmo público 
desbordó en todas partes organizándose festejos con 
que solemnizar la largueza del emperador. Pero los 
secuaces de Domiciano, valiéndose de ocasión tan pro- 
picia para tomar en ridículo la clemencia del soberano, 
indujeron á la plebe á reclamar con tal insistencia la 
restitución de su espectáculo predilecto, que Tito de- 
bió ceder ante el clamor general y, al inaugurar su 
célebre anfiteatro, otorgó gladiadores, naumaquias ó 
'combates navales y hasta cinco mil fieras. Los pompe- 
yanos no fueron los que contribuyeron en menor parte 
á esta dolorosa reconquista instigados por el Prosfec- 
tus urbis. 

Era el anochecer del día 7 de Setiembre del año 79 de 
Jesucristo. El Ceryx encargado de la conservación del 
orden, recorría presuroso todos los puestos recomen- 
dando á sus vigiles que atendieran á la seguridad pú- 
blica, sin oponerse no obstante al torrente popular que, 
desbordando de las termas, de la Basílica, de los tem- 
los de Júpiter y Hércules, de las tiendas de la avenida 
de la Abundancia y de los tugurios de la calle de la 
Fortuna, se dirigía en tropel á la morada del Pretor, 
llevando teas encendidas y gritando como en la Ro- 
ma cesárea : 

— ¡ Panem et circenses ! .. . 

El Prefecto, queriendo cubrir con cierto velo de le- 
galidad su propia obra, presentóse en la puerta de pa- 



I yo ENRIQUE GASPAR 



lacio, rodeado de la guardia pretoriana; y, precedido 
de seis lictores que vestidos con el sagum descansaban 
los /asees sobre el hombro izquierdo mientras con la 
virga en la opuesta mano separaban los grupos: 

— Al foro, dijo — y tomó el camino de las asambleas 
generales seguido de la multitud que tras él conti- 
nuaba vociferando: 

— ¡Panem et circenses !... 

En aquel santuario de la opinión pública, una repre- 
sentación verbal le fué elevada en nombre de todos 
los ciudadanos de Pompeya. 

— ¿ Sabéis — argüyó — que las leyes lo prohiben ?. 

— Entiende tú— repuso el tribuno que llevaba la voz 
— que si se enerva el pueblo en la molicie, el día de la 
lucha no tendrá fuerzas para abrir las puertas del 
templo de Jano. 

— ¡No más quadriga!.,, 

— No más disco. 

— ¡Luchadores !...— fué el grito unánime. 

Y como la exasperación amenazara convertirse en ' 
motín, el Prefecto les concedió los andabates que, pe- 
leando con una venda en los ojos ó cubiertos con una 
armadura, ofrecían menos riesgo. 

-No: ¡gladiadores! — repitió la turba. 

Y el demandado fingiendo doblegarse á las circuns- 
tancias, asintió á los clamores de la plebe ; pero como 
la debilidad de parte de la fuerza es la señal del abuso 
en el oprimido : 

— ¡Bestiarios! — prorrumpieron unos pocos ; lo que 
no tardó en hacerse el eco general. Y de concesión en 
concesión, los pompeyanos consiguieron que les res- 
tituyesen no sólo los laquéanos (que por un lazo es- 
curridizo tirado con destreza procuraban detener y 
cazar á los adversarios) y los re//anos que, con una 
mano armada de un tridente y llevando en la otra una 
red, envolvían con ella á su antagonista para darle 
muerte una vez vencido, sino el repugnante espectá- 



EL ANACRONÓPBTE 



culo de las bestias feroces, desgarrando entre los 
aplausos de la abyecta muchedumbre las carnes de los 
prisioneros de guerra, ó abriendo con sus dientes el 
camino de la gloria á los mártires sublimes de la reli- 
gión cristiana. 

La impaciencia popular señaló el día siguiente para 
renovar el derramamiento de sangre en el anfiteatro. 
La premura de la exigencia no permitiendo que se 
restablecieran los abolidos gladiadores fiscales, que 
eran los que el Fisco suministraba á sus expensas, ni 
los postulatitii ó sean los que por más hábiles el pueblo 
reclama preferentemente, hubo de recurrirse á los 
privados, sostenidos por empresas particulares que los 
alquilaban mediante una retribución pecuniaria. 

En cuanto á los bestiarios, á falta de prisioneros de 
guerra y de delincuentes condenados á este género de 
lucha, se determinó substituirlos con esclavos ó con 
gente ya acusada de impiedad, ya sospechosa de se- 
guir la doctrina del que llamaban impostor de Galilea. 

Restituido el prefecto en triunfo al pretorio y ago- 
tados los vítores al emperador, la ebria muchedumbre 
se retiró á sus hogares á esperar el mañana, quedando 
sumida Pompeya en esa calma precursora de toda 
tempestad horrible. 

Este fué el instante en que los fugitivos del Anacro- 
nópete, deslizándose como sombras sobre el empe- 
drado de lava de sus rectas y elegantes avenidas, pe- 
netraron en la ciudad. 

Benjamín, que en medio de las mayores contrarie- 
dades perseguía su fin científico con la terquedad de 
un sabio aragonés, se había provisto en su fuga de un 
zapapico y caminaba consultando al resplandor de la 
luna creciente el plano del teatro de sus operaciones. 
Sun che, que además de haber asistido á la trágica des- 
aparición de los militares había sido impuesta por el 
políglota en la locura del doctor, se apoyaba en el 
brazo izquierdo de su intérprete rendida de cansancio 



172 ENRIQUE GASPAR 



y entregada á tristes pensamientos. Pendida del de- 
recho arrastrábase mejor que andaba la más digna de 
compasión de todos : la desventurada pupila que por 
breves horas había tocado el séptimo cielo de sus ilu- 
siones para ser precipitada desde más alto en los últi- 
mos abismos de la desesperación. 

Juana era la única que, no obstante la gravedad de 
las circunstancias, no se abandonaba al desaliento. 

— Verá usted— -decía— cómo á lo mejor nos los vemos 
aparecer por ahí vestidos como judíos del monumento. 

— No, esta vez los hemos perdido para siempre. 

"¡ Quiá ! Si ellos son como el ave Félix que según 
cuentan renace después de hecha cecina, 

— Por fin llegamos — exclamó Benjamín deteniéndose 
en un quadrivium ó desembocadura de cuatro aveni- 
das, en cuyo centro se alzaba la estatua de Nerón dan- 
do frente á la puerta de Herculano situada en la extre- 
midad de la calle Domiciana, 

Invitados los viajeros por el impaciente sabio á tomar 
algún reposo mientras él se libraba á sus excavaciones, 
Clara y Sun-ché se recostaron en los poyos de una 
fuente que junto á ellas corría con manso murmullo ; 
y, entregadas á sus reflexiones, quedáronse pronto, si 
no dormidas, aletargadas. 

Juanita, en la esperanza de ver aparecer á Pendencia 
en la forma de centurión ó de draconariüs, se quedó 
haciendo compañía al arqueólogo amenizándole la t^i- 
rea con sus aceradas pullas. 

La situación del tesoro estaba tan perfectamente se- 
ñalada en el plano, que á la media hora escasa de re- 
mover la tierra, el zapapico tropezó en un cuerpo resis- 
tente. 

Benjamín, con el corazón hecho un molino de viento, 
desenterró una pequeña caja de metal que, sin ins- 
cripción alguna, revelaba servir sólo de estuche á algún 
objeto precioso. Abierta por fin en medio de la mayor 
ansiedad, sacó á luz el políglota unos manojos de cor- 



EL ANACRONÓPETE 



173 



delillos en los que de distancia en distancia habla nu- 
dos que á primera vista dejaban comprender por sus 
combinaciones que no habían sido hechos al azar. El 
sabio dio un grito de asombro. 




— ¡ Cordeles !— dijo Juanita.— ¿ Hombre, y no le dan 
á usted'ganas de ahorcarse ? 

— Silencio, profana. 

— Siquiera propínese usted con ellos una docena de 
disciplinazos. 

— ¿ Sabes tú lo que es esto ? 



174 ENRIQUE GASPAR 



— Á que salimos ahora con que es alguna libra de 
fideos del tiempo de Salomón.... 

—Esta es la primera escritura que usaron los hom- 
bres sobre la tierra, legada á la humanidad por Fo hi 
como le llaman los chinos, ó según nosotros por Noé á 
su salida del arca. Este es el prototipo de la palabra 
escrita revelado al mundo sabio en la academia de 
inscripciones por el paleógrafo Shuckford. 

Y con verdadera hidrofobia científica Benjamín se 
dispuso á interpretar el enigma. Desgraciadamente 
una densa nube le eclipsó el tenue rayo de la luna 
próxima ya á desaparecer en el horizonte occidental; 
y no bastándole el simple tacto, tuvo que diferir su 
empresa. 

— Pero diga usted: ^qué tintero empleaban esos po- 
trotipos? Pues qué: ^siempre no se ha escrito del 
mismo modo ? 

— Ni por soñación. Que sepamos, hasta ahora son 
tres las maneras conocidas de trazar la escritura : Por 
línea perpendicular, por orbicular ó redonda y por ho- 
rizontal; y aun así estas tres grandes ramas se subdi- 
viden en muchas variantes. 

— í Jesús ! Y yo que no sé poner una carta más que 
con falsilla, porque sino me tuerzo. 

Benjamín, á quien la nube se empeñaba en velar el 
astro de la noche, tanto para distraer su inacción, 
como cediendo á sus naturales aficiones, tomó asi la 
palabra creyendo asistir á un curso de paleografía: 

En la Mitología de Carrasco se lee que los indios de 
la isla Trapobana, según Diodoro de Sicilia, escriben 
por líneas perpendiculares rectas. Du-Halde consigna 
que los chinos y japoneses, aunque usan la escritura 
perpendicular, la trazan como los Hebreos de derecha 
á izquierda ; así es que sus libros comienzan por donde 
los nuestros tienen su fin. Los septentrionales ó Esci- 
tas grababan en las rocas sus letras llamadas Runas ó 
Rúnicas en renglones curvos, reuniendo las líneas de 



EL ANACRONÓPBTE 



alto abajo y viceversa ; pero oblicuamente ó en espi- 
ral. Los tártaros, según NienhoiF, cuyas consonantes 
son parecidas á las de los etiopes porque las enlazan 
con sus vocales, escriben en línea perpendicular de 
derecha á izquierda ; y los mogoles, de alto abajo en 
opinión de Treveux. Los habitantes de las Islas Filipi- 
nas y de Malaca, refiere Giró del Mundo que comien- 
zan, por el contrario, de abajo hacia arriba y de iz- 
quierda á derecha. Y los mejicanos, según Acosta, lo 
verifican por línea perpendicular ocupando de alto 
abajo toda la página. Conocieron también el uso de 
unas cuerdecitas teñidas de diversos colores anudadas 
y entrelazadas de varios modos según la importancia 
del suceso que debía referirse; esta costumbre era 
común en todos los salvajes de la América septentrio- 
nal. Las grandes poblaciones del Perú, dice Baltasar 
Bonifacio, usaron como las de la América del Norte 
las mencionadas cuerdecitas, que conservaban en ar- 
chivos (establecidos y custodiados por personas ins- 
truidas) para consulta de todos los sucesos dignos de 
ser transmitidos á la posteridad. 

—Aguarde usted— interrumpió Juanita. — ¿ Va á ser 
muy larga la procesión ? 

— Sr te molesta la dejaremos. 

— ^Nada de eso ; á mí no me incomoda, porque lo 
que no entiendo, por un oído me entra y por otro me 
sale; pero si usted me lo permite me sentaré. Con que 
quedamos en los salvajes de la Habana serpentrional. 

Benjamín la miró con lástima y prosiguió así : 

— Entrando en el segundo sistema, aseguran Pausa- 
nias y Bimard de la Hastie, que los griegos conocieron 
la escritura orbicular como se desprende de la inscrip- 
ción del disco de Ifito que se reputa posterior en 300 
años al sitio de Troya. También se sirvieron de ella, 
según MafiFei, los etruscos ó antiguos toscanos. Los 
más remotos pueblos septentrionales enlazaron la es- 
critura de alto abajo y vice versa; pero también en lí- 



176 ENRIQUE GASPAR 



neas oblicuas ó en espiral. Y no ofreciendo dificultad 
el que estos caracteres sean ios verdaderos runos, re- 
sultan legitimas las inscripciones que cita el mismo 
Pausanias por tener sus líneas mucha semejanza y aun 
identidad con las de los pueblos del Norte. Las ins- 
cripciones griegas del monumento erigido en Olimpia 
por los Cipselides, eran difíciles de leerse á causa de 
sus multiplicadas curvas. 

— Lo mismo me pasaba á mi con las cartas de Pen- 
dencia ; y eso que venían en papel rayado ; pero cada 
renglón parecía un via-crucis: aquello sí que á estar en 
latín, lo cree usted escritura articular. 

— Tomemos la horizontal — continuó el sabio. 

Y Juanita, creyendo que se trataba de una orden 
que empezaba á lisonjearla, se tendió cuan larga era 
en el arroyo, como lo pudiera hacer en el más mullido 
lecho. 

— No me duermo, no señor— adujo al comprender 
por el movimiento de extrañeza de Benjamín que se 
había equivocado. — Siga usted, que si me aburro ya 
le diré á usted que se pare. 

Benjamín buscó la luna ; pero como ella no se deja- 
se ver, reanudó su discurso con desaliento. 

— Pues bien; la escritura por línea horizontal' abraza 
varias especies. La Bustrojedona de la primera edad, 
de derecha á izquierda; la del segundo hasta el cuarto 
período, de izquierda á derecha ; y la aratoria que 
reúne las precedentes yendo y volviendo por líneas 
paralelas y frente por frente del punto de partida. 

— ¡ Vaya un tragín ! i Sabe usted que una plana de 
esas parecerá un ejercicio de bomberos ? 

— Los orientales siempre han escrito de derecha á 
izquierda como los etruscos; menos los armenios y los 
habitantes del Indostán que lo hacen de izquierda á 
derecha. En los griegos se ha observado que, bien sea 
por los métodos de Pelasgo, de Cécrope ó de Cadmo; 
participa aunque á lo oriental de las dos especies; por- 



EL ANACRONOPBTE 1 77 



que cuando escriben muchas lineas vuelven de dere- 
cha á izquierda. Esta dirección es la que empleaban 
los Hunnos. 

— £ Y los otros } 

— Hablo de los Hunnos, hoy zikulos de la parte de 
la Transilvania. 

— ¡ Ah ! si. Adelante, no los conozco. 

— Los etíopes ó abisinios, los siameses y los thibe- 
tanos escriben de izquierda á derecha, y estos últimos 
casi horizontalmente. Dos inscripciones notables pre- 
senta la escritura bustrofedona de la primera edad, ad- 
mitida también entre los galos y los francos; la una 
se halló en las ruinas del templo de Apolo Amycloeus 
en Amycles, villa de la Laconia, hacia el año 1400 an- 
tes de J. C; la segunda, que refiere Muratori, consta 
en el mármol de Nointel ó Baudelot descubierto en 
1672 en una iglesia de Atenas, cuyo mármol fija la 
época por los años 457 antes de la era cristiana. Las 
pieles de los cuadrúpedos preparadas de diversas ma- 
neras, las de ios pescados, los intestinos de las ser- 
pientes y de otros animales, las telas de lienzo y de 
seda, las hojas, la corteza y la madera de los árboles, 
la borra de las plantas y su corazón, el hueso, el mar- 
fil, las piedras comunes y precipsas, los metales, el 
vidrio, la cera, el ladrillo, la greda y el yeso, han sido 
las materias sobre los que en todos tiempos y en el día 
se escriben los caracteres. 

— Pues en cuestión de caracteres, aunque el mío no 
es de los peores, como don Sindulfo no nos devuelva 
los militares, aún ha de ver usted á las criadas escri- 
bir con las uñas sobre pellejo de sabio. 

— Los mármoles, los bronces y las planchas ó lámi- 
nas de metal han sido de uso común entre los griegos 
y romanos : el de las pieles data del tiempo de Job. En 
planchas de madera y tablitas de bambú escribieron 
los chinos, dice Du-Halde, antes de la invención del 
papel. Las pirámides, los obeliscos y las columnas de 



1 78 ENRIQUE GASPAR 



las observaciones astronómicas de los babilonios, que 
refiere Flavio Josefo, fueron de mármoles, piedras y 
ladrillo. Las leyes de Solón estaban escritas en made- 
ra ; las de los romanos en bronce, de las que tres mil 
se perdieron en el incendio del Capitolio. Los pueblos 
septentrionales grababan sus inscripciones rúnicas ea 
las piedras y en las rocas. La escritura en plomo sube 
al tiempo del Diluvio. La hecha en marfil se ha con- 
servado en las tablas llamadas dipticas ó de dos hojas, 
porque las polipticas son las que exceden de este nu- 
mero. Se escribía también, según PUnio, en las hojas 
de palmera y de ciertas malvas ; asi es que en algunas 
comarcas de las Indias orientales, afirma Alfonso Cos- 
tadan, escriben en las hojas del Macareguo, hojas que 
tienen seis pies de largo por uno de ancho. Lo propio 
hacen, dice Michael Boim, los habitantes del fuerte de 
Mieu, junto á Bengala y Pegú, sirviéndose del Areca, 
especie de palmera, y de la corteza del árbol llamado 
Avo. Los del reino de Siam y Cambodge y los insula- 
res de Filipinas (aunque estos últimos siguen el méto- 
do de los españoles) se valen de las hojas de plátano, 
de palmera ó de la parte lisa de las cañas en las que 
trazan sus caracteres con un punzón ó cuchillo. Los 
siracusanos lo hacían en hojas de olivo y los atenien- 
ses en conchas. En Atenas, cuenta Suidas, que se con- 
signaban los nombres de los valientes que hablan su- 
cumbido en defensa de la patria, sobre el velo de 
Minerva. 

— Pues buena la pondrían la mantilla á la pobre se- 
ñora. ¡ Vamos ! sería de casco y lo escribirían por el 
revés. 

— Los indios, según Filostrato, hacian su escritura 
en los Syndones, que asi llamaban á sus telas ó ves- 
tidos. 

— ¡ Ay ! Pues yo siempre los he visto en cueros; es 
decir, en las estampas. 

— Los judíos tenían una particular habilidad en unir 



EL ANACRONÓPBTB 1 79 



los diferentes trozos del pergamino, haciéndolo en tér- 
minos de no poderse distinguir señal alguna. Con este 
motivo, añade Flavio Josefo que Tolomeo Filadelfo 
se llenó de admiración cuando los setenta ancianos, 
enviados por el gran sacerdote, desdoblaron en su pre- 
sencia los rollos de la ley toda escrita con caracteres 
de oro. No obstante, el grabado en seco, sin auxilio de 
la tinta ni de otro color, parece haber sido el primer 
procedimiento: los montañeses de Kuei cheu en Chi» 
na, así lo ejecutan sobre unas tablitas de madera muy 
tierna. Los parthos hacían en sus vestidos las letras 
con aguja, no usando del papyrus que podrían haber 
hallado en abundancia en JBabilonia. 

— Ya que me vuelve usted loca con tanto nombre 
extranjero, expllqueme usted siquiera alguno de esos 
terminachos que como guijarros de punta me están 
levantando chichones en la cabeza. 

— El papyrus es una especie de caña parecida á la 
typha propia de los parajes bajos y húmedos. Sus rai- 
ces leñosas tienen por lo regular diez pies de longitud: 
su tallo triangular no excede de dos codos en tanto 
que no se eleva sobre la superficie de las aguas ; pero 
en su totalidad alcanza hasta cuatro ó cinco. Después 
de varios procedimientos llegaba á ser papel, no exce- 
diendo nunca de la marca que se le tenia asignada, que 
era dos pies de longitud. Los instrumentos empleados 
para escribir han sido con corta diferencia los mismos 
que usamos en el día, á saber: la regla, el compás, el 
plomo, las tijeras, el cortaplumas, la piedra para afi- 
lar, la esponja, el estilo ó punzón, la pluma ó caña, el 
tintero ó escribanía, el atril y las ampolletas ó botelli- 
tas de vidrio, conteniendo una el líquido para volver 
más suelta la tinta espesada, y otra el bermellón ó rojo 
para escribir los principios de los capítulos. El estilo, 
stylus graphium^ y el buril, coelum celtesy sirvieron para 
la escritura en seco ó sin tinta ; de consiguiente se 
empleaban en los mármoles, metales y en las tablas 



1 8o ENRIQUE GASPAR 



preparadas con cera y yeso, y eran de varios tamaños 
y formas. La caña, arundo ; el junco, juncus y el cala- 
mus usáronse en la escritura que se hacia con tinta; 
pero antes de conocerse la aplicación de las plumas. 
El Egipto, Gnido y el lago Amáis en Asia, según Pli- 
nio, daban profusión de estos juncos ó calamos que 
los griegos se hacían llevar de Persia y que, cogidos 
en el mes de Marzo en Aurac, dejaban endurecer por 
espacio de seis meses entre el fiemo ó estiércol, toman- 
do de este modo un hermoso barniz jaspeado de negro 
y amarillo oscuro. 

En aquel instante sonó un ronquido; pero Benjamín 
embriagado en su peroración, no se detuvo hasta ter- 
minar su relato. 

— El uso de las plumas de ánsares, cisnes, pavos y 
grullas — continuó disparado — no data al parecer sino 
del siglo quinto. Los siameses se valían del lápiz. Los 
chinos emplean actualmente, como en la antigüedad, 
el pincel de pelo de conejo por mejor y más suave. La 
tinta de los tiempos remotos no tenía de común con la 
nuestra sino el color y la goma que entraba en su com- 
posición : Se llamaba atramentum scriptorium ó libra- 
rium, para distinguirla del atramentum sutorium ó cal- 
chantum. El negro lo hacían con el humo de la resina, 
de pez, de tártaro, marfil quemado y carbones tritura- 
dos ; cuyos ingredientes en fusión se sometían á la 
acción solar. Los pueblos orientales empleaban la gibia 
y el alumbre que los africanos substituían á veces con la 
adormidera ó el jugo del calamar. Refiere Allatius ha- 
ber visto la tinta de pelo de cabra quemado que, aun- 
que un poco roja, tenía las propiedades de no perder 
su color, ser lustrosa y adherirse muy bien al pergami- 
no; de modo que era muy difícil borrarla. La tinta chi- 
na, conocida 1 120 años antes de J. C, se extrae de varias 
materias y especialmente de los pinos ó del aceite que- 
mado. Entre los indios la decocción de las ramas de un 
árbol llamado aradranto les suministra este licor tan... 



EL ANACRONÓPETE l8l 



Aquí llegaba Benjamín en su afluente desbordamien- 
to, cuando un 

— «Mátame al sabio», de Juanita que soñaba, le hizo 
comprender que su erudición era inútil y dio por ter- 
minada la conferencia. 

En esto un hombre, que con una linterna encendida 
en la mano doblaba la esquina, desembocó en el qua- 
drivium. 




— ¡ El loco ! — gritó Benjamín reconociendo á don Sin- 
dulfo, que en efecto venía en busca de los fugitivos; á 
cuya voz despertáronse los tres durmientes como si 
hubiesen sentido un sacudimiento galvánico. 

— ¡Favor! — exclamaron las infelices, abrazándose en 
defensa mutua. 

Pero Benjamín, para quien aquella luz era como el 
relámpago para el caminante perdido en las tinieblas, 
antes de que su amigo les apercibiese, corrió á su en- 
cuentro vociferando como el sabio de Siracusa cuando 
al dar con la teoría del peso especifico dicen que salió 
desnudo del baño repitiendo : ¡ Eureka 1 

— I De qué se trata ? ¿ Ha vuelto á la vida mi rival ?— 
preguntó el demente persiguiendo su manía. 

— No. He hallado el secreto de la inmortalidad. Lea- 
mos, alúmbreme usted. 

Y consultando los cordelillos, su pecho se dilató al 



1 8a ENRIQUE GASPAR 



ver que la disposición de los nudos correspondía á la 
escritura armenia en la que creía poder alardear sus 
conocimientos. 

— Y bien : ¿ Qué dice ? 

Benjamín con no poca dificultad leyó lo que sigue: 

— «Si quieres ser inmortal, anda á la tierra de 
Noé y...» 

— ¡ Maldición ! 

— { Qué es ello ? 

— Que no puedo interpretar el sentido de los demás 
caracteres. No importa — continuó en su delirio. — Vo- 
laremos á la región del Patriarca y daremos solución 
á este enigma indescifrable. 

— Si usted en cuestión de lenguas no conoce más 
que la estofada — se permitió argüir la intemperante 
Juanita ; á cuya voz el loco fijando mientes en el gru- 
po de las tres gracias, crispó los puños, y dirigiéndose 
á Sun-ché : 

— Tú también me estorbas— dijo — pero pronto no 
serás más que un cadáver. 

É iba á abalanzarse sobre ella, cuando por dicha 
suya el sabio tropezó en uno de los poyos y cayó al 
suelo de bruces. Benjamín acudió en su auxilio mien- 
tras la trinidad femenina se replegaba con espanto ha- 
cia la fuente. 

— Esto no se hace entre cristianos— gritó la de Pinto 
con toda la fuerza que le prestaba la indignación. 

— ¡ Cristianos han dicho ! — murmuró por lo bajo á 
su gente el ceryx, que atraído por la linterna de don 
Sindulfo, acechaba á los viajeros y que, por la relación 
de la palabra española con la latina dedujo una verdad 
funesta para los anacronóbatas. 

— i Qué ? — se preguntaron todos al verse rodeados 
de los vigiles, 

— Apoderaos de ellos. 

El terror fué general. 

— Yo soy inocente — aducía Clara. 



EL ANACRONÓPETE 



i83 



— Respetad á la emperatriz — ordenaba Sun-ché en 
chino. 

— I Prenda usted á ese, señor guindilla I—balbucea- 
ba la maritornes señalando al tutor. 




Pero como los gritos fuesen en au- 
mento, les aplicaron unas niordazas y 
maniatados los condujeron a la presen- 
cia del Prefecto que en desenfrenada 

orgía saboreaba en el pretorio el motín tan favorable á 

la causa de Domiciano, 



184 ENRIQUE GASPAR 



— ¡ Piedad !-*articularon todos, libertados de sus li- 
gaduras y cayendo á los pies del ebrio senador. 

— No le excitéis con vuestros ayes — observó el polí- 
glota.— Reparad que no entiende más que el latín. 

— Pues bien: In nomine Domini nostri Jesu Cristi — 
dijo Juanita muerta de miedo y recordando la saluta- 
ción con que el cura de su lugar daba los buenos días 
á sus feligreses. 

— I Quién pronuncia aquí el nombre del impostor de 
Galilea ? — rugió el Prefecto pudiendo apenas mante- 
nerse en equilibrio. 

— Estos cristianos que acaban de profanar la estatua 
de Nerón. 

— ¿ Cuál es el jefe ? 

— Éste, el más viejo— contestó Juanita impuesta por 
la traducción de Benjamín. 

— Subidlo al cráter y arrojadlo en las entrañas del 
Vesubio. 

Una explosión de lágrimas y lamentos sucedió á tan 
bárbara orden ; pero antes de que las excursionistas 
pudieran dirigir una palabra de consuelo á don Sin- 
dulfo, éste había desaparecido entre un grupo de vigi- 
les encargados de la ejecución del decreto. 

— Los demás— prosiguió el togado beodo — aprésten- 
se á servir de bestiarios en los circenses de mañana. 

— ¡ Horror ! Nos destinan al circo — tradujo el arqueó- 
logo, cubriéndose el rostro con las manos, mientras 
Clara perdía el sentido y Sun-ché interrogaba con ojos 
extraviados sin obtener contestación. 

— ,;A1 circo? Pues no se apuren ustedes — objetó 
Juana — que si es en el de Pfice yo tengo allí un primo 
aposentador. 

— No ; se nos condena á ser devorados por las bes- 
tias feroces. 

Amordazados de nuevo, nadie pudo proferir una 
queja. Los vigiles sacaron del pretorio á los reos, y el 
Prcefectus urbis, tambaleándose, volvió á la sala del 



EL ANACRONÓPETE 1 85 



festín gritando á sus comensales con feroz alegría : 
— El pueblo tendrá bestiarios : la paz de Pompeya 
queda por ahora asegurada. 

Y en efecto ; unas horas después, al resplandor del 
sol naciente, el pobre tutor con los pies ensangrenta- 
dos por la penosa ascensión del Vesubio rodaba á ios 
profundos abismos del volcán, al mismo tiempo que 
sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras 
del anfiteatro para servir de pasto á las fieras y de di- 
versión á la más soez de las plebes. 





CAPÍTULO XVIII 



«Sic transit gloria mundi) 




me detengo á describir el anfiteatro por- 
que, exceptuando los ciegos de nacimien- 
to, todos en España han visto una plaza de 
toros, con la que aquel guarda una com- 
pleta analogía. Baste saber que los veinte mil especta- 
dores, de que era capaz el de Pompeya, invadieron 
desde muy temprano aquel día los asientos que los 
lócanos les designaban en los cunei ó secciones previa- 
mente dispuestas por los designatores ó maestros de 
ceremonias, según el rango y circunstancias de cada 
uno. 



BL ANACRONÓPBTE 1 87 



El podium, que era como si dijéramos la meseta del 
toril con gradines y extendiéndose por todo el círculo 
de la plaza, estaba destinado á los funcionarios de alta 
jerarquía. En él campeaba el cubiculum ó palco del 
Prefecto, á imitación del suggestum ó trono del empe- 
rador en Roma, cubierto con un dosel á manera de 
pabellón; distintivo que, aunque menos suntuoso, os- 
tentaban asimismo las localidades accidentalmente 
ocupadas por una vestal, un senador ó algún enviado 
de las naciones extranjeras. 

Á continuación del podium venían las filas de gradas 
para los caballeros ; y tras de ellas la popularía, el ten- 
dido, el sol por decirlo asi ; aunque la comparación no 
es fiel, pues maldito si los rayos del rubicundo Febo 
molestaban al público. Y no es porque nubes lo em- 
pañasen y que esplendente brillaba en mitad del firma- 
mento, y con alientos tales que, no por ser el octavo 
día del mes de setiembre, pudieron prescindir de re- 
frescar el ambiente, como lo verificaban en canícula, 
merced á un licor odorífero compuesto de agua, vino 
y azafrán, conducido por unos tubos hasta el espacio 
cubierto, consagrado á las mujeres en la parte supe- 
rior del edificio, para desde allí hacerlo caer en lluvia 
cernida sobre el concurso. Tampoco obedecía el eclip- 
se al capricho de ninguna empresa niveladora de cla- 
ses en beneficio de sus intereses, como la de Casiano, 
que en Madrid y en el año de gracia de 1874, se per- 
mitió fijar este anuncio célebre la víspera de una co- 
rrida extraordinaria : De orden de la autorídad mañana 
no hay sol. Consistía sencillamente en que por encima 
de las cabezas de los circunstantes corrían unos toldos 
de lona que en los grandes circenses romanos solían 
ser de seda y púrpura bordados de oro. 

Bajo el podio, en derredor de la arena, estaban las 
cavece, bóvedas ó casetas poco elevadas, con sus posti- 
coe ó compuertas cerradas por los ferréis clatkris— gri- 
fos de hierro— en las que se metía á los gladiadores y 



1 88 ENRIQUE GASPAR 



las fieras destinados al combate. En frente se hallaba 
situada la puerta libitinensis, por donde se sacaba á 
los bestiarios muertos para ser conducidos al spolia- 
riurn^ en el que se les despojaba completamente de lo 
que sobre sí tenían. 

Los ecos de los clarines anunciaron la aproximación 
de los gladiadores ; y en efecto, no tardaron en pre- 
sentarse en la arena todos juntos para saludar al au- 
ditorio ; siendo recibidos por éste con un batir de pal- 
mas que no parecía sino que Frascuelo y Lagartijo 
habían cambiado de traje y que el público de los ba- 
rrios altos y bajos de Madrid estaba veraneando en 
Pompeya. Porque hay que tener presente que aplau- 
dir y silbar ha sido en todas épocas el modo más ad- 
mitido por el pueblo de expresar su satisfacción ó su 
desagrado; y cuando/esta última manifestación tenía 
lugar en un teatro, el actor que de ella era objeto, 
estaba en el deber de quitarse la máscara como para 
acusar recibo de la silba. 

Despejado el redondel después del paseo, un nuevo 
punto de clarín echó al anillo á los essedarios; lucha- 
dores que combatían sobre carros, á ejemplo de los 
galos y bretones. Vinieron en seguida los hoplomacos, 
armados de pies á cabeza y antagonistas de los provo- 
cadores. Ni unos ni otros consiguieron hacerse sangre, 
quedando todo reducido, con gran descontentamiento 
de la muchedumbre, á unos cuantos chichones sin 
consecuencia. Tras éstos exhibiéronse los mirmülones 
ó gallos, que usando de lanza y escudo á la manera de 
los originarios de la Galia, reñían con los retiarios; los 
cuales al perseguirlos con la red y el tridente les gri- 
taban: — Galle^ non te peto; piscetn peto. Es decir: 

— Gallo ^ no á ti; á tu pescado quiero. Con lo que alu- 
dían á un pez de metal que en la cimera de sus cascos 
ostentaban los opuestos combatientes. Ó el gallo ha- 
bía perdido los espolones ó el pescador lo era más de 
caña que de red, ello es lo positivo que en una de las 



EL ANACRONÓPETB 189 



intentonas tuvieron la mala suerte de tropezar, cayen- 
do cada cual por su lado, y sobre los dos una rechifla 
que ni cuando el concejal presidente deja pasar un 
toro de varas. 

Por fin sonó la hora de los meridianos^ gladiadores 
que peleaban á la de medio día, y cuyo espectáculo 
era, para hablar técnicamente, el bicho de la tarde, el 
quinto escogido á pulso : una circunstancia excepcio- 
nal venia á hacerlos más interesantes ; ambos lucha- 
dores eran rudiarii; ó lo que es igual , que habiendo 
servido tres años consecutivos, tenían ganado el ruáis, 
grueso bastón con nudos, símbolo de retiro ó licéncia- 
miento en los circenses, donde ya no debían volver á 
presentarse sino, como en la ocasión aquella, por un 
acto de su voluntad omnímoda. 

Aplaudidos y otorgada la venia por el gobernador ó 
prefecto presidente, empuñaron las arma lusoria; es- 
padas de madera recibidas en premio en varios ejer- 
cicios ; y con ellas empezaron á ejercitarse cruzándolas 
en continuos choques : especie de proemio, como 
cuando los picadores prueban las puyas sobre la valla, 
al que daban el nombre de proeeludere, ventilare. Pero 
era necesario andar muy listos en esta operación; 
porque, en cuanto el clarín sonaba, deponían los ju- 
guetes ; y, echando mano de los verdaderos trastos de 
matar, propinábanse cada linternazo que era una ben- 
dición de Dios. 

Así lo hicieron; y como los dos eran mataores de 
fama, costó gran trabajo al más afortunado — pues no 
sé si era el más fuerte — derribar de un volapié á su 
antagonista que cayó á plomo revolcándose en la 
arena. 

Á la vista de la sangre, el pueblo lanzó un rujido de 
entusiasmo. El vencedor consultó con la mirada al 
auditorio que, teniendo derecho de vida ó muerte so- 
bre el vencido, podía otorgarle gracia presentando la 
palma de la mano ton el pulgar encogido ; pero la sed 



igO ENRIQUE GASPAR 



de matanza era tal, que los jueces, tendiendo por el 
contrario el pólice y cerrando el puño, prorrumpieron 
unánimemente en voces de : recipere ferrum ; lo que 
equivalía á exigir que se le diera el cachete. Sólo fal- 
taba la ratificación del Prefecto al clamor popular: 
pero el presidente, sea por lástima ó por capricho au- 
toritario de oposición, agitó un lienzo blanco en señal 
de coqceder el missio ó perdón por aquella vez en 
nombre del monarca augusto. Clemencia estéril en- 
tonces porque el herido acababa de ascender á cadá- 
ver. Retirado su cuerpo de la arena con unos garfios 
de que tiraban cuatro esclavos, dos ediles salieron á 
ofrecer al victorioso atleta la palma de plata otorgada 
á su valor. Los espectadores no creyendo justa la re- 
compensa, pusiéronse á gritar: 

— ¡ Lemnisci ! ¡ Lem nisci ! 

Y el Prefecto, á fin de no herir susceptibilidades, 
accedió á la demanda disponiendo entregar al gladia- 
dor, en sustitución de la palma, las guirnaldas de flo- 
res sujetas por cintas de lana, símbolo de los lemnis- 
cati; con lo que el agraciado quedaba manumitido de 
la esclavitud, entrando desde aquel instante en la ca- 
tegoría de los libertos. 

Un murmullo de satisfacción que con el arrellanarse 
en los asientos es en toda asamblea precursor del es- 
pectáculo preferente, indicó el turno de los bestiarios. 

Clara y Sun-ché, agobiadas bajo el peso de tan es- 
pantosa situación, eran casi conducidas en vilo por 
unos soldados, pues su abatimiento las impedía cami- 
nar. Benjamín, sacando fuerzas de flaqueza, procura- 
ba mostrarse hombre y filósofo, avanzando serena- 
mente. Juanita era la que con una resolución impropia 
de las circunstancias, entró en la arena emulando en 
desenvoltura á los chicos que se echan al redondel á 
correr novillos embolados. Habiendo escapado ya á 
tan varios como inminentes peligros, creíase imper- 
meable^ valiéndonos de su propia expresión para tra- 



EL ANACRONÓPETE I9I 



ducir la idea de in vulnerabilidad. El éxito que obtuvo 
su porte no se puede comparar sino á las ovaciones 
que alcanzan en Madrid las malas comedias. 

Vestían los reos calzón y túnica corta y llevaban los 
brazos y piernas liados con unas tiras de cuero como 
los primitivos guerreros de la Lombardía. Blandiendo 
con la mano derecha una espada corta, pendía de su 
izquierda un paño rojo destinado á excitar á las fieras, 
de lo que acaso ha tomado origen nuestra suerte de 
matar en el arte de Pepe-Hillo. 

Llevados ante el cubiculum del Prefecto, les obliga- 
ron á entonar por tres veces el morituri te salutant; 
pero Juanita, amiga siempre de chacota, queriendo 
patentizar sus conocimientos en el latín de su uso, 
tomó los trastos con la extremidad del siniestro reiíio 
anterior y, simulando descubrirse con el brazo libre : 

— Dominus vobiscum — le dijo al senador. — Brindo 
para que usiam reven tatur como un perri de una indiges- 
tionetn de morcillam, Salutem y sarnam. 

Concluida la peroración y diseminados los luchado- 
res por el anillo, los guardias se retiraron y el Prefecto 
hizo la señal de que soltasen las fieras. Juanita, cua- 
drándose delante de las caveoe, se dispuso á recibir y 
las puertas giraron sobre sus goznes. Pero en vez de 
los leones del desierto de Lybia, Luís y Pendencia con 
sus quince compañeros de armas desembocaron en el 
circo apercibiendo los revólvers ya habilitados por el 
sistema de la desinalterabilidad ^ de que el malogrado 
don Sindulfo les enseñó á hacer uso en su primer 
rapto de locura. 

Verlos y arrojarse cada una sobre su cada cual, in- 
clusa Sun-ché aunque no tenía cuyo, y Benjamín que 
simpatizaba con todos, obra fué de un mismo instante. 

— ¿ No se lo decía yo á usted ?— gritaba la de Pinto. 
—Si son como los espárragos, perdonando el modo de 
señalar; que les corta usté la cabeza y en seguida les 
vuelve á salir otra. 



192 ENRIQUE GASPAR 



Pero la ocasión no era la más propicia para entre- 
tenerse con símiles. Los espectadores, defraudados en 
sus esperanzas y comprendiendo por lo que veían, que 
estaban siendo victimas de un engaño, prorrumpieron 
en voces de : 

— ¡ Traición ! 

Y abandonando las gradas, echaron fuera sus aceros 
y se aprestaron á hacer irrupción en la arena, para to- 
marse venganza por su mano. 

Luis, que todo lo tenia previsto, formó el cuadro con 
su fuerza, y, colocando en el centro á las mujeres, 
antes de que la turba transpusiese el podio, le envió 
una descarga de la que ni un solo tiro quedó por apro- 
vechar. Sucedió una pausa producida por el asombro; 
mas como el valor de los pompeyanos era incontesta- 
ble y no habían tenido aún tiempo de encontrar la ex- 
plicación del fenómeno, trataron de insistir con más 
vehemencia, siendo detenidos en su empuje por una 
segunda hecatombe. Los pusilánimes se detuvieron; 
los más esforzados sólo tuvieron un grito : 

— ¡ Adelante ! 

Y ya empezaban á descolgarse en la arena cuando 
Luis, mandando hacer fuego graneado sobre ellos, 
dispuso una especie de caza, cuyos efectos los dejó 
consternados. Aquellos pequeños útiles de guerra que 
á tal distancia enviaban la muerte arrojando proyecti- 
les sin interrupción, tomaron á sus ojos un carácter 
sobrenatural que no titubearon en atribuir al impla- 
cable enojo de sus dioses : el pánico sobrevino y la 
dispersión se hizo general. 

I Poder del progreso que permitía á un puñado de 
hombres ver correr en su presencia á veinte mil legio- 
narios conquistadores del mundo entero ! 

El anfiteatro se quedó vacío. Entonces comenzaron 
las expansiones, el deplorar la suerte adversa del tutor 
para cuyo rescate toda tentativa se juzgó inútil, pues 
debía haberse ya cumplido la sentencia; y por último 







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194 ENRIQUE GASPAR 



las explicaciones y muy particularmente la que con la 
reaparición de los hijos de Marte se relacionaba. Ésta 
no podía ser más sencilla. 

Mis lectores recordarán sin duda unos martillazos 
que don Sindulfo y Benjamín oyeron mientras reco- 
rrían el Anacronópete la noche que pernoctaron en 
China. Pues bien, dábanlos los milites que, buscando 
asilo más seguro para hacer la travesía aérea que los 
parapetos de las provisiones, se confeccionaron, con 
unas lonas embreadas que había en la cala, un enorme 
zurrón ó hamaca tendida en el espacio hueco del po- 
dio, con la que comunicaban merced á una abertura, 
provista para mayor disimulo de su correspondiente 
compuerta, practicada junto á la guillotina de la des- 
carga, y donde el gas respirable entraba por un tubo 
de goma á través de un simple agujero. 

— De modo — concluyó Pendencia — que cuando don 
Pichichi, que requiezcat, creyó arrojarnos en el dezpa 
do, no hizo más que abrirnos la puerta prencipal de 
nuestra propia caza. 

Dadas gracias á Dios y celebrada la ocurrencia: — 
Ahora escapemos; la tierra de Noé nos aguarda — dijo 
Benjamín sacándose del pecho los cordeles que habla 
conservado en medio de tanta tribulación. 

Embriagados todos en su felicidad le siguieron au- 
tomáticamente ; pero al llegar á la puerta la encontra- 
ron cerrada ; y, por los alaridos que daba el populacho 
al exterior, dedujeron que forzarla sería imprudencia. 
Y efectivamente, todo el pueblo acarreando muebles, 
canastas, maderos y cuantos utensilios pudieran ser- 
virles para formar barricadas, levantaban una colosal 
alrededor del edificio en el que los anacronóbatas iban 
á ser sitiados por hambre. 

La situación era grave. Restituidos al redondel, ya 
se habían puesto á discutir en consejo de familia, 
cuando un estampido horroroso retumbó en todos los 
ámbitos de la ciudad y una luz cárdena iluminó el es- 



BL ANACRONÓPBTE Iq5 



pació. El susto fué de padre y muy señor mío, porque, 
sin pensaren el anacronismo que cometían, los expe- 
dicionarios atribuyeron la detonación á la pólvora de 
alguna mina con que los indígenas querían volar el 
edificio. 

—Piensen ustedes en la fecha relativa de hoy — decía 
Benjamín. — i En qué día creen ustedes que vivimos ? 

— Lo que es para nosotros siempre es martes — re- 
puso Juanita. 

Una segunda conmoción aumentó la alarma. El ar- 
queólogo se puso pálido como la muerte y, aspirando 
el olorcillo de azufre de que estaba impregnada la at- 
mósfera : 

-r-¡ Maldición!— gritó mesándose los cabellos. 

— ¿Qué pasa ?— interrogaron los excursionistas. 

— ¡Sí... eso es... ¡ Día 8 de setiembre del año setenta 
y nueve de la era cristiana I... j La erupción del Vesu- 
bio !... [Nos hallamos en el último día de Pompeyaül... 

Aún no había concluido la frase, cuando un calam- 
bre geológico, una sacudida del suelo volcánico, sa- 
cando al circo de su asiento, derribó gran parte de sus 
muros haciendo rodar por la arena á los interlocutores 
sin que, felizmente, ninguno de ellos fuera alcanzado 
por los escombros. La lava caía á torrentes, la ceniza 
embargaba la respiración. 

— Salvémonos — gritó Benjamín apenas pudo ponerse 
en pié ; y todos se precipitaron por la abertura, pasan- 
do por encima de cadáveres abrasados por la erupción 
y desatendiendo los ayes de los moribundos y la des- 
esperación de los vivos. 

La inalterabilidad á que estaban sujetos haciéndolos 
insensibles á la influencia de cualquiera acción física, 
les permitió llegar al Anacronópete sin obstáculo al- 
guno ; pues las sustancias en fusión resbalaban sobre 
sus carnes sin adherirse. 

Instalados en él, Benjamín elevó el vehículo á la 
zona de locomoción. Un ruido como el de una piedra 



19^ 



ENRIQUE GASPAR 



chocando en un tubo de desalojamiento, produjo un 
sonido campanudo; pero ya el coloso había empren- 
dido su vertiginosa marcha y, devorando tiempo, se 
lanzaba á enriquecer la ciencia con el descubrimiento 
del pasado, mientras á sus pies dejaba una dolorosa 
enseñanza para el porvenir. 





CAPÍTULO XIX 



Los náufragos del aire 




L trayecto que tenían que recorrer, pues de- 
terminaron no detenerse en ningún punto, 
era el más largo que se habla llevado á efec- 
to en toda la expedición. Se encontraban en 
el año 79 de la era cristiana ; y el Diluvio Universal 
corresponde como nadie ignora al 3308 antes de J. C. 
Aunque la zona en que viajaba el Anacronópete es- 
tuviese muy por encima de la región en que se forman 
las tempestades y no tuvieran nada que temer por 
consiguiente del cataclismo provocado por la maldad 
de los hombres, creyeron no obstante deber dar oídos 
á la prudencia y se convino en hacer alto en un perio- 
do posterior, históricamente hablando ; lo que cami- 
nando hacia atrás equivale á tocar tierra antes de lle- 
gar á aquella gran catástrofe. 

Su objeto era avistarse con Noé; y como este repo- 
blador del mundo vivió todavía 350 años después de 
salir del arca, no solamente podían evitar las contin- 
gencias del Diluvio, sino hacerse más pronto dueños 



198 ENRIQUE GASPAR 



del secreto de la inmortalidad desembarcando en 
el 2958 (a. d. J. C.) en que acaeció su muerte; ó sea 
á 3037 años de la destrucción de Pompeya añadiendo 
los 79 que les faltaba trasponer del siglo primero. 

Con todo ; como no era cosa de irle á entretener de 
semejante asunto en las postrimerías de su existencia, 
y teniendo tiempo á mano de que disponer, se votaron 
un par de lustros más para imprevistos, y se fijó el 
descenso en el año 3050 del día de la fecha; trece antes 
del fin del patriarca, á los 937 de su edad y con 258 de 
antelación al desquiciamiento del globo. 

Contando pues en números redondos una marcha 
de cinco siglos diarios, necesitaban siete días (inclu- 
yendo las paradas de las comidas en plena atmósfera) 
para tragarse las treinta centurias y media en cues- 
tión. Pero el humor no faltaba, si bien turbado á in- 
tervalos por el recuerdo de don Sindulfo, y había pro- 
visiones para dos meses ; de modo que, si nada es más 
largo que una semana de hambre, ellos parafraseando 
el axioma, presentían que nada iba á ser más corto 
que otra de felicidad. 

La expedición tuvo principio en las mejores condi- 
ciones. Los ocios se mataban ora explicando á Sun- 
ché las maravillas del invento y narrándole las peripe- 
cias del viaje (si bien haciendo caso omiso de su 
parentesco con el inventor para evitarle las amarguras 
de la viudez), ora fundando planes sobre el porvenir, 
todos por supuesto de color de rosa y perfumados con 
el incienso de la vicaría. 

Poco más de la mitad del camino tenían ya andado, 
cuando en la hora meridiana del cuarto día y en sazón 
en que el vehículo cortaba la más limpia y transpa- 
rente de las atmósferas, el aparato dejó repentina- 
mente de funcionar. 

— { Qué ocurre ? — se preguntaron todos con extra- 
ñeza. 

■—Algún cambio de tiro — repuso Juanita. 



EL ANACUONOPETE 199 



Pero la aciiiud alarmante de Benjamín no permitió 
á nadie saborear el chiste. 

— Tal vez una solución de continuidad...— dijo éste 
meditabundo. 

— Entonces vamos á despeñarnos sobre la tierra si la 
corriente no se establece— adujo Luís. 

— Sin embargo — objetó el políglota— no nos move- 
mos. 

— I Cómo I ¿ Ezto ni zube ni baja ? 

—No. 

— Puez ací ce quedó Quevedo. 

Y precedidos de Benjamín ios excursionistas se con- 
sagraron al reconocimiento del mecanismo sin hallar 
desperfecto alguno que les procurara la clave del enig- 
ma. La tarde se pasó en vanas tentativas, y con las 
sombras de la noche la alarma, exagerando el peligro, 
alcanzó proporciones considerables. Pocos fueron los 
que lograron dormitar; dormir ninguno. Con la luz 
del alba repitiéronse las observaciones; y como casi 
todos alcanzaban los mismos grados de inteligencia en 
mecánica, las opiniones podían contarse por los indi- 
viduos. 

Al tercero día, los militares como recurso supremo 
y sin dar cuenta á Benjamín de lo que consideraban 
muy luminosa idea, se decidieron á deslastrar el Ana- 
cronópete ; y empezaron á arrojar por las compuertas 
las cajas y costales que más á mano se les vinieron, sin 
reparar en clase ni condición. Término estaban po- 
niendo á su tarea, cuando Benjamín que, atraído por 
los golpes, llegó á la cala : 

— ¡ Desgraciados ! ¿ Qué hacéis? Deteneos— gritó fue- 
ra de sí. 

— ¡Le peza mucho la tripa á la cabalgadura I 

— Pero nos estáis dejando sin provisiones de boca ; 
y nuestro caso es horrible; ¡ Hemos naufragado en el 
aire!... 

Aquel grito fué la señal del pánico. Toda esperanza 



200 ENRIQUE GASPAR 



estaba en efecto perdida ; y por un azar hijo de la im- 
premeditación se veían sin vitualla, pues las existentes 
apenas alcanzaban para cuarenta y ocho horas. 

Semejante peligro era indudablemente el más grave 
á que hablan estado expuestos. 

— ¿ Quién podrá venir en nuestro socorro ?^pregua- 
taba la pupila con las de sus ojos arrasados en lágri- 
mas. 

— Deje usted ; que puede que pase algún titiritero 
de esos que suben en globo y nos echará una cuerda 
— aducía Juana optimista hasta competir con el céle- 
bre Panglos. 

—¿Aereonautas aquí ? — exclamaba con desaliento el 
arqueólogo consultando la situación. — ¿Ignoras que 
estamos en el año 1645 antes de la era cristiana y en- 
cima mismo del desierto de Sin ? 

— Ci á mí me dan un cable yo me comprometo á 
dezcolgarme para ezplorar el horizonte — propuso Pen- 
dencia. 

Pero ni había á bordo soga tan larga, ni, aun siendo 
posible el descenso, debía exponerse el valiente anda- 
luz á quedar en tierra si al vehículo se le ocurría em- 
prender la marcha sin más razón que la que había 
tenido para pararse. Encomendóse pues la salvación 
de los náufragos á aquella débil pero única probabili- 
dad, y como medida de precaución se acortaron las 
raciones. 

Seis días después de la detención ya no tenían que 
llevarse á la boca. Al séptimo hubo que triturar las 
sustancian que contenían algún jugo y elaborar una 
especie de harina con sus principios leñosos. Al octavo 
la fiebre había ganado las filas. Al noveno no quedaba 
ningún recurso ; y el aire que por todas las ventanas 
abiertas penetraba, era insuficiente para la respiración 
de aquellos infelices asfixiados por la sed y demacra- 
dos por el hambre. 

Al amanecer del décimo, los excursionistas yacían 



EL ANACRONÓPETE 201 



tendidos por el laboratorio, cuyo aspecto tenia muchos 
puntos de contacto con un campo de batalla sembrado 
de cadáveres. 

— Decidámonos. ¿ Qué se hace ?— preguntó Benjamín 
dando un rugido con el aliento que le prestaba la des- 
esperación. 

— Devorarnos á la suerte — gritó un soldado. Á cuya 
proposición asintieron en coro todos los hijos de Marte 
cerrando los oídos á las súplicas que las mujeres ano- 
nadadas les dirigían. 

— Un momento de reflexión— adujo Luís pensando 
en Clara. — Acaso se le ocurra á alguien otro plan me- 
nos cruento. 

— ^No ; á la suerte — vociferaron los milites tomando 
una actitud amenazadora. 

— Dicen bien— objetó Benjamín. — No hay salvación 
para nosotros ; hace diez días que permanece inmóvil 
el aparato. 

— Zobre todo el dijeztivo. 

— El hambre nos acosa y el instinto de conservación 
aconseja una determinación radical. 

— ¡ Qué lástima que los judíos hayan matado á don 
Sindulfo! — balbuceó la decidora Juanita. — ¿Quién le 
tuviera aquí ? 

— { Para qué ? ¡ Una boca más I 

— No, señor; para hacerle pagar el pato. 

Al oir el pato verificóse un movimiento de reacción 
en los viajeros que les hizo incorporarse; pero conven- 
cidos de que eran víctimas de una ilusión, todos aho- 
garon un suspiro y volvieron á dejarse caer. 

— ¡ No más treguas ! — insistieron los peticionarios. 

— ¡ Piedad ! — murmuró Clara, estrechando las ma- 
nos de Luís. 

— Por última vez — intercedió el enamorado capitán 
dirigiéndose á los suyos — yo os exhorto á que hagáis 
gracia á las mujeres. 

— Ci. Puez para hacerlaz reir eztamoz ahora. 



202 ENRIQUR GASP>«R 



—i No I 

— Pues bien ; yo os doy mi vida por la suya. 

— Ezo ez diztinto ; ze aprueba, porque todoz hemoz 
de ir cayendo por turno. Ahora te convenceráz de mi 
amor, Juanita. 

— ^ Por qué ? 
' — Porque mil vecez te he dicho : «Te quiero tanto, 
que te comería.» Y ci te toca número bajo yo te pro- 
baré mi cariño. 

Perdida ante el hambre toda noción de humanidad 
y de respeto, los soldados puestos de pié exigían con 
tal ahínco el cumplimiento de su demanda, que hu- 
biera sido temeridad exponerse á que, tomando por 
sí mismo la justicia, se convirtiese en ley del capri- 
cho lo que podía concretarse á contingencia de la for- 
tuna. 

— Resignación — dijo Benjamín. — Manos á la obra.- 
Apuntemos los nombres; venga papel. 

— ^ Papel? Nos hemos engullido hasta los billetes de 
banco. 

— Pues echemos pajas. 

— No; que nos podemos comer el juego. 

— Ya sé — prosiguió el políglota. — Aquí tengo mi co- 
lección de minerales y piedras preciosas ; cada cual 
tome un ejemplar cuya inicial del color corresponda 
con la de su nombre. Así, por ejemplo : Luís, lázuli : 
Pendencia... perla: Clara, coral. 

— Usted, Benjamín, tomará el verde — interpuso Jua- 
nita. 
— Verde se escribe con V. 

— Para prozodias eztá el estómago. 

Distribuidas aquellas boletas de nueva invención, 
metiéronlas en un pañuelo y dispusiéronse á dar co- 
mienzo al acto. 

— I A ver! Una mano inocente. 

— Como no zea la del almirez... 

—Usted, Clara. 



EL ANAGRONÓPETK 2o3 



— Yo no quiero ser responsable de la muerte de mi 
prójimo — dijo la pupila eludiendo la oferta. 

— Tú, Juana. 

—No, que estoy segura de sacar la jota. Que escoja 
la emperatriz, que justo es que le toque á ella la China. 

Y ya le iban á presentar el bombo á Sun-ché, cuan- 
do un bulto que se desprendía por uno de los ventila- 
dores, hizo volver á todos la cabeza hacia aquel sitio. 

— ¡ Don Sindulfo I— gritó el arqueólogo dejando caer 
las piedras. 

— i El loco ! — exclamaron los circunstantes no atre- 
viéndose á creer lo que veian. 

Era realmente el asendereado tutor el que, excitado 
por la locura, aunque impotente por la inanición, se 
presentaba á sus ojos convertido en un esqueleto par- 
lante. 

i Cómo se encontraba allí ? Es muy sencillo. Al arro- 
jarle al Vesubio, su cuerpo en vez de seguir basta el 
fondo, se detuvo en una de las rocas salientes del inte- 
rior del cráter. La inalterabilidad á que estaba some- 
tido le permitió no sólo resistir la caída sin el menor 
daño, sino soportar también la alta temperatura de 
aquel antro en fusión. Al verificarse la erupción fué 
lanzado al espacio con la peña que le sustentaba ; pero 
como en aquel instante el Anacronópete, al salir hu- 
yendo de Pompeya, cortase la parábola que don Sin- 
dulfo describía, uno de los tubos de desalojamiento le 
recibió como el buzón recibe una carta, produciendo 
aquel extraño ruido que los viajeros tomaron por el 
choque de una piedra sobre el vehículo. 

— ^ De modo, que del boleo que le dio á usted el vol- 
cán, vino usted á colarce por el rezpiradero del ana 
compepe? 

—Sí ; para satisfacer mi venganza. 

— ¿ Cómo ? 

—Al oir que mi sobrina y Luís se abandonaban á los 
mayores transportes de felicidad: al ver vivo al rival 



204 BNRIQUE GASPAR 



de quien ya me juzgaba libre, los celos ejercieron so- 
bre mí su funesto poder y concebí la idea de que pe- 
reciésemos todos juntos. 

— Pero ¿ por qué medio? — interrogó su colega. 

— Fijando en el espacio el Anacronópete, cuyo meca- 
nismo secreto no conocéis ninguno, para condenaros 
á la inmovilidad en la atmósfera insondable y compla- 
cerme en vuestra lenta agonía. 

— ¡ Miserable ! — prorrumpieron los soldados... — 
¡ Muera ! 

— Ci, muera ; que cea ezta la primera rez que ce za- 
crifique en nuestro koloclau\tro, 

— Matadme en buen hora ; no haré sino precederos. 
Vuestra suerte no por eso ha de cambiar. 

—Tiene razón— objetó Benjamín— no adelantamos 
nada. 

—Sí ; se adelanta la comida— argüyó la de Pinto. 

— i Luego no hay clemencia ? 

— Ninguna. Muramos. 

—Corriente, muramoz; pero lo que ez usted inau- 
gura el matadero. 

-A él, camaradaz. 

Los soldados se precipitaron sobre don Sindulfo á 
pesar de la resistencia de Sun-ché que por gestos les 
pedía el perdón del hombre por quien experimentaba 
tan invencible simpatía. Ya iban á descargarle el golpe 
fatal, cuando una lluvia benéfica que penetraba por la 
claraboya del techo, suspendió la mano de aquellas 
sedientas criaturas. 

— ¡ Agua ! — articularon todos abriendo la boca para 
recibir el celestial rocío. 

— ¡Es nieve!— exclamó Juanita reparando que más 
que gotas aquello parecían copos. 

— i Tampoco ez nieve ! — repuso con alegría Penden- 
cia al saborearlo. — Hay dentro azi como unos chícha- 
roz. 

Benjamín que hasta entonces permaneciera silen- 



EL ANACRONÓPETE ao5 



cioso, dióse un golpe en la frente, y ennbriagado de 
gozo: 
— ¡ Nos hemos salvado !— dijo. 

Y corrió en busca de una biblia que en el armario 
estaba, mientras don Sindulfo se mesaba los cabellos 
de desesperación al presentir su derrota. 

— Mirad — insistió el políglota leyendo en el libro. — 
«Capítulo XVI del Éxodo. Israel vino á parar en el 
desierto de Sin que está entre Elim y Sinaí.» Donde 
nos hallamos nosotros. 

— i Y bien ? — preguntaron los circunstantes atónitos 
al contemplar que envueltos en la lluvia caían por la 
claraboya centenares de pájaros animando el labora- 
torio con sus voces y aleteos. 

— « Y vinieron codornices que cubrieron el campa- 
mento, el cual se llenó también de un rocío que los is- 
raelitas llamaron maná.» 

— ¡ El maná ! ¡ Bendito sea Dios ! 

Y todos se hincaron de rodillas. 

— íY ahora persistirá usted en su criminal proyecto? 
— preguntó Luís á su tío. 

— Y la peregrinación duró cuarenta años — interpu- 
so Juanita. — Con que de aquí á que se nos acaben las 
provisiones, tiempo le queda á usted de ver cómo se 
arrullan. 

— En vano es luchar — exclamó el tutor vencido y 
humillado* — Llevadme adonde os plazca. 

— A la tierra de Noé en el Ararat — gritó Benjamíni 

— Sea — balbuceó el sabio ; pero por lo bajo añadió : 
— todavía puedo vengarme. 

Y los excursionistas, después de recoger abundante 
cantidad de aquel pan del cielo y de reconfortar sus 
perdidas fuerzas, obligaron á don Sindulfo á dejar 
desembarazados los movimientos del Anacronópete, 
encerrándole luego por precaución en el cuarto de los 
relojes para no verse expuestos á algún nuevo rapto 
de locura. 



2o6 



ENRIQUE GASPAR 



— Que nadie ce coma laz plumaz de laz codornicez 
que han de cervir para hacerle un plumero al zabio. 

—¿No se lo decía yo á usted, señorita? — observó 
Juana. — Nosotros somos como los tentetiesos ; aunque 
nos tiren de cabeza, siempre caemos de pié. 

Y el Anacronópete emprendió su majestuosa marcha 
sobre el pueblo escogido por Dios, al que aún tuvieron 
ocasión de ver atravesando el mar Rojo á pié enjuto 
mientras sus aguas, uniéndose tras él, abrían ancha 
tumba á los ejércitos del cuarto Amenophis. 



■^ 

















CAPITULO XX 

El mejor, no porque sea el más bueno, sino por ser el último 




|ESTEABAN tranquilamente los pastores mien- 
tras el ganado se esparcía por la falda de la 
montaña ó por las laderas de dos ríos que, 
al cruzar sus brazos, parecían decirse estre- 
chamente adiós como si presintieran que en su curso 
iban á separarse para no volver á reunirse nunca. 

Los labradores en el valle, congregados en familia, 
dormitaban bajo sus tiendas, soñando tal vez al res- 
guardarse de los rayos del sol, en el botín que la noche 
les reservaba en el ataque de la vecina tribu. 

La mujer, reducida en aquellos tiempos á la condi- 
ción de animal el menos mimado del hombre, adere- 



208 ENRIQUE GASPAR 



zaba las pieles que habían de servir de envoltura al 
fornido Triptolemo y al infatigable Nemrod, ó dispo- 
nía el tasajo con cuyos restos, disputados á los canes, 
se la premiaba el ejercicio de la maternidad. 

Dominando el campamento sobre una no muy ele- 
vada colina, alzábase la tienda del jefe, donde éste y 
los ancianos organizaban el pillaje y resolvían las di- 
ferencias de la tribu con veredictos que nada tenían 
de común con la justicia. 

El descenso del Anacronópete en aquel risueño valle, 
produjo en la nómada multitud la extrañeza supersti- 
ciosa y cobarde que en la ignorancia infunde siempre 
lo desconocido. Al despertar sobresaltados por el aviso 
de los vigías, todos apercibieron sus hondas, empu- 
ñaron sus cayados y corrieron adonde el consejo estaba 
reunido para preguntar tumultuosamente si era al 
ataque ó á la defensa á lo que debían disponerse. 

Aunque la caída del vehículo tenía algo de sobrena- 
tural á sus ojos, y los trajes de los expedicionarios au- 
mentaban su confusión, la exigüidad del número con 
relación á la tribu restableció la confianza y se deter- 
minó dejarlos avanzar para despojarlos en sazón opor- 
tuna y repartirse las mujeres entre los que más se 
distinguieran por la noche en el rebato del aduar ene- 
migo. 

En aquel momento una negruzca nube, que poco 
antes empezara á subir por el horizonte, llenó el valle 
de sombras y descargó en lluvia torrencial. 

— ¡ Ah de la tienda! — ^gritó Benjamín al llegar con 
los suyos á la de los ancianos. 

— Me parece que también aquí van á recibirnos con 
tanto gusto como al casero — murmuró Juanita al ver 
la actitud de la gente. 

— ^¿Por qué venís á turbar el sosiego de nuestro 
campo ? 

— Somos viajeros errantes y pedimos hospitalidad. 

— Pagadla. 



EL ANACRONÓPETE 



209 



— Ved nuestra extenuación — prosiguió el políglota. 
— Reconfortad con algún alimento nuestras perdidas 
fuerzas. 

Y la verdad es que, hartos de codornices, los excur- 




sionistas deseaban adquirir á cualquier precio una ca- 
zuela de modestas sopas de ajo. 

— Trocadlo por vuestras vestiduras— repuso el jefe. 
— Aquí no se da nada sino por algo. 

Convenido el trueque, se transmitió la orden de ser- 
virles leche, frutas y un par de recentales. 



2IO ENRIQUü: GASPAR 



Entre tanto la tempestad seguía rugiendo y el eco 
de las descargas eléctricas repercutía en el valle con 
impoqente fragor. 

—Mirad, mirad esa coleccción de ancianos venera- 
bles— repetía Benjamín dominado por su idea y con- 
templando con éxtasis la ratificación de sus esperanzas 
en aquellas cabezas cubiertas de nieve.— -Decidme si 
no son ellos los que poseen el secreto de la inmorta- 
lidad. 

— i Cuántoz añoz tiene usted, abuelo ? 

— Quinientos setenta y cinco— repuso el interpelado 
al enterarse por Benjamín de la pregunta de Penden- 
cia. 

— Gemelo de usted— dijo Juanita á don Sindulfo que, 
absorto y reflexivo, sólo dejaba escapar una sonrisa de 
satisfacción cada vez que el rayo iluminaba la tienda 
con su cárdena luz. 

— Puez habrá usted conocido á Mahoma. 

— Creo prudente, don Benjamín— observó el capitán 
de húsares — que mientras disponen los alimentos, 
aclare usted su enigma á fin de emprender el rumbo 
hacia nuestras tierras. 

— Si... voy á realizar mi sueño dorado. 

Temblando de emoción y rodeado de sus compañe- 
ros que, después de tantos peligros, esperaban sabo- 
rear las delicias del triunfo, el paleógrafo sacó los 
cordeles encontrados en Pompeya, y enseñándoselos 
avaramente al jefe de la tribu : 

—A ver— le dijo— si podéis descifrarme esta escri- 
tura de que sólo me ha sido dado interpretar los pri- 
meros caracteres. 

Todos los circunstantes contenían la respiración. El 
cinco veces centenario patriarca repasó los nudos en- 
tre sus dedos y, lanzando una carcajada estrepitosa : 

— ¡ Mirad I — exclamó haciendo circular el documento 
entre los suyos que con irreverentes signos de despre- 
cio hicieron coro á la hilaridad del anciano. 



EL ANACRONÓPBTE 2 I I 



— ¿ Pero en suma ?...— preguntó Benjamín con des- 
concierto. 

— Esto son tonterías del soñador Noé : consejos que 
ha repartido por todas las tribus para curarnos de lo 
que él llama la corrupción de los hombres. 

— i Qué ? —interrumpieron los circunstantes presin- 
tiendo algún desengaño. 

— Él sabe que nosotros no nos acomodamos sino con 
el robo, el pillaje y el escándalo, y pretende que Dios, 
á quien no conocemos, va á castigarnos con sus iras. 

— No parece que os ha escarmentado el Diluvio- 
objetó Benjamín ante aquella tan paladina como des- 
vergonzada confesión. 

— ^ El Diluvio ? No sé. Nosotros venimos de luengas 
tierras. 

— ^ Pero no habéis experimentado una inundación 
general ? 

— No en mis días. 

— Bien hice yo en sostener en el Ateneo que el cata- 
clismo no había sido universal. En fin ; volviendo á 
nuestro asunto, aquí dice: «Si quieres ser inmortal, 
anda á la tierra de Noé y»... 

— «Y él— prosiguió el viejo interpretando la escritura 
—enseñándote á conocer á Dios te dará la vida eterna.» 

Los expedicionarios no pudieron reprimir un movi- 
miento de indignación contra Benjamín, al ver redu- 
cido á un precepto moral loque ellos acariciaron como 
receta empírica. Todo se explicaba perfectamente: 
los cordeles transmitidos á varias generaciones ha- 
bían sido enterrados bajo la estatua de Nerón por 
algún cristiano habitante de la Campania deseoso de 
eludir las persecuciones del siglo primero ; y el occi- 
dental refugiado en China, descendiente suyo é ini- 
ciado en el secreto, se había introducido en Ho-nan 
para difundir la doctrina del Salvador anteponiéndose 
á las gloriosas conquistas de las misiones católicas en 
el extremo Oriente. 



ENRIQUE GASPAR 



— {De nÍQdo ?... — balbuceó el políglota ruborizado... 

—Que nos ha hecho usted pasar las de Caín — repuso 
Juanita — para aprender lo que desde chiquitines sa- 
bíamos ya por el catecismo del Padre Ripalda. 

^Ci zon uztedes doz zabioz de cimilor !... 

Las pullas y las diatribas no hubieran tenido fin sin 
una detonación espantosa que, pareciendo conmover 
hasta los cimientos del mundo, produjo un silencio de 
muerte. 

La lluvia se despeñó de golpe como si cataratas la 
vomitasen, y todos por instinto trataron de salir de la 
tienda ; pero un vigía penetrando en ella con la mirada 
errante : 

— ¡ Salvaos! — dijo con terror. — El firmamento se des- 
gaja ; los ríos han roto sus barreras y el valle ha des- 
aparecido bajo las hondas encrespadas de un mar de 
espuma. ¡ Á la montaña ! 

— ¡A la montaña! — gritóla tribu desapareciendo al 
par que la tienda : — aquella impelida por el pánico ; 
ésta arrebatada por el huracán. 

Las mujeres, perdiendo el sentido, impidieron em- 
prender la fuga á los anacronóbatas, que con espanto 
velan flotar los cadáveres sobre las aguas, ganar los 
vivos las alturas, iluminar el espacio sierpes de fuego, 
y sobre el negro fondo del horizonte subir el nivel de 
aquella rugiente masa líquida hasta lamer la cúspide 
del montículo que les servía de base. 

— ¡ Valiente chaparrón, caballeroz. ¿ Ci cera el Dilu- 
vio ? 

—Imposible— dijo Benjamín.— Aquella catástrofe tu- 
vo lugar en el 3308 antes de Jesucristo y nosotros 
hemos hecho alto en el 2971 ó sea 337 años antes. 

— i Y mi venganza ? — vociferó don Sindulfo con la 
alegría de una satánica satisfacción. 

— ¿ Cómo ? 

— Me habéis encerrado como una fiera en el cuarto 
de los relojes y yo los he retrasado para que, dirigidos 



EL ANACRONÓPBTB 21 3 



por un falso cómputo, seáis víctimas conmigo de esta 
conflagración universal. 

Un rugido prolongado sucedió á las palabras del im- 
placable loco. La situación era insostenible; las aguas 
desprendían bajo los pies de los viajeros las piedras de 
la colina, y la oscuridad era tan profunda que á dos 
pasos no se distinguían los objetos. Las fuerzas de 
Luis cedían al peso de su preciosa carga. Ello no obs- 
tante trató de subir hasta la punta del promontorio; 
pero una ráfaga le derribó y Clara desasida de sus 
brazos sepultóse en el abismo. 

— ¡ Dejarme á mí que nado como un boquerón ! — 
dijo Pendencia y se arrojó al agua ; pero al caer, sin 
lastimarse gracias á la inalterabilidad, en vez de su- 
mergirse en un cuerpo líquido dio con el inanimado de 
Clara tendido sobre una superficie sólida y dura. Un 
manojo de rayos iluminó el firmamento, y á su res- 
plandor pudo el intrépido soldado medir la inagotable 
bondad de la Providencia, enviándole en un grito 
agudo todo un himno de alabanza. 

— ¡El cangrejo! — exclamó reconociendo el Anacro- 
nópete y recordando su condición retrógrada. 

Era en efecto el vehículo, que arrastrado por la co- 
rriente flotaba sobre las olas junto á aquella colina 
que de tumba se había trocado en embarcadero. 

Don Sindulfo, con los ojos inyectados en sangre, fué 
el primero en penetrar en él ciego de cólera. 

El trasbordo se verificó sin dificultad por la galería 
que recibiera á Clara y al asistente , y unos segundos 
más tarde los expedicionarios, hendiendo aquella cor- 
tina de agua y fuego, seguían su curso navegando por 
la más diáfana y apacible de las atmósferas primitivas. 

Ocupados en prestar auxilios á las enfermas y pre- 
ocupados con la duración del síncope, todos advirtieron 
que andaba; pero á nadie se le ocurrió preguntar 
quién había puesto en actividad al coloso. Luis, ante 
el temor de que su pobre tío cometiese por razón de 



214 



ENRIQUE GASPAR 



SU estado alguna nueva imprudencia, le puso cuatro 
centinelas de vista señalándole otros tantos pies cua- 




drados de zona de movimiento fuera del alcance del 
mecanismo. 

En las primeras horas se desconfió de salvar á aque- 
llos exánimes seres harto resistentes hasta entonces á 
tantas vicisitudes; pero la juventud suele acordarse en 



EL ANACRONÓPETE 21 b 



medio de sus derrotas del indisputable derecho que 
la asiste a la vida, y provoca crisis tan rápidas y abso- 
lutas como la que á nuestras simpáticas viajeras de- 
volvió el uso de sus facultades. 

Abrazado que se hubieron como hacían después de 
haber corrido algún gran peligro, por cuya razón pa- 
réceme que si no los deseaban tampoco los temían, 
nadie pensó sino en la felicidad que al regreso les es- 
peraba. 

— j Ah ! — decía Juanita. — Cuando yo vuelva á oir 
pregonar por Madrid la Correspondencia... 

— Nada, nada; cada oveja con zu pareja. Uzté, capitán, 
con la ceñorita ; don Pichichi con la emperatriz y yo 
con la doncella (perdonando el modo de ceñalar)— con 
lo que se refería á un cariñoso golpe que le había dado 
ea la espalda á la de Pinto— noz vamos á la parroquia, 
noz echa el cura el garabato y á vivir. 
— A este paso no tardaremos en llegar— adujo Luís. 
Entonces fué cuando el poliglota fijó mientes en la 
vertiginosa rapidez que llevaban ; pero ignorando si la 
imprudencia estaba de 3u parte, se calló limitándose 
á consultar los relojes que con gran asombro suyo en- 
contró desmontados y con las manillas fijas en el 
año 3308, época del Diluvio que habían traspuesto 
hacía seis horas. 

— I Qué es esto ? — se preguntó alarmado. Y abriendo 
uno de los discos del laboratorio, trató de reconocer 
la posición. Aquello era horrible; las alternativas de 
luz y sombra se sucedían como las vibraciones de un 
timbre eléctrico en que la transición del sonido al si- 
lencio no deja espacio perceptible. De vez en cuando 
el Anacronópete suspendía su marcha ; diríase que se 
procuraba algún reposo, tras del cual, nuevo Judio 
Errante, emprendía su curso como si una voz oculta 
le gritase : «Anda.» Aprovechando estos fenómenos, 
para él incomprensibles, Benjamín con la vista clavada 
en el telescopio asistía al desfile de la descomposición 



2l6 ENRIQUE GASPAR 



de la naturaleza. Ora, al cruzar la antigua Hélade, ro- 
baba sus secretos á la mitología apercibiéndose de que 
los cíclopes no eran más que los primeros explotadores 
de las minas bajando á las entrañas de la tierra con 
una linterna en la frente, convertida por los poetas en 
un ojo ; ya al cortar los confines del Asia y de la Amé- 
rica, sorprendía que los siberianos habían sido los po- 
bladores de las regiones descubiertas por Colón, pues 
los veía atravesar en caravanas, lo que entonces era 
un istmo, abierto más tarde por las aguas para formar 
el estrecho de Behring ; el Mediterráneo no existía ; 
los Alpes eran una llanura ; el desierto de Lybia un 
mar. Tras los hijos de Caín, aparecía el cadáver de 
Abel: después del Paraíso la Creación... 

Una carcajada sacó á Benjamín de su estupor : era 
don Sindulfo que, recreándose en el asombro del ar- 
queólogo, gritaba en el paroxismo de la locura: 

—Habéis provocado mi venganza y yo po cejo en la 
empresa. 

— ¿Qué? — exclamaron todos presintiendo alguna 
nueva desventura. 

— Creíais caminar hacia adelante, y ya veis que se- 
guís retrocediendo. 

— ¿ Pero aquí no se acaban las tribulaciones ? — decía 
Juana. 

— Ce noz orvidó trincarlo. 

— Cambiemos de rumbo. 

—Sí. 

— Es inútil — prosiguió el loco con sus carcajadas 
convulsivas. — ^ No observáis que viajamos con una ve- 
locidad quintuplicada ? No hay quien nos detenga : he 
destruido el regulador, y el Anacronópete disparado 
corre á precipitarse en las masas candentes primiti- 
vas. 

— ¡Horror!... 

—La niuerte nos espera á todos en el caos. 

— jEl caos! 



EL ANACRONÓPETE 21 J 



— Mirad. 

Y en efecto; á través del disco brillaba una tenue 
luz, principio del orden de la naturaleza y fin de la 
confusión de los elementos ; pero, al retrogradar, la 
masa caótica iba espesándose gradualmente, y el grue- 
so vidrio no alcanzaba á resistir los aluviones de agua, 
tierra y fuego que, agitados por el aire suspendían á 
intervalos y con violentos choques el empuje del vehí- 
culo flotante en aquel barro incandescente. La inalte- 
rabilidad había perdido sus propiedades ; la asfíxia se 
apoderaba de los viajeros, por el calórico desprendido 
de las paredes ; hasta que por fin el cristal fundido, 
dando paso á un torrente de sustancias ígneas, se abrió 
con el estampido de cien volcanes!!! 



Era el público del teatro de la Porte Saint Martin 
que, concluida la representación de una comedia de 
Julio Verne, premiaba la inventiva del autor. Juanita 
con Pendencia y los agregados militares enviados por 
nuestro gobierno á la exposición de París, ocupaban 
unos asientos de galería. Clara, casada desde la víspe- 
ra con Luís, compartía con éste las miradas de los cu- 
riosos en un palco de proscenio, acompañada de su 
tutor y de su inseparable amigo el arqueólogo, parte 
integrante de la existencia de don Sindulfo desde que 
perdió á la muda en las playas de Biarritz, y atraídos 
ambos á la Babilonia moderna por el aliciente del uni- 
versal concurso. 

Ya se comprende lo demás : el tutor se había dor- 
mido y había soñado. Cuando por el camino contó el 
sueño á su familia, todos rieron grandemente ; lo que 
dudo mucho que haya acontecido á mis lectores con 
este relato. Y no obstante hay que reconocer que mi 
obra tiene por lo menos un mérito : el de que un hijo 



2l8 



ENRIQUE GASPAR 



de las Españas se haya atrevido á tratar de deshacer 
el tiempo, cuando por el contrario es sabido que hacer 
tiempo constituye la casi exclusiva ocupación de los 
españoles. 




VIAJE A CHINA 



CARTAS AL DIRECTOR DE «LAS PROVINCIAS» 








Macao^ ^6 Sbrc* 1878. 



Querido amigo: Alas diez 
en punto de la mañana del 11 
~ : " de Agosto, el vapor Tigris y de 

las Mensajerías Marítimas, lar- 
gó sus amarras, y como flecha salida del arco, se |des- 
prendió de Marsella con rumbo al extremo Oriente. 

Todos tus lectores saben sin duda lo que es un bar- 
co ; pero pocos habrán estado á pupilo en uno correo 
durante treinta y ocho días, y por si alguno llegara á 
necesitar ese hospedaje, allá van unos cuantos infor- 
mes sobre el particular. 

Los buques tienen su fisonomía como las personas ; 
pero como en ellas, el cruzamiento de razas influye en 
la alteración de las facciones. No sé si la estética naval 
ó la conveniencia indujo, no hace mucho, á los ingle- 
ses á suprimir el tajamar en sus steamers^ y natural- 
mente, del comercio de sus astilleros con las naciones 



222 ENRIQUE GASPAR 



marítimas, resultó una generación de buques chatos 
que se pasea por los mares con los quevedos en la 
frente, puesto que los dos vigías de proa ya no en- 
cuentran narices sobre qué cabalgar. El Tigris^ harto 
viejo para someterse á las exigencias de la moda, con- 
serva aún su cartílago nasal, y hace bien, pues tengo 
para mí que en cuestiones de navegación, tan indis- 
pensable es el olfato como la vista. 

La patrona de estos pupilajes, que se llama Agencia 
general, y que tiene sucursales en las cinco partes del 
mundo, reside en Marsella, y le indica á uno el cuarto 
que puede ocupar en tal ó cual de las nueve casas que 
desde la Joliette hasta Shang Hai tiene en aquel mo- 
mento disponible; y he aquí lo que por 52 francos 
y 50 céntimos al día puede exigir el huésped. 

Una de las dos camas de que se compone cada ca- 
marote y los accesorios correspondientes á un cuarto- 
tocador con ropa ; un camarero ; baño diario, caliente 
ó frío ; un peluquero ; el derecho de usar como costu- 
reras á las camareras destinadas al servicio de señoras; 
un médico; un boticario; cuarenta fogonistas, africa- 
nos, en su mayor parte salidos del golfo de Aden, 
encargados de alimentar los hornos ; un primer ma- 
quinista y cuatro segundos; dos cocineros con sus 
marmitones correspondientes ; un maítre ct hotel y docQ 
criados para las mesas de primera y segunda ; cerca 
de cuarenta chinos para el servicio secundario, entre 
los cuales algunos boys (voz inglesa que significa mu- 
chacho ó criado de distinción), consagrados á agitar 
las pancas de que hablaré á su tiempo ; un capitán de 
armas conservador de las de á bordo, y con el deber 
de cerrar las escotillas de los camarotes cada vez que 
al mar se le hinchan las narices y amenaza invadir el 
buque por la menor abertura ; dispenseros ; carniceros; 
un repostero ; sobre cincuenta tripulantes para poner 
y quitar las cortinas de los balcones, según el viento 
que sopla ; un agente de correos ; un comisario, á cuyo 



VIAJE Á CHINA 223 



cargo corre la administración general, pago de habe- 
res, compra de provisiones y que recibe las quejas de 
los inquiiinos si alguna tienen que formular; no sé 
cuántos timoneros ; tres oficiales y un segundo capi- 
tán, salidos del cuerpo de pilotos, cada uno de los 
cuales hace el servicio de puente durante cuatro ho- 
ras, lo que en lenguaje técnico se Waim el cuarto , y por 
último, un comandante, por lo común teniente de na- 
vio de la marina de guerra, jefe nato de todo el perso- 
nal, y por decirlo así, intendente de la casa. 

De paso, y como detalle, te diré que el carbón que 
se gasta diariamente á bordo se eleva á 50 toneladas, 
que, á 60 francos una como mínimum, representa una 
suma de 3,000 por día. 

Pasemos á la alimentación. 

A las seis y media de la mañana empiezan los des- 
ayunos de café solo ó con leche, té, chocolate, pan con 
manteca, una copa de vino generoso ú otra Jbaga tela 
por el estilo. Á las nueve y media se sirve ei almuer- 
zo, compuesto de cuatro hors doeuvres, como sardinas 
de Nantes, salchichón, agujas ú otro pastelillo de car- 
ne, huevos, manteca, ostras, langostines, etc., etc., á 
los que siguen dos platos fuertes de cocina, tan abun- 
dantes como variados, y el indispensable karrick (arroz 
con salsa muy cargada de pimienta), terminándose 
con un surtido postruario y una taza de café. Las liba- 
ciones se hacen con vino tinto francés, Marsala, Jerez 
seco, cerveza y coñac. También hay agua. 

Cuanto sale de este programa se paga á parte. 

«Y ya me tiene usted como un reloj», diría el caba- 
llero particular, hasta las doce y media, hora en que 
se sirve el tiffin^ palabra con que se designa en Asia el 
tente en pié, que en Europa llaman los ingleses y sus 
adeptos lunch, y que consta de caldo, salchichón, pollo 
ó carnes fiambres, queso, sanwiches, vino, cerveza, 
refrescos de limón y brandy, y otras menudencias. 
Concluido el tiffin, ya no se yanta nada más... hasta 



224 ENRIQUE GASPAR 



las cinco y media, en que la campana vuelve á con- 
gregar á los pasajeros en el refectorio para la comida. 
Afortunadamente esta es ligera : una sopa, un relevé, 
cuatro suculentas entradas, dos asados (de ave y de 
carne), ensalada, karrick, un plato de legumbres, dps 
entremets ó platos dulces, uno de los que muy á me- 
nudo es sustituido por un rico helado, queso, frutas 
frescas y secas, pastas, café, pan, vinos y licores. 

Y ya no toma uno otra cosa hasta las ocho y media. 
Entonces, con el pretexto de la taza de té, se paladea 
un bombón por aquí, se engulle una galleta por allá, 
se discute y se prueba experimentalmente que el san- 
v^ich es mejor por la noche que por la mañana ; y con 
una limonada ahora, un vaso de cerveza poco después 
y un grog más tarde, dan las diez de la noche, y las 
mandíbulas se entregan al reposo, para emprender de 
nuevo su tarea al romper el alba, ni más ni menos 
que un peón de albañil, sin domingos ni fiestas de 
guardar. 

Á propósito de fiestas, te diré que estas no se so- 
lemnizan, por no haber á bordo sacerdotes ; y que ha- 
biendo preguntado la causa de esta omisión, se me 
contestó, y me convencieron, que de establecer en los 
vapores un presbítero católico, habla que dar cabida 
en ellos, por equidad, á un pastor protestante, á un 
papa griego, á un dervich musulmán, á un bonzo 
chino y á tantos otros encargados de los diferentes 
cultos con que los hombres interpretan la idea de la 
Divinidad. 

Las diversiones y los espectáculos se dividen en na- 
turales y técnicos. Son naturales el whist y el ajedrez; 
el piano y canto, prodigados generalmente por los que 
menos aptitudes deben á la madre naturaleza y al arte 
auxiliar; el mareo desde la palidez, su primer síntoma 
en ambos sexos, hasta la abstinencia del tabaco en el 
hombre y la descompostura é impudibundez sin con- 
ciencia en las señoras; el rodar sobre cubierta de los 



VIAJE A CHINA 



pasajeros con sus sillas en días de marejada ; los equi- 
librios y el cojeo de aquellos valientes que se pasean 
por vanidad, y á quienes al echar el pié les falta el 
barco ; el pajarito que vuela, el pez que salta, el buque 
que se divisa, el promontorio que sale de las aguas, el 
panorama del puerto á que se arriba, y el ridiculo to- 
cado con que el europeo se disfraza por estas latitu- 
des, y que contrasta con el traje negativo de la mayor 
parte de los indígenas asiáticos. 

Constituyen los técnicos las maniobras de la mari- 
neria, que los pasajeros experimentados explican á los 
novicios con gravedad cómica y en detrimento de la 
exactitud la mayor parte de las veces; las noticias 
geográficas, hidrográficas y etnográficas con que el 
viajero se enriquece, gracias á la amabilidad de los 
oficiales ; el lenguaje de las banderas y de las luces ; 
las de Bengala con que se saludan por la noche al cru- 
zarse dos vapores de la, misma compañía, y que, to- 
madas por un incendio á bordo, hicieron salir de su 
camarote á cierta señora tan despavorida, como ligera 
de ropa, enhebrada en un enorme salva-vidas de cerca 
de dos varas de diámetro; la revista de inspección que 
el domingo pasa el comandante, seguido de su estado 
mayor, á todo el personal, vestido de gala y formado 
en su puesto; el simulacro de fuego á bordo que se 
hace cada jueves y en el que, al minuto de dar la cam- 
pana la señal de alarma, todo tripulante debe hallarse 
en su destino, la bomba funcionando, el doctor en la 
farmacia y las camareras preparando hilas y vendajes; 
por último, el zafarrancho de combate que, una vez 
en el viaje de ida y otro en el de vuelta, se simula para 
el horrible caso de abandono del buque, y que se 
practica tomando cada oficial el mando de un bote 
cuyas amarras hace picar, y saliendo primero el más 
joven con los niños, después el que le sigue en edad 
con las mujeres, el tercero con los viejos, y los sucesi- 
vos con el resto de la tripulación: todos los oficiales, 

»5 



226 ENRIQUE GASPAR 



armados de revólvers, tienen la consigna de levantar 
la tapa de los sesos al que no se someta á la disciplina 
del caso. 

/ Delisioso ! como diría el capitán de la zarzuela Ro- 
binson. 

Y enterado ya de lo que es el domicilio flotante y 
de la vida que en él has de llevar, pasemos á lo que 
podrás ver, si te da la ocurrencia de venir á hacerme 
una visita ; para lo cual principias por gastarte dos 
mil francos para meterte como un libro en el estante 
de una biblioteca ; y una vez encasillado, si el mareo 
no te vuelve tísico, ó la diferencia de climas no te 
mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la nostalgia te im- 
pele á suicidarte, ya estás seguro de que á menos de 
que la máquina estalle, ó se declare una manga de 
agua que sumerja el buque, ó que haya un incendio á 
bordo, ó que otro barco aborde el tuyo, ó que un error 
de cálculo en una noche oscura te haga estrellar con- 
tra una roca, ó que el mistral te quiera guardar en el 
Mediterráneo antes de que el Monzón pueda engullir- 
te en el Océano índico ó devorarte un TiíFón en el mar 
de la China, ya estás seguro, repito, de llegar sano y 
salvo á Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus pla- 
yas: tMe separan de mi casa treinta y ocho días de 
mar y tres de tierra, descompuestos en tres mil leguas 
de veinte al grado. Aquí son las ocho de lanoche y en 
mi patria apenas si será medio día : me hallo en pleno 
Celeste Imperio y he hecho la mitad de la vuelta al 
mundo : escribiré mi llegada á la familia y antes de 
tres meses tendré la contestación, si la manda á correo 
seguido.» 

Créeme, llévate pañuelo, porque sino tendrías que 
secarte más de una lágrima con el dorso de la mano. 

En fin, no pensemos más en ello ; el comandante so- 
bre el puente, grita con voz de trueno: 0iLarguez tout: 
en avantt>, y las amarras se divorcian de los bitones. 

Partamos. 




Macao, 8 de Octubre de 1878. 



Querido amigo: No me exijas que entre en un aná- 
lisis profundo de las cosas que vamos á ver. Recuerdo 
aún la sorpresa que me produjo siendo niño, y ya em- 
pieza á ser larga la fecha, el primer prestidigitador 
que admiré en un teatro, y el desengaño que experi- 
menté cuando, ya mozo, supe que tenían doble fondo 
las cajas; y desde entonces, siempre que puedo, me 
limito á la superficie, sin meterme en honduras, con- 
vencido de que la ilusión es más bella que la realidad. 

Te convido, pues, á una función de fantasmagoría 
sin alardes de erudición, en la que, si errores cometo, 
no serán de trascendencia, puesto que no trato de 
producir enseñanza. 



228 ENRIQUE GASPAR 



Pasemos el estrecho de Bonifacio, con la Córcega á 
un lado y la Cerdeña ai otro. ¿Ves á la derecha una 
casita blanca con un toldo de pámpanos? Es la resi- 
dencia de Garibaldi en Caprera. El brazo de la unidad 
italiana está allí para señalar enfrente al viajero la 
cuna de los Booapartes. 

Alborea el día 137 fondeamos en Ñapóles. Su exten- 
sa y hermosa bahía se baña de luz; los vendedores de 
objetos de coral y de lava invaden el Tigris, mientras 
los músicos ambulantes, metidos en lanchas, te salu- 
dan con sus cantos populares, llenos de poesía y eje- 
cutados con una admirable precisión por jovencillas 
vivarachas de ojos de fuego, para quienes la música es 
como la palabra : no saben cuándo la aprendieron. 

El vapor debe zarpar á las nueve, y no hay tiempo 
para visitar todo lo notable que encierra este primer 
punto de escala. Afortunadamente, yo la conozco des- 
de mi regreso de Atenas y voy, aunque muy de prisa, 
á señalarte lo que más impresión ha de producirte. 

Figúrate que desembarcamos á las seis de la tarde. 

En primer lugar, tomemos un sorbete en casa de 
Benvenuto ; es un tributo que hay que pagar al gran 
confeccionador de helados que tiene Europa. Por me- 
dia lira, ó sean dos reales, te sirven una como rodaja 
de queso de bola, de dos dedos de gruesa y en forma 
de media luna, que te deja recuerdo indeleble del nom- 
bre de pezzi con que lo bautizan. De allí nos vamos al 
teatro de San Carlos, suntuosa edificio dirigido por 
un arquitecto español y academia en que se sanciona, 
como en la Scala de Milán, la fama de los artistas líri- 
cos. 

Ya es media noche y el estómago pide que nos ocu- 
pemos de él; por consiguiente, en lugar de meternos 
entre las ahogadas paredes de un restaurant, nos va- 
mos á Santa Lucia. Allí, á la orilla del mar, al aire libre, 
sobre magnificas mesas de mármol, alumbradas por 
globos de gas, unos criados vestidos de rigurosa eti- 



VIAJE A CHINA 229 



queta nos sirven pescado frito, langostines y ostras 
frescas, que unas vendedoras muy jóvenes y bien ata- 
viadas abren y preparan en elegantes casilicios alinea- 
dos al borde del parapeto del muelle ; y todo esto ro- 
ciado con Salerno y Siracusa, y amenizado con las 
picarescas canciones de tanta Malibrán en flor y tanto 
Paganini degenerado como fecunda en aquella tierra 
privilegiada la lava del Vesubio. 

Una carretela nos aguarda. Subamos á ella y siga- 
mos la herradura de la bahía. Al cabo de dos horas de 
marcha, me preguntas admirado si aquella calle de 
Ñapóles no acaba nunca; y tu asombro crece de punto 
al saber que hace más de una y media que hemos 
dejado la ciudad, y que aquella serie interminable de 
quintas, caseríos, villas y hasta palacios, no son otra 
cosa que pueblecillos, jardines y granjas qué se suce- 
den sin interrupción ni intervalo desde Ñapóles hasta 
Reggio, extremo occidental de la Italia en el estrecho 
de Mesina. Nosotros nos paramos en Poriici, donde, á 
defecto de la Muda del maestro Auber, encontramos á 
UQ locuaz arriero, que nos prepara las caballerias para 
la ascensión al Vesubio. 

Larga y penosa ésta, fuera del interés científico que 
puede despertar en un geólogo, no tiene otro encanto 
que la satisfacción de haber marchado sobre cenizas, 
la vanidad de haber tocado los bordes de su inmenso 
cráter y oído la bronca respiración de sus pulmones; y 
para el que, como yo, madruga poco, haber asistido á 
la iluminación del golfo por los primeros rayos del sol 
naciente. Plata en el mar, verde en la montaña, rojo 
en el horizonte, azul en el cielo, tornasoles en la ciu- 
dad, perfume en el ambiente, música en el espacio, 
luz en el aire. Tú, poeta, dispon en tu fantasía y como 
te dicte el sentimiento, los colores y los ruidos que te 
libro á granel; pero que son los verdaderos compo- 
nentes de una alborada en Ñapóles. 

Desde alU, y por otra vertiente, las acémilas nos 



23o ENRIQUE GASPAR 



bajan á Pompeya, sepultada en el primer siglo de la 
era cristiana y descubierta en tiempo de Carlos III, de 
la que hoy se conoce ya todo el perímetro y más de 
tres cuartas partes de la ciudad están desenterradas. 
¿ Qué podré decirte de ella ? Su orden arquitectónico 
te es bien conocido. Pues bien ; imagínatela toda cor- 
tada á la altura del primer piso de sus casas y sin más 
que la planta baja en pié. Pórticos, vestíbulos, patios 
con fuentes microscópicas y detalles liliputienses, y 
detrás el gyneceo ó habitaciones para las mujeres: co- 
lumnas estriadas como base de apoyo, mosaicos por 
adorno y el cave canem inscrito en el suelo cerca de la 
perrera, como aviso prudente para las pantorrillas del 
visitante. Parece una ciudad cuyos moradores han 
salido para asistir á alguna fiesta cercana, y á cada 
momento crees que van á hacer irrupción en sus do- 
minios. En su museo se admiran cosas sorprendentes: 
trigo y legumbres carbonizadas, pan cocido el día de 
la erupción, aceite metido en tinajas, joyas pertene- 
cientes á los cadáveres, que se han encontrado envuel- 
tos en una capa petrificada de lava y azufre, y de los 
que han sacado vaciados en yeso, conservando la po- 
sición en que los sorprendió la muerte ; papiros á los 
que se da cierta consistencia con una substancia quími- 
ca, y que colocados bajo una campana de cristal, se 
los sujeta á un aparato que desenvuelve dos milíme- 
tros por día, hasta que toda la h(jja desarrollada, se la 
fotografía, y pegada á un cartón, pasa á enriquecer la 
biblioteca de manuscritos, más notable bajo el punto 
de vista de la curiosidad que de la historia. ¡ Qué im- 
presión al visitar aquel teatro donde resonó la musa 
de Planto y de Terencio ! ¡ Qué movimiento de horror 
ante aquel circo, donde tantos gladiadores han apaga- 
do con su sangre la sed de espectáculos cruentos del 
pueblo latino ! ¡ Qué sobrecogimiento ante aquel foro, 
que Cicerón ha sabido llenar con su presencia cuando 
para reposar de las tareas de Roma, iba á solazarse 



VIAJE Á CHINA 23 I 



durante el estío en la patricia residencia pompeyana! 
¡Qué asombro al visitar aquellas termas, germen en 
un principio de salubridad y de higiene en una raza 
guerrera ; fomentador más tarde de la corrupción y la 
molicie en aquellos imitadores de Capua ! j Qué ver- 
güenza en aquellos templos del amor, con sus lechos 
de mármoK sus estimulantes del deseo artísticamente 
pintados en las paredes, y su padrón de ignominia es- 
culpido en la puerta como testimonio de la divinidad 
á que se rendía culto ! 

Las ruinas de Herculano son más importantes en el 
concepto del arte; pero lo difícil del descenso y la pre- 
mura de nuestro viaje nos impiden ir á verlas. 

Tomemos el tren, y atravesando verjeles llenos de 
quintas, con sus colgantes de macarrones puestos á 
secar en todas las ventanas (y de que el pueblo napo- 
litano hace un inconcebible consumo, comiéndolos la 
gente baja con las manos y por madejas), volvamos á 
Ñapóles, y á uña de caballo, echemos una ojeada al 
museo de Borbón. Vasto y suntuoso edificio ; posee 
numerosos y notables cuadros; y en escultura se hon- 
ra con el grupo <ie Farnesio ; pero como no podemos 
apreciar una por una las bellezas que atesora, vamos 
á ceñirnos á una sola, aunque típica especialidad. Me 
refiero á la venta de copias de aquellos lienzos maes- 
tros, ejecutadas, no diré por artistas, mas sí por obre- 
ros del arte de Apeles que, á centenares, invaden las 
espaciosas crujías del palacio y asaltan al curioso con 
ofertas tentadoras y en competencia sin igual. Allá va 
un ejemplo para muestra : una copia de una Santa 
Familia del Sarto, midiendo media vara, tendida en 
un bastidor con cuñas, y aunque ligeramente tratada, 
representando un trabajo de tres sesiones por lo me- 
nos, me ha sido adjudicado en la suma de.... una 
peseta! 

Y basta, que nos esperan á bordo. Atravesemos á 
escape la Chioja y Toledo, las dos grandes arterias de 



232 ENRIQUE GASPAR 



la populosa Ñapóles, el palacio real y la multitud de 
teatrillos que, como hongos, salen por todos lados; y 
mientras el Tigris larga sus amarras, echemos unas 
monedas de cobre á esos buzos, que desde su lancha 
nos desean buen viaje. Míralos cómo se zambullen, 
cómo luchan en el agua, y cómo, por fin, el más hábil 
se presenta en la superficie, llevando en la boca los 
dos cuartos de la presea. Por fin, zarpamos ; los músi- 
cos ambulantes entonan desde sus canoas una marcha, 
cuyos ecos se van debilitando poco á poco ; la bahía 
parece como que se contrae, y la ciudad como que se 
repliega ; ya un solo punto luminoso se ve en el hori- 
zonte: el Vesubio; después su aliento... después nada; 
el mar, tan imponente cuando aleja al viajero; tan 
juguetón y bullicioso cuando le vuelve á los suyos! 

Á las nueve de la noche, el Stromboli, como faro de 
las islas Líparis, se presenta por estribor, arrojando 
fuego de su cráter. Á media noche, el vapor corre en- 
tre dos cordones de luces; son Mesinay Reggio; Scila 
y Caribdis. La Sicilia se borra por fin con la vaga 
silueta del Etna, y al otro lado la Calabria ulterior se 
pierde en las olas y se confunde en la? bruma. Dosdias 
después llegan hasta nosotros las brisas del archipié- 
lago griego que, envidiosas de la isla de Candía, que 
nos sale al paso, trepan por sus ásperas montañas, y 
nos saludan con la más cariñosa de las sonrisas ; y 
el 17, á las dos de la tarde, el vigía de Daimieta anun- 
cia nuestra llegada á Puerto-Said. Estamos en África. 

Instintivamente la mirada se vuelve hacia atrás como 
buscando algo que se lleva el agua al borrar la estela 
de nuestro barco. Es que acabamos de dejar una parte 
del mundo ; la nuestra. | Adiós, Europa I 

Hay dos itinerarios para llegar hasta el mar Rojo; 
el que seguimos nosotros y el que se hace desembar- 
cando en Alejandría y tomando el ferro-carril que pasa 
por el Cairo y va á Suez. Este último es más largo, no 
por la duración del viaje, sino porque una vez en la 



VIAJE Á CHINA 233 



capital del Egipto, ¿ quién se vuelve sin visitar la Es- 
finge, la pirámide de Gizeh, las demás tumbas de los 
Faraones y lavarse en la corriente del Nilo } 

He dicho que el viaje es más largo, no por su dura- 
ciórij y debo rectificar este aserto, pues según me han 
referido, parece ser que la locomoción ferro-cativa de 
los Jellah, hace de la lentísima española algo vertigino- 
so, como los convoyes de San Francisco de California 
á Nueva- York, pues entre otras causas hay la muy 
poderosa de que cuando al maquinista se le cae la 
petaca, ó encuentra á un amigo que sigue á pié la ruta, 
para el tren, y recoge á una ó á otro, sin que nadie le 
dirija cargos por ello. 

Nosotros, ya puestos en la boca del canal, seguire- 
mos la recta trazada por el inmortal Lesseps. 

En Puerto- Said desembarcan los pasajeros para 
Beirut, Damasco, Smirna, y toda la costa de Siria y 
Palestina, y en los que seguimos al extremo Oriente, 
empieza á verificarse la metamorfosis reglamentaria 
de trajes, usos y costumbres. 

Lo primero es despojarnos de todo sombrero á la 
europea, y calzarnos el hélmed (con h aspirada); casco 
para el uso de los ingleses en la India, que le da á uno 
el aspecto de un cocinero de bomberos, en razón de la 
forma del utensilio y de la blanca funda que lo reviste. 
Á este preservativo de la insolación sigue el aligera- 
miento de traje, como recurso contra los calores sofo- 
cantes que nos aguardan, y que consiste en la sustitu- 
ción de la lanilla por el lino y el empleo de la morisca 
por la noche. La morisca es un traje de algodón, com- 
puesto de calzones anchos y blusa de manga perdida, 
que se viste con exclusión de camisa é interioridades 
equivalentes. A bordo da comienzo el consumo de 
arroz hervido, rociado con una salsa muy picante, de 
la que toma el nombre de Kury para los ingleses, Cary 
para los franceses, y que todos, indistintamente, lla- 
mábamos Karrik en tono de broma, porque, como 



234 ENRIQUE GASPAR 



dicha prenda de vestir, servía de abrigo al estómago 
contra el desnivel de calórico producido por la trans- 
piración. Las pancas, que son como unas bambalinas 
de lona pendientes del techo, forradas de algo que sin 
hacerlas pesadas las vuelva consistentes, y que se 
adornan con un volante al canto, son puestas en movi- 
miento de vaivén por un chino que, desde el extremo 
del comedor tira de la cuerda que las une todas, y que 
es como la mano de aquellos abanicos, encargados de 
refrescar el aire á las horas de comer; ó lo que es lo 
mismo, constantemente. Por último, se nos da la orden 
de dormir sobre cubierta, pues ha habido casos, como 
el de unas religiosas que por pudor se quedaron en el 
camarote, y amanecieron asfixiadas por la atmósfera 
de fuego que reina por las noches, principalmente en 
el mar Rojo. 

Puerto-Said no tiene nada de notable, aunque su 
porvenir es inmenso ; ciudad brotada de la apertura 
del itsmo, no hay nada en ella, fuera del sol, que acu- 
se el carácter oriental ; todo está construido á la euro- 
pea, si bien con arreglo á las exigencias locales; su 
faro recuerda los de los puertos franceses; su plaza de 
Lesseps es un pequeño square á la inglesa ; las casas, 
aun las más fastuosas, como la agencia de las mensa- 
jerías y las oficinas del canal, podrían pasar por quin- 
tas de recreo en los alrededores de Roma, ó en la 
campiña de Pau ; las tiendas, pobres en general, se 
parecen á las de una provincia de segundo orden de 
España. 

Las calles, tiradas á cordel y á medio construir, son 
un remedo, en fin, de las modernas poblaciones. En 
ellas abundan los cafés cantantes con orquestas alema- 
nas, biliares, ruletas y demás entretenimientos. Pero 
lo que á Puerto-Said le falta como sello urbano, lo 
suple con creces con la diversidad de razas orientales 
que lo pueblan. Desde el negro del Sudán que en la 
barcaza conduce el carbón para El Tigris, hasta el chi- 



VIAJE Á CHINA a35 



priota que vende fotografías eo el bazar, todo difiere 
de lo nuestro. Ya es el indolente mozo de cordel, que 
sucio y harapiento, acorta su miseria durmiendo en 
la arista de sombra que proyecta en la calle el alero 
de un tejado; ya el habitante de la Arabia pétrea, que 
con su túnica azul y su tabardo gris, ostenta sobre un 
fondo de luz los viriles y correctos contornos de una 
fisonomía abierta como el desierto ; ya el beduino de 
la fuente de Moisés, con la bruñida y negra faz, desta- 
cándose sobre el blanco y recogido turbante, y acari- 
ciando la espingarda, compañera de su soledad. Allí 
se codean la bedulna de las montañas de Altaka, con 
la cara descubierta y llena de ajorcas y de joyeles, y la 
mujer fellah, de mirada incitante, que lanza rayos de 
sus pupilas por encima del velo que le cubre el rostro; 
el chek de la guardia nocturna, de rugosa frente y 
acusadas facciones, y el beduino del monte Sinaí, con 
su turbante en punta y el torso desnudo; la dama 
turca y la esclava del Sudán ; el derwiche y el came- 
llero, el hombre de mar y el de la montaña; el merca- 
der, en fin, de bazar cubierto, y el hijo de los aduares; 
pero todo con tal perfume de Mahoma, con un sello 
tan marcado de Corán, que, para que la ilusión sea 
completa, hasta el cielo parece asociarse á nuestra 
causa, retrasando el plenilunio, y coronando en una 
luna creciente el inmenso turbante azul, bajo el que 
asoma la islamita fisonomía de Puerto*Said. 

Volvamos á bordo. Aquí ya nadie canta como en 
Ñapóles ; pero todos gritan. El batelero no te transpor- 
ta al Tigris si antes no pagas al chek el precio del pa- 
saje. El buhonero ya no vende baratijas de su confec- 
ción, sino artículos de viaje traídos de Europa. El arte 
se acabó en Italia, para no volver á verlo. En Egipto 
la fuerza natural impera, pero con un carácter retró- 
grado á medida que avancemos. Con los primeros albo- 
res del día i8, el vapor se pone en marcha para entrar 
en el canal, admirable corrección hecha por la ciencia 



236 ENRIQUE GASPAR 



sobre el libro de la naturaleza, sublime puerta por la 
que la civilización va á invadir los dominios de la bar- 
barie. Entremos. 

Largamente debatida ha sido la cuestión de si en 
los tiempos antiguos existió ó no un canal que ligaba 
el mar Mediterráneo al golfo Arábigo. Los que lo afir- 
man, aducen como razón la presencia de los lagos en 
el istmo; lagos que, hábilmente utilizados por Lesseps, 
han facilitado notablemente su titánica empresa. Yo 
dejo al tiempo y á la ciencia que aclaren este punto, y 
limitándome á mi papel de cronista, relato lo que veo. 

Para no andar buscando mapas, vamos á formarnos 
uno, que nos dé una idea aproximada del istmo de 
Suez. Apoyemos las dos manos de plano sobre una 
mesa y unamos los pulgares por sus extremos como 
para formar la cadena magnética, con la que dicen 
que se hacen girar los platos y los sombreros. La mano 
derecha representa el continente africano, la izquierda 
es el Asia. El vacío que resulta entre los pulgares y el 
pecho significa el Mediterráneo que, extendiéndose 
por la muñeca derecha (á la que supondremos cortada, 
para que nos haga el efecto del Estrecho de Gibraltar), 
toma, desde el lado opuesto de la misma muñeca hasta 
el extremo del meñique izquierdo, el nombre de Océa- 
no Atlántico. 

El hueco desde los pulgares hasta los nudillos de 
los índices, es el mar Rojo ó golfo Arábigo ; y desde 
dichos nudillos hasta la extremidad de los dedos, el 
mar de las Indias. 

Los pulgares, unidos, son la lengua de tierra que 
une al Asia con el África, y que, impidiendo que el 
Mediterráneo y el mar Rojo se junten, toma el nombre 
de istmo de Suez. 

Cuando, antiguamente, un buque tenía que trans- 
portar mercancías á las Indias ó á los puertos chinos 
colonizados por europeos, abordaba el Océano atlánti- 
co, costeaba la punta de la mano derecha, y navegando 



VIAJE Á CHINA 237 



después de índice á índice, estaba seguro de llegar en 
unos seis meses á su destino, cuando no tenía que de- 
tenerse un par de ellos, esperando viento favorable 
sobre la extremidad del anular derecho, conocido con 
el nombre de Cabo de las Tormentas ó de Buena Es- 
peranza. 

Pero un día el orbe entero se conmovió. Era por los 
años 1820. Un inglés llamado Mr. Wagorne había 
imaginado el modo de hacer llegar el correo desde 
Europa á las Indias, ganando más de una mitad de 
tiempo. Timeismoney, gritó la Gran Bretaña; y la Mala 
inglesa quedó establecida de este modo: un buque de 
vapor conducía los paquetes desde Gibraltar hasta el 
nudillo del pulgar derecho, ó sea Alejandría ; desde 
allí, atravesando el dedo, ó sea el istmo, el correo era 
llevado por tierra con graves riesgos y exposiciones, 
hasta el puerto de Suez, en la bifurcación del pulgar 
y el índice : y una vez en Suez, otro vapor de la com- 
pañía Peninsular y Oriental inglesa lo dirigía á su des- 
tino por el mar Rojo. 

Era este un inmenso adelanto, y bien merecido tiene 
Mr. Wagorne el busto que la Compañía le ha levan- 
tado en el extremo del canal ; pero la rapidez de la 
comunicación postal no hacía sino aguijonear la im- 
paciencia del mercader que, si bien recibía la remesa 
con mucha antelación, no por eso las mercancías tar- 
daban menos. En esto apareció Mr. de Lesseps, y es- 
grimiendo unas tijeras de gran temple intelectual y 
de muchos millones de coste, dio un corte en el itsmo, 
hizo que dos mares, hasta entonces separados por 
dimes y diretes de una mala lengua de tierra, queda- 
sen amigos hasta el extremo de vivir juntos, y ayudado 
por el vapor, logró que en la quinta parte del tiempo 
que un buque invertía antes en costear el África, pue- 
da hoy el viajero trasladarse desde el Campo de Marte 
hasta Pekín. 

El canal no es otra cosa que una inmensa zanja 



238 ENRIQUE GASPAR 



abierta ea el istmo y que se ensancha de cuando en 
cuando por la presencia de los lagos Menzaleh, Ballah, 
Timsah y los Amargos. Á derecha é izquierda el de- 
sierto con sus ribazos blancos de sal por la evapora- 
ción del agua. De distancia en distancia un chaloufó 
estación de la empresa, donde un poco de tierra vege- 
tal, llevada exprofeso, ha permitido que broten algu- 
nas plantas para solaz y entretenimiento del guarda y 
remembranza de la vegetación en la mente del viaje- 
ro. Por rara casualidad, un árabe con la espingarda al 
hombro atraviesa aquellos arenales, veloz como el pen- 
samiento y como huyendo de la soledad. En las horas 
en que el, sol cae más á plomo, algún camellero, con 
cinco ó seis de sus fíeles rumiantes, busca saludable 
refugio cerca de la corriente de las aguas, tendido en 
la vertiente del talud. Constantemente el espejismo, 
produciendo extraños fenómenos de óptica. Ya son 
montículos de arena que, reflejados en la atmósfera, 
semejan islotes saliendo del fondo de un lago: ya es 
una ciudad con sus cúpulas y minaretes, que la reali- 
dad destruye y convierte en la reflexFóñ de una ban- 
dada de grullas que dispersa el silbido del vapor. En 
el medio del canal, un verdadero oasis : Ismailia con 
el palacio del virrey, rodeado de palmeras, naranjos y 
bananeros. Un poco más lejos nos sorprende la noche; 
pero como la navegación está aquí prohibida fuera de 
las horas de sol, hacemos alto. Se respira plomo ; las 
bujías del piano ostentan una llama fija ¿ inmóvil 
sobre cubierta; estamos atracados junto al ribazo y 
nadie se atreve á desembarcar : hay fieras. Amanece 
el 19 y nos ponemos en marcha. 

Tres horas después estamos en Suez. La ciudad, 
distante como una legua del puerto, se une á éste por 
una faja de tierra echada sobre el agua, sin una pie- 
dra, sin un árbol, sin el menor pretexto de sombra. 
Pocos minutos después, el vapor sigue su rumbo y 
penetra en el mar Rojo. 



VIAJE Á CHINA a39 



La sacudida del hélice repercute en el corazón del 
Viajero, y de un solo latido de su frente, retrograda 
ipiles de años. Va á pasar de Mahoma á Moisés, del 
Corán al Génesis ; de la leyenda árabe al dogma bíbli- 
^^; del mórbido seno de la desnuda poesía, al severo 
y niajestuoso pliegue de la túnica cristiana. 



\ 



-<^-^ — 



k 




Macao, 14 Marzo 1879. 

Mi querido amigo: 
Estamos atravesan- 
do el golfo de Suez; 
parece que, con sólo 
extender los brazos , vamos á tocar al África por la 
derecha y al Asia por la izquierda. A un lado llevamos 
la tierra de los Faraones, el poema de José, el Nilo, 
cuna del gran legislador del pueblo Israelita ; al otro 
el desierto, cuarenta años de peregrinación, Judea, el 
Jordán, Jerusalén. 

^ Ves por babor aquel pequeño paraíso destacándose 
en medio del arenal de la Arabia pétrea? Es un grupo 
de palmeras y plátanos dando sombra á la fuente de 



VIAJE A CHINA 24I 



Moisés, primer alto de los Israelitas después de pasar 
á pié enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del 
monte Sinaí sale á recordarnos los preceptos del De- 
cálogo. El mar se ensancha, bórranse las costas ; pero 
la imaginación le hace adivinar á uno la proximidad 
de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores 
que, hacinados de sectarios del Koran en caravana, se 
cruzan con el nuestro, nos señalan la situación de la 
Meca, la ciudad santa del islamismo. 

Durante tres días el calor nos sofoca. Por fin, llega- 
mos ai estrecho de Bab-el-Mandeb, ó puerta de los 
Suspiros, perfumada con el aroma de los cafetales de 
Moka. Destacado de la costa africana se ve un peñón; 
es Perrin, la primera portería del estrecho; aquel 
guardián habla inglés, y á guisa de llavero ostenta un 
variado y surtido manojo de cañones. Unas horas más 
tarde, al amanecer el día 24, otro inglés, con más ca- 
ñones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra 
hoja de la puerta, y fondeamos en Aden, pequeño rin- 
cón de la Arabia feliz. 



Los hijos de Albión han impuesto al mundo cono- 
cido la sacramental frase de las casas de Madrid : Na- 
die pase sin hablar con el portero. Inglaterra es el con- 
serje universal. Desde su casa puede pasar revista á 
todo el que se proponga dirigirse por el mar del Norte 
á las regiones árticas. El estrecho de Gibraltar le per- 
mite husmear cuanto ocurre en el Océano y el Medi- 
terráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia y 
Túnez ; lo tapa con Malta ; y Constantinopla, sobre la 
que de hecho ejerce el protectorado, cierra la marcha 
de esta serie de mamelones, que forman la gran mu- 
ralla marítima de la Europa. En el triángulo del África 
es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el canal de 
Suez, en la forma de la mitad de sus acciones, y el 

x6 



242 ENRIQUE GASPAR 



Cabo. La América se halla prensada entre la Nueva- 
Bretaña, ó Canadá, la Jamaica y las posesiones antar- 
ticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta, 
empezando en Chipre, siguiendo por Aden (donde se 
convierte en oro el café de Moka y desde el que se es- 
cudriña todo el movimiento de la costa S. E. del África, 
del cabo Guardafui al de Buena Esperanza) y termi- 
nando en el estrecho de Bering, todo habla inglés y 
nada escapa á la vigilancia de la Gran-Bretaña. El In- 
dostán, enclavado entre dos golfos, está defendido en 
el de Omán por Aden y la isla de Ceylán, y por ésta y 
Singapore en el de Bengala ; amén del refuerzo de la 
Australia para tener en jaque á toda la Malesia y la 
Micronesia en el Océano equinoccial ; la Cochinchina 
no puede moverse entre la Península de Malaca y 
Hong-Kong ; y por último, las concesiones otorgadas 
en Shang-hai, Tientsing y la costa de la China, llevan 
la influencia del Reino Unido hasta las regiones árti- 
cas eñ el estrecho de Da vis, y puede decirse que la In- 
glaterra tiene al mundo metido en el bolsillo. 

Pero hablemos de Aden. Allí dejamos á los viajeros 
que se dirigen á Zanzíbar, Mozambique, Madagascar, 
Mauricio y Borbón. Una serie de rocas peladas, sin 
más vegetación que una lujuriante de artillería de 
grueso calibre, sirve de asiento á la ciudad. Esta es 
una de las primeras fortificaciones del mundo ; luego 
la visitaremos; antes fijémonos en lo que rodea al Ti- 
gris, Ya han trepado por la borda multitud de merca- 
deres y se han cerrado las portillas de los camarotes 
para evitar el hurto y la rapiña. Aquello es una inva- 
sión de hordas salvajes de aspecto aterrador, color de 
ébano, ojos inyectados en sangre, pelo crespo, sonrisa 
infernal, alaridos de fiera, desnudos la mayor parte, y 
ofreciéndote sus mercancías, consistentes en pieles de 
tigre, de leopardo ó de mono, maderas toscamente la- 
bradas, flechas, crises, armas, dientes de animales ; la 
especulación, en fin, en su forma más rudimentaria. 



VIAJE Á CHINA 243 



Nuestro vapor se ve rodeado por infinidad de bar- 
cazas, tripuladas por seres que parecen monstruos 
salidos del Averno, y que en un inglés sui generis, te 
brindan con llevarte á tierra. Los niños, que de cinco 
ó seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el 
aspecto de monos; como el simio, rechinan los dien- 
tes, y como él tienen los pies y las manos aplastadas, 
y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en el 
agua, y es de ver como, por una pequeña retribución, 
se precipitan desde la borda del Tigris, atraviesan su 
quilla de babor á estribor, luchan entre si y pescan la 
moneda, que muchas veces el remolino ha conducido al 
fondo. Otras, como en el viaje anterior al del Tigris, 
acontece que un tiburón se encarga de dirimir la con- 
tienda, devorando á alguna de aquellas pobres cria- 
turas. 

Lo que llama poderosamente la atención, es que la 
mayor parte de aquellos negros ostenta una cabellera 
rubia como un hijo de las orillas del Támesis. Confie- 
so que mi" primera intención fué creer que la influen- 
cia del dominio inglés entraba por algo en aquel mes- 
ticismo de la raza ; pero luego supe que sólo se debe á 
la moda, que alll,^ como en todas partes, hace sentir 
su presión. Parece, en efecto, que este es un signo de 
distinción entre los habitantes del golfo de Aden, y 
que para obtener el resultado que se proponen, se 
untan la cabeza, después de raspada, con una mezcla 
de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba el que 
muchos de ellos llevaban su hedionda plasta sobre el 
occipucio, pareciendo como atacados de alguna asque- 
rosa enfermedad cutánea. Después dejan crecer el pelo, 
que, crespo y de colores distintos, les abulta la cabeza 
en tres ó cuatro veces el tamaño natural, y excuso de- 
cirte si, al ver correr hacia ti á un fenómeno semejante, 
no echas mano al revólver, como medida de precaución. 

Lo primero que, después de los cañones, se ve al 
tocar tierra, es el barrio comercial, con sus agencias. 



244 ENRIQUE GASPAR 



fondas, factorías y la residencia del gobernador. Unos 
sucios é incómodos coches de cuatro asientos le llevan 
á uno por la ciudad indígena, formada de chozas y 
zaquizamíes; y después de cruzar el verdadero Aden, 
con sus cuarteles, sus casuchas jalbegadas y sus estre- 
chas calles, sigues subiendo, con el mar siempre á la 
izquierda y algunos arrabales hediondos á la derecha, 
hasta llegar á las cisternas, obra titánica donde apaga 
su sed aquel pueblo, asfixiado por los rayos de un sol 
tropical. 

En todo el trayecto de dos horas no se encuentra ni 
el vestigio de una planta; sólo al pié de las cisternas 
han conseguido, llevando tierra vegetal de Europa, 
plantar una docena de árboles, pero una docena lite- 
ralmente hablando, que han alcanzado el desarrollo 
de una mata de laurel. En los puestos de la policía, 
que se suceden de trecho en trecho, se ve por vez pri- 
mera el gong ó campana china, disco de metal que da 
un sonido como el del címbalo, y con el cual se comu- 
nican los agentes. Estos dominan á la turba á palos, y 
te libertan por ese medio de los innumerables chiqui- 
llos que te siguen y asedian pidiéndote una limosna, 
lo que no quita para que, después de despejado el te- 
rreno, el policeman tienda también la mano en demanda 
de retribución. 

Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El 
árabe, de correctas facciones ; el abisinio, desafiando 
al sol con su cabeza siempre descubierta, y tapando 
sus piernas con una sábana llamada sarrong, que, liada 
á la cintura, pende hasta los tobillos, mientras que 
embozado en otra, echada sobre los hombros, encua- 
dra con elegantes pliegues su bronceada fisonomía, 
de puras aunque acentuadas líneas, y juguetea con el 
inseparable junco en forma de cayado, indispensable 
atributo de su elegante condición; el somaulís, con su 
gracioso turbante ; el afeitado y desnudo habitante de 
Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi, 



VIAJE Á CHINA 345 



descendiente de los antiguos persas, sectario de Zo- 
roastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique 
sobre calzones á la europea, y calzada la cabeza con 
una como mitra en forma idéntica á la boquilla de un 
clarinete ; el indostánico ó malabar, con la chaquetilla 
de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata, 
fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su 
camello; hasta el hombre, en fin, que sin otro traje 
que un pañuelo pendiente de la cintura, ignora su pa- 
tria, su religión y su lengua ; todo se encuentra allí en 
mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera 
dado cita para asombro del viajero, que sólo conoce el 
mundo por las cartas geográficas. 

Amanece el día 25, y zarpamos con rumbo á Ceylán. 
A las dos de la tarde doblamos el cabo Guardafui, y 
dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb para cruzar el 
golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empie- 
za á danzar el buque impelido por un violento S. O., 
que no es otra cosa que los últimos, pero respetables, 
aletazos del monzón. 

Son los monzones unos vientos que en dirección 
distinta reinan periódicamente en estas latitudes. De 
Octubre á Marzo soplan de NE., y de Mayo á Agosto 
del SO.; pero hasta entablarse ó fijarse, hay en los 
meses intermedios una lucha entre ambos, que pro- 
duce en el mar de la China los horrorosos huracanes 
conocidos con el nombre de tiffónes que, aunque de 
menor importancia que los ciclones del Atlántico, oca- 
sionan catástrofes espantosas. 

Pasemos lo mejor que podamos estos ocho días que 
nos esperan sin ver tierra, y colocándonos por entre 
las Maldivias y las Lakedivias, recalemos sobre el cabo 
Comoriq, crucemos el golfo de Manaar y fondeemos 
al terminar el 2 de Setiembre en la parte meridional 
de la isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués pri- 
mero, luego holandés y británico últimamente, que 
lleva el nombre de Punta de Gales. 



246 



ENRIQUE GASPAR 



Busco, pero en vano, la manera de describirte esta 
maravilla ; no se me ocurre más que compararla á una 
decoración de ópera de gran espectáculo. Voy á ver si 
puedo dar de ello alguna idea. Estando en rada, miras 
de frente á la ciudad, y por tu derecha se extiende la 
costa. ^ Te has detenido á observar alguna vez el innu- 







merable tejido de troncos y ramas de que se compo- 
nen los zarzales y las malezas ? Pues figúrate que toda 
aquella inextricable red de palitos se convierten en 
elevados y airosos cocoteros, que se cimbrean al soplo 
de una benéfica brisa, y tendrás la base de esta incon- 
cebible vegetación. Imagínate que del centro de la 
ciudad, surgen cúpulas de templos católicos, pingoro- 
tes de capillas ojivales ó góticas, promontorios de pa- 
godas búdhicas, pirámides de monumentos bramines, 
minaretes de mezquitas árabes, terrazas de opulentas 
moradas ; y todo esto entre bosques de jardinería. Yo 



VIAJB A CHINA 247 



no sé si me explico ; pero á ver si me entiendes: re- 
cuerdo que en todas partes por donde la vegetación 
es rica, se ve una masa hermosa, imponente; pero 
masa en fin, cosa. maciza. En Gales no; los troncos es- 
tán tan compactos que se tocan ; pero las ramas son 
tan variadas, tan elegantes, tienen una languidez tan 
poética, que parece como que el artífice de aquella 
naturaleza ha estudiado la combinación de la luz sobre 
los colores de las plantas, y se ha complacido en recor- 
tar aquellas hojas festoneadas, para que un cielo siem- 
pre azul caiga á pabellones por las ondulaciones de los 
árboles, y un sol tropical se infiltre por entre los hilos 
de aquel encaje de verdura. Junto al cocotero de cu- 
bierto tronco y arqueado penacho, surgen el banane- 
ro, de ancha y deshilachada hoja, y la palma del via- 
jero, abanico abierto de colosales ramas, que lanza al 
aire sus varillas, adornadas de plumas de esmeralda, 
con la regularidad de los radios de una circunferencia; 
y si de los prismas pasamos á los olores, dime el ma- 
ridaje que resultará de la mezcla de aquellas gomas, 
con los efluvios de unos frutos que, empezando en la 
odorante pina, espiran y se ahogan en los bosques de 
caneleros. ¡ Aquello es un caos de colores y perfumes! 
Saltemos pronto á tierra ; hay que entrar allí. ¿ Pero 
qué es esto? En Gales todo es sorprendente. Las lan- 
chas tampoco son como en los demás países; los botes, 
las canoas, las falúas, todo aquello concluyó. Aquí nos 
sale al encuentro la piragua, embarcación tipica y ori- 
ginal, que merece describirse. 

Figúrate un cajón de madera, de la longitud y de la 
altura de una canoa ordinaria, con dos proas como 
ésta, pero sin tripa, toda vez que sus costados lo for- 
man sencillamente dos planchas, unidas entre sí por 
unos travesanos en la parte superior, y una especie 
de peana ó contrapeso por abajo. Su anchura no llega 
á media vara, de tal modo que los tripulantes, al sen- 
tarse en ellas, llevan las piernas encajadas, y las cade- 



248 ENRIQUE GASPAR 



ras fuera de la embarcación. Como supones, seria 
imposible que este aparato flotase, á no ser por el ba- 
lancín que le agregan por un costado, y que consiste 
en dos largos remos armados y sujetos á la borda en 
posición de bogar, á cuyos extremos se ata transver- 
salmente, ó sea paralelo á la piragua, un cilindro de 
madera que, descansando sobre el agua, establece el 
equilibrio, presentando un extenso polígono de resis- 
tencia que le impide zozobrar» 

Ya asaltan el Tigris los buhoneros del país. La raza 
humana, que en Ñapóles era morena, tostada en Áfri- 
ca y negra en Aden, empieza á perder color en la In- 
dia; el cingalés es un moreno con fondo amarillo y 
pelo de azabache. Hombres y mujeres se peinan 
echándose las melenas hacia atrás, y retorciéndolas 
para sujetarlas, hechas un bodrio, sobre la nuca; un 
peine de goma como el que en Europa usan las niñas, 
completa su tocado. El cuerpo le ciñen con un sarrong 
de colores, como la sábana de los abisinios, y una cha- 
quetilla europea en ellos y un gabancito ó caracó en 
ellas, que tiene poco de airoso. El sexo feo suele usar 
patillas, lo que acaba de asimilarlos á los gitanos. 

La venta á bordo ha cambiado también de fase. A 
los productos artísticos de Italia y á los zoológicos de 
la Arabia, han sucedido los finísimos encajes de Lahor, 
los bordados y telas primorosas de Cachemira, los 
productos persas y que las caravanas indostánicas 
transportan de Ispahán y dé Tehrán, y por último, las 
piedras preciosas con que en calidad y cantidad com- 
pite la India con el mundo entero. 

Debo advertirte que se venden muy caras y que te 
piden por ellas el cuadruplo de su valor; así como 
que hay que ser muy experto para no tomar gato por 
liebre, pues son más las piedras falsas que las verda- 
deras que se ponen en circulación. Sólo de ese modo 
se explica que yo adquiriese ocho grandes rubíes, tres 
enormes zafiros y un topacio en cambio de tres levi- 



VIAJE A CHINA ^49 



tas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso. 
Fué un cambalache de cristal por paño, muy admitido 
entre los joyeros falsos cingaleses. 

Desembarquemos ; pero no me preguntes lo que es 
Punía de Gales; no lo sé. AlH no hay calles; son bos- 
ques inmensos en los que, diseminados, encuentras 
templos, casas, chozas, hoteles, agencias, joyerías; co- 
ches que se cruzan con carretas tiradas por bueyes 
pequeños, que trotan como caballos, bayaderas que 
bailan, magnetizadores de serpientes que las electri- 
zan al son de la flauta, juglares que te asombran, titi- 
riteros que te horripilan. Ya sabes que los indios del 
Malabar son los más hábiles gimnastas que se cono- 
cen ; estoy persuadido, sin embargo, de que van á 
maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y presti- 
digitación de que he sido testigo en uno de aquellos 
jardines que llaman plazas. 

Un hombre coloca tres venablos ó chuzos atados en 
forma de trípode y con los hierros hacia abajo, sobre 
el puño de un sable ; apoya la punta de éste sobre una 
lanza, y acostándose en el suelo, tiene todo aquel ar- 
matoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dán- 
dole una sacudida, despide la lan^a por un lado, el 
sable por otro y los venablos vienen á clavarse en el 
suelo entre las rodillas y los sobacos del titiritero. 

Otro individuo puso sobre una mesa, sin tapete, una 
canasta de mimbre, eii la que, encogiéndose mucho, 
se arrebuñó un muchachuelo; cubrió el cesto con su 
tapa, y blandiendo un enorme cris, se entretuvo en dar 
de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse los 
ayes más desgarradores, la sangre corría por la mesa... 

— ¡ Basta I I Basta ! — gritamos todos, no dando crédito 
á nuestros ojos. 

El juglar destapó entonces el canasto; el canasto es- 
taba vacío y el rapazuelo entraba en el corro pidiendo 
con su platillo unas monedas de cobre por aquel in- 
concebible espectáculo al aire libre. 



aSo ENRIQUE GASPAR 



Una de las imprescindibles excursiones que hay que 
hacer en Punta de Gales es á Wackwella (pronuncia 
Guacuela). Un cómodo y bien acondicionado coche te 
lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y durante 
cuatro horas, á visitar el bosque de los caneleros; y 
por un camino imposible de describir, en el que abun- 
dan los árboles más raros, las aves más trinadóras y 
pintadas que puede soñar la fantasía, y por el que 
constantemente te sigue una turba de rapaces ofre- 
ciéndote, ya un mangustán rojo como la grana y blan- 
co conío la nieve, ya un coco con que aplacar la sed, 
ya una rama de canela con que perfumarte, llegas á la 
plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un 
refresco del país, divisas un extenso horizonte, cuaja- 
do de islas de cocoteros y de colinas de cafetales, por 
las que serpentea lo que al pronto parece un ancho y 
caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una 
interminable y consecutiva serie de plantaciones de 
arroz. En el fondo se destaca el pico de Adán, monte 
situado al N. de la isla, detrás del que existe el puente 
de Eva, que une la isla de Ceylán al continente índico, 
separados por el estrecho de Palk. Porque, debo ad- 
vertirte, que los cingaleses pretenden, y creo que con 
razón, que el Paraíso terrenal estaba en su casa; así 
es que se encuentran allí todos los nombres de nues- 
tras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto á la 
Virgen María. 

Oye cómo la teogonia de los bramines cierra el capi- 
tulo de su Génesis: 

« Atani entristecía en el Paraíso ; Dios le dio á Iva 
por compañera (aquí sigue una bellísima descripción 
imposible de traducir, pero tan admirable como el 
cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios tanta 
ventura, dijo : — Ahora sí que estoy satisfecho de mi 
obra ; ya es perfecta ; he producido el amor,i^ 

Suenan las once de la mañana del día 4 y no tene- 
mos tiempo que perder. Despidámonos de los pasaje- 



VIAJE Á CHINA 25 1 



ros para Pondichery, Madras, Calcuta y Bengala en 
el E. de la India, y de los que se dirijan á Bombay por 
el ferro-carril del continente. Volvamos al Tigris y zar- 
pemos. En cuatro dias cruzamos el golfo de Bengala. 
El 8 se aparece Penang, el portero inglés de los Estre- 
chos, con su artillería correspondiente, formando 
pendant con la punta de Achem, de la isla de Sumatra, 
en la Occeanía. Al amanecer del 9 concluimos de pasar 
el estrecho de Malaca y atracamos junto al muelle de 
Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más 
y cortamos la línea. 



La entrada á esta posesión inglesa es uno de los es- 
pectáculos más bonitos que puede soñarse y comparte 
justamente la admiración del viajero con el Bosforo, el 
Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro y el golfo 
de Ñapóles. Imagínate que Singapore es un gigante 
cuyos enormes pies, que son las costas, están bañados 
por el agua. El vapor se desliza por la punta de sus 
dedos ; pero cada vez que cruza una de sus bifurcacio- 
nes, viene á sorprenderte un panorama pintoresco y 
variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre 
una vegetación, si no tan exuberante, por lo menos 
tan coqueta como la de Ceylán, ves aparecer en la 
cumbre los bungalows, ó casas dé campo inglesas, con 
sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mien- 
tras por abajo, en los repliegues de los dedos, pueblos 
enteros de chozas plantadas sobre estacas, se reflejan 
en las ondas, de las que brotan árboles copudos y en 
que se bañan las aves domésticas. Cada una de aque- 
llas ensenadas parece un Nacimiento. 

Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo 
que caracteriza al malayo. 

Elegantes y ventilados cochecillos llamados palan- 
quines, tirados por caballitos malabares, de la alzada 



25a ENRIQUE GASPAR 



de un borriquillo moruno y guiados por un cochero 
indio, con quien generalmente se cierra el ajuste á 
bofetadas, te transportan por un larguísimo camino 
poblado de tenduchos, en su mayoría chinos, á la 
City ó barrio comercial. Este es sombrío, sucio; pero 
importante y lleno de animación. 

Singapore es el punto de escala de los que van y de 
los que vienen, y el almacén de depósito de todas las 
mercancías imaginables. Así es que, relacionado con 
el resto del mundo, pululan en su seno todas las razas 
, que vimos en Aden, enriquecidas con el concurso de 
los siameses y anamitas, los chinos del N. y S. del Ce- 
leste Imperio, los tagalos del Septentrión, los visayas 
del Centro y los moros del Mediodía del archipiélago 
Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las 
Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no 
tienes que preguntar al europeo el derrotero que si- 
gue ; su rostro te lo indica ; el que llega tiene color, 
está rozagante, ríe, charla, nace. El que regresa se 
lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja, muere. 
En Singapore el traje se simplifica ; el sarrong se re- 
duce á un taparrabos, el desnudo impera y empiezan 
á verse los shalakos, enormes discos de junco de infi- 
nitas formas, para cubrirse aquellas cabezas afeitadas 
ó aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el 
principio del occipucio, ya se corren hacia la nuca 
ó se inclinan caprichosamente sobre una de ambas 
orejas. 

En la City vi el tipo que más ha expitado mi hilari- 
dad. Era á la puerta de una tonelería; y sobre una 
pipa un hombre totalmente desnudo, con la cabeza 
afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos 
chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exage- 
ración, el diámetro de una copa para agua, y su mon- 
tura en concha medio dedo de ancho, leía puesto en 
cuclillas, á la usanza asiática, el Times de Londres. 
Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el 



yiAJB A CHINA 



253 



río y se penetra en la ciudad propiamente dicha. Allí 
están las casas habitables, el palacio del gobierno, el 
City hall ó casa municipal, las iglesias, colegios, con- 
gregaciones, paseos, espectáculos ; todo en medio de 
árboles y de flores ; pero con carácter europeo adap- 
tado á las condiciones locales. Poca sociabilidad, trato 
inglés, formalidad, mucho 
comfort; pero expansión, 
cero. 

El 10 salimos de Singa- 
pore y empezamos á subir 
hacia el N. el mar de la 
China, cruzando el golfo 
de Siam. El 12 recalamos 
en el cabo de San Jaime, 
mole imponente erizada de 
bosque i^irgen, en cuya 
cumbre se levanta el semá- 
foro, visitado constante- 
mente por fieras, contra 
las que tienen que vivir 
apercibidos los vigías con- 
denados á aquel peligroso 
servicio. Siguiendo la cos- 
ta, aparece de repente, ba- 
jo la pesadumbre de aque- 
lla montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los 
cocoteros ; pintoresco y ameno lugar donde se halla 
establecida la estación telegráfica del cable subma- 
rino, por la que, pocos días después, recibía mi fa- 
milia la noticia de mi feliz llegada, á las siete horas de 
mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica 
suma de once pesetas por palabra. 

Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profun- 
do río, lleno de zig-zag con monótonos, pero verdes 
ribazos, en los que duermen algunos cocodrilos ; y an- 
tes de que alborease el día 13, atracábamos delante de 




254 ENRIQUE GASPAR 



la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la 
Cochinchina francesa. 



Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar 
éste en una lancha para llegar á la ciudad. Sin querer 
exclama uno: «Esto es Francia.» En efecto, los hijos 
de San Luis tienen tres necesidades, que no pueden 
dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta á 
sus colonias menos importantes : Cafés^ restaurants y 
demi-monde, Saigon está alumbrada por gas, como to- 
das las posesiones inglesas del Asia; pero como en 
estas los establecimientos de diversión pública no 
existen, resultan oscuros, mientras que en la metró- 
poli de la Cochinchina la luz incita al paseante á reco- 
rrer su muelle, y la gente vive de noche, sin cuidarse 
de la hora del apaga-fuegos. 

Otro distintivo peculiar de la buena administración 
francesa es que el barquero ó el cochero no te exi- 
gen nunca más dinero del que tü les das por su tra- 
bajo. 

Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre 
bosques y jardines ; pero estos, ni tienen el aspecto 
virgen de Ceylán, ni el ondulante y caprichoso de 
Singapore. El rectángulo impera; han obligado á los 
árboles á aprender táctica, y todos se han tenido que 
alinear, para producir anchos boulevares sujetos á 
escuadra. El palacio del gobernador es un magnífico 
y suntuoso monumento, los jardines recuerdan el 
parque Monceau de París. Dentro de algunos años 
aquello no se diferenciará en nada de una capital de 
provincia francesa, aparte de las chozas de los natu- 
rales. 

La arteria principal de Saigon se llama calle de Es- 
paña. Es el único testimonio y el solo provecho que 
hemos sacado de la campaña de Cochinchina, en la 



VIAJB A CHINA 255 



que las armas españolas han regalado á sus vecinos 
de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio 
de Annam, la costa del golfo de Tonkín y el reino de 
Cambodje. Sólo falta Siam para tener el protectorado 
sobre toda la India Transgangética. 

A rumbosos no nos gana nadie. 

Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba 
del mar de la China, bordeamos la isla de Hai Nam, 
enfilada al canal de Formosa, y fondeamos el 17 á las 
nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia 
inglesa del Celeste Imperio. 



Y terminados aquí los treinta y ocho días de na- 
vegación, en que á escape hemos visitado lo que nos 
salía al encuentro, hagamos alto y empecemos á tra- 
tar detenidamente de los usos, costumbres, ceremo- 
nias y fisonomía del pueblo chino, asi como del as- 
pecto de las principales poblaciones del país de Con 
fucio. 



t^/^ 




Macao, 19 de Abril de 1879. 



Mi querido amigo: Cuando desde Europa se le ocu- 
rre á uno pensar en China, se la representa en su ima- 
ginación como una inmensa tela de esos abanicos que 
llegan allí del Celeste Imperio. Por lo menos así me la 
forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la 
esmeralda, salpicadas de flores rojas y azules; en me- 
dio de aquellas limpias sábanas de verdura, casitas 
con su agalerada techumbre, flanqueadas de kioskos 
en forma de parasoles superpuestos, con sucampanilla 
correspondiente al extremo de cada radio ; el arqueado 
puente como la joroba de un camello tendido sobre un 
riachuelo transparente que refleja los vivísimos colo- 
res del junco al deslizarse por su superficie; á la puer- 
ta, en forma de una O, de la casa, ataviadas damas 



VIAJE Á CHINA 257 



con sus bordados trajes de seda y diminuto pié depar- 
tieodo tranquiiameote con gallardos mancebos en- 
vueltos en talares túnicas de recamo de oro, y sabo- 
reando una taza de té ; en el fondo niños remontando 
cometas sobre una terraza, y ancianos venerables de 
luenga barba blanca viendo volar pintados pajarillos. 
Todos ellos, por supuesto, con caras de marfil, aguza- 
das y nacaradas uñas y ojos oblicuos. Eñ resumen, la 
China del europeo es el progreso material del siglo xix 
combinado con las patriarcales costumbres de los 
tiempos bíblicos; de la tela del abanico se desprenden 
para él estas tres condiciones distintivas de la raza 
mongólica: lujo, limpieza y silencio. 

Cerremos el abanico y abramos la puerta del hoy 
imperio tártaro. Vas á ver el desengaño que nos es- 
pera. 

Una gritería, comparable tan sólo á una riña de ver- 
. duleras, es lo primero que te llama la atención al des- 
pedirte de la gente de á bordo y disponerte á tomar 
una embarcación que, desde la inmensa y hermosa 
bahía de Hong-Kong, te conduzca á tierra. Son los 
barqueros pugnando por atracar sus champanes al 
Tigris, ofreciéndote sus servicios ó diciendo buenos 
días simplemente á un camarada, pues para todo se 
alborota aquí. 

Y palpitando de emoción bajas las escaleras con los 
ojos cerrados para abrirlos de repente y gozar del es- 
pectáculo de aquella China soñada. 

Lo primero que ves es el champan ó bote para con- 
ducción de pasajeros y mercancías, tosca embarcación 
parecida á una barcaza muy tripuda, con un toldo de 
bambú en la popa, chorreando mugre por todas partes 
y exhalando una fetidez insoportable, á la que conclu- 
yes por habituarte, pues la forma un conjunto de cir- 
cunstancias inherentes á la raza indígena, que consti- 
tuye el perfume local, conocido por el europeo con el 
nombre genérico de «olor de chino.» La tripulación 

17 



258 ENRIQUE GASPAR 



está compuesta de varias mujeres de distintas edades, 
pero de fealdad idéntica ; algunas veces hay también 
un hombre ; pero como éste viste el mismo traje que 
aquellas, carece en absoluto de barba y todos poseen 
los mismos rasgos fisonómicos, resulta que para el 
viajero inexperto el chino es el ser que bajo una misma 
terminación y articulo comprende los dos sexos, masculino 
y femenino, y que la gramática coloca en el género epi- 
ceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un 
párpado carnoso, sin casi ceja, frente no muy depri- 
mida, nariz aplastada, pómulos salientes, labio supe- 
rior con honores de hocico, dientes un poco más pe- 
queños que teclas de piano, color mejor que hictérico, 
amarillo de vicio, pelo negro de sartén con la aspereza 
exacta de la crin; lampiño el hombre, rechoncha la 
mujer, pero ambos escrofulosos y llenos de pupas y 
asquerosidades, son los componentes de una cabeza 
china de la clase humilde, que comprenderemos en la 
denominación de culi, como aquí se llama al bracero, 
mozo de cuerda y todo el que ejerce un oficio bajo. 

Un calzón ancho hasta el tobillo, de una tela que 
debió ser percal negro ó azul y que, perdido el adere- 
zo de goma, ha degenerado en tejido de grasa, y una 
blusa de lo mismo abrochada por el costado, pendien- 
te hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta 
rebasar un palmo las manos, que quedan ocultas en 
ellas, constituyen el traje común de dos. No hay ca- 
misa ni cosa que lo valga. El pié desnudo ; alguno que 
otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero 
es raro. Como ves, nada más parecido al disfraz del 
pierrot francés, salvo el color y la limpieza. La mujer 
lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de algodón, 
colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo ; el 
hombre la ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin em- 
bargo, en verano un shalakó ó sombrero de bambú, en 
forma de un disco desmesurado, con un pingorote en 
el centro, como la tapadera de una taza, y en invierno 



VIAJE Á CHINA 259 



una montera de fieltro oscuro, menos alta, pero idén- 
tica en la forma al sombrero del pierrot. 

Tanto el macho como la hembra se abrigan con un 
saco hasta la cintura, sin mangas y guatado, que vis- 
ten sobre el traje descrito, y llamado patchama. Los 
niños emplean el mismo uniforme, pero de colores 
rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro, 
del que penden borlas y cordones, ya don una cosa 
parecida á las carteras en que los chicos de la escuela 
guardan los libros, colocada de modo que la cubierta 
penda sobre el cogote, y adornando los dos picos del 
remate de arriba con unas orejitas de gato hechas de 
algodón en rama. 

Pasemos al peinado. Los parvulillos llevan sobre 
cualquiera de ambas orejas un plumerito, como la 
perilla de un hombre, atadito con una cinta de color; 
el resto afeitado ; con lo cual se consigue que se for- 
talezca la parte de pelo que más tarde han de dejarse 
crecer, y que, como dejo dicho, toma la consistencia 
de la cerda. En efecto : en cuanto el niño llega á adul- 
to, se le afeita también el tuferito y se le hace adoptar 
el invariable aderezo de la epidermis capilar mascu- 
lina; porque debo advertirte qué aquí nada cambia, 
todo es inmutable; no hay modas ni caprichos. El 
pasado se sabe por el presente, el mañana puede 
leerse por el hoy, la tradición impera ; el estaciona- 
miento es la base de su sistema. 

Hasta hace dos siglos el habitante del Celeste Impe- 
rio lucia larga cabellera y ostentaba el traje con que 
vemos representados en sus estampas á los Ídolos y 
los héroes de sus leyendas ; pero al caer la dinastía 
china de los Ming y tener que soportar la dominación 
tártara de los manchures del N., la dinastía Tsing, que 
hoy subsiste, impuso á sus vasallos la dura ley del 
vencedor, y haciéndoles cambiar de traje, les obligó á 
afeitarse la cabeza y dejarse una cola de perro, en signo 
de servidumbre. 



26o ENRIQUE GASPAR 



Coloca sobre la cabeza un solideo ; afeita todo lo que 
no esté cubierto por él ; deja crecer hasta donde quie- 
ra el pelo que aquel encubre ; haz después una trenza 
que, con el auxilio de cordones, casi siempre negros, 
pero alguna vez azules ó encarnados, llegue hasta los 
tobillos, y tendrás la idea exacta del peinado chino, 
desde el primer mandarín hasta el último culi, sin más 
diferencia que, mientras las clases acomodadas se 
afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios, 
el pobre lo toma por semestres y cambia de cordón 
cuando la miseria se ha comido el primero. Algunos 
fashionables dejan crecer alrededor de la mata una 
como aureola de pelos cortos, que flotan á merced del 
viento y que acaba de embellecerlos. Agrega á todo 
esto las rarezas de configuración de aquellas cabezas, 
cuyos defectos nada hay que disimule ; los chirlos, las 
protuberancias y las cicatrices de todo género que las 
ornan, y calcula los purgantes que ha debido uno to- 
mar hasta acostumbrar el estómago y la vista. 

Ya que de pelos me ocupo, consignaré que la barba 
en los chinos son diez ó doce hebras de esparto, bro- 
tadas al azar, y que les está prohibido por sus leyes y 
costumbres llevar bigote hasta que han cumplido cua- 
renta y ocho años, ó tienen nietos, ó bien á los veinti- 
ocho si son mandarines. 

Pasemos á las mujeres. La soltera se echa atrás todo 
el cabello, rematado por una trenza larga, en cuyo 
tronco lleva liada una cinta de color, formando un 
anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo 
como de tres dedos de ancha, lo que consigue abrién- 
dose una pequeña raya vertical, y se circuye lo alto 
de la frente con aquella faja, que va á mezclarse con 
el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como ves, 
las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, 
si bien son tan lampiñas como los chinos, pues las ce- 
jas y las pestañas hay que verlas con microscopio. 

El peinado de la casada es muy difícil de explicar: 



VIAJE Á CHINA 261 



echado todo atrás, sin raya alguna, salen de los lados 
dos enormes cocas, que sujetan con alambres por 
dentro ; el topo se separa más de un palmo de la nu- 
ca, y le forma todo el pelo de la mata, saliendo como 
el espolón de un buque de guerra, y el del cogote, 
subiendo á enlazarse con aquel: un cordón de pelo 
retorcido baja desde la parte alta y posterior de la 
cabeza hasta el vértice de aquel ángulo agudo, y mul- 
titud de broches y alfileres sujetan, con el auxilio de 
la goma, tan complicado aparato, al que dan el nom- 
bre de peinado del ave de la inmortalidad, Y esta deno- 
minación me sugiere una explicación más exacta del 
efecto que produce este tocado. Córtale á una gallina 
el cuello y las patas, ábrela por la pechuga, encájasela 
en la cabeza á una china por esta abertura, ábrele las 
alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza 
el topo de manera que quede formando la cola. Es 
idéntico hasta en sus proporciones. 

Por decreto de no sé qué emperador, cierta gente 
de mar está proscrita de la tierra, y por consiguiente 
no puede habitar más que en sus embarcaciones. De 
modo que el champan es el estrado, la cocina, el dor- 
mitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de 
sus moradores ; allí nacen, .viven, rezan, se reprodu- 
cen y mueren. 

Las madres, consagradas á sus tareas, no pueden 
atender muy asiduamente á sus hijos ; así es que para 
trabajar desembarazadamente, se los echan á la espal- 
da, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que 
va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, 
que se ajustan como cinturón y oomo tirantes en las 
caderas. Esto, si el infante es aún mamón; pues ape- 
nas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única pre- 
caución que se toma es atarle un cordel a la cintura 
para pescarle cada una de las veinte veces que al día 
se cae al agua : algunos añaden corchos ó vejigas, 
para que flote el náufrago ; pero no es de rigor, en 



202 ENRIQUE GASPAR 



atención á que sin ellos aprende á nadar más pronto. 

Al cruzar la bahia, mi primer cuidado fué estudiar 
su aspecto ; allí te encuentras el pontón para hospital 
militar, navio de tres puentes sin arboladura ; el co- 
modoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas y 
alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la 
inglesa que saíe para la India, vapores británicos para 
Shang Hai y Emuy, españoles para Manila, la Mala 
americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías 
para el Japón; pero te preguntas: « ^ Y la marina chi- 
na?» Allí la tienes representada por miles de champa- 
nes y centenares de lorchas para la pesca y el tráfico 
costero, única empresa de estos nautas con coleta. 

La lorcha es lo que vulgarmente llamamos junco; 
barco tripudo, más ó menos grande, con una popa 
semi-esférica, anchísima y desmesuradamente alta, 
timón descomunal calado en celosía, y dos palos, á 
los que van sujetas unas velas latinas despuntadas 
con una serie de travesanos horizontales de madera, 
á modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas de 
ellas, aun las mercantes, llevan á bordo cañones de 
hierro, que ni el famoso de Barba-Azul. Como el 
champan, la lorcha es una casa de familia, cuyo des- 
aseo está en proporción de su mayor capacidad. El día 
se lo pasan tocando el gong, ó tan-tan, ó campana chi- 
nesca, que estos tres nombres tiene el disco en cues- 
tión; y la noche quemando papelitos para ahuyentar 
á los espíritus maléficos. 

La media docena de lanchas cañoneras que posee 
el gobierno, están mandadas por capitanes franceses, 
ingleses ó americanos. 

Por fin, desembarcamos en el muelle ; culis machos 
y hembras transportando mercancías, pendientes á 
los extremos de un bambú, colocado sobre el hombro, 
culis de silla asaltándote con las de mano ó literas, 
único medio de locomoción en estas regiones, agentes 
de policía india con sus abultados turbantes encarna- 



VMJE a CHINA 263 



dos, repartiendo bofetones y latigazos con que hacer 
entrar en orden á aquellas acémilas humanas del ser- 
vicio público, y mucho europeo consagrado á sus ta- 
reas, constituyen el movimiento de la población ; pero 
aquello no es China ; las casas que veo son las de mis 
latitudes, la gente con coleta que circula por las calles 
es la hez del pueblo uniformemente vestida, y yo ne- 
cesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recamo 
de oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con 
sus mandarines, sus tropas, sus mujeres, su indus- 
tria, sus diversiones, su vida peculiar. — Ya le veo á 
usted á la caída de la tarde persiguiendo modistillas 
chinescas — escribía á un amigo mío residente en 
Hong-Kong otro suyo de Madrid, y yo, aunque sin 
instintos de pirata callejero, deseaba conocer en toda 
su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego 
iremos al barrio chino ; — ahora recorramos la ciudad 
europea. 

Hong-Kong es una maravilla. Edificada en anfiteatro 
sobre una peña que hace cuarenta años no tenía ni 
una planta, asombra el ver lo que los ingleses han he- 
cho de ella en tan corto espacio. Calles paralelas y 
escalonadas, abiertas á lo largo de la isla, te ofrecen 
por doquiera la grata sombra de sus amenos, elegan- 
tes y caprichosos jardines ; porque es de notar que, 
aprovechando los accidentes del terreno, han edificado 
sus avenidas de modo que las calles no parecen calles; 
al lado de un templo ves una esbelta escalinata que 
conduce á la casa contigua, levantada sobre un terra- 
plén con árboles ; junto al graderio que te hizo subir, 
se abre una cuesta con artística ornamentación, que 
te hace bajar al bungalow vecino ; una tapia te oculta 
el cottage que se alza sobre el promontorio de upa co- 
lina interior; de modo, que la vista va de sorpresa en 
sorpresa, descubriendo aquel sembrado de moradas 
espléndidas entre una vegetación artificial, y de forti- 
ficación en fortificación, de paseo en paseo, de la igle- 



264 ENRIQUE GASPAR 



sia al club, del teatro al hospital, subes por magníficos 
caminos en zig-zag, hasta el pico Victoria, donde se 
halla el semáforo y desde el que abarcas todo el paño- . 
rama de la rica colonia inglesa. 

El mando superior de la isla es conferido por la co- 
rona inglesa á un gobernador, con la categoría (aun- 
que civil) de vicealmirante y comandante en jefe, que 
preside los dos Consejos, ejecutivo y legislativo. La 
administración comprende la secretaría colonial, el 
tesoro, obras públicas, registro y correos. 

La de justicia tiene tres jurisdicciones, la Suprema 
corte ó audiencia, la corte de policía ó tribunal suma- 
rio y de primera instancia, y la corte de marina. La 
institución del jurado existe para lo civil y lo crimi- 
nal. 

Además del pontón destinado en la bahía á hospital 
militar, hay en la población un hospital civil para 
europeos, otro para chinos, otro para variolosos y 
otro para la marina. 

Hay ocho ó diez centros de enseñanza pública, la 
mayor parte encomendados á los misioneros. 

El material de incendios es una cosa admirable. En 
cada distrito estacionan varias bombas de vapor, que 
en pocos minutos se transportan al lugar del siniestro. 
Esto no quita para que el 25 de Diciembre de 1878 se 
declarase un incendio á las once de la noche, y el 26, 
á las tres de la tarde, estuviesen convertidas en es- 
combros seiscientas casas. Las libaciones de Navidad 
influyeron mucho en ello. 

Fué el espectáculo más imponente que he presen- 
ciado. En cuanto se da la señal de fuego, todo indi- 
viduo con tienda abierta tiene obligación de mandar 
á los culis que están á su servicio, provistos de una 
linterna china de papel de colores, y vestidos con un 
saco de arpillera, en que consta la razón de la casa en 
grandes caracteres. Figúrate, pues, toda la población 
dominando las alturas de la ciudad, la gente de los 



VIAJE k CHINA 265 



barrios amenazados por el incendio salvando sus 
muebles, los culis transportándolos á hombros en me- 
dio de la gritería más espantosa y de la confusión 
menos descriptible, toda la fuerza armada de la plaza 
y la de los buques surtos en la bahia prestando su 
concurso, el gas apagado, las calles convertidas en 
ríos y en campamentos, la dinamita y el cañón derri- 
bando manzanas enteras, y en el fondo aquella hogue- 
ra colosal, de la que, como chispas, se desprendían mi- 
llares de linternas en todas direcciones, y que conver- 
tía el mar en un espejo de fuego : comprendí á Nerón. 
La vida en Hong-Kong, como país comercial, tiene 
pocos atractivos. Algunas familias desperdigadas pa- 
sean por este ó el otro vericueto, como medida higié- 
nica; pero sin un punto fijo de cita para e\ high lije. 
Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al 
que apenas asisten señoras : verdad es que éstas son 
escasas. En cambio el hombre se divierte mucho á la 
inglesa, es decir, haciendo excursiones campestres y 
desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gímni- 
cos. Como no hay cafés públicos, existen un club ale- 
mán, otro portugués y otro parsi, pero ninguno puede 
compararse al británico, que es un verdadero modelo. 
El ingreso cuesta treinta duros y cuatro la cuota men- 
sual; el edificio, suntuoso, pertenece á la sociedad, 
que ya no sabe en qué invertir el dinero que le sobra; 
del seno del mismo club emanan multitud de socieda- 
des de sport, tales como el club de regatas, el de carre- 
ras, el de declamación, el de conciertos, el juego de 
pelota con variadísimas manifestaciones, la lucha de 
la maroma, en la que dos bandos tiran de los extre- 
mos de una cuerda hasta atraerse el uno al otro ; por 
supuesto que para cada cosa tienen su magnífico local 
ad hoc, no siendo el menos notable las praderas que 
les sirven de trinquete; el gobernador y los notables 
presiden muchas de estas fiestas, y á todas tiene de- 
recho el miembro del club general. 



206 ENRlQUe GASPAR 



En este puede decirse que vive la parte europea 
masculina de Hong-Kong. Es su Bolsa. Allí escribe su 
correo en magnífico papel que, á granel, y con precio- 
sos membretes, anda tirado por las mesas, y recibe la 
correspondencia que en un cuadro está á merced del 
que la quiera tomar, sin que se le ocurra hacerlo 
nunca mas que al interesado. En el salón de lectura 
hay todos los periódicos notables del mundo ; de la 
biblioteca, rica en obras sobre la China, toma el socio 
los volúmenes que le da la gana y se los lleva á su 
casa, dejando en cambio un recibo. Hay un bar-room, 
ó sitio de bebidas, un lunch-room ó puesto de fiambres 
para el tente-en-pié, y un diner-room ó comedor, donde 
almuerza y come muchísima gente, teniendo sus pla- 
tos huecos, que se llenan de agua caliente en el in- 
vierno, y su hielo, pancas y ventiladores para el vera- 
no. Existen trece dormitorios, con el objeto de que el 
socio que llegue de fuera esté seguro de tener cuarto 
donde pasar la noche, aunque las fondas estén atesta- 
das. Y al efecto, cada uno que se sucede toma su 
turno; de modo que cuando arriba un décimo-cuarto 
huésped, el número uno se va con la música á otra 
parte, pues se supone que ya ha debido tener tiempo 
de procurarse posada. Lo que se consume no se paga 
hasta fin de mes, á la presentación del ticket^ ó boleta, 
que por cada cosa ha firmado el socio, así es que los 
dependientes, todos chinos, no pueden robar ni un 
céntimo. Magníficos billares, tocadores espléndidos y 
salones confortabilísimos completan este prototipo de 
casinos, cuya administración corre á cargo de un solo 
dependiepte inglés con el título de secretario. 

La vida es cara en Hong-Kong. Una casa, no muy 
grande, cuesta ochenta duros al mes y ciento ' cin- 
cuenta el orificarle á uno cinco muelas. En las fon- 
das se paga cuatro duros por día, sin los vinos, y 
cinco reales en el Club por una copa de licor cual- 
quiera. 



VIAJE Á CHINA 267 



Pero dejemos ya todo lo que huela á Europa y co- 
rramos en busca de cosas celestes. 

En Queen 's road, ó sea en la arteria principal, alter- 
nan con establecimientos europeos, multitud de tien- 
das chinas, cuyo aspecto en nada difiere de las que 
vemos en nuestra casa, á excepción de las mercancías 
que en ellas se expenden. 

Trabajos en marfil, filigranas de plata, vasos de 
porcelana, pendientes de jade (piedra verde de gran 
valor en estas regiones), juegos de ajedrez, abanicos 
de concha y de laca, muebles de maqué y otras indus- 
trias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates, 
relativamente limpios, pero sin agrupación artistica. 
Las muestras de los bazares son unas planchas de 
madera rojas ó negras, colocadas en las puertas verti- 
calmente y de canto como columnas, con caracteres 
chinos de relieve y dorados, que constituyen el mejor 
adorno posible, pues sabido es que la escritura china 
es un acabado modelo de elegancia en dibujo. En el 
fondo y detrás del mostrador, uno ó dos chinos maci- 
lentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable, 
como el de todo el Celeste Imperio. Sillas ó sitiales, 
en ángulos rector, de una madera oscura, casi negra, 
con mas ó menos tallado, según su riqueza, y con 
asiento por lo común de piedra, con unas mesas pe- 
queñas, rectangulares también, con su tapa de már- 
mol incrustada en el marco. Con estas tiendas alter- 
nan algún bazar japonés, con sus elegantes productos 
de idéntica fisonomía, pero más artísticos que los 
chinos, y mercaderes parsis é indostanes con sus ca- 
chemires, telas de la India y mantones de capuchas, 
hechos con retalitos del tamaño de dos reales, cosidos 
entre sí, y que parecen remiendos, de los que no com- 
pré uno porque no me pidieron por él más que mil 
pesos, y era usado. 

Por fin, á la terminación de Queen 's road, en el ex- 
tremo occidental de la ciudad, empieza el barrio chino. 



268 ENRIQUE GASPAR 



¡ Horror ! ¡ Abominación ! ,i Y para esto he empleado 
treinta y ocho días y me he expuesto á las contingen- 
cias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas ca- 
suchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, 
ni por dentro ni por fuera, con una puerta y una ven- 
tana embutidas en dos pilares de mampostería, por- 
que es preciso que así sea, á fin de que no entren los 
espíritus maléficos. Unos gruesos barrotes de palo en 
sentido vertical hacen de cancela. En cada una de 
estas viviendas habitan treinta ó cuarenta individuos, 
la mayor parte con el torso desnudo, destilando prin- 
gue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano 
y de las gallinas, ejerciendo su industria en colabora- 
ción con otro artesano de Índole distinta. Así media 
tienda pertenece á un sastre y la otra media á un pla- 
tero ó pintor de retratos. 

Todo son abacerías, expendedurías de verduras, 
pescado salado y objetos de culto para las pagodas, 
tocinerías, zapateros remendones, armeros y artículos 
de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En 
fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura 
elevado al infinito. Ya hablaremos de ello al ocuparnos 
detenidamente de los usos y costumbres locales. Por 
hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar en 
Hong-Kong la tan deseada tela del abanico, me falta 
tiempo para abandonar este muladar indígena y hacer 
rumbo hacia Macao. 




Macao 30 de Abril de 1879. 



Querido amigo : Un elegante vapor de ruedas, estilo 
americano como los del Misisipi, pintado de blanco y 
con la gran cámara á proa sobre cubierta, te hace re- 
correr en tres horas y cuarto, y por la suma de 3 du- 
ros, las cuarenta millas que separan á Hong-Kong de 
Macao. Las segundas están en el través del barco. Los 
chinos, cualquiera que sea su categoría, no son admi- 
tidos más que en la cala. 

Al ponerse en marcha el buque, lo primero que te 
llama la atención es un guardián que, con un sable 
desnudo, vigila una escotilla de proa, que comunica 
con la cala, y que antes ha tenido cuidado de tapar 
con unos barrotes de hierro, á los que ha echado la 
llave. 

Otro centinela, igualmente armado, custodia la es- 
calera que desciende al sollado. Por último, en la cá- 
mara hay dos panoplias con machetes, puñales, cara- 
binas, revólvers y municiones de reserva, con un 
letrero que dice : loaded, es decir, cargados. Son pre- 



270 ENRIQUE GASPAR 



cauciones tomadas, invitaciones hechas al viajero para 
el caso probable, y antes muy frecuentemente repro- 
ducido, de que los chinos se subleven al pasar por las 
Islas de los Ladrones y entreguen la tripulación á los 
piratas que infestan estos mares y que no perdonan 
vidas ni haciendas. 

Por fin, llegamos á Macao, pequeña península que 
afecta la forma de una S, en cuya cabeza y tripa exis- 
ten unas fortificaciones. La curva inferior es el puerto 
interior, en la desembocadura del rio. La bahía, huér- 
fana de todo buque que no sean las lorchas chinas y 
sin casi calado, la representa el semicírculo entre el 
cuello y la cabeza, en cuyo muelle está situada la Praia 
Grande, la mejor ó la única calle de la ciudad. Las 
demás, abiertas paralelamente á esta sobre la colina, 
y las transversales, son callejones tristes, sombríos, 
conventuales, acusando pobreza, ruina y privaciones. 
El barrio chino, idéntico al de Hong-Kong, se extiende 
por la espalda de la S desde la embocadura del río 
hasta la nuca, de la que arranca un istmo, el que liga 
la isla al continente chinesco, largo de un kilómetro y 
ancho lo suficiente para que un coche pase por él sin 
caerse al agua, si no se desvia del centro. Al cruzar la 
bahia, Macao, del que sólo se ve la Praia Grande, pa- 
rece un pequeño Ñapóles ; después se cree uno en un 
pueblo de Aragón ó de Castilla en pleno siglo xvi. 

No voy á hacer historia, ni te enseñaría nada dicién- 
dote que esta es la primera factoría europea que el 
arrojo de los portugueses abrió en los mares de China. 
Tampoco te importa saber que el mando de la isla 
esté confiado á un gobernador, teniente de navio ; que 
existen un juez de derecho, un procurador de asuntos 
sínicos, una oficina de hacienda, encargados de obras 
públicas, sanidad, capitanía de puerto, una guarnición 
al mando de un comandante, jefes de fortificación, y 
media docena más de funcionarios portugueses, todos 
ellos amabilísimos y de franco y abierto carácter. En- 



VIAJE A CHINA 27 1 



tre la colonia lusitana figura un señor don Lorenzo 
Marqués, dueño de una casa con un espacioso parque, 
en el que se encuentra la gruta de Camoens, com- 
puesta de dos peñascos verticales y uno horizontal, 
apoyándose en aquellos á sentiejanza de dolmen 6 altar 
druida, y en la cual el desterrado vate compuso la 
mayor parte de sus Lusiadas, Un templete con el busto 
de Camoens, y algunas estrofas de su poema esculpi- 
das en marmol, alternan con ditirambos de poetas mo- 
dernos de todas las naciones, figurando en muy buen 
lugar una octava de don José Heriberto García de Que- 
vedo, ministro que fué de S. M. Católica en China. 

Las señoras europeas son nones y no llegan á tres, 
como canta el dicho. De la raza macaense no sé qué 
decirte para darte una idea de su fealdad. Es imposi- 
ble que nada en el mundo se parezca al cruzamiento 
de chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus 
posesiones de Goa en la India, Timor en Oceanía ó 
Cabo Verde y demás establecimientos del África occi- 
dental. Imagínate un bull-dog con vestimentas huma- 
nas, y te quedas atrás. Por supuesto, no se tratan con 
ningún europeo, ni se las ve á ellas en ninguna parte; 
deben estar enmohecidas. Por las tardes se colocan 
detrás de las persianas (cierre ineludible de todo hueco 
de Macao), y desde allí ven sin ser vistas. Los días de 
fiesta van á misa, vestidas de negro, y cubiertas con 
un enorme manto de seda del mismo color, que pende 
hasta las rodillas, y en el que esconden la cara, en lo 
cual obran con gran prudencia ; además, las que pue- 
den usan silla de mano, con puerta apersianada tam- 
bién ; es su único ventilador. Te aseguro que al con- 
templar aquellas recatadas damas, cruzando en sus 
literas las tortuosas y empinadas calles de la ciudad, 
alumbradas de noche por algún modesto reverbero de 
aceite, y empedradas de pedernal y guijarros en pun- 
ta, le da á uno gana de calarse un chambergo con 
pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada 



272 ENRIQUE GASPAR 



de cazoleta, para no destruir la armonía de un cuadro 
digno de la época de Velázquez. 

Abolida en 1874 la emigración de culis ó trabajado- 
res para Guba y el Perú, solo recurso, pero beneficioso, 
con que contaba Macao desde que la apertura del 
puerto de Hong-Kong le privó del gran tráfico con la 
Europa y la Oceanía, esta misera colonia no cuenta 
con industria de ninguna clase, si no es la torrefacción 
del té, de la que están encargadas casas chinas. Se 
puede decir que los macaenses se hallan sumidos en 
la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portu- 
gués no saca de ella más rendimientos que los que el 
juego público le procura ; porque hay que notar que 
Macao es el Monaco ó el Baden-Baden del Celeste Im- 
perio. El juego prohibido, perseguido y castigado se- 
veramente en todo el imperio, se ha refugiado en 
Macao, á la sombra de la bandera lusitana. 

El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar 
de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlati- 
vo. Además del ajedrez, las damas, el billar y el vo- 
lante, para el que se sirve de los pies con suma des- 
treza, tiene cartas más numerosas que las nuestras 
(128 naipes), pero en estrechas tiras, como los dedos 
de las manos, y con caracteres en vez de figuras ; do- 
minó, con 32 fichas de madera, al que llama Pai; el 
atchen, ó juego de tres dados, en que sobre un cartón, 
en que figuran los seis números de uno de aquellos y 
las combinaciones de los tres, apunta el jugador, y al 
que por onomatopeya se le da el nombre de KulúKulú, 
pues imita el ruido que producen los dados cuando el 
banquero los agita sobre un platillo cubierto de una 
pequeña taza de porcelana. Estos y otros muchos jue- 
gos se juegan en mitad de las calles del bazar chino 
por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse en 
pié, y es muy frecuente el ver á dos chinos comiendo 
naranjas y apostando sobre los gajos que tendrán, ó, 
á defecto de otra cosa, sobre las sillas que pasarán en 



YIAJB Á CHINA 273 



tal transcurso de tiempo por la esquina en que están 
sentados. 

Ya que de sentarse hablo, te diré que la manera que 
tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del 
Asia es especial, é incomprensible que con eila hallen 
reposo. Abren las piernas, se dejan caer en cuclillas, 
sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. Prué- 
balo y me contestarás. 

Pero volvamos á los juegos y consignemos los tres 
más productivos para el gobierno portugués. 

El Pakopio es una especie de lotería antigua ó pri- 
mitiva, en la que, mediante una contribución, un co- 
merciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en 
todas las tiendas del bazar unos papeles ó billetes como 
cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y 
otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pin- 
cel bof ra á su elección cinco caracteres de la sección 
superior y otros cinco de la inferior, arriesgando en 
ellos el dinero que quiere. El banquero á su vez, y á 
una hora dada, antes de que empiece el juego en las 
tiendas expendedoras de billetes, ha borrado á su ar- 
bitrio otros cinco caracteres de cada sección , y depo- 
sitado esta boleta en una caja, cuya llave tiene un de- 
legado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los 
jugadores cuyas combinaciones son iguales á la que el 
banquero imaginó, cobran el premio proporcional á 
la suma expuesta. La operación vuelve á repetirse á 
las doce de la noche, j Dos extracciones diarias ! ¡ Oh 
moralidad ! 

El segundo en jerarquía superior es el Fantan, Doce 
son las casas, entre primera, segunda y tercera clase, 
que se consagran hasta media noche á tan plausible 
tarea, dejando al fisco un rendimiento de cuarenta y 
cuatro mil duros anuales en concepto de contribución. 

Entras por una puerta adornada con calados dora- 
dos, como todas las casas lujosas de China, y alum- 
brada por linternas de papel de colores ó de cola de 

z8 



274 ENRIQUE GASPAR 



pescado, con inscripciones. Un biombo de madera 
oscura, con los obligados calados, te oculta el lugar 
del suplicio. Tomas una escalerilla lateral, sucia y en- 
negrecida por el aceite de coco de las iluminaciones, y 
penetras en un cuartucho con un balcón ó galería elíp- 
tica en el centro, que deja ver la sala de abajo, donde 
está el tapete. Algunas casas tienen otra galería en el 
segundo piso, tan falta de aseo como la del primero. 
Allí te sientas en un escabel de madera, forrado de 
grasa, en compañía de varios culis y europeos, que 
los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y 
otros puntos á probar fortuna. Unas canastillas, pen- 
dientes de unas cuerdas sujetas á la baranda de la ga- 
lería, te permiten hacer llegar á los de abajo el dinero 
que vas á exponer. Nada te digo de los perfumes que 
allí se aspiran entre efluvios de tabaco, tufo de las lám- 
paras y eructaciones de los chinos, que consideran este 
desahogo como el más delicado refinamiento de cor- 
tesía, y en especial cuando uno está convidado en 
casa agena para demostrar que la comida le ha sen- 
tado bien. 

Veamos ahora el salón. Un público tan numeroso y 
escogido como el de las galerías, rodea un mostrador, 
cubierto, á falta de tapete, con una esterilla fina de 
junco, en el centro del cual hay como un ladrillo de 
plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un nú- 
mero del I al 4. Un culi, desnudo hasta la mismísima 
región umbilical, es el encargado de colocar las apues- 
tas donde el público le marca, y de pagar á los ganan- 
ciosos (con 7 por 100 de descuento, que se reserva la 
casa para la contribución), ó de cobrar integro de los 
perdularios. Otro caballero chino, en lucha anatómica 
con el primero, se entretiene en un aditamento del 
mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los 
duros mejicanos, que por aquí son la moneda corrien- 
te, y envolver en papelitos los fragmentos de plata, 
escribiendo encima el valor efectivo para facilitar las 



VIAJK Á CHIMA 275 



traosacciones. Conocidos el cobrador y el cajero, pase- 
mos al croupier, ó tenedor de la banca. Es este, por lo 
común, un señor carnoso y tranquilo, que no exhibe 
lo que sus vecinos, no porque deje de estar tan des- 
nudo como ellos, sino por impedírselo un pliegue ab- 
dominal que candorosamente descansa sobre la mesa. 
Tiene delante como quinientas ó seiscientas sapecas. 
La sapeca es la moneda china de cobre en circulación; 
su diámetro es el de un cuarto de los nuestros, con un 
agujero cuadrado en el centro ; cada ciento veinte for- 
man dos reales. Las sapecas destinadas al Fantan son, 
sin embargo, ad hoc, más perfectas y sin inscripción 
como las otras. Toma un puñado como de doscientas 
próximamente, y las coloca en el mostrador, cubriendo 
aquel promontorio con una pequeña tapa de latón para 
impedir que el público pueda contarlas con la vista, 
tapa que mientras está puesta, indica que puede ha- 
cerse juego. 

Por fin la quita, y esgrimiendo una varita afilada 
por el extremo inferior, empieza con una delicadeza 
exquisita á separar con ella sapecas de cuatro en cua- 
tro, hasta dejar una última porción que, según resulta 
ser de una, dos, tres ó cuatro, da la ganancia á los que 
han jugado á' estos números, amén de las infinitas 
combinaciones á que da lugar el sistema. Por supues- 
to, que cuando aún quedan por separar sesenta ó más 
sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va á ser el re- 
siduo. Dícese también que no obstante la vigilancia 
del público y el esmero con que la operación se prac- 
tica, el banquero sabe sacar dos juntas cuando le con- 
viene. De mí he de decir que he estado tres veces para 
enseñar este juego típico á extranjeros, y ellos y yo he- 
mos perdido siempre. 

Pero el que revela hasta dónde llega la pasión del 
azar en los sectarios de Confucio y su inmoralidad en 
grado supino, es el juego del Vaisen ó de los exami- 
nandos. 



276 ENRIQUE GASPAR 



Si las instituciones chinas y. sus preceptos sociales 
y políticos tuviesen en la práctica la observancia exi- 
gida por sus códigos, habría que confesar que era la 
primera nación del mundo, y tendríamos á honra el 
imitarlos. Pero nada más falseado en el ejercicio que 
las sanas doctrinas de sus moralistas y legisladores. 

Hable el Vaisen. 

En China no hay otra aristocracia que la del talento. 
Honores, títulos, condecoraciones, cargos públicos, 
todo, en fin, se le otorga al que más sabe, sin que el 
más oscuro y humilde del país deje de poder optar á 
la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en 
Pekín y en Cantón, alternativamente, exámenes pú- 
blicos, para cuyos ejercicios existen espaciosos locales 
con cuatro, cinco mil ó más celdas, en las que, tapia- 
dos como los cardenales en la elección de Papa, ejecu- 
tan los examinandos sus composiciones ; no creas que 
de ciencias exactas, naturales y físicas, no; toda la sa- 
biduría de los celestes se reduce á conocer el mayor 
número de signos de que se compone su escritura, las 
máximas de Confucio y Mencio, y la genealogía de sus 
monarcas con hechos notables de su historia. Así ob- 
tienen el título de mandarín, que comprende nueve 
grados y se distinguen por el color del botón que co- 
locan sobre el sombrero oficial, como te explicaré a 
su tiempo, con lo cual se hallan en aptitud para ejer- 
cer un destino público, el que, con una gran longevi- 
dad y un hijo varón, completa los tres mayores bene- 
ficios que estos señores se desean entre sí. Al terminar 
los exámenes de un año se reparten las listas de los 
examinandos para el siguiente, y aquí entra aquello. 
Fórmanse con estas listas millones de cuadernos en 
que figuran los nombres de los alumnos ; estos cua- 
dernos, que son otros tantos billetes de lotería, se ven- 
den á distintos precios á los jugadores, quienes mar- 
can, como en el Pakopio, los nombres de los que juzgan 
que han de ser aprobados, ganando al terminar los 



VIAJE A CHINA 277 



exámenes en proporción de los nombres que acertaron 
y de la cantidad que representaba el cuaderno. ¡Qué 
sumas se jugarán al Vaisen cuando el monopolizador 
de esta industria en Macao, único punto donde se to- 
lera, paga al gobierno portugués cuatrocientos cin- 
cuenta mil duros anuales ! 

Excuso decirte que cuando se aproxima la época de 
los ejercicios, todo se vuelve recomendaciones á los 
catedráticos y ofertas pecuniarias para que desaprue- 
ben á fulano ó á mengano, sobre el que se ha inclina- 
do la balanza de las apuestas; ó bien recurren al exa- 
minando mismo para que conteste mal á trueque de 
dinero. En fin, no hay género de cohecho ni de preva- 
ricación que deje de ponerse en práctica, con lo que 
resulta una segunda lotería para alumnos y examina- 
dores. 

Ahora, antes de empezar á tratar al chino, acabamos 
de conocerle. Ya te he descrito al culi macho y hem- 
bra, con su traje y su fisonomía ; ambos son uno, salvo 
el que en la patchama de las mujeres las mangas per- 
didas sólo llegan á la mitad del brazo, que adornan 
con una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y 
los aretes de las orejas. ¡ Coquetuelas en todas partes ! 
Subiendo un peldaño en la escala femenina, tropeza- 
mos con la camarera ó ama, como la llaman por aquí. 
Es la misma mujer culi, más limpia, con traje idénti- 
co, si bien aseado, y con la patchama azul de lustrina 
ornada al canto con una faja negra de cuatro dedos. 
Usa zapatos con dos tacones, á proa y á popa, ó de 
seda como el de los hombres, de forma agalerada, con 
una suela blanca de fieltro sumamente gruesa. Las 
hay que llevan medias de Europa ; pero nunca se tapan 
la cabeza con shalakó como las jornaleras ; se preservan 
del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas 
de Eva, puesto que la que ocupa una posición desaho- 
gada, la mujer de clase, si aquí puede llamarse de esc 
modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta después 



278 KNRIQUE GASPAR 



de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su 
marido. 

Vamos á hablar ahora del famoso pié pequeño de 
las chinas. En todas las clases lo encuentras con pro- 
fusión. He aqui cómo se practica esta bárbara costum- 
bre. Al nacer la niña le descoyuntan hacia dentro, tri- 
turándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le 
doblan el pié de modo que se apoye al andar sobre las 
falanjes, quedando el dedo gordo formando el empeine, 
y le maceran el talón, que desaparece por completo en 
el tobillo. Es decir, que el pié lo forma solo el dedo 
respetado ; lo demás es un muñón informe. Natural- 
mente el zapato, estrecho y muy puntiagudo, de vis- 
tosos colores y bordados, y sujeto á la canilla por una 
faja para que se sostenga, resulta de una pequenez 
inconcebible y se da al pié la apariencia de una pata 
de cabra. El origen de esta aberración nadie lo conoce, 
ó mejor dicho, se le atribuyen varias causas. Pretenden 
unos escritores que fué por adulación hacia una em- 
peratriz que, por lo diminuto de su pié, mereció ser 
española ; suponen otros que es signo de distinción 
para dar á entender con ello que no necesitan andar y 
pueden pagarse una camarera que las sirva de apoyo, 
pues hay muchas que, sin este requisito, no dan un 
paso. Algo de esto ultimo debe haber dado la inclina- 
ción del chino á hacer ver que puede derrochar dine- 
ro, y sus aficiones á lo simbólico y emblemático, como 
lo es también el dejarse crecer las uñas, muy ribetea- 
das por lo común, para indicar que no se consagran á 
tareas manuales. Mujeres hay que las llevan cubiertas 
con dediles, y en Siam se ven individuos con treinta 
centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en 
forma de tirabuzón. 

Volviendo al pié pequeño, y respetando las opinio- 
nes de los que saben más que yo, opino, sin embargo, 
que hay otra razón para este martirio. Con la tritura- 



VIAJE A CHINA 279 



cióQ desaparece por completo la pantorrílla ; desde el 
tobillo á la rótula, la pierna no es más que una canilla; 
pero en compensación los muslos y las caderas adquie- 
ren un desarrollo fenomenal y muy en armonía con 
los gustos estéticos de los chinitos. 

— {PoT qué no suprimen ustedes esa costumbre ? — 
pregunté á un celeste de quien me asesoro para mis 
apuntes. 

— Porque nos gusta — me respondió — ver cimbrearse 
al andar á la mujer, que teniendo cuello de cisne, debe 
tener piernas de faisán. 

— Pero eso es bárbaro — añadí. 

— ^¿No lo es más el corsé europeo ? — objetó en son de 
demanda. 

— De ese modo condenan ustedes á la pobre mujer 
á no participar de ninguno de los goces de su sexo — 
prosegui eludiendo la pulla. 

— ¿ Cuáles ? 

—El baile, verbi gracia. 

— i El baile! — me dijo soltando una carcajada. — Nos- 
otros no bailamos nunca. Es una de las cosas que más 
nos llaman la atención en ustedes ; que se sofoquen y 
echen los hígados para no gozar del espectáculo. ¿No 
sería más natural y más noble dejar bailar á los cria- 
dos, y que los amos los contemplasen ? Es lo que nos- 
otros hacemos con los músicos y los juglares ; nos- 
otros los pagamos y ellos nos divierten. 

— Tiene usted buenas ocurrencias. 

— No, señor, es que ustedes tienen cosas muy raras. 

— ¡ Hombre ! 

— Si, señor, muy raras y muy inútiles. Así, por 
ejemplo, nosotros creemos que los botones están muy 
en razón en el traje cuando sirven para abrochar algo. 

— Y nosotros lo mismo — le argüí. 

— Entonces ¿ por qué se ponen ustedes estos ? — me 
dijo haciéndome dar media vuelta y señalándome los 
dos tradicionales botones del talle de la levita. 



28o ENRIQUE GASPAR 



Ante tamaño argumento confieso que me quedé 
mudo. Desde entonces cada vez que marcha delante 
de mí un europeo, no puedo dejar de mirar aquellas 
dos obleas que me parecen los ojos del chino riéndose 
de las modas de París, y diciéndome: — cTe veo». 

En todas partes del mundo se nota diferencia en los 
rasgos fisonómicos entre un hombre de baja condición 
y otro educado. Hay en este último más delicadeza en 
los trazos, más suavidad en los músculos, más distin- 
ción en general. Aquí no ; todos son iguales. El prín- 
cipe Kung, regente del imperio, el virrey de Cantón, 
el opulento empresario del opio, el mercader y el culi, 
son ejemplares del mismo cliché. 

Una sola cosa los distingue, y es la mejor tela del 
traje. Todo el que no es culi usa pátchama de la mis- 
ma forma que la de aquel, pero de merino ó de seda 
cruda, de delicados colores celeste, violeta ó amarillo 
de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos 
calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre 
unos calcetines de lienzo blanco, muy ajustados del 
pié y anchos de la canilla. En invierno añaden unas 
pistoleras, ó sea un segundo calzón sin fondillos, que 
deja ver el de abajo por detrás desde las corvas hasta 
arriba y un capoten guatado y sin mangas como el de 
los culis, pero limpio relativamente. La blusa se con- 
vierte en ellos en túnica talar llamada Kavalla, cuando 
se visten de gala, de igual forma y color que la pátcha- 
ma, pero descansando en los talones. La cabeza, en 
verano descubierta y garantizada por un paraguas, 
en los meses de frío se la tapan con una flanerita de 
seda negra del tamaño de un solideo y colocada como 
este. 

El boy ó ayiidá de cámara es el único chino de mo- 
dales más desenvueltos y de rostro más simpático ; 
yo creo que en ello influye su trato constante con eu- 
ropeos. Habla inglés ó portugués, según la colonia en 
que habita, francés los de los puntos en que hay con- 



▼UJE Á CHINA 281 



cesión de terreno á aquella nación, algunos alemán 
por análoga causa, y muchísimos español por haber 
permanecido en Manila ó ido á Cuba en el período de 
la emigración. El boy es el jefe de todos los criados de 
una casa ; las mujeres no hacen otro servicio que el de 
camareras. Se necesitan los siguientes : Un cocinero 
con siete duros mensuales : él provee el menaje de co- 
cina y se agencia el pinche ó aprendiz. Dos culis de 
silla; algunos tienen de cuatro á seis duros; encarga- 
dos de la limpieza de la casa y de servirle á uno de 
acémila enganchados á la litera. Un office coolie, para 
las comisiones, correo y mandados burocráticos, con 
igual salario, y por último, el boy con ocho duros. 

Reservados, respetuosos, fieles, salvo las pequeñas 
sisas, serviciales, exactos, aunque rutinarios en el 
cumplimiento de su deber, los chinos son un verda- 
dero modelo de criados. No viven más que para adi- 
vinar lo que á su amo puede hacerle falta. Hace pocas 
noches, con el deán de la Catedral de Manila, que me 
hizo el honor de pasar dos días conmigo, me fui al 
Círculo ; de allí nos trasladamos á una casa de Fantan 
para que conociera este juego. Á la salida, sobre me- 
dia noche, advertimos que llovía ; pero al trasponer 
la puerta, los culis de casa estaban allí con la silla, 
sin que nadie los hubiera avisado y en un sitio al 
que jamás concurro. 

Un diplomático, aniigo mío, asistió de uniforme á 
una comida oficial en Hong-Kong. Después se fué.á 
tomar el té en casa de unos amigos; sintiéndose algo 
indispuesto, le obligaron á pasar allí la noche : al ama- 
necer del día siguiente estaba su boy personado en la 
casa con el traje de levantarse y otro de calle para 
cuando su amo se despertara. 

Te vas de paseo al campo, llega una carta para ti y 
el office coolie, como un podenco, se pone á olfatear tu 
rastro, sin que vuelva a casa hasta encontrarte y ha- 
berte dado la misiva. 



282 ENRIQUE GASPAR 



Con SU salario se mantienen, se visten y economizan 
para dar la mitad lo menos á su padre, ó sostener su 
casa si no son solteros. 

En cambio no les mandes nada que esté fuera de 
sus deberes. Cada cual tiene los suyos y no sale de 
ellos. El office coolie no te encenderá una lámpara ni 
tomará una escoba, el culi de silla no te sacará una 
camisa del armario, el boy no irá con un recado á casa 
de tu vecino. 

Ayer estaba en mi escritorio dándole unas instruc- 
ciones al boy; de pronto una ráfaga se me lleva todos 
los papeles. 

— Cierra esa ventana — le digo. Él gira sobre sus ta- 
lones, y desde la puerta grita: 

— ¡ Culi 1 Ventana. 

El culi, como si hubiera presentido la caricia de 
Eolo, estaba ya trasponiendo el dintel. 

— i Por qué no la has cerrado tü ? — le grito al boy 
indignado. Y él sin alterarse, me contesta : 

—No/ my businesSj str. No es de mi incumbencia. 










Macao, i8 de Noviembre de 1879. 

Mi querido amigo : Una representación teatral chi- 
na es sin disputa lo que más llama la atención del 
europeo, acostumbrado á ver que entre los celestiales 
todo pasa al revés que entre nosotros. Así, por ejem- 
plo, estar con la cabeza descubierta delante de una 
visita, se considera como signo irrespetuoso y hasta 
insultante. El lado izquierdo es el preferente en toda 
ceremonia. Una sonora eructación hacia el final de 
una comida, es la prueba más relevante de cortesía 
que puedes dar á tu anfitrión, para hacerle entender 
con ello que sus manjares te han sentado bien. Cuan- 
do á uno le llamas viejo, le prodigas el elogio más 
cumplido, y es hasta fórmula precisa preguntar á la 
persona á quien ves por la vez primera los años que 
tiene, y responderle que aparenta más edad. Por su- 
puesto, ya sabes que escriben de arriba á abajo y de 
derecha á izquierda ; de modo que sus libros, impre- 
sos en pliegos como los del papel de cartas por un 
solo lado, y encuadernados de manera que el doblez 



284 ENRIQUE GASPAR 



haga las veces de canto, formando una sola página lo 
que entre nosotros constituiría la primera y la cuarta, 
tienen el fin en el lugar en que en Europa se pone el 
principio. 

Pues bien, todo esto son tortas y pan pintado en 
comparación de los templos en donde se rinde culto á 
Melpómene y Talía. 

Los chinos son idólatras del teatro : es una verda- 
dera pasión la que tienen por estos espectáculos, en 
que se representan batallas y pasajes de su historia, 
alternados con entremeses, de autor siempre anóni- 
mo, pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en 
lo que muy pronto creo que los vamos á imitar en 
Europa, si seguimos por donde andamos. 

Pero vayamos por partes. 

Las compañías, por lo menos las que yo he visto, 
están compuestas de hombres solos, y es notabilísima 
por cierto la habilidad con que los encargados de los 
papeles de mujer las imitan en todo; llegando la per- 
fección hasta el punto de remedar el pié pequeño de 
las chinas, formado con un taruguito de madera que 
se colocan en la punta de los dedos, y con el que tie- 
nen que andar de puntillas. Su identificación con la 
metamorfosis es tal, que hasta fuera de la escena se 
los toma por mujeres. Me han asegurado que hay 
compañías exclusivamente formadas por el bello sexo 
y otras mixtas ; y verdad debe ser, por cuanto las le- 
yes chinas niegan á las actrices el derecho de contraer 
matrimonio legal, relegándolas á la condición de con- 
cubinas. 

Estas compañías, más ó menos numerosas, se divi- 
den en de i.°, 2.° y 3." orden, y llevan una vida nóma- 
da y errante, como la de nuestros antiguos farandu- 
leros, trabajando allí donde los ajustan, si bien su 
adquisición es siempre disputada. Rara vez son em- 
presarios los actores. 

Lo que llamaremos temporada dura cinco días con- 



VIAJE k CHINA 285 



secutivós, y los artistas reciben por su trabajo una 
remuneración que varia entre 600 y 1,500 duros. 

Generalmente los teatros se improvisan con bambú 
en los pueblos de poca importancia ; pero donde las 
representaciones son frecuentes, hay edificios de plan- 
ta, hechos de ladrillo y yeso, á cuya categoría per- 
tenecen los dos que posee Macao. 

La sala es un rectángulo. Dos órdenes de lunetas de 
madera oscura, separadas por un callejón en el centro, 
componen, como en nuestros coliseos, el patio, al que 
concurre la gente acomodada. Estas lunetas están se- 
paradas de la pared por un ancho pasillo á cada lado, 
á los que de pié y gratis asiste el pueblo. En el primer 
piso hay dos galerías laterales para señoras y caballe- 
ros preferentes. En el segundo y en el fondo, parale- 
lamente á la escena, se levanta un graderío para todos, 
como el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas 
del vulgo por una barrera y de los vecinos por un tabi- 
que, son los palcos para las autoridades de la Colonia. 

Los precios de las localidades varían desde un real 
hasta cinco. Las paredes, que en algún tiempo debie- 
ron estar enlucidas de yeso, no están ya más que re- 
lucientes de mugre, y jamás hubo mano de pintura 
en ellas ni en el maderamen, negro por tan distintas 
y frecuentes fumigaciones. Alguna que otra lámpara 
de aceite de coco, despabilada á intervalos por culis 
(coolies), vestidos lo extrictamente necesario para no 
poder decir que van desnudos, alumbran y asfixian al 
público. El traje del que no paga y el de la muche- 
dumbre de á real, viene á ser como el del culi. Los de 
los caballeros y señoras ya nos son conocidos. Pero hay 
otra clase de Evas, luciendo patchamas de la forma in- 
variable china, si bien bordados en sedas de colores 
vistosísimos, que por las flores de su peinado, los oro- 
peles de su prendido y el blanco de magnesia y rojo 
de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para 
imitar á las grandes damas, acusan á la legua su triste 



286 ENRIQUE GASPAR 



condición de hetairas. Su misión se reduce á dar testi- 
monio con su presencia de la prodigalidad del que las 
alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso por naturaleza, 
no la lleva allí con fin alguno ulterior: el oficio de 
aquella mujer termina con el espectáculo. Aquel buen 
hombre necesita hacer ver que se ha gastado en tal 
circunstancia algo más que el precio del billete, y ha 
convidado á aquella criatura, para que esté sentada 
junto á él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa ; 
pues se me olvidaba decir que todos, sin distinción de 
sexos, fuman durante la representación, comen y be- 
ben y se dicen que les ha sentado bien. 

En los pasillos hay puestos donde se confecciona 
toda clase de alimentos, desde el pastel hasta la mor- 
cilla asada, que aún humeante, sirven por la sala los 
dependientes de los abastecedores. Imagínate el olor 
que allí habrá, si agregas á esto el que todos los des- 
cartes de la naturaleza se llevan á cabo donde al pú- 
blico le place. Aquello es un vasto ;arc¿^n. ¡Quién fuera 
alcalde de barrio de Sevilla para poder poner aquel 
célebre aviso : « No se premite jumar en el zalon ni llevar 
castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejoh 

Se me pasaba por consignar un detalle. Las repre- 
sentaciones dan comienzo á las siete de la noche, con- 
tinúan hasta las cuatro de la madrugada, se suspenden 
hasta las once, y terminan á las cinco de la tarde. El 
que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los 
ruidos alternan con los perfumes. 

Pasemos á la escena, poco elevada sobré el nivel del 
público. Figúrate una decoración de sala cerrada ; 
pero que en vez de ser de tela y madera, sea de ladri- 
llo y yeso, es decir, fija invariable, sin más puertas 
que dos pequeñas en el fondo, y adornada con pintu- 
ras y hojarascas de talla dorada. De los muros penden 
grandes tarjetones encarnados ó negros, donde con 
caracteres de oro se consignan el nombre de la com- 
pañía y sus títulos. Dos pasillos laterales interiores, 



VIAJE Á CHINA 287 



prosecución de los que en el público sirven para espa- 
cio gratuito, conducen al foro, donde en un solo recin- 
to se hallan la guardarropía, la sastrería, el vestuario 
y todas las dependencias. 

En el centro del escenario está la orquesta destinada 
á acompañar á los ejecutantes. Su instrumental se 
compone de una especie de rabel ó violín de una sola 
cuerda, una ó dos guitarras chinas, desmesuradamen- 
te grandes, y con la caja en forma de concha, una 
como á modo de dulzaina, címbalos, gong ó campana 
china, un tambor convexo de metal, como una cazuela 
pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que pro- 
ducen el sonido de nuestras castañuelas. Todo el pros- 
cenio está invadido por un centenar de culis, parte de 
ellos espectadores, otros guardarropas, despabiladores 
y dependientes, colocados, como los coros de las ópe- 
ras en los teatros de provincia, en fila á guisa de sol- 
dados de papel. Comprenderás, por lo dicho, que el 
espacio libre para representar se reduce á unas cuatro 
varas en cuadro. 

Las decoraciones, cualquiera que sea el sitio en que 
pase la acción, se reducen á una mesa tosca de made- 
ra con una silla de bambú á cada lado. Si el teatro re- 
presenta una casa rica, revisten las sillas de un paño 
encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega 
algún papel en la obra, como por ejemplo, un árbol á 
cuyo pié debe sentarse un personaje, cúbrese el asien- 
to de un paño negro, al que se sujeta un cartelón que 
dice : « Árbol.» 

Fácilmente se ve hasta dónde puede llegarse por 
este camino de la ideología. Algunas veces la mesa se 
convierte en cama, agregándose unos riquísimos cor- 
tinajes: es el único lujo, pero preciso, que se permiten 
en la mise en scéne. 

Desterrados del teatro los trajes de la dinastía rei- 
nante de los Tsing, raza tártara de la Manchuria, los 
artistas usan los de la época de los Ming, pura rama 



288 ENRIQUE GASPAR 



celestial ó del imperio del Centro, que son lujosísi- 
mos, raros hasta lo indescriptible, y de que sólo pue- 
do darte una ligera idea, recordándote los personajes 
de ciertos abanicos y de algunas porcelanas antiguas 
del país. Carecen de consuetas y de traspuntes, y todo 
va fiado á la memoria ; con la particularidad de que el 
público conoce casi siempre la obra tan bien ó mejor 
que los actores, á quienes nunca aplaude, reducién- 
dose la líianifestación de su agrado á un murmullo de 
aprobación. 

La mímica es entre los chinos el fundamento de la 
declamación ; todo lo componen con gestos. Un perso- 
naje que escribe, otro que come, no se servirán nunca 
del pincel (que es su pluma), ni de la taza ó los pali- 
llos (que forman el plato y el cubierto); con las manos 
dan á entender como pueden lo que hacen; y sin duda 
para ellos debió escribir aquel libretista del baile El 
robo de las Sabinas, la célebre acotación que decía: 
« Los romanos dejan ver por sus ademanes que care- 
cen de mujeres.» Los chinos lo hubieran interpretado 
sin apurarse. 

Hay, sin embargo, algunos utensilios de que se sir- 
ven como símbolo: por ejemplo, el personaje que 
figura estar montado lleva como látigo una cola de 
caballo; el que navega blande un remo, porque es 
de notar que la acción no se interrumpe nunca ni se 
subsanan ciertas justificaciones con recursos de arte. 
Si alguien dice que se va de Cantón á Pekín, y la es- 
cena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino, 
es preciso que emprenda el viaje, ejecutando todos los 
medios de locomoción de que ha de servirse, llegando 
á tal extremo la escrupulosidad de estos detalles, que 
no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y 
golpear el aire con sus nudillos cuando figura que 
llama en otra casa. 

Pero lo más raro sin duda en este convencionalis- 
mo, es la manera de dar á entender que uno de los 



VIAJE Á CHINA 289 



interlocutores no ha oído lo que los otros se han dicho 
aparte. Consiste el movimiento en volver la espalda al 
público. 

Siguiendo por la vía de los emblemas, no te sor- 
prenderá el saber que, para demostrar un personaje 
que es hipócrita y de doble intención en sus actos, se 
pinta las narices con una mancha blanca. Por supues- 
to que abundan las prosopopeyas ó personificaciones 
de ideas, entre las cuales he visto á la inspiración, 
vestida como de arlequín, penetrar en el cerebro de 
varios examinandos que concurrían á un certamen del 
grado de mandarines, dando brincos por encima de 
sus cabezas. 

Su literatura dramática no puedo yo apreciarla, 
aunque conozco algunas traducciones de obras anti- 
guas. Sin embargo, sé de ella lo bastante para consig- 
nar que los entremeses modernos son, en su mayoría, 
obscenos y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus 
costumbres. En ellos ves títulos como este : El castigo 
de una mujer que no ha tenido hijos varones^ circunstan- 
cia que entre los celestiales autoriza al marido á tomar 
concubina legal ; como verás cuando te dé á conocer 
al chino en familia. Son de larga duración, sin estar 
divididos en actos, ó constando de uno solo. Se repre- 
senta y se canta en ellos, siendo de notar que, tanto 
los personajes masculinos como los femeninos, cantan 
en falsete con unas modulaciones imposibles de com- 
prender, y llevando un compás muy parecido á un 
laberinto. Añade el acompañamiento de aquellas chi- 
charras, y el ruido infernal del gong y los platillos, 
que aprietan sin compasión al final de cada pieza, y 
tendrás una idea de cómo se rinde aquí culto á Euter- 
pe. Esto no obsta para que en Pekín haya un ministe- 
rio que se llama de la música. 

Yo he asistido á la representación de una obra, que 
es la historia de un matrimonio, á cuyos contrayentes 
otorga el cielo, coram pópulo, el beneficio de un hija 

19 



290 



ENRIQUE GASPAR 



en la forma de un muñeco de cartón, y á cuya pater- 
nidad legal puede el público servir de testigo de prueba. 

Por la contra, existen obras antiguas de un delicioso 
carácter y de una intención filosófico-social del mejor 
cuño. Juzga por este relato. 

Tchuang-Tsen es un sabio y viejo confucista, casa- 
do con la hermosa Tián. Un día que el marido se pa- 







seaba por el monte, observó junto á una tumba á una 
linda mujer aventando la tierra con su abanico. Pre- 
guntándole lo que aquello significaba, contestóle ella 
que aquel sepulcro era el de su marido, que al morir 
le habla impuesto la obligación de no volverse á casar 
hasta que la tierra de su lecho de muerte estuviese 
completamente seca, y que trataba de ver si con sus 
esfuerzos lograría lo que la naturaleza se empeñaba en 
negarle: secarla. 

El sabio, que al mismo tiempo tiene sus ribetes de 
hechicero, compadecido de la pobre viuda, hace que 
la humedad de la tumba desaparezca, lo que ella acoge 
con evidentes muestras de júbilo, llenando de caricias 



VIAJE A CHINA 29I 



á Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su aba- 
nico. De regreso á su casa, entera á Tián de lo ocurri- 
do, y ésta, que demuestra ser mujer rígida en sus 
principios é intransigente en cuanto con la decencia y 
la consideración se relaciona, se desata en imprope- 
rios y llena de dictados á aquella mujer, que tan pron- 
to y sin recato alguno olvida el respeto debido á su 
difunto esposo. 

— ^Lo mismo harías tú y todas — le contesta el sabio. 

— Nunca — replica Tian. — Eso es indecoroso é impro- 
pio de mujer que se estima. 

Finalmente, tras una larga discusión, cada uno se 
queda con su razón, sin avenirse. 

Á los pocos días, Tchuang-Tsen cae enfermo, y se 
muere. Tián se abandona al más vehemente y más 
ostensible dolor. Terminadas las ceremonias fúne- 
bres, mete el cadáver en la caja, y se dispone, se- 
gún la usanza china, á guardarle en la cámara mor- 
tuoria los tres ó cuatro meses de rigor entre la gente 
rica. 

En este intervalo, llega á la casa Wang-Sun, joven 
y apuesto mancebo , que ignorando la muerte de 
Tchuang-Tsen, venía con una carta de recomenda- 
ción, desde lejanas tierras, á ser su discípulo y com- 
partir con él su hogar. La viuda le da alojamiento 
hasta que disponga su regreso, y ambos lloran al di- 
funto, encomiando, las excelencias de su carácter y 
sus virtudes. Pero el diablo las carga, y de fil en ai- 
guille, como dicen los franceses, Tián concluye por 
enamorarse de Wang-Sun, que, nuevo José, quiere 
buscar en la fuga amparo contra las tentaciones de la 
viuda del Putifar chino. La pasión de Tián se excita 
con su esquivez, y por fin... ambos se ablandan. 

Entonces óyense golpes en la caja ; Wang-Sun, ate- 
rrado, echa á correr ; Tián, con mano trémula, abre el 
féretro, y lo halla vacío. Vuelve á la sala en busca de 
su amante, y se encuentra con su marido Tchuang- 



292 ENRIQUE GASPAR 



Tsen, que la recibe con una carcajada, y le explica que 
es él quien ha toni^ido la forma de Wang-Sun, con- 
cluyendo con esta frase : 

«¡Vamos! ¿Te convences de que lo mismo sois to- 
das h 

Los hechos históricos que en el teatro se represen- 
tan, son más bien escenas gimnásticas, en las que los 
combatientes se entregan á saltos muy notables, lu- 
ciendo trajes lujosísimos y armas de una rareza ejem- 
plar, cuya autenticidad es notoria, pues aún se usan, 
y las describiré á su tiempo cuando te hable de mi 
visita al virrey de Cantón. 

Lo original de estas representaciones es el combate. 
Si la crónica refiere que el héroe de la leyenda mató á 
quinientos combatientes, no cesará el espectáculo 
mientras los comparsas no hayan pasado otras tantas 
veces bajo el filo de su espada, que él blande de un 
modo muy artístico, figurando que mata con ella á sus 
enemigos; hasta que al fin, para indicar que la lucha 
ha terminado, coge una cabeza de cartón que está so- 
bre la mesa, y hace como si la derribara de un tajo. 
Entonces retumban vivas y gritos de victoria, y cer- 
cándole de banderas, se lo llevan en triunfo ; el público 
murmura, y si no cae el telón por no haberlo, sale uno 
á respirar el fresco ambiente de la tarde. 




* -IIT^fj.^-lP^, 



Macao, 26 de Marzo de 1880. 

Mi querido amigo : Ya te he dicho 
que en vano busca uno colores en 
China ; pues lo mismo sucede con 
los olores (salvo los malos, peculia- 
res de este país), los ruidos, los afec- 
tos y las pasiones. Todo aquí es vergonzante ó ru- 
dimentario; no hay nada franco y decidido. Aspi- 
rando bien, llegas á encontrar á la flor algún per- 
fume recatado y modesto ; las frutas no son ni agrias 
ni dulces, pero sí insípidas; los instrumentos mú- 
sicos carecen de sonoridad, su ruido es mate; chi- 
nos y chinas cantan en falsete, sin vibraciones en la 
voz y en el diapasón de la confidencia ; se diría que 
hacen música en secreto. No extrañarás, por lo tan- 
to, el saber que en China no hay amor, con lo que 
probado queda que no hay nada : lo que no obsta para, 
que los estadistas difieran en reconocerle de cuatro- 
cientos á quinientos millones de población, que es una 
apreciable diferencia. Esto indica que hay familia en 



294 ENRIQUE GASPAR 



el sentido de la multiplicación. Veamos cómo está or- 
ganizada esta operación aritmética. 

El nacimiento de una he'mbra es una desgracia ea 
el hogar. La ley protege al marido cuya mujer no le 
ha dado hijos varones, y ie autoriza á tomar concubi- 
na legal. La superstición, base de esta sociedad, va 
aún más lejos, y madres hay que considerando como 
un castigo celeste el no tener sino hijas, las matan, 
por aplacar el enojo divino. Venderlas es cosa frecuen - 
te; por dos reales adquieres una niña de tres ó cuatro 
años. No hace muchos días vino una madre á regalar- 
nos la suya, en agradecimiento de unos juguetes que 
á su hijo le habían dado los míos. 

Es tan inconcebible lo que voy á contarte y tan fre- 
cuente en los escritores el inventar por producir efecto, 
que, aunque te consta mi veracidad, creo de mi deber 
repetirte bajo palabra, para satisfacción de tus lecto- 
res, que estas correspondencias no tienen otro mérito 
que el de la exactitud, reducidos sus detalles las más ve- 
ces á las menores proporciones^ pues cosas hay que no 
sabe uno cómo decirlas, y que no obstante se deben 
dar á conocer. 

Entre muchas hermanas hay siempre una que es la 
predilecta de los padres, predilección que debe tras- 
cender al público, lo que consiguen colocándole en ua 
lado de la cabeza el tuferito de pelo que las demás os- 
tentan en mitad del occipucio, hasta que ya adultas 
unas y otras, dejan crecer la parte afeitada y adoptaa 
el peinado de soltera ó el de casada, aun siendo céli- 
bes, si no quieren consagrarse al matrimonio. Por su- 
puesto, no las enseñan á leer ni á escribir, y su edu- 
cación se reduce á empezar á comprimirlas el pié 
desde que tienen cuatro años, para destinarlas á espo- 
sas, que necesariamente han de ser de pié pequeño. 
Hablo de las clases acomodadas, pues los pobres, como 
en todas partes, hacen lo que pueden, y se casan sin 
miramiento á la base. 



VIAJE i CHINA 295 



Muchas de estas desgraciadas mujeres quedan re- 
legadas á la condición de concubinas de algún chino 
acomodado, ó pasan á ser mencancia vil del transeún- 
te, porque sucede que, si joven aún, cae enferma, in 
articulo mortis la madre la vende á una curandera, 
que se encarga de cerrarle los ojos y sufragar su en- 
tierro ; pero si sana, la empírica, que á su profesión 
agrega el oficio de zurcidora de voluntades, queda 
dueña exclusiva de la infeliz, y la explota hasta que ella 
puede emanciparse mediante un rescate pecuniario. 

La elefantiasis, esa terrible enfermedad hereditaria 
conocida vulgarmente con el nombre de lázaro, hace 
en China estragos horrorosos; y la mujer que por 
desgracia cuenta algún lazarino en su abolengo, es 
llevada por su propia madre á esos centros de la hi- 
giene pública, donde cubriéndose treinta y seis veces 
de oprobio, asegura la superstición que desaparece el 
germen del mal. 

Pero nace un hijo y la decoración cambia ; no creas 
que hay bautizo ni inscripción civil ; toda la ceremo- 
nia se reduce á celebrar tan fausto suceso con una 
comilona, mucho más copiosa para el mayorazgo que 
para los demás hermanos varones que le sigan : de- 
recho de gradación que se refleja en todos los actos 
de la vida china, alcanzando hasta la herencia, de la 
que, excluidas las hembras, toca á cada hijo una parte 
tanto mayor cuanto aventaja en años á sus hermanos 
menores. 

El padre pone un nombre á su antojo al chico, y 
éste lo conserva hasta que se halla en disposición de 
empezar su instrucción primaria. Entonces lo cambia, 
operación que verifica también al casarse y al des- 
empeñar un cargo público. Los emperadores mudan 
asimismo de nombre al subir al trono, al entrar en la 
mayor edad y al ser juzgados después de su muerte 
por los censores, quienes le conceden el dictado con 
que han de ser conocidos en la historia. 



296 ENRIQUE GASPAR 



Empieza, pues, el muchacho por estudiar los carac- 
teres de que se compone su lengua, y que se elevan á 
la enorme cifra de 85,000. Conocer la mayor cantidad 
posible de ellos constituye el desiderátum de los chi- 
nos. Escritura ideológica trazada con pincel de arriba 
abajo y de derecha á izquierda, cada signo de sus más 
de doscientas radicales corresponde á la representa- 
ción de un objeto, y combinados, producen esa multi- 
plicidad de caracteres á cuya absoluta posesión no 
hay nadie que haya podido llegar todavía. Agrega á 
esto el que cada signo tiene una pronunciación mono- 
sílaba y que cada monosílabo es susceptible de ser 
pronunciado de cuatro maneras diferentes, y tendrás 
una idea, aunque remota, de las dificultades de la 
lengua. 

El idioma oficial es el mandarín ó pekinés, exis- 
tiendo además muchísimos dialectos ó puncti (len- 
gua del país), entre los cuales el más generalizado es 
el cantones. El populacho y la gente de mar hablan 
una jerga conocida con el nombre de Aka. 

Como en China no hay universidades ni centros de 
enseñanza oficial, el muchacho tiene que estudiar con 
maestros particulares, empezando por imponerse en 
moral según las máximas de Confucio, retórica, histo- 
ria la extrictamente necesaria para conocer la crono- 
logía de sus reyes, pues la de los demás pueblos mal- 
dito lo que les interesa; filosofía con las ampliaciones 
de Mencio á los preceptos de Confucio y comentaris- 
tas de éste, y legislación, la cosa menos parecida al 
derecho que puedas suponer. 

Y aquí se acabó toda la enseñanza. Lo importante 
es obtener un grado de mandarín, única aristocracia 
personal, no hereditaria, en China, á la que tiene 
opción el individuo cualquiera que sea su origen, y 
que si se otorgase exclusivamente al mérito, en vez 
de adjudicarse al mejor postor , justificaría en los 
chinos el dictado de celestiales con que se adornan; 



VIAJE A CHINA 297 



pero ya te dije al hablar de los juegos cómo se veri- 
fican estos exámenes. 

Nueve son los grados de mandarín y se distinguen 
por el botón ó bellota con que adornan su sombrero. 
Éste es como una gorra de jockey, á la que se le aña- 
diese, en lugar de visera, un ala ó baranda como la de 
un sombrero calañés ceñida al casquete, es decir, sin 
vuelo y tan alta como éste, teniendo por remate en el 
centro de la copa, su borla de fleco encamada y el bo- 
tón distintivo de la categoría. Su efecto es el de un 
cubo de ancha base, puesto por la boca sobre el crá- 
neo- 

El botón rubí ó rojo transparente, es el signo de los 
mandarines de primera clase, la más elevada. Su nú- 
mero es de veinticinco. Seis están en el ministerio, 
quince presiden los tribunales de provincia y cuatro 
tienen á sus órdenes al ejército. Todos ellos han de 
ser letrados y forman el Consejo del emperador. 

El botón rojo coral opaco, lo usan los mandarines 
de segunda clase, en la que están comprendidos los 
magistrados y jefes militares, y los de los ramos de la 
administración pública, entre ellos los gobernadores 
de las provincias. 

El zafiro ó azul transparente, corresponde á la ter- 
cera clase, ó sea á los presidentes de los tribunales 
de segundo orden, en las provincias, estando com- 
prendidos en la cuarta los individuos de estos mis- 
mos tribunales con derecho al uso del botón azul 
opaco. 

La quinta y sexta, relativas á cargos públicos de 
menor importancia, se diferencian por el botón blanco 
transparente y blanco opaco ; y la séptima, octava y 
novena, que abrazan los maestros de instrucción y los 
encargados de la vigilancia y conservación del orden 
público, ostentan el botón dorado, ya liso, ya traba- 
jado á cincel. 
Su número tolal asciende á 25,000; de ellos, 15,000 



298 ENRIQUE GASPAR 



pertenecientes á ramos civiles y 10 000 al ejército, si 
bien estos pueden triplicarse en caso de guerra. 

Los cuatro grados principales son : el de siut-sai 6 
bachiller, cuyos exámenes escritos, verificados por el 
sistema celular y juzgados por tres tribunales distin- 
tos á pliego cerrado y con lema, como en los concursos 
poéticos, tiene lugar anualmente en las ciudades todas 
del imperio. El siut-sai se subdivide en ling-sen, que 
con sueldo del Estado, sirve á las órdenes de manda- 
rines de alto rango; en sengsengó agregado del ling- 
sen, con sueldo temporal, y en fu hio, ó sea una espe- 
cie de alumno de la normal dedicado á la enseñanza. 

El grado inmediato superior es el de Ku-jin ó licen- 
ciado, el primero que da aptitud para aspirar á los 
cargos públicos, y cuyos exámenes, verificados como 
todos, por el mismo sistema celular, tienen lugar en 
la capital de la provincia. 

El de Tsin ó doctor, y el de Ham-ling profesor, han 
de pasarse en Pekín. Todos los gastos en época de 
exámenes, son costeados por el emperador. Y ya en 
aptitud por razón de su categoría, lo mismo desempe- 
ña el mandarín un cargo en la magistratura que en la 
administración, en el ejército que en la marina. Lo 
compra y luego lo usufructúa como mejor le place, 
con arreglo á la tarifa de su capricho. Ya te he dicho 
que, una vez mandarín, el chino puede y debe dejarse 
crecer el bigote. 

Llegada la época de casar al muchacho, lo que si es 
mandarín no tendrá efecto sino con hija de mandarín 
precisamente, he aquí lo que ocurre. En primer lugar 
los novios no se conocen ; uno y otro ignoran en abso- 
luto con quién van á compartir la existencia. Una ca- 
samentera de oficio arregla con los padres de los con- 
trayentes las condiciones del contrato, en las que para 
nada interviene el dote, pues no le hay. Basta saber 
que la novia es de pié pequeño y su familia de posi- 
ción análoga á la del novio. Si es posible, se procura 



VIÜJE A CHINA 299 



que los dos contrayentes hayan nacido en el mismo 
día de la luna (los chinos computan por lunaciones), 
si bien en año diferente, en atención á que ella debe 
ser más joven. Te diré de paso que, como para los 
celestiales el ser viejo es un titulo, todo chino cuen- 
ta adelantado, y desde que nace tiene un año: de 
modo que cuando realmente cumple uno, para él son 
dos. 

Unos días antes del destinado para la ceremonia, 
recorren las calles multitud de culis, harapientos co- 
mo siempre, cargados con los regalos de la novia, 
consistentes en provisiones de boca para un mes, y el 
ajuar; todo metido en cajas, sobre las que hay unos 
letreros expresando el contenido, que nunca es tan 
ostentoso como reza el cartel, dado el defecto de os- 
tentación de la raza. 

El dia de la boda, á las nueve ó las diez de la noche, 
la novia se viste con lo peor que tiene ; deshace su 
peinado de soltera, y á medio hacer el de casada, se 
despide de su madre. Es condición precisa que albo- 
rote la casa, fingiendo gran desesperación; y asi la 
bajan hasta el zaguán, donde la espera la silla nupcial, 
palanquín cerrado por todas partes y adornado de 
vistosa talla, que se alquila ad hoc, y en el que la 
meten á puñados y como por violencia, al compás de 
sus berridos, ahogados por los golpes del gong, la 
dulzaina, el tamborete convexo de metal y los cohetes 
del séquito, compuesto de cooUes provistos de linter- 
nas de papel de todos tamaños y hechuras. 

Antes de salir del hogar paterno, la madre arroja 
sobre la silla unos puñados de arroz y unas gotas de 
vino, extraído de este grano, para que la abundancia 
acompañe á su hija, y puesto un velo rojo á modo de 
cortina sobre el palanquín, la comitiva se pone en 
marcha hacia la casa del novio, seguida de la casa- 
mentera y de un marrano abierto en canal y asado, 
con que la suegra tiene que obsequiar necesariamente 



300 ENRIQUE GASPAR 



al yerno. En cuanto éste advierte la proximidad del 
cortejo, sale á la puerta y espera que depositen la 
preciosa carga. Su primer cuidado es descorrer el 
velo que cubre la litera y llamar á su esposa, que 
continua lanzando ayes como si la desollaran viva. Si 
el novio acepta con gusto el matrimonio, lo demuestra 
llamando á su mujer merced á una patada que da 
contra la puerta del palanquín; si, por el contrario, la 
boda le viene cuesta arriba, se concreta á golpear la 
silla con los nudillos. Por fin, ábrese el castillo encan- 
tado y la novia se presenta cubierto el rostro en señal 
de rubor. La casamentera la toma sobre sus espaldas, 
y como pudiera hacerlo con un fardo, la sube las es- 
caleras y la deposita detrás de la cama, sobre el duro 
suelo. Sigúela el marido, contempla á su cónyuge, y 
si no es de su agrado, se presenta ante los circunstan- 
tes con el abanico metido en la babucha ; pero si me- 
rece su aprobación, se lo coloca entre el pescuezo y la 
cavalla ó túnica, cena con los circunstantes y remite á 
su suegra la cabeza y el rabo del cerdo, en testimonio 
de satisfacción absoluta. 

La noche se pasa devorando, bebiendo té, dispa- 
rando cohetes y oyendo aquella música infernal. Á la 
mañana siguiente tiene lugar la recepción de los pa- 
rientes y amigos, provistos de su correspondiente re- 
galo. Una vez reunidos, colocan á la novia en el cen- 
tro, y las mujeres que la rodean principian á decir 
todo género de obscenidades y conceptos libres, que 
aquella debe escuchar con aparente rubor, pues el 
acto envuelve una especie de examen de su inocencia. 
Restituida al hogar paterno, y convencida la madre 
de que su hija ni ha sido impaciente ni ha faltado al 
recato, descósele las vestiduras que iban unidas entre 
sí para que no pudiera ser despojada de ellas, lávale 
la cabeza, la casamentera la adoba el peinado de casa- 
da, y con los aderezos propios de su condición, regresa 
definitivamente á casa de su marido, donde tiene sus 



yiAJB i CHINA 3oi 



habitaciones reservadas ó su gyneceo, inaccesible al 
sexo fuerte extraño á la familia. 

La mujer, degradada y envilecida en el Celeste Im- 
perio, no come jamás con su marido, quien no titubea 
en sentarse á la mesa con los últimos coolies de su 
servidumbre ; y mientras no tenga un hijo varón, está 
en el deber de considerarse como la esclava de su sue- 
gra. 

El adulterio contra mujer legítima ó primera, es de- 
cir, no concubina, es castigado de muerte sin substitu- 
ción; pues en los demás casos de pena capital, el reo 
puede comprar substituto, y la ley se da por satisfecha 
con decapitar á un hombre que se avenga a purgar el 
delito ageno. 

Los chinos, ostentosos por naturaleza, toman con- 
cubinas sin limitación, como cuestión de. lujo, aun 
cuando su mujer les haya dado hijos varones. Todas 
habitan bajo el mismo techo y en perfecta armonía; 
pero los hijos de las segundas mujeres no pueden 
llamar madre sino á la esposa legal (de quien son 
criadas las otras), si bien gozan de toda consideración 
y derechos, incluso el de primogenitura, como hijos 
legítimos que son según sus Códigos. 

Uno de los cuidados más importantes del chino es 
hallarse rodeado de los suyos en el momento de la 
muerte ; el hijo mayor es el encargado de dar á las 
cenizas de sus padres los honores más exagerados 
posibles, honores que á veces conducen hasta á la 
ruina. Vayamos por partes. 

Desde el instante en que principia la agonía de un 
celestial, todos los suyos rodean el lecho y prorrum- 
pen en exclamaciones de dolor, que cesan en cuanto 
aquel espira, pues, rituales, más que espontáneas, 
tienen por solo objeto dar al moribundo un postrer 
testimonio de consideración ; y muchas veces se al- 
quilan llorones de oficio, si la familia no es bastante 
numerosa para armar todo el ruido de precepto. 



302 ENRIQUE GASPAR 



Con las ansias de la muerte se ponen á hacerle el 
tocado, incluso peinarle, operación que en las muje- 
res invierte horas enteras ; y acto continuo le revisten 
de todos los trajes que constituyen su ajuar, puestos 
unos sobre otros, á fin de que en la otra vida no ca- 
rezca de abrigo. Ya en las postrimerías, le arrojan de 
la cama abajo, pues ningún chino debe morir sino en 
el duro suelo, y cerrados los ojos, guardan el cadáver 
durante tres días, en los que los bonzos, con los in- 
variables instrumentos de gong, chirimía ó dulzaina 
y timbalillo de metal, se entregan en la casa mortuo- 
ria á sus oraciones fúnebres, acompañados de los pa- 
rientes más cercanos, que se distinguen por una mon- 
tera de tela blanca con que cubren la cabeza. El luto 
consiste en ponerse el cordón de la coleta de color 
azul y revestir la casa con entrepaños de papel celeste, 
también con caracteres dorados, en los que se consig- 
nan el nombre del finado y las máximas sobre el res- 
peto debido á los que ya no son. 

Transcurrido aquel plazo, meten el cuerpo en una 
caja cuadrilonga con una especie de medias cañas 
superpuestas en toda la longitud de sus lados, lo que, 
vistas por sus testeros, le da la apariencia de una flor 
de cuatro hojas, y en tal estado conservan el cadáver 
en la casa dos, cuatro meses y hasta un año, según 
los medios de que dispone la familia, pues en todo 
este intervalo continúan las preces, y por consiguiente 
los gastos. 

Llegado el día del entierro, se reúnen parientes, 
amigos, llorones, bonzos y músicos, y precedido^ de 
dos con estandartes de madera, se dirigen al sitio de 
la inhumación. Si el muerto es pobre, le dan sepultu- 
ra en el cementerio general, que es el lomo de una 
colina sin tapia ni cercado, lleno de pilares de piedra, 
donde está inscrito el nombre del que debajo reposa. 

Si, por el contrario, se trata de un rico, el féretro es 
transportado á veces á centenares de leguas de distan- 



VIAJE Á CHINA 3o3 



cía, á la tumba que, el finado en vida ó el hijo á su 
muerte, ha adquirido en virtud de informaciones 
dadas por una especie de agoreros ó adivinos, que 
viven de esta especulación. Su misión es estudiar el 
terreno, siempre montuoso, en que el cadáver hallará 
más dulce bienestar, y que mejor se adapte á sus con- 
diciones de carácter, según las revelaciones atribuidas 
á sus sortilegios. Inútil es decirte que los tales arúspi- 
ees se ponen á menudo de acuerdo con el propietario 
de un yermo invendible ; y que, abusando de la su- 
persticiosa credulidad en que todo chino incurre, llega 
hasta á hacer pagar á su cliente cien mil duros por lo 
que no valdría veinticinco en buena venta. 

La tumba china afecta invariablemente la forma de 
Omega, ó para los que no sepan griego, de una cor- 
cheta, mucho más elevada por el centro de la curva 
que por los extremos, y con el espesor suficiente para 
contener un cuerpo humano entre el doble tabique de 
su línea. Su diámetro alcanza catorce ó más metros; 
el hueco central está esmaltado de flores, y una verja 
de caprichosa forma circuye, aunque no siempre, el 
todo. 

La comitiva enciende grandes teas de ramas secas, 
con las que á los cuatro vientos se ponen todos á dar 
golpes al aire para ahuyentar los malos espíritus, 
operación muy frecuente en ios actos de la vida china, 
concluido lo cual dan sepultura al muerto, gritan otro 
ratito, y depositando en la tumba comestibles y otras 
menudencias, se da por terminado el acto. 

La idea de que el espíritu del muerto anda errante, 
y puede carecer en la otra vida de los artículos más 
necesarios, incluso el dinero, hace que el chino esté 
enviando constantemente remesas á sus deudos de 
todo género de cosas; pero como el procedimiento sal- 
dría muy caro, han inventado un expediente tan ori- 
ginal como lucrativo para los que á tal industria se 
dedican. Consiste éste en la fabricación de enseres fú- 



304 ENRIQUE GASPAR 



nebres de papel representando corpóreamente sillas, 
mesas, barcos, literas, caballos, armas, camas, pago- 
das y hasta dinero (pedacitos cuadrados de talco pe- 
gados sobre una cuartilla de papel de estraza); todo lo 
cual se vende en multitud de almacenes especiales, 
para que los chinos lo quemen diariamente, y conver- 
tido en humo, lo hagan llegar á su destino. En fin, 
conduce á tal extremo la superstición de estaá gentes 
sobre el particular, que, aunque algo en desuso, toda- 
vía se practica una bárbara costumbre ; al dar sepul- 
tura á un chino opulento, entierran vivos con él á dos 
ó más muchachos para que desempeñen coú el muerto 
las funciones de criados... y otras. 



-^-<5^- 








Macao 30 de Enero de 1881. 

Mi querido amigo : Los chinos computan por luna- 
ciones y por los años de entronizamiento del príncipe 
reinante. Hoy, es, pues, primer día de luna del año 
séptimo del emperador Kuang. La única fiesta, pro- 



3o6 ENRIQUE GASPAR 



píamente hablando, que le está concedida al celestial, 
y cuya duración es generalmente de treinta días. Es 
condición indispensable que nadie entre en el año 
nuevo sin haber pagado todas las deudas contraídas 
en el anterior ; de ahí el que á la espiración de Diciem- 
bre los artículos de lujo se vendan en las tiendas por 
la mitad del precio, la estadística de hurtos, nunca 
robos, aumente de una manera considerable, y los 
prestamistas no puedan dar abasto á los clientes. 

Quince días antes del que hoy se conmemora, las 
transacciones se paralizan ; el chino, comerciante con 
lonja abierta ó propietario con casa cerrada — como lo 
están todas las que no son expendedurías, pues el 
prurito del celestial es que nadie inspeccione sus ac- 
tos, y para ello fabrica su vivienda á cubierto del mu- 
rallón que adopta por fachada — todo confucista, bu- 
dhista ó taotista, en fin, barre ó manda barrer su ho- 
gar ; operación que no vuelve á repetir hasta el año 
siguiente, pues entre otras preocupaciones, tiene la de 
creer que quitar las inmundicias, es ahuyentar la for- 
tuna. Tanto es asi, que el mayor castigo que en su su- 
perstición puede dársele á un celestial, es condenarle 
á pobreza eterna, pasándole una escoba por la cara. Y 
por mi nombre, que deben ser riquísimos, á juzgar por 
los ostensibles signos de economía de que hacen alarde. 

Engalánanse los almacenes con hojarasca de papel 
de oro y de colores, con flores de artificio, con macetas 
de plantas naturales, algunas de las cuales, por su ra- 
reza, alcanzan ciento ó más duros de valor; ilumínase 
todo con arañas, linternas y candelabros ; dispónese 
en el centro una mesita cubierta con riquísimo tapete 
de seda recamado de oro, sobre la cual el dragón sa- 
grado ü otro ídolo de su devoción recibe la ofrenda de 
las golosinas que los visitantes han de comerse des- 
pués, y da comienzo al disparo de millones de peque- 
ños cohetes, con que sin interrupción están saludando 
á la luna. 



VIAJE Á CHINA 307 



Al principiar el año nuevo, ó sea á las doce de la 
noche, pues nadie duerme para no entrar en él con 

I ^malos sueños, todo el mundo— menos la mujer de con- 

dición que vive siempre reclusa — échase á la calle á 

I contemplar las iluminaciones, aspirar el olor de la 

pólvora, asistir á los espectáculos teatrales y decir 
Kon-ji ó sea «viva» al deudo, pariente ó amigo. Ama- 
nece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre 
además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos 
barrotes verticales de madera al exterior, ingeniosa- 
mente atrancados por una traviesa que los sujeta todos 
por dentro, quedan cerradas, á excepción del postigo, 
para dar paso á las visitas. Estas las constituyen caba- 
llerosy que aquel día no parecen millonarios por lo 

I limpios que se ponen, que van á comer alguna golo- 

sina y á emborracharse jugando á la morra, ó sea á 
acertar el número de dedos que entre los jugadores 
presentan simultáneamente. Al revés que entre nos- 
otros, el que pierde es el que queda obligado á beber, 
y el que gana el que paga el vino de arroz, único que 
ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de 
porcelana. Aunque la embriaguez llega á su colmo en 
estas fiestas de Baco, ni hay que deplorar nunca una 
consecuencia triste, ni en esta ni en otra época del 
año se encuentra un chino beodo por la calle. La mo- 
rigeración de este pueblo, en lo que á costumbres pú- 
blicas se refiere, es ejemplar. ^ Será la civilización el 
germen de nuestros vicios ? Creamos que no, y pase- 
mos adelante. 

Por supuesto que en ese día no puedes contar con 
ninguno de tus servidores ; tienes que andar á pié, 
prescindir de recados y darte por muy feliz si, en gra- 
cia de los aguinaldos recibidos, alguno de ellos se digna 
hacerte la cama y darte de comer algo frito, para aca- 
bar pronto. Desde muy temprano vienen todos á pros- 
ternarse en tu presencia, y en seguida echan á correr 
al bazar á comprarse zapatos, de que hacen provisión 



3o8 ENRIQUE GASPAR 



para los doce meses restantes ; pues nadie deja de es- 
trenar algo en año nuevo ; y hasta los pobres de so- 
lemnidad, á falta de otra cosa, renuevan el cordón con 
que se trenzan lá coleta. En cambio ellos te obsequian 
con toda clase de dulces, desde el de toronja ó zambüa, 
hasta el de guisantes en vaina azucarados ; y te rega- 
lan cohetes. 

Entre las clases acomodadas el ceremonial es el 
mismo, sin más diferencia que el hacerse á cencerros 
tapados. Se saludan por tarjetas, pedazos rectangula- 
res de papel grana, de un palmo de largo, con tres ó 
cuatro caracteres negros, del diámetro de un napo- 
león ; se envían presentes comestibles, y se visitan con 
el ritual que te explicaré al hablarte de mis relaciones 
sociales con los hijos del cielo. Poco á poco el bullicio 
va perdiendo en intensidad, y quince d[ias después 
todo torna á su natural estado. 

Los chinos celebran otras festividades ; pero en nin- 
guna de ellas se cierran los establecimientos ni se sus- 
pende la vida publica. La conmemoración de los di- 
funtos, ^ue tiene lugar durante la cuarta luna, se re- 
duce á quemar objetos de uso doméstico, simulados 
en papel, que por ese medio creen enviar á los erran- 
tes espíritus para que no carezcan en la otra vida de 
lo necesario. Lo más notable de este rito son las visitas 
á las pagodas que entonces se construyen á expensas 
de los consumidores, pues se sufragan con el produc- 
to de una especie de subsidio con que todo expendedor 
recarga sus ventas anuales y que religiosamente en- 
trega á la comisión encargada de alquilar ó adquirir 
los adornos y de dirigir los festejos. 

Estas construcciones, que ocupan un área como la 
plaza Mayor de Madrid y tienen una elevación como 
la de la nave del Escorial, están hechas exclusivamen- 
te de bambú sin el auxilio de un clavo ni otra trabazón 
que la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas 
bóvedas penden millares de lámparas y objetos de 



VIAJE X CHINA 309 



adorno, cuyo peso maravilla que puedan resistir unos 
soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algu- 
nas de las cuales sustentan hasta cien globos de luz, 
.tienen. sus brazos y machones revestidos de diminutas 
plumas de un pájaro azul turquí que se confunden 
entre filamentos de oro con el más acabado esmalte 
de orfebrería. El interior de las pagodas no puede des- 
cribirse ; es dé un efecto maravilloso, hasta para los 
europeos acostumbrados á ver prodigios en los con- 
cursos universales de la industria. Sobre colosales ar- 
mazones de sutil mimbre, vuelan por el espacio gigan- 
tescas mariposas, aves é insectos de flores naturales 
con todos los matices y perfumes de que es susceptible 
la naturaleza de la zona tropical. Alternando con estos 
ramilletes y encuadradas en magníficos marcos de ta- 
lla, vense representaciones esculturales de tamaño 
natural y de movimiento, recordando pasajes de las 
mejores obras dramáticas ; cuyos personajes, luciendo 
los trajes de la pasada dinastía Ming, son un asombro 
de lujo, con tamaña profusión de sedería bordada, 
que nadie ha podido aún igualar eñ perfección ni en 
opulencia. Más allá los bronces del culto y suntuarios 
se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín, 
de los tiempos remotos, confundidos á su vez con los 
monstruosos bloques de verde jade ó de sanguinolento 
mármol de la Tartaria. Mientras la susurrante fuente 
humedece las espirales de humo perfumado que ex- 
halan centenares de pebeteros, los ídolos büdhicos, de 
quince codos de altura, resisten con sus atléticos bra- 
zos los arranques del entablamento, y las obras más 
acabadas del recamo de oro y plata sobre seda, cuel- 
gan desde el friso hasta el pavimento como ramifica- 
ciones de un Pactólo aéreo é inagotable. Es la primera 
vez que he visto realizado el esplendor de mi China 
soñada. Desgraciadamente sólo dura la ilusión ocho 
días al año. Quince minutos han bastado muchas ve- 
ces para que un incendio lo devorase todo y produjese 



3lO ENRIQUE GASPAR 



innumerables víctimas ; pero ¿ quién se resiste á visitar 
de noche aquel admirable conjunto, realzado con mi- 
llares de luces y transparentes de tan delicado gusto 
como caprichosas formas? Desgraciadamente el en- 
canto huye con sólo fijarse en el sucio porte de la con- 
currencia. No hay compensación. . 

Contrastando con esta magnífica exposición, llégala 
fiesta del plenilunio de la octava luna ; manifestación 
modesta, pero imprescindible, del culto budhista. En 
ella se conmemora el aniversario de la creación por 
Dios del astro de la noche. Todo chino permanece en 
su casa, y aguarda con la ventana abierta y á oscuras 
á que la casta Selene haga su aparición en la rendija 
del firmamento que le permite ver su angosta calle ; 
y, apenas la divisa, le alumbra candelillas, le quema 
pebetes, la saluda prosternándose hasta el suelo y 
come en su honor un pedazo de pastel, confeccionado 
exprofeso con tocino y almendra para aquella solem- 
nidad, cuya virtud no se me alcanza ; pero te diré 
acerca de su consumo, que una sola pastelería de 
Hong-Kong produce anualmente á cada uno de sus 
cinco socios, la enorme cifra de diez mil pesos fuertes. 
Verdad es que se trata de un pastelero más famoso 
que el mismo de Madrigal. 

Otro espectáculo que realmente tiene importancia y 
novedad para el europeo es una procesión de linter- 
nas. Estas no se verifican en épocas determinadas ; son 
expansiones accidentales que se permite sufragar, ya 
un vecino acomodado á quien un negocio le ha salido 
bien, ya un gremio que solemniza una circunstancia 
memorable, ya, en fin, un barrio que impetra el favor 
del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque, 
aunque retarde con una digresión su relato, debes 
saber que aquí la medicina no constituye facultad ni 
se aprende en colegio alguno. Todo es empirismo ; no 
hay más que curanderos, cuyo mérito está en propor- 
ción del número de recetas que poseen. Su diagnós- 



VIAJE i CHINA 3 I I 



tico es muy sencillo : para ellos las enfermedades se 
reducen á fuego ó aire. Su terapéutica aún lo es más. 
El fuego lo apagan con jugos de vegetales, y el aire lo 
sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya 
chino que no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y 
la cabeza, lleno de cicatrices y quemaduras. El tifus, 
que en China se llama fiebre del cabello, consiste, á su 
juicio, en una como venita ó hebra capilar que circula 
por el cuerpo llena de sangre corrompida y que hay 
que extraer. Para asesorarse de que el enfermo pa- 
dece semejante dolencia, le dan á saborear un manjar 
amargo ; y si lo halla dulce, es prueba inconcusa de 
que el mal existe. Entonces hay que buscar el sitio en 
que puede encontrarse el cabello, y si dan con él, lo 
extirpan vaciándole la sangre inficionada. Poseen, sin 
embargo, algunos medicamentos de virtud reconoci- 
dísima; y no puedo resistir á la tentación de transcri- 
birte el que para combatir el cólera emplean en el 
Ton-Khin. Se lo debo á nuestro compatriota el Reve- 
rendo Padre monseñor Colomer, natural de Reus, 
obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región 
de Annam ; que siempre lo ha usado con resultados 
satisfactorios. Tuéstanse al horno unos cangrejos, 
mejor de río que de mar ; machácanse bien con su cas- 
cara ; se disuelve media cucharada de aquellos polvos 
en una copa pequeña de buen vino añejo y se le da á 
beber al paciente. Generalmente basta con la primera 
dosis ; pero si el mal no cediera, se repite la operación. 
Suele ocurrir que al desaparecer el cólico, se paralizan 
también los descartes diuréticos. Para provocarlos y 
combatir la irritación que origina aquel estado, no hay 
sino machacar vivos, y por consiguiente crudos, dos ó 
tres cangrejos ; mezclarlos con igual cantidad de vino 
y de la misma clase que en el procedimiento anterior, 
y, colado su jugo, dárselo á beber al enfermo. 

Volvamos ahora á la procesión de linternas, á la que 
concurren todos los vecinos del barrio con objetos de 



3 12 ENRIQUE GASPAR 



SU exclusiva confección ó alquilados á industriales al 
efecto ; pero de un modo ó de otro, llevados á cabo 
con una perfección asombrosa. El elemento principal 
de ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el 
papel, y una pasta de arroz transparente como el cris- 
tal, y muy parecida, aunque más pura, á nuestra cola 
de pescado, que adaptan primorosamente á unos ar- 
mazones de mimbre ó bambú finísimo. 

En cuanto anochece, se reúne el cortejo en el lugar 
de la cita ; y al estampido de algunos morteretes y de 
algunos millares de petardos, da comienzo el desfile 
por el orden siguiente: abren la marcha unas cuantas 
docenas de individuos, vestidos como todos los que 
componen la procesión con los pintorescos é indescrip- 
tibles trajes de la época de los Ming, llevando piras 
embreadas en recipientes de metal, que iluminan el 
espeso humo que van produciendo. Síguense unas 
banderas más grandes, pero idénticas en corte á las 
de los gremios valencianos, puestas sobre el hombro 
del porta-estandarte y en sentido horizontal. Y allí 
principia un ascua de fuego producida por cuatro ó 
cinco mil linternas de todos tamaños, formas y colores, 
levantadas sobre unas perchas, cuyo rio de luz corta 
de trecho en trecho, ya un grupo de músicos con cím- 
balos, crótalos, dulzaina, timbales, discos convexos 
(sobre los que repican con una sola baqueta) y el obli- 
gado gong ; ya unas pagodillas del tamaño de nuestras 
andas, llenas de molduras y rodeadas de pebetes ; ora 
unas mangas y parasoles de espléndido tisú de oro, 
parecidas á las del culto católico ; luego los monstruo- 
sos ídolos de la teogonia búdhica. No ha concluido aún 
la sorpresa que te producen el insecto, el pájaro el 
buque, el jarrón, el kiosco y el templo montados con 
flores naturales y circuidos de puntos luminosos, 
cuando te arranca un nuevo grito de admiración el 
niño que, simbolizando un guerrero mitológico cabal- 
ga sobre un microscópico caballo de los confines del 



VIAJE Á CHINA 3l3 



desierto de Gobi, enjaezado á la usanza mandarina y 
cubierto de gualdrapas dignas del tocado.del imperial 
jinete ; te encanta la imaginación que han desarrollado 
en la gigantesca concha con todos ios cambiantes de 
la madrépora, en cuyo seno descansa una elegante 
china simulando una perla del rio de Cantón, ó te se- 
ducen el albérchigo y la naranja que, abiertos en ga- 
jos, presentan á tus atónitos ojos, humanas simientes 
en la clásica agrupación del arte asiático. Pero donde 
está el mérito sobresaliente de la procesión, es en la 
infinita variedad de aquella multitud de linternas, 
donde parece haberse agotado la fuerza imaginativa 
de la inspiración del hombre. Sin detenerme á descri- 
bir los faroles ordinarios, pequeños unos y colosales 
otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí 
constituye un adorno singular ; pasando en silencio 
los tulipanes, girasoles, estrellas, globos y pirámides ; 
i cómo no llamar la atención el racimo de uvas de luz, 
contrastando con el oro de su fruto el verde tono de 
sus pámpanos ; las dos medias sandias con la púrpura 
de su seno salpicada de relucientes pepitas; la carpa, 
el salmonete y el atún abriendo la boca y agitando sus 
aletas ; los dos gallos combatiendo con la saña de la 
verdad ; el pavo que se esponja ante la contemplación 
del auditorio ; la langosta que despide aletazos ó con- 
trae y dilata sus articulaciones ; el faisán de Shang-hai; 
los monstruos gesticulantes emblema de las pasiones 
humanas; y por último, las monumentales pagodas 
con sus cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y 
sus afiligranados detalles— más numerosos y sutiles 
que los de la arquitectura gótica — dejando escapar por 
el mosaico de su policromia torrentes de luz y de per- 
fumes ? Una guardia, provista de partesanas y lanzo- 
nes dignos del lápiz de Gustavo Doré, precede á un 
hombre con cabeza de león (animal fatídico de esta 
fauna mitológica), huyendo ante el dragón sagrado, 
que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la 



3 14 ENRIQUE GASPAR 



lucha de la virtud con el vicio. Este dragón, de formi- 
dables fauces y armado con anillos que le permiten 
plegarse á discreción de los doscientos hombres que lo 
llevan sobre puntales de bambú, está forrado de seda 
verde transparente, y va alumbrado por dentro. Tiene 
más de cien metros de longitud, y se considera como 
un favor celeste y un signo de felicidad el que incline 
la cabeza delante de la casa de uno. El favorecido le 
dispara entonces unos millares de cohetes en justo re- 
conocimiento, y el reptil se libra á una graciosa y bien 
combinada serie de ondulaciones, contrayéndose, dila- 
tándose y retorciéndose en espirales luminosas. 

Terminaré mi catálogo de festejos con la descripción 
de los fuegos artificiales, á que son muy aficionados 
los chinos. Para el concurso del gran patckon (cohete), 
se exhiben con anterioridad en un barracón los pre- 
mios consistentes en un espejito de mano, un transpa- 
rente, un ramo de papel de talco, ó cualquiera zaran- 
daja por el estilo, que ellos en dar no son muy pró- 
digos. 

Llegada la tarde de la lucha, colócase el pirotécnico 
sobre un tablado y empieza á disparar voladores. La 
muchedumbre, apiñada al rededor, observa la direc- 
ción de la caña ; aguarda á que baje, y entonces hace 
prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo 
cual y consecuente con la superstición que preside 
todos sus actos, no sólo alcanza ventura para sí y los 
suyos — mayor cuanto es más gordo el cohete — sino 
que obtiene una recompensa, quedando obligado á 
sufragar otra para la justa del año siguiente. 

Sus tan decantados fuegos artificiales, repetidos con 
frecuencia y siempre con igual monotonía, no tienen 
de particular más que la candidez. Olvídense en diez 
ó doce actos, y cada uno de estos en tres transforma- 
ciones, lo que da lugar á que el espectáculo termine á 
las cuatro de la mañana habiendo empezado apenas 
anochecido. Allá va un acto por cuyo patrón están cor- 



VIAJE Á CHINA 3l5 



tados todos los demás. Principiase por disparar en 
medio de la calle y sobre una medita, una cantidad de 
voladores con poca ó ninguna luz, muchas chispas, 
profusión de humo y largos compases de espera. Lue- 
go la escena se traslada á un catafalco, sobre el que se 
alza un andamiaje de bambú de la altura de una casa 
de cuatro pisos. ízanse en él tres como bombos, de 
cuádruple diámetro que el de los de una orquesta, en 
que van encerrados los fuegos. Se aplica una mecha 
al inferior, y después de diez largos minutos, el arma- 
zón se abre y deja ver una maceta con una planta cu- 
yas hojas van cambiando lentamente de colores. Lle- 
gado el turno del segundo tambor, aparece una rueda 
horizontal, en que dan vueltas unas figuras de movi- 
miento que montan á caballo, se apean, riñen ó se 
abrazan, pero todo tan diminuto, alumbrado por unas 
lucecitas de tan poca intensidad y tan envuelto en 
humo, que sólo el espectador de primera ñla puede 
apreciarlo. La última caja contiene el bouquet; y en 
honor de la verdad, algunos de ellos no dejan de llamar 
la atención, pues fatigada la vista con tanto inútil es- 
fuerzo, gusta de que la sorprendan con una masa lu- 
minosa ; y lo consigue una gran torre transparente de 
forma octógona, que se desprende desde lo alto del 
andamiaje hasta el suelo, llevando pendiente de cada 
ángulo de su tejado una sarta de linternas encendidas, 
que ni sabe uno darse cuenta de cómo se alumbran, 
ni se explica que puedan caber en tan estrecho re- 
cinto. 




Fiestas de Hon-Kung en Macao 



Macao, 26 de Setiembre de 1881. 

La primera parte la constituye la afluencia de cien 
mil forasteros á una ciudad de sesenta y ocho mil al- 
mas ; se albergan donde pueden, duermen donde se 
albergan y comen en la alcoba : no he nombrado la 
calle porque se sobreentiende. 

Cuatro días de fiesta : ni una borrachera, ni un ro- 
bo, ni una disputa. 

^ Quién es Hon-Kung ? No lo sé, ni tengo tiempo de 
estudiarlo en este momento. Es, según voz pública, el 
primero, después de Dios, de los santos de la corte 
celestial china. Se le invoca para que conceda paz á 
todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue 
riquezas innúmeras ; participa, por consiguiente, del 
Jano de los paganos, del San Roque de los católicos y 
de la lotería de los españoles. 

En el cómputo chino, cada tres años traen uno bi- 
siesto, que se compone de una luna más de veinti- 
nueve ó treinta días en la lunación séptima, época en 
que debe verificarse la fiesta del santo ; pero como no 
siempre hay dinero disponible, redúcese aquella á 
una modesta manifestación, transcurriendo á veces 
catorce y más años sin que tenga efecto una solemni- 
dad como la que voy á describir, y que en la ocasión 



VIAJE i CHINA 3 17 



presente ha sobrepujado á cuanto se ha hecho hasta 
ahora en Macao, matriz, metrópoli, casa solariega del 
festival en cuestión. 

¿ Cómo se arbitran los fondos? Como no puede co- 
piar ningún pueblo que no tenga la buena fe, el pa- 
triotismo, el amor, en una palabra, del celestial á su 
enorme familia de cuatrocientos millones de indivi- 
duos con coleta. Todo comerciante con tienda abierta 
está obligado á recargar cada objeto que vende en 
cinco sapecas (cada sapeca vale medio maravedí), que 
entrega religiosamente á una comisión económica, la 
cual se encarga de aumentar los productos con el in- 
terés que hace ganar al dinero y con los donativos es- 
pontáneos de los particulares, cuyos nombres figuran 
después inscritos en sendos papeles encarnados en el 
pabellón central del barrio chino. Desde el año 1868 
hasta hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes, 
que son los que se han invertido en alquiler de los 
objetos de ornamentación para la ceremonia : calcúlese 
por ahí el valor intrínseco de este Pactólo de oro, seda 
y luces. 

Describamos, si podemos: 

Una cruz griega forma la parte engalanada del Ba- 
zar; son dos calles perpendiculares que se cortan casi 
por el centro y á cada una de las cuales puede que el 
kilómetro le venga como á su medida. Unos armazo- 
nes, ó andamios de bambú, atados con hojas de la 
misma caña, y sin que en su sostenimiento entre un 
clavo, se elevan hasta por encima de las casas, pro- 
duciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas 
de una elevación como el cimborio del Escorial. To- 
do aquel armazón se cubre con lo que ahora diré ; y 
el vecino á quien le tapan una ventana, ni se queja al 
alcalde, ni habla mal del gobierno ; come á oscuras, y 
se calla. 

Reviste el techo un lienzo de colores abigarrados 
con flores, hojarasca, animales y quimeras, del que 



3lS ENRIQUE GASPAR 



penden tulipanes, peces, frutas é infinitas representa- 
ciones, que no son sino otras tantas linternas que le 
dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos 
luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hom- 
bres, caen, sujetos por gruesas maromas, millares de 
lucernas, arañas, girándolas y quinqués, cuya forma 
no hay medio de describir ni por su variedad ni por 
su complicación. Voy á ver si ciñéndome á una sola, 
logro hacerme comprensible. Figúrense los lectores la 
Catedral de Milán reproducida materialmente en ma- 
dera, con siete metros de altura, y todo el resalte de 
filigrana de oro. El fondo para el profano es de esmal- 
te azul ; para el observador que lo toca y se convence 
de que la paciencia del hombre pueda llegar á tal lími- 
te, es de plumas microscópicas de alción ó martln 
pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de 
estatuetas esculpidas en pirámides ó en racimos como 
los grupos de los juegos acrobáticos; é iluminándola 
con doscientos globos de luz con colgantes ó lágrimas 
de cristal de todos los colores del prisma, se sabrá lo 
que es una de estas lámparas, como se sabe que el 
punto que asoma en la lontananza del mar es un va- 
por, porque se ve el humo con el catalejo. 

Sin que la bóveda se venga abajo por el enorme 
peso que resiste, sustenta además de todo lo que es 
luz, una asiática profusión de gigantescas mariposas, 
dragones colosales, caracteres chinos titánicos y un 
centenar más de variantes en ramos de flores; que no 
otra cosa son los tales monstruos sino la parte perfu- 
mada de la naturaleza, adornada con pedazos de espe- 
jo y cintas de seda y oro. 

Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los 
chinos deben creer que todo pende del bambú ; por- 
que después de lo que dejo colgado, aún faltan unos 
centenares de cajones con veinte ó treinta figuras de 
medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo 
escenas de los dramas y entremeses más notables de 



VIAJE Á CHINA 3 19 



la dramática celeste. La encarnación de los personajes 
es perfecta ; el indumento riquísimo , y las armas, 
como el sable que le regalé á un sobrino mío en cier- 
tas Navidades, y que, según él, era de buena verdad.,, 
de carne. 

Las calles están cortadas á trechos por arcos de 
triunfo colgantes ; pues son sin pies, no tienen más 
que un cornisamento y un gran friso, se estriban en 
las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco 
parece el puente de los Suspiros en Venecia. 

Todas las fachadas de las casas están literalmente 
cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de 
ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de 
algunos metros con figurillas hacinadas del color del 
lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas, 
otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, 
mientras cada puerta (que lo es de una tienda) se 
halla convertida en una pagoda con su altar en el cen- 
tro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comesti- 
bles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si 
es chino) con sus chirriantes ecos, ó un juglar luce sus 
habilidades sobre un estrado. 

Pero donde está la verdadera maravilla es en el pa- 
bellón principal; vasto recinto, colosal nave formando 
la cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos 
visto, está centuplicado en profusión y en riqueza, 
{ Qué hay allí ? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas, 
cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil 
nombres de contribuyentes ó donantes, músicos, un 
teatro en el fondo con representación permanente y 
quince mil espectadores, además de otros dos coliseos 
que funcionan en las calles contiguas, y millares de 
macetas que parecen receptáculos de plantas y son 
vasos de prodigios : aquel arbolillo, que se tomarla 
por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar lilipu- 
tiense del corpulento ébano guardando todas las pro- 
porciones debidas en sus microscópicos detalles. Un 



320 ENRIQUE GASPAR 



arbusto que más allá simula un león hecho con astas 
de venado, es una raíz que á fuerza de mutilaciones, 
injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella for- 
ma en un transcurso de doscientos años tal vez, y coa 
el concurso de seis ó siete generaciones. Lo mismo 
digo del carácter chino que está á su lado; con la apa- 
riencia de una rama de boj recortado recientemente 
para aquella circunstancia, es no obstante un tronco 
con sus brazos y hojas educados desde hace siglos 
para concluir por simular el nombre de una divinidad, 
de un emperador ó de un simple individuo. Que hay 
planta de ellas que vale dos mil pesos, no hay para 
qué consignarlo. 

La calle termina por un inmenso altar á cada lado, 
defendido por dos gigantes de cartón ; cuya cabeza, 
como los telamones del orden atlántico, sostiene el 
piso. En el pebetero que hay delante arde todo un 
tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana 
de algunos metros de tamaño, cajas y linternas de or- 
febrería, monstruos y quimeras de metal, apoyados en 
el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de 
paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras 
piedras preciosas ; todo está allí hacinado, como si la 
mano de un Pluto invisible hubiera removido las en- 
trañas del universo para hacer ante la humanidad el 
inventario de su riqueza. 

Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos 
suele ir por dentro ; pero en el presente va por todas 
partes, porque es de rigor que pase por la casa de 
cuantos á ella han contribuido. No se extrañará por lo 
tanto que el desfile, que dura más de dos horas á paso 
de marcha, con raras detenciones de un minuto á lo 
más, empiece á las ocho de la mañana, termine á las 
seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres 
días consecutivos. 

Relatar todo lo que va en ella y por su turno corres- 
pondiente, es tarea superior á mi asendereada memo- 



VIAJE Á CHINA 321 



ria. El oro, la seda y los adornos que hemos visto en 
el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que 
el traje más modesto de la comitiva no baja de dos- 
cientos pesos de valor, que pasan de tres mil los asis- 
tentes, y que no hay medio de contar las banderas 
monumentales de raso recamado de oro, los estandar- 
tes de sedas flojas, ios parasoles de plumas de pavo 
real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles 
sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan infi- 
nito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza . 
como por su antigüedad ó mérito artístico. 

Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón 
de los dos figurines, que dan la norma en esta especial 
indumentaria. 

Las congregaciones de chinos ricos llevan el tradi- 
cional zapato de galera bordado; media blanca con 
polainas de cintas de seda de colores hasta la rodilla ; 
calzón de satín blanco ; blusa de /o, color de plomo 
claro ; faja de gró muy ancha que forma como un de- 
lantal, y cuyos cabos bordados en seda y oro de relie- 
ves valen un dineral: cordón de torzal grana en la 
coleta y ésta enroscada sobre la frente ; un sombrero 
tártaro de paja, igual á los paveros de España, forra- 
do de gró, y con caracteres y adornos de terciopelo y 
oro en la copa ; y el inseparable abanico de plumas de 
cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da 
el aspecto de una cola de palomo. 

Todos llevan su correspondiente coolie ó criado por- 
tador del banquillo para reposarse en las paradas. 

El otro traje yo no lo sé explicar. Se compone de 
una túnica y una sobre túnica bordadas; mejor diré, 
empedradas de oro y plata, comparables tan sólo, aun- 
que más ricas, á los vestidos de luces de nuestros to- 
reros. Los sombreros, ya representando un enorme 
tulipán con franjas de seda, ya un capacete ó casco 
con aletas y plumas de faisán, son de lo mismo, y el 
efecto general es el de un ejército de astros. 



322 ENRIQUE GASPAR 



Con ellos alternan los mandarines modernos en tra- 
je de gala, con vestas y capacetes de seda del mismo 
color en cada individuo, y mil reproducciones del iris 
entre todos ; los bonzos, de cabeza rasa, y los ejecuto- 
res de la justicia (séquito de los grandes personajes), 
con sus hopalandas negras, uno como cencerro de 
mimbre oscuro en la cabeza, y portador cada cual de 
un instrumento de suplicio. 

A las banderas, grandes como las de los gremio$ 
valencianos, suceden niños á caballo en traje de em- 
peradores de la dinastía de los Ming. Detalle curioso ; 
entre las cabalgaduras figuraba un pollino, especie 
rarísima en estas regiones. A aquellos siguen timba- 
leros redoblando sus tamboretes de metal (porque 
aquí se puede repicar y andar en la procesión) ; andas 
con objetos raros, perfumes, pagodillas, músicas, an- 
garillas con comestibles y bebidas para los que ten- 
gan necesidad de reconfortar sus fuerzas; armarios 
con trajes para reponer los desperfectos, cuadros de 
talla, lemas, parasoles de flores naturales, y multitud 
de centenares de representaciones humanas, simboli- 
zando pasajes de su teogonia, cuya explicación no es 
de este lugar, pero cuyo efecto sorprendente no puedo 
dejar de transmitir. 

Imagínense los lectores un pescador y unatancalera 
colocados de pié sobre un torniquete giratorio; él echa 
las redes, ella rema ; ambos dan vueltas como la tabli- 
lla de un barquillero, y ninguno se cae ni oscila, á 
pesar de ser párvulos como todos los actores de esta 
especie de autos religiosas. 

Otra de las andas es una mujer que se abanica 
mientras que un mandarinete se sostiene en equilibrio 
sobre el país del abanico. 

Ya un anciano tao-tsé ve brotar un guerrero de su 
dedo índice, ya una virgen se posa sobre la cabeza de 
una paloma viva, ora dos héroes cruzan sus partesa- 
nas y sostienen terrible lucha en el aire, ó un budha 



VIAJE Á CHINA 323 



en fin apoya un pié en los pétalos de un lotho mien- 
tras en su infantil mano se yergue su elegido, que vue- 
la á la región de los espíritus descartado de su envol- 
tura material. No se ve ni un alambre, ni el menor 
asomo de mecanismo : aquello asombra. 

Precedido de un lujoso acompañamiento y al son de 
atambores (algunos del tamaño y configuración de 
una pipa de cien arrobas sobre la que pegan á quien 
más puede dos robustos mancebos), aparece el dragón 
cornúpeto ; monstruo de cartón con escamas de oro y 
marabus en las articulaciones, con cincuenta metros 
de longitud, tres mil duros de coste, y admirable obra 
de atrezista cantones. Es llevado por treinta hombres, 
que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público 
le saluda con cohetes y petardos, que se confunden 
con los acordes de la música que graciosamente y en 
honor del pueblo chino, ha dispuesto el señor gober- 
nador de la colonia que toque á su paso por delante 
del palacio. El reptil, en cambio, recorre todo el vestí- 
bulo, pues sabido es que donde mete la cabeza el tal 
animal sagrado, entra la felicidad. 

Cierra la marcha la guardia de honor, ostentando 
armas blancas de una rareza que casi frisa en extrava- 
gante. Lanzones, partesanas, pinchos, medias lunas, 
harpones, horquillas, machetillos y adargas de mim- 
bres son los objetos más salientes de aquella hoy ya 
inocente armería. 

Y aquí da fin este desaliñado relato hecho á vuela 
pluma, para que no pierda su sello de oportunidad. 




Los chinos dentro de casa 

Visita á una familia rica. — La habitación.— El mobiliario 

Kl banquete. — Klaboración del té. — Uso del opio 

Macao lo de Marzo de 1882. 



Mi querido amigo : El tiempo y el comercio se han 
encargado de destruir la preocupación con que los ce- 
lestiales miraban á los europeos. Hoy encuentran que 
sus dollars son excelente lazo de unión, y gracias á las 
transacciones mercantiles, las puertas de la casa china 
no están ya cerradas al diablo blanco, mote de todo oc- 
cidental. El gineceo continúa siendo inaccesible ; pues 
sabido es que las hijas de Eva no son aquí visitadas 
sino por los parientes íntimos, ni salen á la calle más 
que para llenar deberes de cortesía, y aun eso en pa- 
lanquín cerrado y con previo anuncio. Ello no obstan- 
te, como satisfacción de una curiosidad y con alguna 



VIAJE Á CHINA 325 



influencia, consigue uno ingerirse hasta el santuario 
de las mujeres, acompañado, como es natural, del gallo 
del gallinero. Mi mujer y yo hemos tenido la dicha de 
ser recibidos por la familia de un miembro de la alta 
banca, y creo que será grato conocer mis impresiones 
sobre el particular. 

Como en China el ir á ver á una señora no es aque- 
llo de «me voy á pasar un ratito con fulana,» como 
sucede en nuestros países, sino que el acto, sobre poco 
frecuente, reviste el carácter de una solemnidad, es 
preciso tomar día, pedir audiencia como si dijéramos, 
y acompañar la solicitud con un regalito de tanta más 
monta, cuanto mayor es la categoría del visitante. 



Las viviendas ya tengo dicho que están á cubierto 
de la curiosidad pública ; así es que tienes que atra- 
vesar uno ó más patios para encontrar la puerta de la 
casa, donde el dueño te está esperando, y en la que te 
recibe con las cortesías propias de su ceremonial. Con- 
sisten estas en juntar las manos sobre el pecho, como 
el oficiante católico al dirigirse al ara, pero con los 
puños cerrados, que agita repetidas veces al mismo 
tiempo que inclina la cabeza. Apenas transpuesto el 
umbral, se tropieza con un gran biombo ó mampara, 
último tapujo del interior, en que alineadas y puestas 
sobre pies derechos, se destacan unas planchas (á ve- 
ces quince ó veinte ) pintadas de encarnado y con le- 
tras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dig- 
nidades del morador. 

El zaguán, que en algunas partes es un patio cu- 
bierto alrededor con su impluvium en el centro, á la 
pompeyana, constituye el estrado del marido. Allí me 
recibió el banquero , mientras su primera esposa, 
acompañada de una hermanita suya, de sus hijas, y 
de su servidumbre (entre la que hay que colocar á las 



326 ENRIQUE GASPAR 



concubinas de su esposo ), apareciendo en lo alto de 
una escalera, se llevó á mi mujer y á la del señor que 
me servía de intérprete, á las habitaciones superiores. 

La disposición del mobiliario es igual en todas par- 
tes. Las sillas, grandes sitiales de tamarindo, de la 
forma de nuestros sillones de baqueta, pesados como 
el plomo y negros como el ébano, tienen el asiento y 
el respaldo de piedra — cuyas vetas simulando monta- 
ñas y paisajes — les dan un valor fabuloso. Cuando el 
personaje es muy rico, los muebles están cubiertos de 
paños color de grana, con bordados de oro y sedas. 
Arrimados á la pared, de la que nunca se separan, á 
cada dos sillones sucede una mesita alta, estrecha y 
con tres. estantes, que sirve de pedestal á un jarrón de 
flores, y de apoyo al té y los dulces con que el que vi- 
sita es obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas, 
entre las que figuraban guisantes en su vaina, cigarros 
y otras golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja 
circular con radios que constituían otros tantos casili- 
cios. Mi anfitrión se entretuvo mientras hablaba en 
roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos desper- 
dicios, expelidos ruidosamente de la boca, ensució mi 
Hou-lon, rico cto, como aquí se llama al té, presentado 
en tazas sin asas, provistas de una cobertera que uno 
entreabre para beber con la misma mano con que la 
. sostiene, y cuyo objeto es impedir el sorber las hojas 
que flotan en el líquido. 

El chino no usa el agua como bebida ; el consumo, 
por lo tanto, de cha, es incalculable ; no le ponen jamás 
azúcar, ni emplean más que el negro. Su precio varia, 
desde diez reales hasta treinta y dos duros la libra. 
Este es el mandarín, que se vende en manojitos de la 
cantidad de cada toma, atados con cintas de colores. 



Allá va una sucinta reseña sobre la elaboración del 



VIAJE k CHINA Say 



té. Recibido en las fábricas, todavía fresco, se escogen 
sus infinitas variedades; sométesele á la acción del 
fuego en unas colosales cacerolas, como las perolas de 
hilar la seda, y agitándolo constantemente, espérase á 
que las hojas queden contraídas por la torrefacción. 
El que posee aroma propio no sufre nuevas operacio- 
nes ; al inodoro se le perfuma después con unas fumi- 
gaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores, 
y encerrado en cajas de plomo, recubiertas de otra de 
madera, se le exporta. El verde procede de unas hojas 
superiosísimas, que se tuestan muy poco ; pero como 
la cosecha es escasa y el consumo en Europa grande, 
se le falsifica como los vinos de Lebrija, las Cabezas, 
Valencia y Cataluña, que tomamos por Jerez y Bur- 
deos. Los ácidos son la base de aquella mistificación, 
contra la que hay que ponerse en guardia. 

El espíritu de especulación lleva tan lejos á los chi- 
nos, que los agentes de las casas europeas necesitan 
ojos de Argos para no caer en las mil y una añagazas 
que les tienden los celestiales. La prueba del té desti- 
nado á la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos 
puñados de diversas calidades extraídos de cualquiera 
caja al azar ; colócanlos en unas cubetas bañadas de 
luz zenital, que penetra por un enorme embudo de 
madera fijado en la ventana donde se apoya el mos- 
trador. Pésase un tael (próximamente una onza) de 
cada montón, y se deposita en tantas teteras como 
especies han de analizarse, y que, numeradas como 
las tazas que tienen delante, corresponden á las cube- 
tas. Échase encima el agua hirviendo, y transcurridos 
los cinco minutos que marca un diminuto reloj de 
arena, viértese el licor en los pocilios y los residuos 
pasan al mostrador junto con el puñado correspon- 
diente. Entonces se escudriña con minuciosidad la di- 
ferencia entre el cha en crudo y el poso de la infusión. 
El color acusa la frescura de la hoja. Si esta, al desri- 
zarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho 



328 BNRIQU£ GASPAR 



servir ya, porque en China, donde nada se desperdi- 
cia, recogen los detritus del té y lo venden á los fabri- 
cantes, para mezclarlo con el virgen. La sed de ganan- 
cia hace que también el europeo, cuando no hay 
abuso, pero si rebaja de precio, pase por esta mala fe, 
que no sospechan los consumidores de Occidente; 
pero en cambio son muy rigurosos con el peso, por lo 
que, provistos de un imán muy potente, lo restriegan 
por los montones de las cubetas, y extraen de ese modo 
las limaduras de hierro con que se mezcla el articulo. 
Ahora bien; problema : Cuando un enfermo se propina 
en España una taza de Pei-Kó,,¿ qué es lo que cura, el 
té, la herradura ó las babas de chino que por tercios 
entran en su composición ? 



Reanudemos nuestra visita, en la que es de rigor 
permanecer cubiertos, porque ya sabes que%aquí todo 
se hace al revés que entre nosotros. El primer cum- 
plido que te espeta el dueño de la casa es decirte que 
pareces un viejo ; la senectud es para el celestial la 
condición más respetable. Todo lo que es tuyo lo ele- 
va á las nubes con hipérboles extremadamente orien- 
tales, y lo que con él se relaciona lo pone á los pies de 
los caballos. Si le encomias la buena disposición de la 
casa, te contestará que vive en una pocilga, y si le ala- 
bas la hermosura de su mujer, te argüirá que es una 
bruta (sic). 

Después nos hizo pasar á sus oficinas de comercio, 
donde, con el cajero, tenedor de libros, dependientes 
y mozos de carga, nos congregamos al rededor de una 
mesa, abandonándonos á un expansivo banquete de 
todo género de sucia pastelería. 



viAjs Á CHINA 3a9 



Como creo que ha de interesarte el relato de una 
comida á su usanza, voy á permitirme esta digresión. 
Las mujeres no asisten ; la confusión de ambos sexos 
es degradante para el fuerte, que ve en la madre de 
sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa 
no puede contener más de ocho personas ; por consi- 
guiente aquellas se multiplican en proporción del ni- 
mero de convidados. Manteles no los hay ; en cuanto 
á servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de 
seda que hace sus veces. Los manjares están ya servi- 
dos en grandes escudillas de porcelana, rodeadas de 
otras más pequeñas para las salsas y jugos con que 
han de adobarse, y que vierte el comensal con una 
cucharilla de loza, cuando no pringa en el líquido con- 
dimento el bocado que, por ser muy grande, ha tenido 
que llevar tres ó cuatro veces á la boca. Una taza sin 
asas, para los comestibles, y otra microscópica para el 
único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfu- 
mado con una esencia, constituyen la vajilla. El cu- 
bierto son los célebres palillos, llamados Jachis que 
colocan uno en la bifurcación del pulgar y el índice, y 
otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón 
y el meñique funcionan, á guisa de muelle, para abrir- 
los y cerrarlos como unas tenazas. Con este aparato 
cada cual toma de la vasija común el pedazo que más 
le apetece, y lo traslada á la suya parcial, después de 
multitud de paseos y baños por las diferentes salseras. 

El sitio preferente es el de la izquierda. He aquí 
ahora el orden del menú : abren la marcha los dulces 
y las frutas. Sígnense á estos las cuatro entradas de 
manjares finos, entre los que figuran los deliciosos 
cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de 
tiburón, las insípidas pechugas de codorniz y los re- 
pugnantes nidos de pájaro, que nosotros llamamos de 



33o ENRIQUE GASPAR 



golondrina. Este refinamiento culinario, que se paga 
á peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo, 
que se encuentra en Java. Formado de tallos y yerbe- 
cillas, se los limpia de plumones y otras adherencias, 
y deshechos por la cocción, quedan reducidos á una 
sustancia gelatinosa, con la que mezclan almendras 
de varias frutas, y de la que, á pesar de sus condicio- 
nes pectorales, no he podido intentar una segunda 
prueba. Su nombre es ning-vo. 

Á estas delicadezas suceden los platos fuertes. Ma- 
nos de cerdo rellenas, chuletas azucaradas, patos sa- 
lados y prensados, que saben á jamón, faisanes que en 
Shang-hae valen á dos reales pieza, corzo y pescados 
ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que 
produce escrófulas y asquerosidades á que la pluma 
se resiste. Excuso decirte que, dado el cubierto, todo 
tiene que presentarse hecho pedacitos ; y que si algo 
hay que trinchar, los dedos se encargan de la opera- 
ción. 

Aquí principian las libaciones, en las que son muy 
parcos. En seguida entra en tanda el arroz hervido 
simplemente y servido en cubos de madera, de los que 
cada convidado se propina dos ó tres tazas, pues cons- 
tituye la verdadera y diaria alimentación del chino, 
que nunca prueba el pan. Amenízanlocon langostines, 
cerdo, aves, pescado y todo género de chow-chow (chau- 
chau), como ellos llaman á las mezclas. La manera de 
devorarlo, pues no puede decirse que lo comen, es 
nauseabunda. Pizcan de la fuente general un trozo de 
chow-chow, lo trasladan á su escudilla y, colocándose 
esta debajo de la barba, como una bacía de afeitar, 
empujan precipitadamente con los fachis el arroz, ni 
más ni menos que si rellenasen de casquijo un agu- 
jero, y no lo mascan hasta que se les sale por la boca. 



VIAJE Á CHINA 33 I 



Relatarte lo que come el indigente es tarea impro 
ba. Aquí no se desperdicia nada. La carne de perro y 
de gato se vende públicamente ; á la de ratón y toda 
suerte de animales inmundos se le da caza en el pro- 
pio domicilio. Sé que voy á extralimitarme poniendo 
á prueba el estómago de tus lectores ; pero la cosa es 
tan notable, que no puede pasarse en. silencio. Para el 
chino pobre, peinarse es un banquete. De ese modo 
preitenden que recuperan la sangre que el insecto les 
ha chupado. 

Terminada la comida, es preciso colocar los Jachi 
cruzados sobre la taza en signo de satisfacción y gra- 
titud ; el anfitrión los va retirando y poniendo sobre la 
mesa como contestando : no hay de qué. Un par de 
eructaciones son del mejor tono para atestiguar que 
los manjares te han sentado bien. 

El té sin azúcar y unas chupadas de pésimo tabaco 
ponen fin á la fiesta. Las pipas en que fuman, indes- 
criptibles y variadas hasta lo infinito, no contienen, 
por enormes que sean, más tabaco que el indispensa- 
ble para una bocanada ; por consiguiente, hay que car- 
garlas en cada aspiración, valiéndose para encender- 
las de unas mechas de papel retorcido ( que también 
se usa como cordel) sobre las que soplan muy hábil- 
mente para que produzcan llama. 



Admitidos por fin en el gineceo, nos encontramos 
á las señoras terminando su tiffin y en sazón que la 
dueña de la casa, quitándose un nivat de plata (hor- 
quilla) y pinchando con él un pastelillo, se lo ofrecía 
á mi mujer ; que como puedes imaginarte, no tenia ya 
más apetito. En vista de lo cual la criada sirvió agua 



332 ENRIQUE GASPAR 



caliente, en la que remojó un pañuelo de espumilla de 
seda, con el que su ama se limpió las manos y la boca, 
pasándolo después á toda la reunión para que hiciera 
lo propio. Luego sacaron las pipas. Todo el sexo bello 
fuma. 

Acto continuo nos llevaron á visitar las habitaciones, 
idénticamente amuebladas á las que ya he descrito. 
En el salón penden algunos retratos de familia, horri- 
blemente pintados al óleo, cuadros inocentes como los 
paises de los abanicos y entrepaños con máximas y 
caracteres. Las paredes no están enlucidas ; ostentan 
el ladrillo vivo de color gris azulado y ennegrecido por 
el humo de los pebetes que á todas horas están ardien- 
do en nichos destinados á los dioses penates y porte- 
ros. En el oratorio álzase un altar con pebeteros y re- 
licarios de metal blanco, flores artificiales, estatuítas 
de Lao tsé, el fundador de la metafísica, de Cug-ñan, la 
Virgen de la pureza, y de la multitud de ídolos de las 
teogonias büdhica y de Brahma, que mezcladas con la 
moral de Confucio, forman las. tres religiones domi- 
nantes en el país. 

En los dormitorios, arcones de sándalo y armarios 
de alcanfor alternan con las camas de tamarindo, con- 
fundiéndose la de la primera mujer con las de las con- 
cubinas, que el dueño comparte indistintamente. Duer- 
men vestidos y sobre una esterilla que sustituye al 
colchón, sin más sábanas que un abrigo de lana, en 
que se arrebuñan. La almohada es de loza del tamaño 
y forma de las almohadillas que antiguamente usaban 
las señoras en España para coser ; y no apoyan en 
ellas la cabeza sino el cuello, con lo que las mujeres 
consiguen no deshacerse el peinado que, por su com- 
plicación, no restauran más que semanal ó quincenal- 
mente. En la cabecera hay colgados infinidad de amu- 
letos, acusadores de la superstición que los domina. 
Un sobre de un despacho imperial trae fortuna ; y, si 
se le hierve, su agua cura enfermedades epidémicas. 



VIAJE Á CHINA 333 



Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de 
ojo. La infusión de una bolita de oro, otra de plata y 
una ramita de coral es eficacísima contra los sustos. 
La nuez extraída de la garganta de un mono vivo no 
tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como 
acontece en la mía que está apoyada sobre un monte, 
entran culebras, ya no hay más que pedir. 



El fumador de opio pertenece á lo reservado ; los 
hay públicos para los transeúntes, sin perjuicio de te- 
ner cada uno el suyo particular en el domiciJio. Este 
horrible vicio, que embrutece al hombre y le acorta la 
vida, no ha podido ser desterrado, á pesar de los es- 
fuerzos del gobierno imperial, que ha tenido que con- 
tentarse con infligirle un impuesto de diez pesetas por 
bola <de cuatro libras, que es como se expende en cru- 
do. En las colonias está monopolizado, mediante una 
suma, que en Macao asciende, con la inclusión de la 
pequeña isla de Taipa y Colowane, á cerca de cin- 
cuenta mil duros al año. Sus efectos son espantosos ; 
el pobre compra el residuo del de la gente acomoda- 
da, y no gasta menos de un real diario. Yo conozco en 
Hong-Kong á un rico mandarín que invierte más de 
peso y medio cada día, y que, á consecuencia del abu- 
so, tiene que trasladarse á Cantón de dos en dos me- 
ses, para hacerse operar por la paralización absoluta 
de sus funciones digestivas. 

El opio, que cocido toma el nombre de anfión (a -pin 
hi en chino), se reduce por esta operación á una pasta 
bastante dura. Para fumarlo, se necesita que la habi- 
tación esté cerrada, á fin de que el aroma no se eva- 
pore. En el centro del cuarto elévase un entarimado 
cubierto con un boca-porto, más ó menos lujoso, que 
imprime al conjunto el carácter del escenario de un 
teatro, del tamaño de una cama de matrimonio. En él. 



334 ENRIQUE GASPAR 



provistos de dos almohadas, se acuestan los fumado- 
res, separados por un banquillo, sobre el que arde una 
lamparilla de aceite. Cuando el chino no tiene un ami- 
go que le acompañe, lo reemplaza por una concubina 
que, aunque no comparte su placer, le arrulla y le 
canta. La mujer propia jamás se presta á lo que entre 
ellos es el colmo de la abyección. La pipa es de las di- 
mensiones y estructura de una flauta, con un agujero 
en el centro, al que se adapta el hornillo de barro, 
como un hongo ó seta, provisto de un oído diminuto. 
Las sustancias de estos aparatos varían hasta lo infi- 
nito ; y á veces su mérito, por la saturación del tubo ó 
la riqueza del utensilio, es tal, que lámpara, cilindro 
y horno cuestan tres mil duros, como los que yo he 
visto destinados al último embajador de China en Ru- 
sia. El procedimiento es este : con un alambre se ex- 
trae del bote una partícula de anfión como un guisan- 
te ; se somete á la acción de la llama para fundirlo, y 
rozándolo sobre el hornillo de la pipa, se le hace to- 
mar, cilindrándolo, el tamaño del oído, en el que se 
adapta, después de repetidas manipulaciones. Aplíca- 
sele á la luz, arde y se aspira. Su sabor es acre como 
su perfume; pero no tiene nada de repulsivo. Sus 
efectos son la atrofia y sus consecuencias la imbeci- 
lidad. 



Una revista, pasada á las joyas y telas bordadas del 
ajuar de la señora, puso término á una visita en que 
invertimos más de tres horas de reloj, volviendo á casa 
cargados con multitud de golosinas, de que nos llena- 
ron los bolsillos, como testimonio comestible de la 
honra que les acabábamos de dispensar. 

Hasta la otra. 




Macao, 8 de Diciembre de 1882. 



Cantón es para los chinos lo que París para los 
europeos; la ciudad de los placeres, del lujo, de la 
industria, de la actividad y de la riqueza. Pekín, con 
ser la capital del Imperio, no tiene para los celestiales 
otro aliciente que el de la vida pública con su balumba 
oficial. 

Nacer en Suchau, que produce los hombres más her- 
mosos; vivir en Cantón, paraíso de los bienes terrena- 
les, y morir en Lauchan, donde se fabrican las mejores 
cajas de muerto, son los tres dones más preciados que 
la naturaleza puede hacer á un hijo de Confucio. 



336 ENRIQUE GASPAR 



Las noventa y tantas millas que separan al emporio 
chino de la colonia de Hong-Kong, y de las cuales más 
de dos tercios son de navegación fluvial, se Recorren 
en unas siete horas en vapores de río, sistema ameri- 
cano, pertenecientes á compañías, ya indígenas, ya in- 
glesas, con servicio cuotidiano de día y de noche. 

Ni Cunard, ni- las Mensajerías, ni la Mala del Pacífi- 
co, ni la Trasatlántica, ni la Trinacria pueden compa- 
rarse en lujo y comodidad con algunos de los buques 
de esta empresa británica. Construidos para cortas 
travesías, sin riesgo de ninguna especie (pues al me- 
nor indicio de tifón dejan de circular), estos steamers 
tienen en el centro de la cubierta la cámara ; vasto y 
elegante salón ventilado en verano por multitud de 
ventanas que permiten al viajero admirar las riberas 
sin moverse de su sitio, y abrigado en invierno por 
caloríferos y estufas. 

Los camarotes son verdaderos gabinetes, con camas 
en vez de literas, lámparas suspendidas é inmensos 
tocadores de mármol provistos de irreprochables artí- 
culos de limpieza. El pasaje no cuesta más que tres 
duros, y uno y medio cada comida, que en cantidad 
satisfaría la intemperancia dé Lüculo, y en calidad me- 
recería el aplauso de Brillat-Savarin ; se la rocía cdn 
Burdeos, Jerez, Porter y Pale-ale, sin contar los licores 
que precipitan el Moka, y añadiendo un desayuno á 
elección en los viajes de noche. 

Viajar por agua sin columpiarse, es el bello ideal de 
la locomoción: metido, pues, en un palacio que se 
desliza, avanza uno con vertiginosa rapidez embelle- 
ciendo con la feliz disposición del ánimo los detalles 
que le salen al encuentro. Para Boca Tigris, fortifica- 
ción que defiende la entrada del río, es la primera 
sonrisa del excursionista, que en cada montón de tie- 
rra que saca la cabeza del agua, reconoce siempre á 
un simpático amigo. Renuncio á juzgar si este mame- 
lón está bien ó mal artillado, porque en punto á caño- 



VIAJE X CHINA 337 



nes, yo no he tenido trato más que con los de las plu- 
mas cuando se estilaban de ave. Lo único que sé, es 
que Jos chinos lo miran como un Gibraltar, y los euro- 
peos se ríen de él. Sumando,- pues, ambos términos, y 
tomando la proporción media, deduzco que con unas 
leccioncitas de los oficiales del ramo ingleses y buena 
pólvora de Albión, el ruido y las nueces andarían equi- 
librados. 

Remontando aquellas riberas amenizadas con las 
típicas torres de cinco, seis ó siete pisos, terminados 
por tejadillos en forma de araña y alfombradas de di- 
versas plantaciones, llégase á Wampoa, avanzada de 
Cantón, donde ya nos interceptan el paso los innume- 
rables botes de la población flotante, condenada á vi- 
vir y morir en sus esquifes, y cuyo número excede á 
toda ponderación. Los ingleses llaman á estas embar- 
caciones S/íy)/)er-¿?oa/ (barco zapatilla) por la forma que 
afectan con su puntiaguda proa y sus toldos agalera- 
dos de bambú : el efecto real es el de un cerdo nadan- 
do. Al verlos hacinados á miles bajo los puentes de 
Cantón y en los puntos más resguardados del río, se 
le ocurre á uno preguntar si la ciudad está abandona- 
da, pues no parece sino que se ha trasladado á bordo 
el inillón y medio de sus habitantes. 

Por fin se atraca : estamos en el emporio chino. Ce- 
rremos los ojos ante aquella especie de muladar que 
constituye el carácter distintivo de los barrios celes- 
tiales, y apretemos el paso para hacer entrar á los sen- 
tidos en puertos de salvación. Después nos encenaga- 
remos. 

Antes de rebasar la linea, nos sorprende un edificio 
severo y majestuoso con cara de persona decente y 
acomodada. Es el Custom house ó aduana inglesa. Sa- 
bido es que cuando la poderosa Albión terminó á 
cañonazos sus diferencias con el imperio del Medio, 
intervino las aduanas, como garantía del pago de la 
indemnización de guerra. Saldada que fué la opera- 



338 ENRIQUE GASPAR 



ción, observó el gobierno chino que los rendimientos 
durante la gestión administrativa de sus apaleadores, 
habían sido mucho más pingües que en manos de sus 
funcionarios nacionales ; «y rogó á aquellos que conti- 
nuasen en su tarea por cuenta del Estado en lo que se 
refiriera á importación ó exportación en buques ex- 
tranjeros. Desde entonces radica en Pekín un inteli- 
gentísimo Director general, retribuido con un elevado 
tanto por ciento sobre el total de la recaudación, á 
cuyo cargo, elección y coste, están los funcionarios de 
las diferentes agencias fiscales del imperio. Sujetos á 
un escalafón riguroso y á reglamentos fijos, exígeseles 
á estos empleados el conocimiento perfecto del inglés, 
é ingresan en el cuerpo, después de unos meses de 
prueba, con un haber mínimo de ciento veinte pesos 
al mes y casa en común ó independiente si son casa- 
dos. Simultaneando con el ejercicio de sus funciones, 
aprenden la lengua mandarina y obtienen sus ascen- 
sos á medida de su aplicación, hasta llegar á jefes de 
departamento con diez, doce y creo que hasta catorce 
mil duros anuales, y habitación, criados, convites ofi- 
ciales y otros gastos satisfechos. El personal se com- 
pone de ingleses, americanos, españoles, franceses, 
italianos ; de todas las nacionalidades en fin. De ese 
modo el día que el gobierno chino quisiera prescindir 
de la administración inglesa, habría una reclamación 
universal de intereses lastimados, y tendría que some- 
terse á la dura ley de la fuerza. Esto es entenderlo y 
saber hacer duraderas las cosas. Lo mismo nos pasa á 
nosotros. 

No nos entristezcamos y pasemos adelante. 

Atravesando el puente de los señores, pues el otro 
que lo separa de la población china está destinado á 
la servidumbre, nos encontramos en Shameen; islote 
más grande que una manta de cama pequeña de ma- 
trimonio, cuyo terreno constituye la concesión ó mo- 
rada europea. Habitado por el cuerpo consular, los 



VIAJE Á CHINA 339 



funcionarios de la aduana y los agentes de las casas 
de comercio extranjeras, Shameen encierra en junto 
treinta familias. Cada casa es un pequeño hotel con 
su galería abierta sobre la fachada, respirando alegría, 
riqueza y buen gusto. El arroyo es de césped y las ca- 
lles andenes de jardín. Hay una capilla protestante y 
hasta gente que se pasea á caballo y al trote. iQué te- 
meridad! Pero no vayan ustedes á figurarse que aquí 
se detienen las maravillas del pequeño Lilliput: es 
todo un Estado bajo la base del comunismo. Un cón- 
sul es administrador de correos con la responsabilidad 
y formalidades de un funcionario público. Todos los 
habitantes, excepto las señoras (que me parece que 
son nones y no llegan á tres), están obligados á pres- 
tar servicio como bomberos. El de las armas es gratui- 
to y obligatorio : al menor asomo de revuelta por parte 
de los chinos, como aconteció hace dos ó tres años, 
cada cual empuña el útil de guerra de que dispone, 
organízanse guardias y retenes, los vapores de la línea 
aprontan sus calderas; y, como fuera vano empeño 
resistir, al primer tiro de alarma, todo el mundo á 
bordo ; el ejército de tierra se convierte en fuerzas de 
mar. 

Sobre ser tan pequeña la isla, aún queda espacio 
para un elegante paseo sobre el malecón; desde el 
cual, dirigiendo la vista del lado de la tierra, apercí- 
bense hombres que se agitan en diversas direcciones, 
pelotas que describen giros parabólicos y raquetas 
que muy á menudo resignan sus poderes en la cara 
de su dueño. Son praderas públicas, trinquetes á la 
inglesa, sport verdadero, donde los moradores entre- 
tienen sus ocios con el ejercicio gímnico del cricket. 
Teniendo ya lavon-tennis^ no pierdo la esperanza de 
asistir á un handicap en el futuro hipódromo de Sha- 
meen. 

¿Me preguntan ustedes qué ruido de billar es el que 
sale por las ventanas de ese magnífico edifício ? Pues 



340 ENRIQUE GASPAR 



qué quieren ustedes que sea sino el del billar del club 
inglés ; donde además de todos los juegos lícitos y de 
todas las bebidas y reconfortantes gástricos apeteci- 
bles, encontrarán ustedes una magnífica biblioteca, de 
cuyas obras se puede disponer á domicilio, y habita- 
ción dispuesta para que pernocte el socio transeúnte. 
Esto sin contar los periódicos y el papel gratis para la 
correspondencia. 

Pero no nos detengamos aquí, que mejor que el 
club inglés es el alemán, en el que, amén de las mis- 
mas comodidades y atractivos, existe un teatro, un 
verdadero teatro común de dos; pues en él los pobla- 
dores de Shameen hacen de hombres y mujeres; de ac- 
tores y público; de empresario y abono. 

^ Quieren ustedes más? Pues como no nos metamos 
en un houseboat (bote-casa), con su dormitorio, cocina 
y demás menesteres, para entrarnos rio adentro y pa- 
sar ocho días consagrados á la pesca ó á la caza en 
domicilio flotante propio, de que nadie carece, la isla 
ya no da más de sí. 

Ahora repasemos el puente ; hagamos irrupción en 
la ciudad china y digamos como en los libretos de las 
comedias de magia: Mutación. 

Así como el comedor de la casa de aquel chusco era 
tan bajo de techo que no podía comerse en él más 
que lenguados, así las calles de Cantón son tan estre- 
chas que no hay mortal que entre en su recinto si no 
es con calzador. Extendiendo los brazos, y hablo en 
serio, se tocan ambas paredes; y en todas las esquinas 
hay una tienda con una puerta en cada lado del ángu- 
lo, á fin de que, al cruzarse dos palanquines, mientras 
el uno sigue por el arroyo, el otro tome por el alma- 
cén y no se interrumpa la circulación. De trecho en 
trecho un enorme portón se atraviesa en el camino 
para limitar un barrio ; abierto al tránsito de día, cié- 
rrase al ponerse el sol, y nadie pasa sin permiso del 
portero, lo que permite no sólo localizar cualquier 



VIAJE Á CHINA 341 



motín en un momento dado, sino saber quién trasno- 
cha y por qué motivo. 

El que haya visto una población china las conoce 
todas; su construcción es idéntica. Casas hechas con 
un ladrillo gris azulado, sin más presión que la de los 
pies del obrero, y que no enlucen jamás ni en paredes 
ni en tabiques : vigas al aire ; en el interior una zahúr- 
da; en la fachada una puerta con una ventana encima. 
Escalas de mano para el acceso : dos ó tres industria- 
les viviendo en comunidad, y toda clase de animales 
domésticos, desde el guarro hasta la chinche, compar- 
tiendo el hog^r con los moradores racionales. El chino 
rico sólo se diferencia del pobre en tener casa más 
grande y poseer más dinero. 

Pekín es la única ciudad que reviste otro carácter. 
Sus calles anchas tienen en el centro á modo de un 
terraplén formado por la basura, que arrojan los ve- 
cinos y que el sol se encarga de secar y corromper. 
Sobre esta alfombra • transita la gente, ya á caballo ya 
en carretas, en las que no cabe más que un individuo 
sentado en el fondo de la caja; porque asientos, Dios 
nos los dé. El polvo es asfixiante y fétido ; pero la mu- 
nicipalidad y dL\o tiene previsto todo: ha colocado de 
distancia en distancia unos recipientes de barro que 
hacen el oficio de columnas mingitorias ; y á determi- 
nadas horas del día la escuadra de la limpieza, provis- 
ta de sendos cazos, riega la vía con aquel precioso 
licor. No hablemos más de Pekín; en primer lugar 
porque no lo conozco y me alegro; y en segundo, por- 
que mis lectores han de participar de mi alegría. 



^'-. 




CANTÓN 

II 

Ya estamos dentro de Cantón; ya estamos en medio 
de esta red de estrechas callejas, llenas en toda su ex- 
tensión de tiendas y tiendecillas. 

{ En dónde están los que consumen ? se pregunta 
uno al ver aquella profusión de abastecedores. Porque 
en efecto, no hay una sola casa que no sea una tienda, 
á excepción del barrio tártaro, erigido en una zona 
especial , cuyos moradores, de más bizarro continente 
que los chinos, y soldados por derecho de raza (pues 
pertenecen á la nacionalidad de la dinastía mandchú 
reinante) tienen viviendas de un solo piso, jalbegadas 
por. el exterior, y si mucho menos aseadas, parecidas 
á las de algunas aldeas pobres españolas. El fenómeno 



VIAJfS Á CHINA 343 



se explica con recordar que Cantón es á Asia lo que 
París á Europa. Los cuatrocientos millones de habi- 
tantes del Celeste imperio se surten en él, no sólo de 
los artículos de lujo, sino de los de boca de primera 
necesidad que, salados y secos, transportan á los últi- 
mos confínes en millares de lorchas ó juncos de su 
temeraria cuanto rutinariamente diestra ntarina mer- 
cante. 

Dicho sea en honor de la verdad, hay algunos esta- 
blecimientos que seducen, no por la suntuosidad de 
los edificios, que en poco ó en nada difieren de los 
otros, sino por la riqueza de los objetos que en ellos 
se expenden. Los bordados de seda, las lacas, las por- 
celanas, los tejidos, las incrustaciones de nácar sobre 
madera, peculiares del Tonkín, las sillerías de tama- 
rindo (el ébano local), las tallas perfeccionadas de Ning- 
po con aplicaciones de marfil, las filigranas de plata y 
oro, y las antigüedades, fascinan por su valor intrín- 
seco y por la novedad que producen á nuestros ojos; 
pero carecen de aquella variedad infinita, del gusto 
ejemplar de la industria europea, y sobre todo de su 
perfección irreprochable. Aquí no hay nada bien con- 
cluido, y las más preciadas joyas concluyen por has- 
tiar á fuerza de monotonía. Se fabrica sobre un tipo 
y sólo varía la materia. El arte, como la existencia del 
chino, está sujeto á patrón. Asi es que cuando se han 
aprendido ya de memoria las dos docenas de moldes 
en que se vacía su inteligencia industrial, los bazares 
suntuarios con sus preciosidades gemelas (ó por lo 
menos con su aire incontestable de familia) y sus enor- 
mes muestras de planchas de charol con caracteres de 
oro que, pendientes del arquitrabe y rasando el suelo 
en sentido vertical, dan á la calle el aspecto de una co- 
lumnata, quedan eclipsados por la asombrosa multi- 
plicidad y el inagotable surtido de abacerías, bodego- 
nes, ropavejeros, confeccionadores de toscos objetos 
de papel para conmemoración de los difuntos, y tan- 



344 ENRIQUE GASPAR 



tos y tan repugnantes comercios bajos que, ora detie- 
nen la marcha del transeúnte con un buey ó un cerdo 
abierto en canal junto á la carcomida tabla anunciado- 
ra: ya le salpican el rostro con la sangre del pescado 
que cortan á rebanadas ; ó provocan sus náuseas, en 
fin, con la exhibición de verduras en salmuera, sala- 
zones de especies desconocidas, gusanos de seda saca- 
dos de las perolas de las fábricas de filatura para ser 
comidos con arroz, hierro enmohecido, festines de 
animales al aire libre, dentistas ambulantes revestidos 
de rosarios de muelas, barberos que sacuden sus na- 
vajas sobre los circunstantes, hombres desnudos que, 
con sus amarillentas manos provistas de largas y ne- 
gras uñas, sacan de las vasijas los manjares que aquel 
pueblo famélico devora con avidez; ciegos en filas de 
seis y ocho tocando campanillas para no ser atropella- 
dos por la muchedumbre, mendigos con úlceras y es- 
crófulas que sólo se creen viéndolas, truhanes, agore- 
ros, jugadores de dados y fumadores de opio. Este es 
el Cantón típico: miseria, basura, abyección. 

Apenas anochece cesa el ruido ; las puertas se cie- 
rran herméticamente. En las primeras horas arden 
unas candelillas, que cada familia enciende á sus dio- 
ses penates en hornacinas abiertas sobre el umbral. 
Cuando se apagan, todo queda en tinieblas. Entonces 
aparecen las rondas nocturnas, armadas de lanzones 
retorcidos, partesanas, escudos de mimbre, y precedi- 
dos de un gong ó campana china, en el que dan sen- 
dos porrazos; con lo que consiguen dos objetos: des- 
pertar al que duerme y prevenir á los ladrones para 
que burlen su vigilancia. 

Una buena costumbre, que debe ser imitada en cier- 
tos países donde la policía deja mucho que desear, 
es la de hacer responsables á los inquilinos con tienda 
abierta de los desórdenes que pueden ocurrir en la 
calle delante de su casa. De ese modo el temor de una 
multa, hace que en cuanto en el arroyo se origina una 



VUJB A CHINA 345 



disputa, salga el tendero provisto de un garrote ó de 
cualquier otro argumento de persuasión, y se lleve á 
los contendientes á la zona de su vecino, quien á su 
vez repite la operación, y asi sucesivamente hasta dar 
con la fuerza pública, que termina en la cárcel la par- 
tida de tente-tieso. 

Las pagodas, aunque en la parte consagrada al cul- 
to difieren poco entre sí, tienen notables diferencias 
de aspecto como edificios. Cuéntanse á centenares, 
por lo que no nos detendremos mas que en las que 
ofrezcan alguna particularidad. La de los Quinientos 
ídolos es sencillamente un museo de escultura encar- 
gado de perpetuar, en toscas figurillas de madera 
dorada de medio tamaño natural, la memoria de los 
que se han distinguido por cualquier concepto. Un 
padre que tuvo muchos hijos, un hombre que alcanzó 
una gordura fenomenal (signo de favor celeste), un 
individuo virtuoso, un general valiente, están seguros 
de inmortalizarse en aquel totum revolutum de santos, 
héroes y monstruos de feria. No hablemos del mérito 
artístico de las estatuas. Hay allí (y por cierto que es 
circunstancia singular) una reproducción del gran via- 
jero del siglo XIII, del veneciano Marco Polo, con una 
chaquetilla de trajinero de la Mancha y un hongo pa- 
vero, que pedir más fuera gollería. 

La de la Campana es sólo notable por el gigantesco 
tamaño de la que pende de una oscura y medio de- 
rruida linterna. Todos estos templos poseen la suya 
además del gong y del bombo con parche^ de piel de 
vaca sin curtir; pues, según la tradición, los primitivos 
bonzos eran criminales condenados al aislamiento ; y 
debían anunciar, con una campanada repetida cada 
quince minutos, que no habían apelado á la fuga. 

La Torre de porcelana, mal comprendida entre las 
pagodas, es uno de esos polígonos de varios cuerpos 
que figuran en todas las telas de abanicos y cuyas te- 
jas barnizadas relucen al sol con varios cambiantes. 



346 ENRIQUE GASPAR 



Sus relieves de buen gusto y su elegante forma la 
conquistan un primer lugar entre los monumentos de 
su especie. 

La Pagoda de los Cerdos, así llamada por una pocil- 
ga en la que pasan feliz existencia cinco ó seis ejem- 
plares sagrados de ellos, que se renuevan anualmente, 
encierra un culto simbólico ; pues parece ser que , 
según la metempslcosis, el hombre que transmigra á 
aquel animal inmundo es de los menos pecaminosos; 
y tiene la seguridad de recobrar pronto su condición 
primitiva, visto que la vida del marrano no excede 
por lo común de doce meses. Constituye, en una pa- 
labra, una dosis de purgatorio á su manera, tanto más 
pronto redimido cuanto menos tardan en desarrollarse 
las mantecas del pecador. 

La de los Cinco pisos, desmantelada, no sirve ya 
mas que de mirador, en gracia de su altura, y fué 
cuartel general del ejército de ocupación. 

El ritual del culto de Budha, cuya religión tiene 
tantos puntos de contacto con el cristianismo, se pare- 
ce bastante al ceremonial católico. El oficiante junta 
las manos sobre el pecho, como nuestros sacerdotes, 
con ligeras alteraciones en la colocación de los dedos; 
y hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse co- 
piadas de nuestra liturgia. 

Jamás olvidaré la impresión que me produjo un ser- 
vicio fúnebre á que asistí en Macao con motivo del 
entierro más suntuoso que registran los fastos chinos. 
Invirtiéronse en él cerca de cuarenta mil duros; pues 
en los cien días que se conservó el cadáver en la casa 
y que, según el budhismo, es el tiempo que el alma 
anda errante hasta ocupar su puesto en la región de 
los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos acu- 
dieron á rendir el último tributo al finado, fueron 
mantenidos, incluso de opio, á expensas del hijo pri- 
mogénito. Sin detenerme á describir las maravillas 
de ornamentación de la casa mortuoria, atestada de 



VIAJK Á CHINA 347 



muebles excepcionales, de plantas en cuya cultura ha- 
bían intervenido tres ó cuatro generaciones para ir 
conduciendo los tallos hasta formar con las robustas 
ramas caracteres, figuras y símbolos ; de objetos de 
papel para quemar ante la tumba que se confundían 
con el marfil, el bronce y el cristal ; omitiendo la na- 
rración de los tres meses de ceremonias religiosas, en 
las que tomaron parte sesenta bonzos y dos obispos ó 
jefes de comunidad, referiré á la ligera la que tuvo 
efecto la víspera de la inhumación. Una pagoda, ais- 
lada de la capilla ardiente, ocupaba dos habitaciones 
contiguas. En la interior y bajo unos arcos de ramaje 
de una transparencia cristalina, profusamente ilumi- 
nados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y 
oro y apoyados en una fauna simbólica, se mantenían 
en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en aquellas difíciles posi- 
ciones ! I Qué inercia y qué absorción en aquella acti- 
tud contemplativa I Era preciso detenerse media hora 
ante aquellas estatuas animadas, para sorprender una 
ligera oscilación que acusase un soplo de vida en su 
marmórea rigidez. Asi se mantuvieron desde las seis 
de la tarde hasta la una de la madrugada. En la pieza 
vecina, atestada de relicarios gigantescos de filigrana, 
revestida de paños bordados, en que el oro entraba 
por arrobas, é iluminada profusamente, veíanse unas 
mesas dispuestas en trapecio, como en los festines de 
las óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de 
orden menor, cubiertos de unas hopalandas oscuras y 
ceñidos de unas fajas y bandas de diversos colores, 
según la comunidad á que pertenecían. En las tres del 
fondo estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono 
de nubes pendiente del techo, yacía recostado un 
obispo en el mismo arrobamiento qué sus otros com- 
pañeros de reposo; si bien acompañado de dos hara- 
pientos coolies, que con sendos abanicos, le refrescaban 
la atmósfera deletérea de aquella elevación en que se 
acumulaban las emanaciones del aceite de las lumina- 



348 ENRIQUE GASPAR 



rias y la respiración, á menudo ruidosa, de sus cole- 
gas y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más 
ó menos mugre, distribuían té á los religiosos. Pre- 
ces, invocaciones, purificación de la morada por el 
fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzai- 
na, formaron la parte esencial de la ceremonia. Por 
fin, el oficiante principal se puso en pié detrás de su 
mesa; y en medio de un silencio sepulcral, levantó los 
ojos al cielo , blandió dos campanillas y se puso á co- 
municar con el muerto. 

Después del Dies irce del catolicismo, no conozco 
nada más sublime que ese coloquio de la religión con 
el pecador. Ni una voz, ni un canto, ni una palabra; 
pero ¡cuánto arte en las vibraciones del timbre que, 
ora simulan el terror del alma puesta al borde del 
abismo de las penas eternas; ora traducen la satisfac- 
ción y la gratitud del espíritu arrancado de repente á 
la condenación, por las plegarias de los vivos; ó bien, 
por último, evaporándose en una imperceptible noción 
del sonido, acusan el alejamiento del hálito vital por 
las regiones etéreas, para volar á fundirse en Dios, 
principio y germen de todo lo creado, de quien era 
partícula y á cuyo todo se restituye ! Es un pasmo de 
ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia, 
pronto descubren la oreja; pues el difunto, para quien 
aquel día suele ser siempre nefasto, responde que su 
alma está sufriendo crueles torturas, que no cesarán 
hasta que doten con una fuente en que naden peces 
de colores á tal convento, ó hagan á cual otro los do- 
nativos que sus riquezas le permitan; de modo que el 
estómago se apodera de la sublimidad de la concep- 
ción, y toda la grandeza del espíritu se desvanece 
entre la gente bonza, ante una solución gástrica de 
refectorio. 

Cerremos esta crónica religiosa con cuatro palabras 
sobre la Catedral erigida en el ceptro del barrio tár- 
taro. De orden gótico, está tallada en duro granito y 



VUJK a CHINA 349 



recuerda la de Amiens. Carece aún de pavimento, de 
ornamentación, de altares y de objetos de culto, y van 
invertidos en ella ocho millones de francos, producto 
de donaciones y limosnas. Su diócesis alcanzará á 
veinte personas ; sin embargo, al verla ostentar su in- 
mensa nave en medio de millón y medio de gentiles, 
diríase que ha sido construida en la previsión de que 
pueda servir para. millón y medio de católicos. Todo 
es de esperar de nuestras intrépidas misiones. 



CANTÓN 

III • 



En la parte opuesta del rio, llamado Honam, hay 
unos jardines, que visitaremos, por no quedarnos sin 
verlo todo ; pero no porque merezca la pena de perni- 
quebrarse al pasar aquellos carcomidos puentes, ni de 
atrapar unas fiebres palúdicas por intentar en vano 
reflejar nuestra imagen en el impuro seno de unas 
charcas cenagosas. La flora es rica, pero descuidada ; 
y como esta excursión no es científica, suprimo por 
inoportuno lo que habla á la inteligencia y callo por 
inexistente lo que halaga los sentidos. No saldremos, 
sin embargo, de allí sin entonar un himno de asombro 
á la camelia de Cantón, rarísima variedad, que sólo 
florece de dos en dos años y cuya forma es una verda-. 
dera maravilla. Redúcese á una estrella de varias 
puntas, cada uno de cuyos radios está compuesto de 
pétalos sobremontados, que disminuyen hacia las ex- 
tremidades con una simetría y proporción geométri- 
cas. Estos pétalos, que son de color de rosa pálida, 
doblan sus bordes hacia fuera, presentando una fim- 



33o ENRIQUE GASPAR 



'bria de matiz más fuerte, que dan á la flor, como dejo 
dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con cír- 
culos concéntricos festoneados de rojo. 

No salgamos del slipper boat, toda vez que nos halla- 
mos en el río ; y desafiando su impetuosa corriente, 
dirijámonos de nuevo á las márgenes de la ciudad 
china, en busca de los tan afamados botes de flores, 
donde los celestiales comparten los placeres nocturnos 
con los teatros y los culaus ; bodegones sobre los que 
vale más callarse, y espectáculos de que es preferible 
no volver á decir una palabra. 

Constituyen aquellas mansiones de la alegría unas 
enormes barcazas flotantes, que en nada difieren en- 
tre si, á pesar de su número. Vista una, vistas todas. 
Alegremente pintadas al exterior, ocupa el puente un 
salón alumbrado por linternas y amueblado con sitia- 
les y mesillas. Unos canastillos de flores penden del 
techo : y allí se come, se bebe y se fuma, mientras 
unas cuantas mujeres de jalbegado rostro, con los pó- 
mulos y los párpados cubiertos de almazarrón (aristo- 
crático afeite del bello sexo), bien vestidas y mejor pei- 
nadas (pero nunca limpias), cantan, al parecer acom- 
.pañadas de instrumentos músicos, muy semejantes 
para nosotros á los de tortura, preparan las pipas de 
los consumidores y les dan conversación. Todo ello 
sin algazara expansiva, pacíficamente y sin ulteriores 
consecuencias. Los hombres pagan y no riñen ; y á las 
cantantes les dura el peinado intacto una semana, que 
es lo que tarda en volver la peinadora. No hay pro- 
pinas. 

Se me olvidaba consignar que los europeos deben 
ir provistos de algún frasco de esencia con que pre- 
servar el olfato de ciertas emanaciones, porque ade- 
más de ios perfumes urbanos, existen los fluviales, 
despedidos por unas góndolas que constantemente 
están cruzando el río cargadas con materias para el 
abono de sus fértiles tierras de labor, y á las que los 



VUJB Á CHINA 35] 



habitantes de Shameen han bautizado con el nombre, 
de tigres, no sé si por el aliento que exhalan ó por el 
terror que inspiran : lo cierto es que se las presiente y 
se las huye. 

Saltemos á tierra. ¿Pero qué es esto ? ¿ Tocan soma- 
tén ? ¿ Hay algún incendio } Toda la gente mira hacia 
arriba, y provistos de gongs, cacerolas, latas de petró- 
leo ó simples pedazos de bambú, grandes y chicos, 
jóvenes y viejos, hombres y mujeres golpean y gritan 
á quien mete más ruido. ; Ah ! No hay que asustarse. 
Es que hay eclipse, y como según la astronomía china, 
este fenómeno tiene lugar porque la luna riñe con el 
sol, y en la contienda lleva la casta Selene la mejor 
parte, pues empieza ya á comerse al astro del día, 
los moradores de la tierra la obligan por aquel medio 
á soltar el bocado, á ñn de no quedarse sin luz y sin 
calor ; lo que consiguen siempre, porque aquí no tiene 
el mismo significado que en Europa lo de ladrar á la 
luna. 

Verifícanse en Pekín y en Cantón alternativamente 
los exámenes anuales para los diversos grados de man- 
darín. Los ejercicios se hacen por el sistema celular; 
es decir, que cada examinando queda recluso y tabi- 
cado durante unos días, con el objeto de escribir su 
tesis sin el auxilio de bibliotecas ni consultores; yá 
este fin se destina un edificio conocido con el nombre 
de las once mil celdas, que mas propiamente deberían 
llamarse chiqueros. No es, pues, una universidad, 
porque la enseñanza es libre y á domicilio ; y tampoco 
es una pocilga, porque son miles de ellas. Con saber 
las máximas de Confucio, los comentarios de Mencio, 
la cronología de los emperadores y contar hasta diez 
mil, sale de allí un hombre con aptitud para general, 
almirante, presidente del Supremo, obispo, ministro 
de la música ( existe un ministerio ad hoc ) ó cualquier 
otro cargo en armonía con sus aficiones ó al alcance 
de sus recursos, pues importa saber que en China la 



352 ENRIQUE GASPAR 



administración del Estado se concede á la puja. Luego 
nos extenderemos sobre este particular. Recordemos 
antes á los lectores que lo hayan puesto en olvido, 
que existe una lotería llamada Váiseng (desterrada del 
imperio y acogida al pabellón portugués en Macao), 
reducida á jugar sobre el nombre de los examinandos 
que se presume que han de ganar el curso. Cuál sea 
el número de los jugadores dedúzcase de lo que el 
monopolizador paga al gobierno del establecimiento 
lusitano, que en la última subasta trienal satisfizo la 
enorme suma de seiscientos cuarenta mil duros. Así 
es que cuando la opinión se inclina por tal ó cual 
estudiante de reconocida aplicación é incontestable 
inteligencia, el concesionario, ante la probabilidad de 
tener que satisfacer grandes premios, procura sobor- 
nar á los examinadores para que desahucien al can- 
didato, ó corromper á éste con dádivas para que ab- 
dique del éxito. 

Volvamos á lo de la puja. Cantón, capital de los dos 
Kuanes (Kuan-tung y Kuan-si) es la sede de un á 
modo de gobierno de provincia ; con la sola diferencia 
de que el gobernador tiene el título de virrey y ejerce 
jurisdicción sobre cuarenta millones de habitantes en 
una extensión de 435,000 kilómetros cuadrados. Pues 
bien ; cuando el gabinete de la metrópoli, ó más pro- 
piamente hablando, el emperador — y en su defecto el 
regente, si como acontece ahora, el soberano está aún 
en la menor edad— trata de proveer el cargo, elige un 
mandarín de la más elevada categoría ; pero siendo 
muchos los aspirantes, opta por aquel que ofrece ma- 
yor suma de rendimientos al Estado. Por supuesto 
que el monarca repite, como Luís XIV, el Estado soy 
yo. Una vez el agraciado en el ejercicio de sus funcio- 
nes, saca sus cuentas y dice : « Seis que me cuesta el 
destino y seis que yo quiero ganar son doce, que co- 
rresponden á los contribuyentes. Dividiendo estos doce 
por tres, que son los años que ha de durar mi ejerci- 



VIAJE Á CHINA 353 



cío, tocan á cuatro anual.» Y en efecto ; llama á los 
mandarines sufragáneos, y suma por aqui, multiplica 
por allá, él se las arregla de modo que le salgan los 
cuatro. Pero ¿qué acontece ? Que, como las autorida- 
des inferiores han escalado sus destinos por igual pro- 
cedimiento, apelan á los mismos recursos económicos; 
y pídales lo que les pida el virrey, se lo dan, pues toda 
la operación se reduce á aumentar la derrama entre 
sus administrados. No hay más ley que el capricho, y 
es inútil quejarse, porque al que protesta se le confis- 
can los bienes, y al que se resiste lo decapitan. 

Para muestra basta un botón. El general de las fuer- 
zas militares de Cantón, á quien tuve el gusto de co- 
nocer, y que entre varias cosas notables me preguntó 
si España estaba junto al Perú, responde de un contin- 
gente de doscientos mil soldados, pues el efectivo 
apenas llega á la mitad ; los restantes figuran sólo no- 
minalmente en los cuadros del ejército, y el pré se 
cobra pero no se paga. El día que hay una revista ge- 
neral, lo que ocurre de higos á brevas, se echa mano 
de los coolies de los oficiales, de los cargadores, mozos 
de esquina, vagos y mendigos, y hasta la otra. Este es- 
pectáculo, que tiene mucho de curioso (y no en la 
acepción de limpio), se divide en dos partes. 

Es la primera una parodia de táctica al estilo euro- 
peo, en que las voces de mando son sustituidas por 
golpes de gong y las descargas dirigidas por los bande- 
rines de las secciones. Los movimientos resultan á dis- 
creción, sin duda para corresponder al calzado de la 
tropa, que es también discrecional. Unos llevan bor- 
ceguíes viejos de señora con bigotera de charol, otros 
botas de hombre con la caña por fuera, algunos los 
usan de gendarme francés montado, y la generalidad 
caret utroque. En fusiles los hay desde el arcabuz hasta 
el de aguja, largos y cortos, y que apuntan y no tiran. 

La parte nacional comprende el tiro al blanco con 
arcos de un peso y de una tensión excepcionales; la 

33 



354 ENRIQUE GASPAR 



esgrima de lanza, en la que agotan todos los recursos 
de la gesticulación para hacerse miedo ; y las manio- 
bras hípicas con jinetes, que montan y desmontan á 
la carrera, se tienden sobre el caballo, que es poco 
mayor que una rata gorda, y ejecutan, en fin, todas las 
habilidades propias de los clowns. 

Ahí van algunos datos curiosos. 

Según la estadística de Behm y Wagner de 1874 á 76, 
las veinticinco provincias en que se divide el Imperio 
del medio, contando la China propiamente dicha y los 
países tributarios, miden una superficie de 10.466,655 
kilómetros cuadrados, y tienen una densidad de 
434.446,514 habitantes. Pero vaya usted á saber la ver- 
dad en un país donde no hay censo y en el que es pre- 
ciso sacar las cuentas como las presupuestaba de las 
obras municipales aquel arquitecto de Soria, que, pre- 
guntándole lo que podría costar un matadero, respon- 
día: «De quinientos á sesenta mil duros.» 

Los ingresos de la nación, según los ingleses, que 
son los más versados en la contabilidad china, ascien- 
den por el presupuesto de 1875 á 79.500,000 taels(cada 
tael valiendo peso y medio), y se descomponen así : 

Por territorial 18.000,000 

Impuesto sobre mercancías 20.000,000 

Renta de aduanas 15.000,000 

Sal 5.000,000 

VENTA DE CATEGORÍAS 7.000,000 

Ingresos eventuales. . 1.000,000 

Ganados, agricultura y demás productos 

naturales y en especie 13.100,000 

Total 79.100,000 

En 1874 emitió el gobierno chino el primer emprés- 
tito exterior por 15.691,875 francos, dando en garantía 
la renta de aduanas. 

Careciendo de administración civil, no es para ex- 



VIAJE Á CHINA 355 



trañarse que tampoco la tenga militar. Verdad es que 
el mismo vacio se nota en ingenieros y estado mayor; 
y aun me atrevería á decir en el ejército en absoluto, 
si no vinieran á desmentirlo los siguientes datos de 
Klaprotz, de que él no sale garante, ni yo tampoco, 
pues están adquiridos'en los cuadros mitológicos del 
ya conocido contingente ideal. 

Infantería regular 300,180 hombres. 

Caballería regular 227,000 » 

Artillería 17,000 » 

Reserva 30,000 » 

Oficiales del ejército regular.. . 6,000 » 

Infantería irregular 400,000 » 

Caballería irregular.. . .• . . 273,000 » 

Oficiales del ejército irregular. . 5,200 » 

Marina 32,4^0 » 

Total 1.290,820 hombres. 

Si yo fuera ministro de la Guerra en China, pondría 
una nota al pié de mi presupuesto departamental, 
como la de los antiguos billetes de diligencia en las 
observaciones sobre los equipajes, diciendo : « No se 
responde de robos por fuerza mayor.» Como no lo soy, 
y me alegro, me limito á consignar que el efectivo del 
ejército celeste depende del resultado de las cosechas 
generales. 



CANTÓN 



IV 




í>^^ Según hemos consignado al 

principio, la dinastía reinante 
no .es china, propiamente ha- 
blando, sino tártara mandchur; 
es decir, invasora, dominante 
por derecho de conquista, y 
mirada, por consiguiente, con 
prevención por los oprimidos. 
:^ De aquí nace el que, favoreci- 
" dos por la gran desorganización 
del Estado, tengan éstos forma- 
das sociedades secretas, que 
funcionan en el misterio, y cu- 
yo fin, como fácilmente se co- 

lige, no es correr tras la liber- 

^ tad en busca del derecho polí- 

tico moderno, sino sencillamen- 
te cambiar de yugo. Dos siglos hace que trabajan con 
este objeto, sin lograrlo. 

Hay además otro partido : el extranjerista, compues- 
to indistintamente de tártaros y chinos, que recono- 
ciendo las ventajas de la civilización, pide telégrafos, 
ferro-carriles, reformas en las costumbres y progreso, 
en una palabra ; pero sus sectarios se hallan en mino- 
ría, pues ni el espectáculo del gas incita á la masa tra- 



/^**i^- -^^S 



VIAJE Á CHINA 3i)7 



dicional del pueblo á desprenderse de sus linternas, 
ni el espíritu revolucionario del movimiento en sentido 
de avance, se aviene con la rutinaria y perezosa mar- 
cha de estos seres mecánicos. Ello vendrá, no obstan- 
te, y acaso muy pronto, pues ya empiezan á observar 
que la actividad es un elemento de riqueza, y el chino 
es avaro. 

Tomando pretexto de cualquiera de estas razones 
políticas, sucede á lo mejor que un mandarín cuyas 
aspiraciones no han sido satisfechas, se levanta en 
armas, recluta ciento cincuenta mil hombres, y reco- 
rre con ellos las provincias, amenazando absorber el 
imperio. Pero como en Pekín le ven las cartas, le en- 
vían un emisario para que ajuste la paz con él; le dan 
algo de lo mucho que pide y una mañana el rebelde 
no amanece en el campo, con lo cual se disuelve el 
ejército; porque, lo mismo en sublev^iciones que en 
batallas, en faltando el jefe se acabó el cotarro. Algu- 
nas veces, pocas, pillan al descontento y le cortan la 
cabeza, como acaeció hace cuatros años con el general 
Li, que se había enseñoreado del Tonkin, y cuyo 
recuerdo me trae á la memoria una frase del virrey de 
Cantón, que no debo pasar en silencio* Esto me da pié 
para relatar nuestra visita al yamen ó palacio del feu- 
dal lugarteniente del emperador. 

Agregado en calidad de curioso á la misión diplo- 
mática que cerca de Li-u (nombre del virrey, que no 
hay que confundir con el del general rebelde) fué á 
desempeñar por entonces nuestro malogrado ministro 
en China D. Carlos A. de España, vestíme, como los 
demás señores del cortejo, de chaqué y sombrero ga- 
cho ; y suprimidos con el frac los guantes como in- 
necesario é incomprensible atributo de cortesía en las 
altas y bajas regiones celestes, encaminámonos todos 
en sendas sillas mandarinas forradas de algo que fué 
paño verde, y con alamares, que á haber conservado 
su envoltura de seda, hubieran sido negros, al yamen 



358 ENRIQUE GASPAR 



del gobernador, precedidos del porta-tarjetas para 
anunciarnos. 

Forman el palacio en cuestión multitud de anchu- 
rosos patios con pabellones sueltos, que en nada difie- 
ren, como arquitectura y muebles, de las casas de los 
chinos ricos. En la puerta exterior unos harapientos 
coolies disparan seis morteretes ; y unos hombres ves- 
tidos de colorines, con la cabeza calzada de una especie 
de enorme cencerro colorado, del que salía como ci- 
mera una tiesa, larga y única pluma de faisán, se pu- 
sieron en fila junto á unos figurones gigantescos y 
ridículos de cartón, dioses porteros de la morada. 

En el último patio, y acompañado de su séquito, 
nos esperaba el virrey, que graciosamente nos saludó 
á todos cerrando los puños, juntándolos por las falan- 
ges y agitándolos á la altura del pecho, como si za- 
randease una sonajera. Li-u, que respecto á fisonomía 
y modales está cortado por el patrón general de su 
raza, en la que no se nota nunca esta diferencia de 
cutis, de movimientos, de dicción y de forma que dis- 
tinguen á nuestras clases privilegiadas del común de 
las gentes, vestía túnica de riquísimo satín celeste con 
caballa ó balandrán azul tina, ostentando en el pecho, 
á modo de sacerdote bíblico, una placa cuadrada con 
los emblemas de su magistratura bordados en seda y 
oro. Botas de raso negro con ancha suela de fieltro 
blanco cubrían sus piernas hasta la rodilla ; y de sus 
hombros pendía una esclavina de lustrosa piel de nu- 
tria, sobre cuyo fondo destacábase un profuso collar 
de cuentas de ámbar. Cubría su cabeza el sombrerete 
mandarín de castor, con un botón de coral del tamaño 
de un huevo de paloma, y de la parte posterior del 
bonete salía en sentido horizontal un plumero á modo 
de rabo de zorra, que se extendía hasta media es- 
palda. 

Invitados á pasar al pabellón de las recepciones, en- . 
contramos servida en él una mesa con dulces, vinos, 



VIAJE Á CHINA 359 



tazas de té y cubiertos europeos. El virrey puso al 
ministro á su izquierda, lugar de honor según los 
usos locales, y al intérprete á su derecha. Los secre- 
tarios, la oficialidad del aviso Marqués del Duero, el 
vice-cónsul de España en Cantón, y el cronista, muy 
servidor de ustedes, nos acomodamos donde quisimos, 
permaneciendo con nuestros hongos encasquetados, 
para seguir el ceremonial de la etiqueta confucista. 
Los oficiales de Li-u, de pié detrás de nosotros á ma- 
nera de coperos, nos escanciaban el champagne, y col- 
maban los platos de sabrosos limoncillos en almíbar, 
jengibre en dulce, guisantes azucarados y otras golo- 
sinas, por las que previamente había pasado sus ma- 
nos el virrey, atestiguando así que podíamos comerlas 
con entera confianza, seguros de que no contenían 
veneno. El gobernador, entre bocado y bocado, daba 
una chupada á la pipa, que cada vez le cargaba su se- 
cretario particular ; pues sabido es que el recipiente 
de estos utensilios no admite tabaco más que para una 
sola aspiración. Y allí empezaron á tratarse los asun- 
tos de Estado con la asistencia de nuestros coolies de 
silla y de los barrenderos, apaga luces y encargados 
de las salvas en el yamen, que hicieron irrupción en 
la sala, en uso por lo visto de un legítimo derecho; 
pues nadie los estorbó en su faena de interrumpir con 
sus animadas conversaciones y carcajadas á los confe- 
renciantes. 

— i Qué noticias hay de la insurrección de Li? — pre- 
guntó nuestro plenipotenciario. 

— Eso acabará pronto — contestó el virrey. 

Y haciendo un gesto de contrariedad : 

— El caso es— añadió — que yo he tenido en la mano 
el evitar esta revuelta, porque días antes de levantarse 
en armas, y cuando todavía nadie sospechaba de su 
lealtad, vino á visitarme, y en su conferencia con- 
migo noté cierta vaguedad en su mirada que no me 
dio buena espina. Tanto, que tuve una corazonada, y 



36o ENRIQUE GASPAR 



determiné mandarle cortar la cabeza ; pero luego se 
ME OLVIDÓ I 

Desventurado país donde la vida de los ciudadanos 
está á merced de las corazonadas de un gobernador! 
Á él debían mandarse á todos los que en la vieja Eu- 
ropa se rebelan contra la tiranía imaginaria del cum- 
plimiento de sus obligaciones, porque ávidos de pri- 
vilegios injustos, olvidan que sus ansiados derechos 
no son más que sus propios deberes ejercidos por 
otro. 

Li-u, quitando la cobertera á su taza de té, nos in- 
vitó á apurar las nuestras; lo que significaba que la 
conferencia había dado fin. 

Al día siguiente, embarcado en un bote de flores, 
remolcado por una lancha de vapor, fué á devolver la 
visita al ministro; sin que en ella ocurriera otro inci- 
dente digno de relato, que la súplica dirigida á don 
Guillermo Lobé, comandante del Marqués del Duero, 
de no saludarle con los cañonazos de ordenanza, hasta 
encontrarse fuera del alcance de los tacos. Lo que se 
cumplió, esperando para hacer la salva á que tomase 
tierra, y metido en la silla que allí le aguardaba, des- 
apareciese entre la multitud precedido de soldados, 
tocando gongs y caracoles (que hacen las veces de 
trompetas). 

Yo quería llevar á mis lectores á conocer la cárcel, 
pero no me atrevo, porque, francamente, es un espec- 
táculo que con dificultad se resiste. Me limito, pues, á 
pasearlos por delante del establecimiento, sito en una 
plazoleta cerrada por un murallón, sobre el que se 
ven pintados monstruos de una fauna sui generis. 
Allí, convenientemente custodiados, se solean cente- 
nares de presos con la coleta cortada, envueltos en 
andrajos, comidos por la miseria, y ostentando la im- 
portancia de su penalidad, quien con la cabeza metida 
en la canga, cual arrastrándose con los pies en cepo; 



VIAJE Á CHINA 36 1 



Otro, en fin, con una cadena sujeta á la garganta, y de 
cuyo extremo inferior pende una piedra como un que* 
so de bola, en la que estriba su libertad, pues sólo 
puede recobrarla el día en que, por efecto del uso, el 
adoquín se desprenda de la cadena. 

Los mandarines encargados de administrar la jus- 
ticia, proceden también por corazonadas. Cuando hay 
un delito que castigar, echan mano del presunto reo; 
pero si éste se fuga, lo substituyen con su pariente 
más próximo, ó en defecto de familia, con el vecino 
más inmediato. El interrogatorio da principio, sus- 
pendiendo al que va á servir para satisfacción de la 
vindicta pública, á un como banquillo de cama puesto 
en sentido vertical, amarrándole por los pulgares de 
manos y pies. Por no prolongar esta posición insos- 
tenible, el acusado reconoce las más veces una cul- 
pabilidad de que está inocente ; y ya convicto, no hay 
más procedimientos ni apelaciones : se le mete en la 
cárcel y se aguarda la llegada de la primavera, que es 
la época en que á granel se verifican las ejecuciones. 
Ya no consisten éstas, como antiguamente, en aserrar 
en dos á lo largo á la victima, ni en cortarle lenta- 
mente en miles de pedacitos, ni en quemar á fuego 
lento, ni en ninguno de tantos primores como aún 
se admiran en efigie en la pagoda de los tormentos; 
pero se flagela hasta la muerte ; se divide viva en se- 
tenta y cinco trozos á la mujer adúltera ; se estrangu- 
la á los cómplices atándoles una soga ai pescuezo y 
tirando un verdugo de cada uno de los cabos ; se tri- 
tura liando ai reo con una cuerda y oprimiendo el ca- 
ble á merced de un torno; y se decapita, por último, á 
gusto del consumidor; porque si es pobre, se arrodilla 
en el suelo con las manos sujetas á la espalda y reci- 
be dos ó tres sablazos, hasta dividirle la cabeza del 
tronco : si tiene con qué pagar la supresión del sufri- 
miento, elige un ejecutor afamado, que con sólo apo- 
yar en la nuca la hoja, le corta de un golpe las ver- 



362 ENRIQUE GASPAR 



tebras cervicales, ni más ni menos que como se des- 
cabella á un toro : y si es muy rico, compra quien lo 
reemplace en el cadalso ; lo que se obtiene, tanto por 
la indiferencia con que mira la muerte el chino de 
precaria condición (que halla en este mercado manera 
de que sus hijos le hagan honras fúnebres de que ca- 
recería de otra suerte), cuanto por la benevolencia de 
los tribunales, que se contentan con que el crimen 
suceda al castigo, sea quien fuere el que lo sufra : por 
último, cuando se cuenta con influencias, se soborna 
á ios jueces, y entonces la faena se lleva á efecto fuera 
de la época reglamentaria; pero en lugar de salir el 
reo de la cárcel metido en un canasto con las piernas 
colgando coram populo y á la luz del día, lo llevan por 
la noche al campo del suplicio, donde le aguarda una 
litera que lo conduce á otra provincia, y el público se 
da por satisfecho con creer que la cabeza del inocente 
que yace en el suelo es la del verdadero criminal. 

Después de referir tantos horrores, quisiera concluir 
con una frase de consuelo. Ya di con ella : 

No hablemos más de Cantón. 



— »'-^— 



La Metempsícosis 




Pues señor, era una vez un tal don Abundio Reco- 
gido con quien tan bien cuadraba el apellido por la 
morigeración de sus costumbres, como contrastaba el 
nombre por la escasez de sus recursos. Ex-profesor de 
Historia de un instituto de provincia, vivía reducido á 
los estrechos limites de su jubilación de catedrático de 
entrada, pues jamás pudo conseguir el ascenso. Era 
sin embargo feliz, tan feliz como puede serlo un hom- 
bre que á los sesenta años habita un piso cuarto en la 
calle de la Palma Alta de Madrid, posee una regular 
biblioteca, se hace servir por una maritornes alcarreña 
el chocolate con buñuelos á las siete de la mañana, 
come á las dos su eterno cocido, y digo eterno por ca- 
recer de principio y de fin, y cena á las once su inevi- 
table guisado con patatas, precedido en invierno de 
unas sopas de ajo y seguido en la época canicular del 
indigesto pero refrescante gazpacho con pepino. 

Por las tardes de tres á cinco ó de cinco á siete, se- 
gún la estación, se cncaiminaba pian ptanino á la calle 
de la Victoria y, ya saboreando un vasito de café con 



366 ENRIQUE GASPAR 



leche, ya paladeando un chico de horchata, repasaba 
la prensa del día que el camarero le iba presentando, 
seguro de que los dos cuartos de propina no habían 
de faltarle. Todos los parroquianos del café de la Viz- 
caína conocían á don Abundio; pero ninguno le trata- 
ba. No tenía amigos, y desde diez años atrás se le ha- 
bía bautizado con el mote de Juan Palomo, por aquello 
de yo me lo guiso y yo me lo como que reza el refrán. 
Los domingos amenizaba el Moka con una copita de 
ron ó las chufas con una ración de bizcochos. El pri- 
mero de mes se permitía el despilfarro de una peseta 
para asistir al paraíso del teatro Real, y el quince se 
deleitaba con lo que entonces era literatura dramática 
en el teatro Español, donde por cinco reales ocupaba 
un asiento de galería alta. Practicaba las fiestas de 
precepto, nunca faltaban en su bolsillo los cuatro 
ochavos que destinaba diariamente á la limosna de un 
anciano, de una mujer, de un niño y de un lisiado, y 
así tranquilo, ordenado y solo, llevaba don Abundio 
su existencia calzada con chanclos, tanto para evitar 
el lodo del mundo como para pasar por él sin hacer 
ruido y evitar el molestar y que le molestasen. 

Había con todo una nube jen su horizonte, y el géne- 
ro de vida que se había impuesto era como una espe- 
cie de expiación de su pasado. Hagamos historia. 

Allá en sus mocedades, don Abundio había tenido 
por amigo fraternal á un don Serapio Benigno Pru- 
dencio Manso y Cordero, natural de Toro, propietario, 
viudo y padre de un niño llamado León, de quien él 
catedrático de historia había sido padrino al mismo 
tiempo que albacea testamentario de la madre. El lazo 
que los unía era tan estrecho que no tenían pan parti- 
do como suele decirse ; y en casa del propietario había 
el cuarto de don Abundio, el cubierto de don Abun- 
dio y hasta las zapatillas de don Abundio, pues allí se 
descalzaba, comía á menudo y aun pernoctaba con fre- 
cuencia. 



LA lIBTKliPSÍCOSIS 3 67 



Fragility, your ñaméis woman: Fragilidad, tu nom- 
bre es mujer, ha dicho Shakspeare, y aun cuando yo 
no sé lo que quiso dar á entender con ello el poeta de 
StraíFord, aquí lo aplico por si viniera bien, pues la 
fragilidad de don Serapio le condujo á contraer segun- 
das nupcias en cuanto hubo acabado de llorar los doce 
meses reglamentarios á su difunta esposa. 

Ocioso creo consignar que don Abundio fué padrino 
de la boda y que, si bien retiró sus zapatillas del hogar 
conyugal, siguió compartiendo frecuentemente con 
sus amigos el cocido de la amistad sazonado con el 
chorizo de la abundancia. 

Non bis in idem^ dice el proverbio latino, que cito 
para que vean ustedes que io mismo manejo yo las 
lenguas muertas que las vivas, y también para probar 
que efectivamente no se debe reincidir en nada si es 
esto lo que aquella máxima prescribe ; pues asi como 
le pudo salir bien á don Serapio la segunda edición de 
su esclavitud, le salió en la frente, como vulgarmente 
se dice, para dar á entender que algo le sale á uno 
mal. 

Y en efecto, doña Remigia, pues asi se llamaba la 
consorte, le salió rana ; y no lo digo porque careciese 
de pelo, que mata era la de sus trenzas capaz de ador- 
nar la cimera del casco de un oficial de caballería; lo 
que ya creo que habla tenido lugar cuando estuvo en 
relaciones con un teniente de lanceros de Calatrava ; y 
en cuanto á guapa, llamábanla en su pueblo la hermo- 
sa Judit no sólo por sus encantos personales sino por- 
que hacía perder la cabeza á cuanto Holofernes se le 
ponía á tiro. Pero pagada de sí misma, esclava de su 
belleza, manirrota y poco dada al trabajo, resultó ma- 
drastra del hijastro y cara mitad del esposo ; cara, en lo 
que tenia de dispendiosa, y ínitad en lo que dividía al 
entero. Alegre como unas castañuelas eso sí ; porque 
su cama podría parecer un plantel de espárragos por 
los cuarenta dedos que ella y su marido dejaban aso- 



368 ENRIQUE GASPAR 



mar por los agujeros de las sábanas, las calcetas ase- 
mejar á los desiertos africanos por no tener una plan- 
ta, los baberos del niño competir en barbas con un 
albañil en sábado ; pero ni una noche faltaría en su 
casa la tertulia de hombres solos, en la que se entrete- 
nían en juegos inocentes, entre los cuales el escondite, 
siendo don Serapio el encargado de buscar siempre 
sin encontrar nunca, especialmente á su mujer y á un 
empleado en consumos que tenían una habilidad no- 
table para esconderse. 

Hubo á la sazón una de esas expansiones populares 
que, como lluvia tras sequía, lo fecundan todo, y del 
chaparrón aquél brotó una milicia nacional. Don Sera- 
pio fué nombrado capitán de la cuarta del primero y 
don Abundio su teniente. Con este motivo las visitas 
del catedrático se sucedían sin interrupción, pues a los 
deberes de la amistad se agregaban las exigencias de 
la patria. 

Aunque don Abundio frisaba ya en los cuarenta 
años, conservaba rasgos de esa^belleza á lo Espartáco 
que tanto cautiva á ciertas Evas idólatras de la forma. 
Además en su calidad de catedrático de historia, rela- 
taba con frecuencia la de España á doña Remigia que, 
á fuer de mujer, se encantaba aprendiendo vidas aje- 
nas. Si á esto se añade el aliciente del uniforme y la 
veleidad de la dama, fácilmente se deducirá de todo 
junto que, nueva edición de la señora de Putifar, doña 
Remigia trató de quedarse entre las manos más de 
una vez la capa de don Abundio. Fiel éste al que, imi- 
tando los tiempos de la Edad-media, llamaba su her- 
mano de armas, rechazó como pudo las obsesiones de 
aquel sücubo tentador en quien la virtud de la víctima 
no hacía sino aguijonear el deseo. 

Pero ce quejemme veut, Dieu ou le diable le veut, \ Cui- 
dado si sé yo lenguas ! Vamos al decir que doña Re- 
migia se empeñó en que allí fuera Troya, y Troya 
hubo con su Paris y su Menelao correspondientes. 



LA IIETEMPSÍCOSIS 369 



Un día de parada, estando reunido el batallón en el 
patio de un ex-convento de carmelitas, don Serapio se 
apercibió de que se había dejado olvidada en su casa 
la alocución que debía dirigir á su compañía en el 
convite que después de la formación había de darle, 
para agradecer el honor de haberle elegido capitán. 
Don Abundio fué el encargado de ir en su busca. Al 
entrar en el domicilio de su jefe, lo primero que vio 
fué á doña Remigia acabando de ataviarse para asistir 
á la parada. Estaba hecha un brazo de mar; pero si 
hemos de ser justos, 'él no la iba en zaga. Aquellos 
pantalones blancos y relucientes cuya posesión se dis- 
putaban por arriba dos tirantes con las hebillas corri- 
das hasta los hombros y por debajo unas trabillas con 
las que parecía llevar los pies en cabestrillo, eran el 
summum de la marcialidad de afición. Pues dónde me 
dejan ustedes la casaca de paño verde botella con vi- 
vos y golpes de color de canario, que amarillo era el 
distintivo de los fusileros, y botones de metal nume- 
rados á un lado y otro del péti cerradito en forma de 
pechuga de pichón ? No había medio de resistir á un 
hombre que sobre sus cinco pies y cinco pulgadas se 
ponía un morrión de un palmo cumplido, con una vi- 
sera como el pescante de un coche, una chapa hasta la 
imperial despidiendo rayos de latón y un par de carri- 
lleras con escamas. Pues no digo nada cuando repica- 
ban gordo y le añadían el último piso al chacó. El 
golpe maestro era aquella cuarta de plumero en forma 
de nabo arqueado hacia delante, utensilio de triple 
utilidad, pues no sólo quitaba el sol, sino que aventa- 
ba las moscas y llenaba de cortesías á los transeúntes. 
En esta forma, más la espada en el biricú y el corbatín 
de suela, se presentó don Abundio ante la esposa de 
don Serapio ; y si hoy estarla para pegarle un tiro, 
entonces no cabe duda que estaba seductor. 

Doña Remigia al verle lanzó una exclamación de 
asombro que le hizo dar tres ó cuatro vueltas al plu- 



SyO ENRIQUE GASPAR 



mero. Él se descubrió, y arreglándose el cucuné le ex- 
puso el objeto de su visita. Busca por aquí, busca por 
allá, ni sombra de alocución en el pupitre de don Se- 
rapio. Con la confusión y las prisas debieron ponerse 
tan cerca uno del otro, que el fleco de la berta de doña 
Remigia se enredó en uno de los botones de la casaca 
del catedrático, y cátenlos ustedes trabajando por 
desasirse. Primero todo fueron risas, después ya em- 
pezaron como á ponerse formales, el fleco no se des- 
prendía y los dedos se enredaban. En suma, cuando 
don Serapio que había encontrado el discurso en el 
fondo del morrión, entró en la casa para decirle á su 
amigo que no se molestase en buscarlo, pues había 
dado con él donde menos lo presumía, es decir cerca 
de su cabeza, encontró al teniente ascendido, y, seña- 
lándole la puerta, dimitió la capitanía y se retiró con 
su mujer á Toro de donde ya he dicho que era na- 
tural. 

Los remordimientos, la vergüenza y el desprecio de 
sí mismo que le inspiraba su conducta, produjeron en 
don Abundio unas viruelas que le pusieron entre la 
vida y la muerte. Por fin se restableció ; pero ya no 
volvió á ser ni sombra de lo pasado. Transcurrido el 
tiempo reglamentario pidió su jubilación y retiróse á 
Madrid donde le tenemos buscando por la paz del 
cuerpo la tranquilidad del espíritu. 

Pero nada hay duradero sobre la tierra, ha dicho el sa- 
bio (y no lo repito en griego no sé por qué). 

Un día recibió una carta que, si empezó llamándole 
la atención por la ridicula forma del sobre, le llenó de 
alarma al abrirla y verla fechada en Toro. Decía así; 
salvo la ortografía : 

tf Muy señor mío y mi dueño : -Tengo el gusto de 
participar á usted que ayer se murió el difunto don 
Serapio Manso, lo que hemos sentido mucho y rogad 
por él. Lo hemos enterrado junto con doña Remi- 
gia (q. b. s. p.) que también se murió hace dos días 



LA METEMPSfCOSIS Sjl 



de una indigestión en el vientre que el médico dice 
que es cólera ; pero yo no quiero que sea cólera que 
para eso soy alcalde, servidor de usted, y después se 
asustarán los vecinos. 

íEl niño está en mi casa, jugando á la pelota de luto, 
porque son criaturas que nada entienden de afliccio- 
nes, y el sastre que es el pregonero se lo ha cosido en 
dos trancos. 

•Don Serapio ordena y manda que usted sea tutor 
y curador de Leoncito, y se lo remitiremos si usted no 
viene según la disposición del difunto cuya vida Dios 
guarde muchos años. Juan Artola — alcalde. Por no sa- 
ber firmar hace la señal de la cruz, f .» 

Don Abundio lloró al amigo, rezó por la pecadora, 
comprendió que aquella disposición testamentaria era 
el castigo impuesto á su felonía, y quince días después 
entraba en Madrid con su pupilo León. 



II 



El angelito acababa de cumplir los quince años y 
tenía ya la cara llena de vello como melocotón verde 
de Calatayud. Mal criado y voluntarioso como si fuera 
hijo de su madrastra, había que darle gusto en todo, 
so pena de que escandalizase el barrio á berridos. In- 
solente á fuer de rico ignorante, y desarrollado por las 
faenas agrícolas de su pueblo, don Abundio no tenía 
sobre él dominio alguno físico ni moral. En vano trató 
de inculcarle algunas nociones de Historia ; los resul- 
tados fueron nulos. Una vez al preguntarle quién era 
Colón respondió que un hombre que había puesto un 
huevo de punta ; y en Geografía sostenía que la capi- 
tal de Holanda era Bola, de donde tomaba su nombre 
el queso. 



372 



ENRIQUE GASPAR 



{ Asistir á las academias ? Perdone por Dios, herma- 
no. De pedrea todos los días, eso sí, con los pilletesde 
la puerta de Santa Bárbara ; y llenos andaban los en- 
cantes de sus libros de enseñanza que malvendía para 
comprar un tendido de sol en los novillos, su pasión 
dominante. Él era siempre el primero en saltar á la 

arena en cuanto tocaba el tur- 
no de los embolados para el 
público, y más de un revolcón 
le costaba la aficioncilla. Su 
aula predilecta era el matade- 
ro, de donde siempre volvía 
con algún chirlo más y unas 
tajadas menos. 

En la casa todos eran sus 
víctimas. Tan pronto era el 
— perro de aguas, compañero 
inseparable de don Abundio, 
el que atado por el rabo y su- 
jeto á una escarpía de la pa- 
red, pasaba media hora boca 
abajo atronando la manzana 
con sus aullidos, como el minino 
el que, con un mazo de cohetes 
encendidos en la cola, salía bufan- 
do por la calle como alma que lleva 
el diablo. El pobre tutor le hacía reflexiones ameniza- 
das siempre con su poquito de Historia para ver si, 
por la misma puerta por donde trataba de inculcarle 
la morigeración y el respeto, le entraba también la 
instrucción ; pero, nada ; era como lavarle la cara con 
jabón á un burro negro. 

Un día en que León había atado mano con mano y 
pata con pata á los dos pobres bichos, unidos así de 
costado como los hermanos siameses, y los había lan- 
zado á la calle con unas alcuzas en las extremida- 
des .posteriores, don Abundio que atropellado por 




^^-.30^ 



LA METEMPSÍCOSIS SyS 



los fugitivos midió el suelo, habló así á su pupilo: 

— Tu conducta es salvaje, León. El que hace daño á 
los animales está en camino de hacérselo á los hom- 
bres. Además, si tú no fueses un ignorantón, sabrías 
que los egipcios creían en la metempslcosis ó trans- 
migración de las almas, por la cual el hombre que no 
había cumplido con todos sus deberes morales y so- 
ciales, en vida, pasaba al morir á la condición de bruto 
ó bestia inmunda. Esta creencia, más generalizada de 
lo que algunos suponen, la profesan también los chi- 
nos, quienes consideran como un don celeste el trans- 
migrar á un cerdo, porque de ese modo sólo ha de 
durar un año la esclavitud de su espíritu en una en- 
voltura irracional. Ahora bien ; ^ quién te asegura que 
semejante castigo no es una de las manifestaciones de 
nuestras penas eternas ? ^ Por qué no ha de formar 
parte eso del infierno ó del purgatorio de los creyen- 
tes ? Y si es así ¿ quién te dice que al martirizar á un 
pobre bruto no estás lastimando á un amigo, á un pa- 
riente, acaso á los mismos que te dieron el ser ? 

Yo no sé el efecto que esta homilía produjo en el 
ánimo del adolescente; pero lo que sí puedo atesti- 
guar es, que algunos días más tarde, la Maritornes 
volvió de la plazuela trayendo una marranilla de leche 
que su padre (el de la criada, no el de la lechona) re- 
mitía á don Abundio, por vía de regalo, con el ordina- 
rio de su pueblo ; y que León, aprovechando un des- 
cuido, cargó con ella y la vendió al primer transeúnte 
para, con su producto, asistir á la corrida de toros. El 
ex-profesor de Historia, enfurecido ante la pérdida de 
aquel suculento manjar, raro en su mesa, repetía : 

— ¡ Vender una marranilla de tres meses ! 

— Esos hace que lloramos á doña Remigia — contestó 
el pupilo. — £ Querría usted que me expusiera á co- 
merme á mi madrastra ?........:.. 

Y efectivamente, desde aquel día, empezó á dejar 



374 ENRIQUE GASPAR 



en paz á los animales ; pero la emprendió con las per- 
sonas ; y así llenaba de recortes de ortiga la cama de 
su tutor, como conteniendo el aliento y de puntillas, 
se acercaba por detrás á la alcarreña mientras espu- 
maba el puchero, de bruces sobre el fogón, y metien- 
do una mano entre el zagalejo corto y sus piernas sin 
medias, le clavaba los dedos en la robusta pantorrilla 
al par que imitaba el ladrido de un perro ; con lo que 
la pobre muchacha al principio se asustaba mucho; 
pero luego se fué acostumbrando. 

Las cosas iban llegando á tal punto que el infeliz 
don Abundio no gozaba momento de reposo. César 
Cantü, Lafuente, Mariana y multitud de historiógra- 
fos habían desaparecido de su biblioteca y tomado la 
forma de tendidos ; el uniforme de teniente de nacio- 
nales yacía en una casa de préstamos de donde salió 
el dinero para una tienda de manzanilla. Finalmente 
una noche en que, a hora muy avanzada, León se di- 
rigía á oscuras desde su cuarto al de la alcarreña con 
intención de darle algún susto, tropezó en las sombras 
con su tutor que, con los brazos abiertos, buscaba la 
manera de orientarse por el pasillo. 

— ¿ Qué hace usted aquí ? — le preguntó con severi- 
dad don Abundio. 

— ^ Y usted ?— le replicó el mozalbete. 

— Yo he sentido pasos ; y temeroso de alguna tras- 
tada de las de usted, me he levantado á velar por el 
reposo de esa inocente criatura. 

— Pues yo he venido ¿preguntarle si había puesto 
á remojo los garbanzos. 

Y al día siguiente, con el pretexto de dar un paseo 
matinal, tutor y pupilo se encaminaron á la calle de 
Sal si puedes j donde Leoncito quedó como pensionista 
en el colegio de don Tranquilino Verdugo, bajo la ad- 
vocación de San Juan Capistrano. 

Ustedes habrán oído decir, y por si no yo se lo digo, 
que no hay nada peor que un chico travieso á no ser 



LA IIETEMPSÍCOSIS 3^5 



dos chicos traviesos. Pues bien, en el colegio de don 
Tranquilino había treinta pensionistas, de los que 
pronto se hizo jefe nuestro héroe ; y si antes León va- 
lía por cuatro, concluyó por hacerse insoportable con 
la emulación de sus compañeros. 

El desgraciado director, hombre entrado en edad y 
cuyas narices eran una bomba aspirante de rapé, ape- 
ló á todos los correctivos imaginables para meterlo en 
cintura; pero no alcanzó mejor suerte que don Abun- 
dio. Ya era un bramante sujeto por un extremo á la 
mampara y prendido por el otro con un alfiler á su 
peluca el que dejaba al profesor con la calva al aire 
cada vez que abrían la puerta; ya una vejiga provista 
de un pito la que, al ir á sentarse en el sillón, aplasta- 
ba con su cuerpo y le hacia saltar hasta las vigas cre- 
yendo, con el quejido que daba al deshincharse, que 
había despanzurrado á su gata de Angola. Por su- 
puesto que no cejó en su manía de asustar á las cria- 
das ; pero á la de don Tranquilino, que era del Esco- 
rial, le cayó en gracia el chico, y lejos de incomodarse, 
engordaba, como suele decirse, con las travesuras de 
León. 

Un domingo del mes de diciembre en que había no- 
villos con mojiganga y dos toros estoqueados, el di- 
rector tuvo la desgraciada ocurrencia de llevarse de 
paseo á sus alumnos por la calle de Alcalá para que 
asistiesen al espectáculo de la ida de la gente á la pla- 
za. León, que formaba á la cola de la ruta, contem- 
plaba con ojos de envidia aquel torrente humano que 
á pié, en berlina, en ómnibus, en calesa y aun en tar- 
tana, se precipitaba desde la Puerta del Sol hasta la 
Cibeles como desbordando por un embudo invertido. 
La cara de satisfacción de los transeúntes, la idea de 
las emociones que iban á experimentar aquellos con 
quienes se codeaba al paso y de quienes tan lejos es- 
tarla dentro de poco, el humo de los cigarros, pues 
basta los que no van á los toros fuman el día de corri- 



376 ENRIQUE GASPAR 



da para hacer creer á los que los ven que van; el rui- 
do, el sol, el conjunto, en fin, trastornaron el juicio 
del hijastro de doña Remigia, y unas se le iban y otras 
se le venían sin cocérsele el pan en el cuerpo. De re- 
pente la luz parece como que adquirió más intensidad 
y el ambiente un olor como de carne muerta y tripas 
rotas. Todas las miradas convergieron á un punto 
dado. Era la cuadrilla de chulos que en coches abiertos 
se dirigían al redondel luciendo colores, lentejuelas, 
moñas y pasamanería. La sangre afluyó al corazón del 
aficionado y un velo cubrió su vista ; pero no tan tu- 
pido que le impidiese percibir entre la comitiva á un 
picador que, caballero en una alimaña, llevaba á la 
grupa á uno de esos pilletes que les sirven de escude- 
ros y que, bajo la égida de su protector, tienen entra- 
da triunfal y gratuita en la plaza. León no resistió 
más; echó á correr como deudor perseguido por 
acreedores y, agarrando de un tobillo al escudero, lo 
desmontó de una sacudida y de un salto ocupó su lu- 
gar. Aunque se subía el embozo del capote para noser 
conocido, sus camaradas de colegio le olfatearon y 
fueron con el soplo á don Tranquilino que, ahogado 
por la pena, y en la imposibilidad de darle alcance, 
volvió á casa con la ruta y participó á don Abundio lo 
ocurrido, consignando en la carta su irrevocable reso- 
lución de despedir al mozalbete. 

El ex-catedrático de Historia, que le estaba poniendo 
á la alcarreña unos pendientes de similor que le había 
regalado por su buen comportamiento, recibió la mi- 
siva como si fuera el casero, es decir, de mal humor, 
y se echó á la calle confeccionando un discurso con 
que ablandar á don Tranquilino y evitarse la irrupción 
del ahijado en su hogar, si bien metiéndose tres reales 
en el bolsillo del chaleco para, si no lograba convencer 
al señor Verdugo, comprar á su criada unas medias de 
estambre. En todo pensaba el bendito señor. 

Llegado que hubo al colegio de San Juan Capistra- 



LA METEMPSÍCOSIS 877 



no, pudo convencerse de que la determinación de don 
Tranquilino no tenía vuelta de hoja. Le ofreció au- 
mentarle los honorarios, le habló de Cicerón y de Sé- 
neca probándole que sabía más que ellos. Nada, ni las 
dádivas, ni la adulación quebrantaron aquella natura- 
leza de diamante:— Usted que tiene criada— concluyó 
por decirle — comprenda usted lo que á la mía le es- 
pera. 

En estas estaban departiendo en el refectorio, pues 
ya habla anochecido y los muchachos cenaban bajo la 
vigilancia del director que andaba viendo á quiénes 
tocaba el turno del castigo para ahorrarse las diez ra- 
ciones que diariamente suprimía bajo el pretexto de 
penas correccionales, cuando se presentó León con la 
gorra encasquetada y embozado en un capole que, si 
no tan roto como el del lazarillo de Tormes, quien ti- 
raba piedras sin desembozarse, estaba reducido al ter- 
cio de su peso específico en virtud de tanto agujero 
por donde se tamizaba su individuo. 

Verle llegar y caer sobre él una granizada de impro- 
perios de don Tranquilino y don Abundio acompaña- 
da de una rechifla de los imberbes fué cosa simultá- 
nea. León impávido se mantenía de pié en un rincón. 

Restablecido el orden y penetrado el tutor de que 
no tenía más remedio que compartir el hogar con su 
ahijado, pronunció su discurso de despedida y exhor- 
tó al reo á que pidiera perdón á su víctima, Resistióse 
aquél, y como don Abundio se empeñara en apelar á 
la violencia, el muchacho dejó caer su capa en el sue- 
lo, blandió un par de banderillas que ocultas llevaba 
y, aprovechando la actitud de don Tranquilino que 
había dejado caer su pañuelo de yerbas y se disponía 
á recogerlo, se las clavó de frente en medio de las dos 
paletillas y emprendió la fuga entre la algazara de los 
alumnos, los berridos del director y las convulsiones 
de don Abundio que, con la boca á un lado y agitando 
pies y manos como si nadase, se revolcaba porlossue- 



378 



ENRIQUE GASPAR 



los. Media hora después sucumbía el desgraciado á un 
ataque de apoplegía fulminante, y á don Tranquilino, 
de bruces en la cama, le hacían la primera cura. 

De éste no volveremos á saber nada. De los demás 
nos ocuparemos en los capítulos siguientes. 





•^1 



III 



Han transcurrido cinco años desde los últimos acon- 
tecimientos y nos hallamos donde Tajo d Jarama el 
nombre quita, ó sea en la provincia de Aranjuez, como 
decía un amigo mío que se gastó todo su patrimonio 
en que le eligieran diputado con el objeto de ser nom- 
brado gobernador, lo que no pudo lograr ni siquiera 
del punto en que tiene lugar esta escena. 

Yo les describirla á ustedes Aranjuez; pero temo 
abusar, porque pocos serán mis lectores que no hayan 
estado allí, y además porque con la explicación de 
los países pasa lo que con la de las personas en las 
novelas, que por más que los autores se empeñen en 
pintarnos la forma de sus narices , el color de sus ojos 
y el timbre de su voz, los personajes pasarían impu- 
nemente al lado de uno sin cuidado de ser conocidos, 
á no haberlos visto antes, pues en la cara es donde se 
admira la fecundidad y la inventiva de la naturaleza: 
todas están compuestas de los mismos órganos y nin- 
guna se parece. 



38o ENRIQUE GASPAR 



Así pues plantemos árboles, tracemos alamedas, 
hagamos brotar abundantes pastos, dejemos serpen- 
tear por allí brazos de ríos, y que cada cual se lo for- 
me en su imaginación como le parezca que ha de estar 
más bonito y más adecuado á un sitio real cantado 
por los poetas y atravesado por el ferro-carril. Sólo 
les exijo á ustedes no dar al olvido que allí hay dehe- 
sas en donde se crían toros que, después de corridos 
y martirizados en el espectáculo más típico y peculiar 
de nuestro país, nos los comemos en estofado los es- 
pañoles y las españolas. 

La luna de Octubre siete meses cubre, dice el prover- 
bio; y, como la de aquel año hubiera sido esplendente 
y limpia, he aquí porqué en el mes de Enero, en que 
empieza este relato, el sol brillaba en el cielo como el 
ojo de una muchacha bonita ; que si á soles comparan 
los poetas los ojos, no hay razón para que á ojo no 
compare yo el sol, si es verdad aquello de que el orden 
dé los factores no altera el producto. 

En fin, eran las dos y sereno de una tarde del mes 
de los gatos, y la yerbecilla, caldeada por los rayos de 
Febo, parecía cama de canónigo atemperada por con- 
fortante calentador. 

Sobre aquella sábana de esmeralda, rumiando los 
tallos tiernecitos, como quien después de una comida 
abundante no desdeña el paladear una golosina, un 
enorme cabestro yacía muellemente tendido haciendo 
firmas con la cola sobre el suelo, como las hace cual- 
quiera con el bastón cuando está sentado pensando en 
las musarañas. Un colosal cencerro pendiente de un 
collarín de baqueta cortaba las lineas de su cuello, y 
era su pelo cárdeno como espalda de azotado. Colmi- 
llos de elefante de Bankok eran sus astas, y por la re- 
dondez de su cuerpo parecía ir diciendo á todos: tPues 
señor, no estoy descontento de mi suerte.» 

Y apuesto á que ya han reconocido ustedes en él, al 
cónyuge de doña Remigia, al bueno de don Serapio 



LA METEMPSÍCOSIS 38 1 



que, después de seis años de transmigración, estaba 
reducido á custodiar cornüpetos jarameños, del mis- 
mo modo que entre los seres racionales se cuida de 
las odaliscas en el harem. 

No olviden ustedes que, aunque transmigrado, don 
Serapio conservaba recuerdos de su vida anterior, 
porque de lo contrario ^ dónde estarían la gracia y el 
castigo de la metempsicosis? Sentado este precedente, 
asistamos á su soliloquio penetrando en sus refle- 
xiones. 

«Lo que es este apo se puede decir que no tenemos 
invierno. Miren ustedes qué días estos. Yo estoy con 
un palmo de lengua fuera ; y si es los muchachos, an- 
dan por ahí revueltos como en canícula ; hace mate- 
rialmente calor. La verdad es que esta existencia no 
deja de tener su encanto, sobre todo para las natura- 
lezas pacíficas como la mía. Nadie se mete con uno, á 
uno le importa un pito todo cuanto pasa á su lado; 
buena yerba, buen establo y ningún quebradero de 
cabeza. Verdad es que tampoco me la quebraba mu- 
cho cuando era hombre ; pero me la quebraban los 
demás, porque ya era el inquilino que no pagaba, el 
investigador de hacienda que me aumentaba la con- 
tribución, y eso que siempre que pasaba por el pue- 
blo venia á vivir á mi casa; por más señas que como 
al maldito no le gustaba acostarse temprano, mi pobre 
mujer se tenía que quedar acompañándole hasta las 
tantas para hacerle la tertulia, porque lo que es yo 
con la primera campanada de las diez las buenas no- 
ches y á dormir. Ahora, nada; en cuanto amanece vie- 
ne el mayoral, me dice: arriba. Manteca, y yo dolón, 
dolón, dolón á llevar á pacer á la gente del bronce; una 
vez en la pradera, á comer y á revolcarse; si hay algu- 
na disputilla, de las que siempre tienen la. culpa las 
vacas, los meto en cintura, porque, parece mentira; 
pero ahora que no tengo ni voluntad, ni inteligencia, 
ni raciocinio, ni nada, soy más valiente que cuando lo 



382 ENRIQUE GASPAR 



tenía todo. Y así que empieza á anochecer vuelve á 
decir el mayoral: arriba, Manteca, y yo dolón,dolón, 
dolón, á casa con ellos. Y ¡cómo me obedecen! ahora si 
que puede decirse que soy capitán y no cuando lo era 
de nacionales, que tenia descuidados todos mis asun- 
tos con la bendita patria, y el tiempo se me pasaba en 
recibir á los subalternos que me venían á pedir la 
orden, hasta que tuve que tomar la determinación de 
que fuera mi mujer la que se entendiera con los ofi- 
ciales. ¡ Pobre Remigia I ¿Qué habrá sido de ella? La 
echo mucho de menos, no porque la necesite, que 
maldita la falta que me hace el que venga á turbar mi 
sosiego, sino por saber qué suerte ha sido la suya. 
¡ Cómo lloró su extravío ! se empeñó en hacer testa- 
mento porque quería suicidarse, lo que hubiera lle- 
vado á cabo á no ser porque me previno el escribano 
y convinimos él y yo en que pretextaría un quehacer 
apremiante siempre que ella fuera á su casa con obje- 
to de testar. 

»Pues así y todo estuvo Remigia yendo diariamente 
por espacio de un año en busca de don José, hasta que 
se le pasó aquello no sé cómo. La verdad es que yo 
procedí muy cruelmente ; llevármela á Toro donde no 
tenía trato con nadie, ella, acostumbrada toda la vida 
á alternar con los unos y con los otros!... Pues no digo 
nada, despedir de mi casa á Abundio, al amigo de 
toda la vida ; porque de aquel incidente, como de ello 
me convenció mi mujer, sólo era responsable la ca- 
sualidad, el demonio que anda suelto y hace que se 
enrede un fleco en un botón, precisamente en el mo- 
mento en que á nií se me ocurre volver á mi casa; 
porque si yo me quedo con el batallón en el convento, 
nada. ¿Y cómo estará mi hijo ? ¡ Qué adelantos habrá 
hecho bajo la inspección de Abundio para quien lo 
mismo eran griegos y romanos que paja y avena para 
mí. ¿Vivirán ? ¿ Serán infelices ? ¿ Dónde estarán ?» 

Y asi pensando, y con la boca abierta se fué quedan- 



LA METEMFSÍCOSIS 383 



do dulcemente dormido, cayéndosele la baba de gusto. 

Pocos minutos hacía que se hallaba entregado al re- 
poso, cuando un alboroto promovido en la torada vino 
á sacarle de su letargo. 

— ^¿Qué será ello ? — se preguntó don Serapio levan- 
tándose y dirigiéndose hacia el teatro de la lucha. En 
esto vio llegar una vaca que desalentada corría hacia 
él gritando: 

— Señor Manteca, señor Manteca; venga usted pron- 
to, que se matan. 

— Pero i qué ocurre ? 

— Un toro que han traído de las dehesas del Norte, 
donde nadie le podía domeñar y que, dada la fama 
de usted, le ponen bajo su vigilancia. Apenas entró en 
el prado se empeñó en decirme chicoleos, y como mi 
Caramdo es tan celoso, se trabaron de palabras, de las 
palabras vinieron á las manos, sus amigos tomaron 
parte por él, y alli los tiene usted á todos revueltos 
sin que zagales ni mansos los puedan hacer entrar en 
razón. 

Un silbido acompañado de un grito de Manteca lan- 
zado por el mayoral, le hizo apretar el paso á don Se- 
rapio que, sonando el cencerro, se interpuso entre los 
combatientes. El intruso era un toro de cinco años 
berrendo en negro, bonito de estampa y duro de ca- 
beza; pero en cuanto don Serapio metió la suya en el 
corro, allá fué rodando el otro como tente-tieso de mo- 
jiganga. 

— ^Con que contigo no ha podido nadie? Pues á ver 
si yo te enseño á tratar á las personas decentes. 

Y á darle se disponía un nuevo revolcón, cuando el 
vencido bajando la voz para no ser oído de nadie le 
dijo al cabestro: 

— Detente, Serapio. ¿No me reconoces? 

— ¡ Abundio ! — murmuró éste con un ahogado ge- 
mido sólo perceptible del catedrático. Y los dos que- 
daron mirándose silenciosos. 



384 ENRIQUE GASPAR 



Los demás testigos de la escena fueron á comentar 
el triunfo de Manteca diseminados en corrillos por el 
prado, y cuando los dos estuvieron solos se hablaron 
de esta manera: 

— ¿Tú por aquí, Abundio ? ¡ Qué alegría ! Pero déja- 
me que te mire. Te encuentro hasta buen mozo. Al 
pronto no te había reconocido. 

— Pues yo á ti, Serapio, al momento. No has cam- 
biado nada: estás lo mismo. 

— Cuéntame qué ha sido de ti. ^Te has casado.^ ¿ Y 
mi hijo ? ¿ Vive ?^ Es hombre de bien ? ¿ Estudia mucho? 

Aquí el berrendo lanzó un suspiro y, tomando sus 
precauciones para no dar á su amigo tan triste noticia 
de sopetón, fué poco á poco y con rodeos detallándole 
las proezas de León hasta el paso de las banderillas, 
último detalle de que había podido ser testigo el pro- 
fesor de historia. Por supuesto que bien pudo aho- 
rrarse ceremonias, porque don Serapio en vez de afli- 
girse lanzó una sonora carcajada y pareció divertirse 
mucho con el relato. 

— iQué diablillo! ¡Qué diablillo! — decía sin dejar de 
reir. — La misma afición de su madre, que esté en glo- 
ria, que se moría por los toreros. Y en cuanto á lo de 
asustará las criadas, vamos, no lo ha robado de nadie, 
que yo también cuando chico las daba cada susto! ¡ Qué 
diantre ! todos hemos sido jóvenes. ^Verdad, Abundio? 

Y diciendo así le daba con el cuerno en el hombro 
maliciosos golpecitos. 

— Serapio, tu grandeza de sentimientos me humilla 
y me degrada más y más á tus ojos. 

— ¿ Qué quieres decir con eso? 

— Que no obstante mi conducta para contigo, me 
conservas tu amistad y... 

— ^^ Vas á ponerte de mal humor por una niñería que 
no vale un pito ? Ya sé yo que en el fondo ninguno de 
los dos teníais la culpa de aquello. ¡Ea! lo pasado, pa- 
sado y abracémonos. 



LA METEMPSÍCOSIS 385 



— Pero...— insistía el profesor titubeando. 

— Si no me abrazas para probarme que no me guar- 
das rencor por haberte echado de mi casa, me inco- 
modo. 

Y los dos amigos se confundieron en un estrecho 
abrazo. 

— Ahora vente conmigo y te enseñaré una praderita 
donde hay unos pastos con los que te vas á chupar los 
dedos, pero te encargo que delante de gente no me 
llames Serapio sino Manteca. Y tú qué nombre tienes? 

— Á mí me llaman Pendenciero. 

— Y lo eres, según me han referido. 

—Chico, no es esto revolverme contra lo que ya no 
tiene remedio; pero encuentro que mi transmigración 
no es justa. 

— Hombre, no le dan á uno á elegir. Yo tampoco 
merecía esta suerte; pero ^ qué hacer ? Hay que con- 
formarse. Después de todo, esto no es tan malo; y si 
en vez de mostrarte bravucón y gallito haces por apa- 
recer reflexivo y prudente, llegarás á verte como yo, 
y ya tienes tu vida asegurada. 

Y departiendo asi, los dos amigos recorrieron la 
dehesa con gran contentamiento de los pastores, que 
en aquella unión no veían sino el ascendiente de 
Manteca, cuya fama de cabestro número uno quedó 
asegurada para siempre. 

Y asi transcurrió como medio año, hasta que un 
domingo del mes de Julio... 

Pero lo que sigue merece capítulo aparte. 




35 




— ¿ En dónde estoy ?— se decía para si don Abundio 
dando vueltas y más vueltas en un ¡pequeño espacio 
sin luz alguna cuyos límites medía con la cabeza y con 
la cola. — Vamos á ver, recojamos las ideas — se repetía. 
— Ayer por la tarde con cinco compañeros más y acom- 
pañado de don Serapio y algunos otros cabestros, me 
metieron en una jaula de madera y me empaquetaron 
en un w^agón del ferro-carril ; pero las portezuelas eran 
tan altas que no pude orientarme en todo el trayecto. 
Por la noche, que era oscura como boca de lobo, nos 
desembarcaron á todos juntos; custodiados por zaga- 
les, vinimos á un corralón en donde sin pegar los ojos, 
la hemos pasado tratando inútilmente de explorar el 
terreno y haciendo comentarios sobre lo que nos ocu- 
rría. Esta mañana, obligándome á pasar por un corre- 
dor con puertas á los lados, una de las cuales estaba 
abierta, y con gente por arriba, á quien no he visto, si 
bien ola su algazara, han empezado á pincharme y á 
hacer conmigo tales cosas, que me metí no sé por 
dónde y de repente me encontré encerrado en este cu- 



X 



LA METEMPSÍGOSIS SSy 



chitril. Mi primer cuidado fué llamar á gritos á Man- 
teca ; pero en lugar de la suya, fueron las cinco voces 
de mis camaradas las que me contestaron contándome 
que también ellos se hallaban en idéntica situación. 
Yo creo sin embargo que esto no ha de durar mucho, 
porque mis compañeros han ido saliendo por turno, y 
al pasar por aquí delante declan á los que quedába- 
mos: « I Una puerta abierta I Sálvese el que pueda! » Y 
ya no he vuelto á oirlos ; lo que me prueba que han 
logrado evadirse. Hasta ahora van cuatro, de modo 
que sólo gemimos presos el Carabinero y yo. 

Así discurría Pendenciero cuando de repente encon- 
tróse inundado en luz ; la puerta de su mazmorra se 
había abierto de par en par como movida por un re- 
sorte, é inútil es decir que se echó fuera dando brin- 
cos de alegría y gritando con toda la fuerza de sus 
pulmones : 

— I Carabinero, Carabinero ! ya me han soltado, estoy 
libre. ¡ Viva la libertad ! ¡ Viva Riego ! 

— Acerqúese usted por acá — le contestaba el otro — 
y ayúdeme usted á derribar esta maldita puerta á ver 
si podemos escaparnos juntos. 

Y don Abundio por una parte y Carabinero por la 
de dentro, pusieron á prueba sus testuces ; pero aque- 
llo era más duro que pan de limosna. En esto el liberto 
sintió un agudo dolor entre las paletillas y notó que 
le colgaban unas como cintas escaroladas por el lomo. 

— ¡Brutos! — exclamó con un prolongado bramido. 

— i Qué es eso ? 

—-Una cerbatana que algún mal intencionado acaba 
de propinarme. ¡Y cómo me pica! Carabinero, compón- 
gaselas usted como pueda que yo no aguanto más. Aquí 
hay una salida y por ella me escurro. Hasta más ver. 

Y colóse en efecto por una como boca de antro que, 
apenas lo recibió en su seno, cerróse herméticamente 
dejándolo tan á oscuras como lo estuviera hasta en- 
tonces. 



388 ENRIQUE GASPAR 



— f^ues, vaiya, que esto es salir de Málaga y entrar 
en Malagón — decía el pobre don Abundio frotándose 
contra las paredes tanto para orientarse como para 
calmar el escozor de la espaldilla. 

Aplicó el oído y percibió en confusa mezcla, aplau- 
sos, gritos y música hacia la parte exterior. Un rayo 
de luz, que entraba por un agujero en forma de cala- 
baza, hirió su vista, velada . por el dolor y el enojo, y, 
colocando su cuerpo de modo que la armadura no le 
molestase, guiñó un ojo y aplicó el abierto al de la ce- 
rradura. 

— I Horror ! — gritó retrocediendo y alcanzando toda 
la medida de su situación. — ¡Estoy en una plaza de to- 
ros ! ¡ Soy el quinto ; el predilecto de la corrida! ! !... 

Y empezó á revolverse con furia loca, embistiendo á 
todas partes y haciendo ariete de su cabeza con qué 
producir brecha y escapar. Pero fué inútil. Una serie 
de puyazos dirigidos por una ventanilla que abrieron 
en el techo del toril, acabaron de hacerle perder el 
juicio : y, cuando al son de los clarines y timbales giró 
sobre sus goznes la ferrada puerta, salió á la plaza dis- 
puesto á comerse al que se le pusiera delante. 

Del primer arranque despanzurró á dos jamelgos 
cuyos jinetes quedaron sepultados bajo las cabalga- 
duras. 

— ¡Caballos! ¡Caballos! — aullaba el público, ó sea 
la fiera de los tendidos, entusiasmado con aquel prólo- 
go que tan bí^Jlo porvenir prometía. 

La gente de á pié apenas si tenia tiempo de saltar el 
olivo. 

— El toro de la tarde — decían unos. 

—El de la temporada — argumentaban otros. 

— Sentarse — gritábanlos de arriba, poniéndose de 
pié como los de abajo. 

Un picador de los de reserva, que quería contraer 
méritos para asegurar su contrata, se acercó al ángulo 
cinco, y echando al aire su sombrero, 



LA METEMPSÍCOSIS 3Sg 



—Vaya por ustedes—dijo, y se encaminó sobre su 
sardina en busca de don Abundio. 

— ¡ Bravo ! ¡bravo! — ^fué el grito general. 

Pero apenas se había puesto en suerte cuando caba- 
llo y caballero fueron rodando por la arena con gran 
peligro del segundo que, sólo dando vueltas como una 
perinola, logró escapar de una muerte segura, llevan- 
do dos pisotones en la cabeza, un varetazo en el muslo 
y un susto en todo su cuerpo. 

— ¿ Me haría usted el favor de repetir esa suerte, que 
estaba distraído y se me ha pasado ? — le dijo un chus- 
co; pero como en aquel momento se apercibiera el 
público de que, con el marronazo, el reserva había 
despaldillado al toro, se armó una de silbidos que ni 
en un teatro en noche de estreno infeliz. 

— ¡ Á la cárcel ! — decía la sombra. 

— ¡ Que lo ahorquen !— coreaba el sol, siempre parti- 
dario de los recursos extremos. 

Y las botellas y los proyectiles andaban por los aires 
como murciélagos perseguidos, mientras los alguaci- 
les agitando sus penachos y luciendo sus pantorrillas, 
se llevaban al reserva al palco presidencial é intima- 
ban á los picadores la orden de salir á los medios. 

Restablecida la calma y normalizada 1« corrida, don 
Abundio empezó á experimentar cansancio, y ya le 
era preciso traer á la memoria su desesperada suerte 
para que se decidiera á tomar varas. 

Un prolongado punto de clarín desnejó de cuadrú- 
pedos el redondel, no sin que el presitiente se llevara 
una silba por no haber dejado al toro dar todo su jue- 
go, y don Abundio creyó que todo había concluido. 
Pero como viese delante á un mozalbete que, con unos 
palitos en la mano, se entretenía en dar saltos, ya co- 
rriendo hacia delante ya hacia atrás : 

— Tú vas á pagar por todos — dijo el berrendo, y 
fuese á él en derechura ; pero el chulo, dándole un 
gracioso quiebro como bolero en salida, le dejó clava- 



390 ENRIQUE GASPAR 



das en el morrillo dos banderillas que le hicieron dar 
un bote y exclamar: 

— Pobre don Tranquilino! ¡ Qué rato pasaría us- 
ted!... 

Al segundo par sintió no haberse fingido cobarde 
como le aconsejó don Serapio, cuya condición envidia- 
ba ; y al tercero se decidió á vender cara su vida y se 
entableró pegando la cola á la valla sin que los capotes 
de los chicos lograran hacerle arrancar. 

— Ande usted, que nos ha engañado— gritó una voz 
femenina desde la barrera. — Salió usted más valiente 
que el Cid y se ha quedado usted más reflexivo que 
un catedrático de Historia. 

Al oir la alusión volvió don Abundio la cabeza y se 
encontró con una hermosa muchacha, vestida de ma- 
nóla, apoyada sobre la capa de paseo del matador 
puesta á guisa de colgadura en el antepecho. 

— ¡ Sí, señor, yo se lo digo á usted — proseguía ella 
— la moza de Pinturita que va á mandarle á usted de 
un volapié á la eternidad, en cuanto el señor presi- 
dente acabe de sonarse y pueda hacer seña con el pa- 
ñuelo. 

Don Abundio dio un bramido horroroso. ¿Ustedes 
creen que de •indignación ? Nada de eso ; es que acaba- 
ba de reconocer en aquella manóla á la alcarreña su 
criada. El pobre señor ya no tuvo momento de reposo; 
se fué al centro de la plaza y, tomando carrera, saltó 
el olivo con taj empuje que á no haber maroma, se 
cuela en el tenoldo con ánimo de dar un abrazo á su 
antigua Maritornes. Tres veces repitió la tentativa, y 
sólo á duras penas, y después de haberle clavado un 
rejón en al anca, se logró que fuera á entablerarse al 
lado opuesto. 

Por fin, tocaron á matar; Pinturita tomó los trastos, 
y después del correspondiente brindis, se fué solo á la 
fiera, paró los pies y se puso en facha. 

Tres pases al natural y dos de pecho forzados lleva- 



LA METEMPSÍCOSIS Sqi 



ba cumplidos el matador con gran contentamiento del 
público y absorta extrañeza de Pendenciero que no le 
quitaba ojo, cuando, liando el trapo y armándose para 
el volapié, echó atrás la cabeza el diestro y dejóle ver 
al toro un lunar como una pieza de dos reales que te- 
nía junto á la nuez. Descubrir don Abundio aquel 
signo y echarse á correr por la plaza todo fué uno. 

—¡Está huido I — vociferaban todos silbando al toro 
como pudieran hacerlo con un actor que no supiera su 
papel. 

Y sin embargo, el pobre cornúpeto llevaba la razón 
en su fuga; quería evitar una horrorosa catástrofe. 
Había reconocido en Pinturita á su ahijado León. 

En vano fué que éste cambiara de muleta y apelara 
á todos los recursos para traer al toro á jurisdicción ; 
don Abundio, transido de pena, esquivaba la lucha. Lo 
que pasó por su pupilo, nadie lo sabe. ¿ Temía el fias- 
co? ¿ Recordaba lo que sobre la metempsícosis le había 
repetido tantas veces su tutor y, compulsando fechas, 
abrigaba algún temor sobre el caso presente ? Lo igno- 
ro ; lo cierto es que se puso pálido, y volviendo á la ba- 
rrera depositó trapo y estoque y se sentó en el estribo 
diciendo que él no podía hacer más. 

—¡Perros I ¡perros I— gritó el público; porque se me 
olvidaba decir á ustedes que esto pasaba antes de que 
la media-luna se hubiera introducido en la lidia. 

Y, en efecto, la trabilla salió á la arena con gran con- 
tentamiento de don Abundio que, no hallando motivos 
de consideración para los canes, los fire despanzurran- 
do por turno después de llevarlos y traerlos como pe- 
lota en trinquete. La única que se. le resistía era una 
perra con cara de patrona de casa de huéspedes sin 
principio, que siempre encontraba modo de escabu- 
llírsele entre las patas. 

— También llevarás tu merecido— murmuró el cate- 
drático dando un derrote al aire. 

..«^ Yo ?— le contestó la perra soltando una de esas 



392 ENRIQUK GASPAR 



carcajadas más insultantes que un bofetón.— ¡Si no ha 
podido conmigo mi marido ! Caro va usted á pagar el 
haberme puesto en el caso de ir á acabar mis días en 
Toro con Serapio. 

— ¡ Remigia !— pues la mastina no era otra— argüía 
Pendenciero falto de fuerzas para resistir á tanta tri- 
bulación. Mira que yo no soy manso, y si me buscas 
camorra la encontrarás. 

— Calle usted la boca, teniente de papel. Ni á usted 
ni á todo Jarama junto temo yo. Y el toro que sea 
hombre, que salga. 

Y daba brincos procurando hincar el diente donde 
podía ; hasta que convencida de la inutilidad de sus 
esfuerzos y oyendo al tendido pedir á voz en cuello 
que se llevaran al toro al corral, porque la noche se 
venia encima, se dirigió resueltamente á donde León 
estaba, y ladrando y enseñándole los dientes, le incre- 
pó de esta manera : 

— Lo mismo que tú, torero de invierno, ¿asi vuelves 
por la honra de tu familia? ¿ Por qué no le diste un 
golletazo ? i Si me voy convenciendo de que eres hijo 
de tu padre !... 

León no entendía; pero no quitaba los ojos de la pe- 
rra y meditaba. 

Por fin soltaron á los cabestros y, en cuanto doña 
Remigia reconoció á su marido, se le abalanzó á una 
oreja diciéndole con transportes de fingido gozo : 

— I Serapito mío I Esta vez si que no nos separare- 
mos ; yo quiera ir á donde tu vayas. Mira, aquí tienes 
á Leoncito que se hará pastor, y reunidos pasaremos la 
existencia. Hasta si tú quieres consentiré en que nos 
acompañe don Abundio. 

Y don Serapio, inmóvil, conmovido y con la cabeza 
inclinada por el peso de su esposa, cuyas virtudes ad- 
miraba, quiso hablar, pero sólo tuvo fuerzas para de- 
cir: Muuu... 

Todo parecía augurar un feliz desenlace, cuando 



LA MKTEMPSÍCOSIS SqS 



uno de los pastores, creyendo por la actitud de Man- 
teca que la perra le martirizaba en vez de acariciarle, 
tomando por odio de raza lo que era expansión de fa- 
milia, llegó con el garrote enarbolado á donde los 
cónyuges estaban, y descargó con él tan trjemendo 
como infortunado golpe sobre la cabeza de doña Re- 
migia, que ésta, dando media vuelta, cayó exánime á 
los pies de su marido. 

—j Pobrecita ! ¡tan buena! — murmuró Serapio. 

Y, dirigiéndose á donde el catedrático estaba : 

— La hemos perdido— exclamó.— Valor, amigo! 

Y ambos tomaron el camino del toril, lanzando al 
pasar junto á León una mirada y un mugido que con- 
movieron al émulo de Costillares. Pero al llegar á la 
puerta, don Abundio dobló las rodillas y, sin proferir 
una queja, quedó muerto de repente. 

En las reseñas de los periódicos dijeron que le había 
ocasionado la muerte la despaldilladura del reserva. 
¡ Asi se escribe la Historia ! En el matadero se vio que 
tenía el corazón deshecho. Había muerto de un aneu- 
risma. 

Don Serapio siguió llevando el cencerro y acabó por 
olvidar y ser feliz. 

Lo que pasó por León nadie lo sabe ; pero es lo cier- 
to que al día siguiente se cortó la coleta con asombro 
de sus admiradores ; se volvió misántropo y concluyó 
por fundar en Madrid la primera sociedad protectora 
de los animales. 

En cuanto á la alcarreña, continuó sirviendo. 



FIN 



ÍNDICE 



PÁGINAS 

El Anacronópete 5 

Viaje á China 2ig 

La Metempsícosis 363 




^ 
LÑ 

^ 



ÍNDICE 



PÁGINAS 

El Anacronópete 5 

Viaje á China 2ig 

La Metempsícosis 363 




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